lunes, 16 de noviembre de 2009

TORRECILLA DEL DUCADO


Debo reconocer que mi viaje a Torrecilla, hace de esto ya bastantes fechas, surgió desde el principio un tanto a ciegas. Todos mis viajes se suelen fraguar en los moldes de la improvisación, siempre a ciegas, pero no tanto. La idea inicial con la que partí hacía aquellas latitu­des rayanas era la de que en Torrecilla existían, por lo menos, una do­cena de personas. Luego result6 no ser así, pero como el viaje lo había hecho en unas condiciones climatol6gicas bastante adver­sas, no era el caso de volverse atrás.
La ciudad de Sigüenza conserva en las zonas donde todavía no se ha fijado el sol toda la nieve caída durante la noche. Sigüenza es, por su emplazamiento y por mil razones más, una ciudad evocadora, sería; muestrario de monumentos que hacen presente a perpetuidad los años y siglos pasados que para Sigüenza quizás fueran mejores, pero con nieve, sepultan­do la aridez de sus tierras, adquiere un encanto muy especial.
En las vegas de La Riba pastan las vacas y los ternerillos por las praderas donde la mañana comenzaba a despejar algunos claros. Luego Sienes, la villa madre. En Sienes, la carretera que me llevará hasta Torrecilla dejará de serlo para convertirse en camino de piedra, de cantos puntiagudos que veo asomar de vez cuando por encima de la capa de nieve y que someten al automóvil a un continuo traqueteo peligroso y molesto. A una y otra mano hay encinas, algunas voluminosas, y robles, muchos robles deshojados aún que crecen ladera arriba. Todo al pasar es de un opaco plomizo, salvo la cinta del camino que es escrupulosamente blanca.
A las once de la mañana no hay huella alguna de vehículo que haya señalado todavía la nieve. Uno lamenta no poco el tener que caminar por el campo en condiciones así, pero la provincia de Guadalajara en cier­tas épocas del año tiene eso, que sales de casa en condiciones climato­l6gicas la mar de favorab1es y te encuentras no mucho más allá con lo que no esperas. Si las comarcas por las que viajas son las sierras, cualquiera de ellas, esta circunstancia suele ser todavía más frecuente.
Torrecilla del Ducado ocupa el fondo de una suave concavidad de tierras de labor, alzado el pueblo sobre un otero desde donde se domina en cualquier dirección un panorama dilatado de la Castilla auténtica y virginal, sufrida y laboriosa, que tantas veces protagonizó páginas importantes de nuestra Historia. Estamos a 1164 m. de altitud, entre los llamados Al­tos de Barahona y Sierra Ministra. Un sendero de mucha inclinación que la nieve disimula me sirve de pista de acceso. Debo subir pausadamente, con medido cuidado y lentitud. Una vez arriba, dejo el coche al sol a la vera de la primera, casa, cuidando que las canales no le suelten en­cima el chorrillo del deshielo.
Cuando todos los tejados parece que han comenzado a deshacerse con el gota-gota, me tiro en solitario -nunca mejor dicho- por las callejuelas y callejones del pueblo. Torrecilla del Ducado parece, visto así, un canto coral al silencio de la piedra inamovible, un verso eterno a la soledad que hubiera merecido hilvanar el propio Antonio Machado. Por el suelo, embarrizado y blanco, no aparece ni por casualidad una sola huella de persona ni de animal viviente. Por encima de una portona an­tigua cerrada a cal y canto, con inútil llamador de buena forja, se lee en el dintel: “JHS, año l869”. El suelo por aquí son las mismas peñas, sobre las que se asienta desde su fundación el pueblo entero.
A la vuelta de la esquina, encuentro en mitad de una diminuta glo­rieta, la que debe de ser la fuente pública. Del grifo de la fuente cuelga una aguja finísima de hielo. Cuando giro la manivela el agua continúa sin salir, seguramente que están heladas las tuberías. A fe que me gustaría contar con alguien, cruzarme a la vuelta de la esquina con la viejita desocupada que en estos pueblos nuestros casi nunca sue­le faltar, pero me temo mucho que en esta ocasión el milagro no se llegará a producir.
- ¿Dónde se fueron a esconder, primavera ya, las buenas gentes de Torrecilla?
Unas cuantas gallinas, negras todas como la mora, cacarean detrás de la puerta de malla que las aprisiona en un casillo donde se cuela el sol. Creo que he dado toda la vuelta al pueblo inútilmente y me he comenzado a desanimar. Los pueblos vacíos desprenden de sus piedras muertas ­cierto halo a misterio, a embrujamiento ya sonambulismo, que nunca he sido capaz de precisar. Por todos los ventanillos y las gateras de las casas uno intuye cierta presencia fantasmal.
Se cuela un viento frío con esencias de nieve por los callejones más próximos a la iglesia. La iglesia parroquial tiene ciertas reminiscencias románicas, me parece Interesante; quizás la singular circunstancia de considerarla inútil me haga parecer que es más hermosa todavía. Desde los aledaños de la iglesia se ven hundidas muchas de las casas vecinas, con zarzales asidos de raíz al cimiento y cruces grabadas en la piedra. Espadaña al poniente. Dos campanas lastimosamente mudas. Atrio del XVII con severa barbacana desde donde se trasluce una visión paradisíaca de las tierras bajas, mitad y mitad entre las dos Castillas. El agua go­tea de las canales en el recogido tejadillo que cubre la puerta de en­trada. Tras el ábside está el viejo camposanto, muerto y callado como el pueblo. Allá, en un discreto segundo plano, se deja ver tras la lejana chopera un pueblo que no acabo por identificar. Ante tanta confusión y tanto misterio, pienso que aquella soberbia visión abierta al campo justifica sobradamente el haber subido al pueblo. Pero... ¿Será éste en donde estoy o será aquel otro el verdadero lugar de Torrecilla? Deseo desengañarme por mí mismo. La distancia es mínima -pienso-, y allá habrá, por lo menos, alguien que pueda darme noticia acerca del sitio en el que ahora estoy. Solamente mis huellas de nuevo se ven marcadas en las callejas. Lue­go un transformador de la luz, un buzón de Correos calado en la pared y maleza por las afueras. El descenso del pueblo en tales condiciones ha de hacerse con tanta prudencia como cuando subí.
El Pueblo inmediato a Torrecilla siguiendo la carretera tampoco tiene indicador a la entrada o, por lo menos, yo no lo vi. Hay por sus calles maquinarias agrícolas de gran volumen, gallinas que picotean rebuscando entre la hierba y en los estercoleros de las orillas, árboles con ternascos de hoja primaveral y una, plaza hermosa en la que hay dos olmos envejecidos, también una fuente cuadrada, pequeña, muy bonita. El pueblo en el que, a pesar de estar ya dentro de él, no consigo atar cabos, es bastante mayor que el Torrecilla que yo busco. Se adivina un pueblo vivo, de gentes escondidas en sus casas, quizás por el frío, lo que me hará preciso el irlas a buscar.
Veo al cabo una señora que me mira atentamente desde la puerta de su casa en la misma plaza. En el interior del portal a la solana está la ca­bina del teléfono, y junto a la puerta el buzón de las cartas. No lejos, de una casa o cochera que hace esquina, se oyen golpes secos de martillo sobre el herraje de las máquinas. Creo que por primera vez, cuando son varios más de los cuatrocientos los pueblos de la provincia que llevo recorridos y estudiados, es ésta la primera vez que me hallo fuera de sitio. Honradamente, debo confesar que no se donde me encuentro. Curioso ¿verdad?
- Claro. Tal y como se explica usted no me extraña -me dice doña Victorina, la señora de la plaza-; es que este pueblo pertenece a la pro­vincia de Soria.
- ¡No me diga!
- Sí señor. El limite con Guadalajara queda allá detrás.
- ¿Qué pueblo es éste, pues?
- Conquezuela, del partido judicial de Almazán?
- Ah, pues creo que con el viaje de hoy me he lucido.
- ¿No le gusta el pueblo?
- Sí señora, por qué no. Acabo de llegar. Yo venia en realidad a Torrecilla, pero como no hay gente me he acercado hasta aquí a preguntar.
- En Torrecilla queda un vecino -me explica-. Tiene el teléfono en su casa. El hijo se llama Eusebio, y el padre es el Tío Fausto.
- No deben de estar en el pueblo hoy -digo-. Por las calles no he visto nada más que nieve, pero huellas de persona, ninguna.
- Sí, lo que pasa es que como está así la mañana no se han debido le­vantar aún. Para qué.
- La verdad -me pregunto- es que yo tenía idea de que en Torrecilla quedaban todavía diez o doce personas.
- Sí, es que se han marchado este año. Eran todos gente mayor y se los han llevado los hijos. Ya hace algunos años que aquello no tenía pinta de pueblo. Para San Antonio fuimos los de aquí a estar un poco con ellos, si no, ni fiesta ni nada.
- ¡Caramba!, dos o tres kilómetros de distancia nada más. Tan cerca unos de otros y ser distinta provincia, ¿verdad?, y distinta región -le digo. No dirá que este pueblo se distingue en nada de los de Guadalajara. Yo antes de venir tenía mis dudas, mirando al mapa, naturalmente, no por el as­pecto que en nada se diferencia. ¿Tienen trato ustedes con la gente de Guadalajara?
- Mucho, sí señor. Nosotros nos consideramos casi de Guadalajara. A comprar y a todo acudimos a Sigüenza. En cambio, casi nunca vamos a Al­mazán, que es nuestra provincia. Costumbres que vienen de antiguo.
Bueno, Conquezuela o Torrecilla, qué más da. La mi1enaria tierra nuestra que hollaron los cascos de Babieca se deshace en la cruda mañana del sábado en bufadas de hielo. Pocas veces siente uno en sus carnes como hoy el respeto a nuestra raíz común. Castilla, la de las bellas gestas que alguien se empeña en ocultar del saber de las gentes, Castilla la Grande, despoblada y sola, bajo el soplo fidelísimo de los vientos de invierno que rizaron su piel, con su traje de armiño que gustó lucir en horas de gloria y que hoy em­plea -¡Cuanto dolor, Dios mío!- como sudario que preludiase una inminen­te tragedia. Ahí está lo que aún queda de Torrecilla para dar fe.

(N.A. Abril, 1988)