viernes, 16 de octubre de 2009

ROMANONES


El poyo de la plaza que tiene como respaldo y como dosel el olmo de la plaza, me pareció puesto a propio intento como refugio de visitantes desganados, de arrepentidos transeúntes que hubiesen caído en la tentación -nadie estamos libres- de aparecer por el pueblo en el momento justo en que la hispana sangre se paraliza, en ese instante en que los pura raza, que todavía los hay en esta piel de toro de nuestros pecados, nos vamos embarcando con toda suavidad cada tarde después del segundo pienso, en el yate del amodorramiento.
A la hora de la siesta la plaza de Romanones parece adormilada, silenciosa. Los chorros de una fuente en forma de seta cuelgan de sus caños entre un murmullo monorrítmico, siempre igual. A la puerta de su casa hay un hombre al sol que fuma puro sentado sobre una vieja butaca de mimbre, y al fondo el edificio del ayuntamiento, una casona antiquísima, elegante, de asimétrica fachada, con una tortea a manera de palomar por encima del tejado, y un templete clásico como remate en el que se alberga la campanilla que da las horas.
El olmo de la plaza de Romanones tiene todo el hueco que la vejez le abrió en su tronco relleno de cemento. Es como una pared deforme, recubierta con corteza de árbol por la cara que mira hacia el mediodía.
-Pues no se seca, no. Yo creo que lleva así más de treinta años. En el verano estaba igual que un tiesto; parece mentira.
Sobre la fachada que hace esquina con una calle que lleva su nombre, varios azulejos recuerdan que en aquella casa nació el 19 de junio de 1890 el gran matador de toros Julián Saiz, “Saleri II”, como homenaje de la afición alcarreña. El hombre de la butaca de mimbre, don Rafael Pastor, lo vino a recordar medio siglo después de sus éxitos por los ruedos de España y de América.
-Saleri es de lo mejor que ha habido. Su época fue por los años veinte, antes de Manolete. Yo lo llegué a ver en Zaragoza. Su mujer se llamaba Carmen, y era de los Pérez Pardo de Aranzueque.
Buscando la acera en sombra de la calle Mayor, que es aquí la carretera que sigue hacia Yélamos, se ve a Romanones como un pueblo grande, como una ciudad pequeña con casonas hermosas y gente cordial. Calle arriba, según se sube hacia el Pico del Castillo, el de las cuevas abiertas en la roca, se llega muy pronto al pretil que precede en su entrada a la iglesia parroquial, al lado del viejo cementerio cuyos muros descansan con el frío de los epitafios y la afilada estampa de los cipreses, en la solana del templo. Desde aquel romántico mirador del camposanto , se puede contemplar al fondo el estrecho cauce por donde pasea su caudal entre la maleza el arroyo San Andrés, que en el pueblo aprovechan hoy para regar los campos de patatas, para el vivero y para el campo de experimentación agrícola.
A pesar de lo intempestivo de la fecha y de la hora, la iglesia tiene sus puertas abiertas de par en par. Juan José Ginés con otro hombres del pueblo estaban colocando, pendientes del techo, unas lámparas nuevas de hierro forjado.
-Las hemos traído de Horche, pero yo creo que esto lo fabrican en Valencia. Hay que poner tres. De todas formas van a quedar muy bien ¿verdad?
-Ya lo creo ¿Cuál es el patrón del pueblo?
-Aquí no hay patrón, es patrona: Nuestra Señora de la Asunción, que se trae en procesión rezando el Rosario por las calles la víspera de su fiesta, o sea, el 14 de agosto. Después la llevamos de nuevo a la ermita el 8 de septiembre, y entonces se hace una fiesta todavía mayor, con toros y todo.
La que en el pueblo llaman del Azulejo es una de las calles más antiguas y castizas de Romanones. Muy cerca de allí está la casa solar del Conde, un palacete que en la actualidad debe de pertenecer a alguno de sus descendientes. Al palacio del Conde está montado sobre argamasa y piedra, al que la lepra de la desconsideración le está arrancando, piedra a piedra, las tejas de la cubierta, mientras que los ventanales, azotados por el sol, por los vientos y por las aguas de tantos años de abandono, se asoman carcomidos y agrietados, custodiando con su hermetismo de madera vieja todas las grandezas que, para mal suyo, fueron desapareciendo para siempre.
-Creo que esto es de Natalia, una de las nietas del Conde, pero que por aquí no viene nunca.
-¿Llegó usted a conocer a ese señor?
-Claro que lo llegué a conocer. Venía al pueblo con Saleri a cazar. Me acuerdo, siendo yo muy niña, que le traían las perdices en el ojeo y luego las cargaban en las Tres Nogueras.
-Supongo que en el pueblo se debió de notar su influencia.
-Ni hablar. Con el pueblo no se portó bien. No hizo nada por nosotros. Prometió, eso sí, no sé cuantas veces, que iba a hacer unos colegios y aún los estamos esperando. Me acuerdo como si lo estuviera viendo ahora. Decía que la mejor finca era la de Nodar.
Ignoro si doña Gertrudis fue o no fue justa al enjuiciar tan de lejos la figura ya legendaria del Conde de Romanones, pienso que sí; en cualquier caso la suya es la voz del pueblo, la sabia voz que con la bondad por delante gusta llamar a las cosas por su nombre, al pan, pan, y al vino, vino, siguiendo la vieja filosofía de la tierra en la que a ella como a mí nos ha tocado vivir.
Sentado sobre el pilón de un abrevadero que hay a la entrada del pueblo, junto a la ermita, pasa la tarde don Doroteo Lopesino. Es un hombre atento, extraordinariamente confiado, que se empeñó, y yo accedí, en llevarme hasta la huerta de su hermano Constante, al otro lado del arroyo. La huerta presenta el extraño aspecto de un campamento espacial, cubierta de plásticos enormes en forma de naves arqueadas de diferentes tamaños. Siro Herrera es un poco como el director general o el brazo derecho de todo lo que hay allí. Un hortelano que conoce su oficio, registra los pormenores y las fechas de cada plantación en una libreta que lleva en el bolsillo, y se pone la camias solamente para marcharse a casa y cuando, por cortesía o compromiso, las circunstancias mandan acompañar al bar a algún amigo.
-Pues dice usted, los plásticos hay que cambiarlos cada año, y claro que da trabajo; pero nos interesa para el semillero. Y el que tengamos pepinos y tomates para San Isidro, también vale mucho.
-Pues ¿A qué temperatura está esto?
-Ahí tiene el termómetro. Ahora mismo a 45 grados, pero hay veces que se pone más alto. El orégano, por ejemplo, está a 70 grados, y yo me he metido dentro a esa temperatura. Para que esto vaya bien tiene que ser así, y cuando la temperatura sube más de la cuenta hay que abrir las ventanas.
-¿Qué es lo que más cultivan ustedes?
-Lo que más son plantas para vender, y luego verduras y otros productos de huerta también mucho. Cogemos tomates, pimientos, berenjenas, cebollas, habas, lechugas, ajos..., en fin, un poco de todo.
-Y todo en condiciones inmejorables, claro.
-Aquí, y no le exagero nada, le hemos sacado a una sola mata 175 calabacines. Más de lo que se puede comer una familia.
-¿Dónde lo venden?
-Lo llevamos los martes a Guadalajara; pero las plantas nos las vienen a comprar de muchos sitios. Cualquiera sabe los miles de plantas que saldrán al año.
En los diferentes cuartelillos de la huerta, magistralmente atendidos por mi amigo Siro, se ven las acelgas gigantes, los pepinos, y las tomateras con sus bolitas verdes a punto de madurar. Sorprende ver las matas para el trasplante apretadas en eras o en plantación individual, una en cada bote, preparadas para la venta.
-Mire, ¿Ve aquel cerro que hay allí? A ese le llamamos el cerro Gatón, porque se lleva las nubes de las tormentas, y los de Horche que les suelta el granizo le llaman el Cerro de los Ángeles ¿Qué le parece?
En un bar de la plaza rubricamos nuestra nueva amistad delante de dos vasos de cerveza y un platillo de aceitunas. Ya era bien entrada la media tarde, la hora del coche de línea que en Romanones, igual que en otros pueblos, tiene mucho de festivo, de espectáculo en el que todos y nadie son protagonistas. Del coche de línea se apea un soldado con macuto y un señor gordo con sombrero de paja.
Al regreso, con todo el sol de la tarde pegando directamente sobre los ojos, la Alcarria es una explosión de color después de las últimas lluvias. Por la mente del viajero dan vueltas, frescos aún, los momentos que acaba de vivir en un pueblo cuyo señorío ha descubierto, y de lo que en estas pocas líneas quiere dejar constancia.

(N.A. Mayo, 1981)