viernes, 27 de noviembre de 2009

USANOS


Debo confesar que nunca fueron santos de mi devoción, por cuan­to a apetencia personal se refiere, los pueblos que en su día -no sé cuando, ni por qué- se unieron, o los unieron, a la capital con ca­tegoría de barrios. De siempre me han parecido como niños sin padre, pueblos sin identidad, seudopueblos, pueblos comparsa. Por primera vez, después de más de un lustro de viajes por la provincia, me decido a posar el pie en uno de ellos con la sana intención de sacudirme el prejuicio.
La Campiña en este tiempo es una sublime explosión de fecundidad y de vida. Las espigas a uno y otro lado del camino, empiezan a tor­nar el verde primaveral por el oro del estío, apuntando no de lejos la inminente recolección. Me gusta ver de cerca el espesor de las mieses, porque lleva consigo el precio del trabajo para los hombres de la tierra, y los campiñeses, se quiera o no, son la flor y nata en esos menesteres.
Acabo de entrar en Usanos. Estamos, me dicen, justamente a doce kilómetros de la capital. Bajo el carillón del antiguo ayuntamien­to, el reloj municipal marca las diez y media en punto a cualquier hora del día o de la noche desde hace veinte años. La plaza es a mo­do de jardín donde se está a gusto. La rodean setos y arbolillos or­namentales de buena fronda, y en las orillas hay bancos de piedra para que se siente el público. La plaza de Usanos es una de las más cuidadas y acogedoras que conozco.
- Y la farola central es fuente a la vez. ¡Qué curioso!
- Pues sí. Con dos grifos y toda el agua que se quiera. La tene­mos regulada para que tampoco salga con más fuerza de la cuenta.
- ¿No tuvieron restricciones cuando la sequía?
- Nada. Tenemos un pozo de 207 metros de hondo que echa toda la que se necesita y más. El agua sale por medio de un motor sumergible.
Maximino Alonso estaba regando mientras tanto las plantas que adornan la plaza, en un ambiente agradable con olor a campo, a tie­rra húmeda. Maximino, el alguacil municipal de la villa de Usanos, es un señor alto, fuerte y muy servicial. El me contó que el pueblo lleva anexionado a la capital por lo menos doce años, y que la población que tiene hoy escasamente llegará a las trescientas personas.
- Jubilados casi todos. A la gente le da por marcharse a Guadala­jara y, sobre todo los jóvenes, por aquí no paran.
Con el sol de la mañana las abejas zumban entre la fronda pálida de un árbol del paraíso. Salgo por una de las calles laterales que parten de la plaza. Viviendas típicamente campiñesas en el llano van extendiendo el pueblo hasta las afueras, por donde se aso­ma al campo. Casas centenarias de adobes unas, de ladrillo otras, bajas e iguales casi todas, nos van contando en el silencio de la ace­ra en sombra la historia de otro gran pueblo que se fue a menos.
- Y además de verdad. Antes, con un término tan bueno, cada cual con su yunta, había trabajo para todos y no lo podíamos termi­nar. Con el asunto de la maquinaria lo atienden en este momento entre cuatro y todavía les falta terreno. Así la gente sobra. Hasta trac­tores de nueve vertederas que meten.
Ricardo del Castillo del Castillo estaba solo en las cuatro es­quinas. Nos hicimos amigos inmediatamente y decidimos salir en amor y compañía a recorrer el pueblo. Primero hasta el restaurado atrio de la iglesia.
-Buena torre tienen. Y qué curioso, con las higueras creciendo entre las rendijas de las piedras. La cosa tiene gracia. Pues no es la primera ni la segunda que he visto así.
- Del medio para abajo es de guijarro con cal. Eso debe ser más duro que la piedra. Y la iglesia, ya ve, de ladrillos toda.
- Ya me he dado cuenta. Eso es muy corriente por esta zona. Se co­noce que hace cuatro siglos los fabricaban por aquí. En Fuentelahiguera en concreto. ­
El atrio de la iglesia de Usanos está embaldosado y el pretil que lo cerca es de materiales recientes, limpio y confortable. El pórti­co de entrada, sostenido en columnas con seis arcos escarzanos intermedios y capiteles dóricos, ponen de relieve, aun a ojos de profano, ­su indudable cuna renacentista.
- ¿Qué le parece el campo?
- Estupendo. El color y la traza del terreno lo dicen todo.
- No es porque sea mi pueblo, pero le he de decir que el de El casar y éste son los dos mejores términos de la provincia. El de Torija dicen que se quiere parecer. En secano me refiero. Y luego, está todo llano, no se desperdicia nada.
- ¿Qué suelen sembrar?
- Cereales siempre. Trigo y cebada es lo que más da aquí y con me­nos trabajo.
- Será un pueblo sin necesidades económicas, supongo.0
-¡Hombre!... Ricos, lo que se dice ricos, aquí no los ha habido nunca, ni pobres tampoco. Ahora ya no cuenta, porque la juventud no está y los pocos que quedamos somos jubilados la mayoría.
Debajo de la placetuela ajardinada en la que estuvieron las an­tiguas escuelas, suena la máquina eléctrica de los esquiladores. De vez en cuando se oye el valido lastimero de alguna oveja descontenta con la operación.
- Pues no hay mucho ganado en Usanos. Alguno sí, pero poco.
- ¿Tienen comunicación directa con la capital, ¿no? Los transportes urbanos tengo idea de que suben hasta aquí.
- Sí. El autobús de Guadalajara viene un par de veces al día. Poco trajín tiene, claro. Con los coches particulares no hay mucho que­hacer. A los chicos que bajan a la escuela les viene muy bien.
- ¿No hay escuela en Usanos?
- Sí, hay una escuela mixta que atiende una señorita. Cuando los chicos van siendo mayores se les baja a Guadalajara.
Usanos tiene equipo de fútbol federado en tercera categoría re­gional. Según el amigo Ricardo este año ha subido a tercera regional preferente. El campo de fútbol está en las afueras, en un paraje que mira hacia los bajos terrosos de trigal y que llaman El Encinar. El esta­dio se ve debidamente cercado y tiene, además de su terreno y porterías reglamentarias, sus vestuarios, su taquilla y sus correspondientes banquillos para el equipo local y el visitante. De todo ello nos hablaría después don Bienvenido, el cura, hombre inquieto y trabajador que vive en una de aquellas casas de las afueras y al que vimos casualmente al pasar por allí. Don Bienvenido Larriba es, no hay que olvidarlo, el fundador y padre de la Pasión Viviente de Hiendelaen­cina.
- ¿Y aquí, señor cura?
- Casi nada. Lo del fútbol que he colaborado en algunas cosas, el grupo de teatro, y para las señoras tenemos algo de manualidades y trabajos de artesanía. Siempre hay cosas que hacer.
- ¿Cómo es el grupo de teatro?
- Pues un poco complicado. Requiere mucho sacrificio por parte de los chavales, que son la mayoría estudiantes, y hay que aprovechar para los ensayos cuando a todos nos viene bien. Preparamos una obra cada año. Esta tarde tenemos función en Cogolludo y en Torrebeleña.
- ¿Lo toman en serio los muchachos?
- Los chicos sí, muy en serio. Andan ocupados de continuo unos veinte, entre unas cosas y otras. Luego, el fútbol mueve a otros treinta o más, y, aunque no se haga mucho, por lo menos se ve que hay vi­da en el pueblo.
Detrás mismo de donde estamos se cuelan los chavales entre los aros del parque infantil. Mas abajo, un tractor enorme levanta la tierra húmeda del barranco y, más allá, se divisa muy lejos a un señor ­cavando hoyitos iguales en el barbecho.
- Está sembrando melones. Por aquí es una especie que aún se da.
Cruzando la calle de Carlos Arias, mi amigo Ricardo y yo volvemos a la plaza. Son ya más de las doce. Media docena de ancianos pasan el rato sentados en los bancos, a la sombra de las acacias y del árbol del paraíso. Luego fueron acudiendo algunos más, ya no tan viejos, y, por supuesto, menos abiertos. Julio Margalet es de los primeros en llegar. Es un señor que sabe mucho de las cosas y de las gentes de la Campiña. Ha tenido bar y la sabiduría en estos menesteres le ha debido llegar por el camino de la observación paciente. Don Julio Mar­galet, a quien ya conocía de antes, no es de aquí sino de Marchamalo.
- Y buen pueblo que es el mío. Tampoco se llevan sacados melones de ahí para Guadalajara en tiempos. Desde Marchamalo a Brihuega con los carros y los mulos a vender los melones, cruzando por la Alcarria. Aquello si que era una aventura. ¿Qué le ha parecido Usanos?
- Muy bien, ya lo creo. Y menudo campo tienen. No se quejarán.
-¡Hombre que si es bueno! El campo de aquí es como decía Domin­guín: “el número uno”.
- Bueno, eso con permiso de los de El Casar, digo yo.
- ¡Ah, claro! Esos es que son como los portugueses: ¡A ver seño­res, todos preparados que vienen nuestras naves! Hay que descubrirse cuando vienen los de El Casar con su escuadra. Pues en asunto de campo, no tienen nada que hacer con Usanos. Ya está dicho todo. ­
- No sabía yo eso, ya ve usted. A mi me parecen unos tíos simpá­ticos y muy trabajadores.
- Eso sí que lo son. Eso no le quita. ¿Y los de Molina qué?
- Los de Molina no dicen que vienen de reyes; dicen que son los reyes los que vienen de ellos. Cualquiera les echa un galgo ¡Cómo son los amigos! Pero eso no lo diga.

- Claro, que luego todo se sabe.
Bueno; pues a fe de decir lo que se siente, he salido admirado de Usanos, ¡Lo que son las cosas! He encontrado aquí un pueblo, efec­tivamente próspero, de gentes que me han parecido honradas, simpáti­cas y amigables. Hombres que hablan sin reservas como corresponde a su condición de castellanos de toda la vida: al pan, pan y al vino, vino. Un pueblo con identidad propia, un pueblo vivo y unido en racimo, a quien la proximidad a la capital le ha favorecido en lo que le debe favorecer y le ha resultado incómodo en otros aspectos. Lo que antes ni si quiera sospeché, en definitiva, y ahora celebro.

(N.A. Junio, 1985)