miércoles, 7 de octubre de 2009

RILLO DE GALLO


El pueblo en invierno, y si para colmo de males coincide en día festivo como el de hoy, se levanta con el sol bien alto. Cuando la niebla intenta despegarse de lo que es la vega, se oyen entre la maleza los siniestros graznidos de unos grajos. Las chimeneas de los hogares más próximos a donde yo estoy arrojan un humo espeso que se pierde en seguida en las entrañas de la tremenda masa de vapor, y en 1os matujos de la huerta o en los esqueléticos frutales­ de junto al arroyo se apelmaza la escarcha en espera del rayo que la venga a diluir a mitad de mañana. Hace mucho frío. Por la carretera no circula ningún automóvil y las calles permanecen desiertas, mustias, congeladas.
Rillo de Gallo es pueblo de paso; pórtico de la metrópoli cabecera del Señorío que queda de allí a menos de una hora de camino a pie. Viejo y arraigado lugar, con reminiscencias perdidas en el juego de los siglos, cuyas casonas y blasones hablan aún, como en casi toda Molina, de su galanura ancestral, de su historia y de sus gentes. Al subir, uno se encuentra en medio de tanto silencio con ingentes habitáculos levantados a base de sillería rodena, de piedras rojizas y de construcciones cargadas de siglos que los nacidos en el pueblo, presentes o ausentes, procuran poner en orden con mayor o con menor acierto.
La plaza es inmensa, luminosa, con todos aquellos aditamentos que en lugares como éste debe tener una plaza que se precie para ser, en efecto, centro de la vida del pueblo. Aquí nos encontramos con la espadaña triangular, a dos vanos, de la iglesia; con el nuevo frontón de pelota pintado de verde y con el edificio, acabado de hacer, de la casa-ayuntamiento; con el olmo municipal y con las jardineras de arbusto que 1a llenan, que la adornan, que la engalanan; con la fuente, en fin, que tiene en la plaza de Rillo la particularidad de ser al mismo tiempo monumento in memoriam de don Calixto Rodríguez, ingeniero de montes de principios de siglo, y pionero de la explo­tación resinera en la comarca, quien, a cambio de votos para el Par­lamento en tiempos de Romanones, la construyó a sus expensas, les trajo el agua, y mandó colocar sobre el alzado monolito su propio busto: “A don Calixto Rodríguez, el pueblo de Rillo. 1911”. El agua surge abundante y clara por los cuatro caños repartidos en cruz.
La señora Avelina ha salido a coger un cubo de agua al pi1ón. Es una mujer mayor, muy atenta. Cuando le pre­gunto por el hombre de la estatua me dice que ella no lo conoció.
- ¿Por qué no se ve a nadie por la calle?
- ¡Ay, mire usted! Somos muy poquitos. Hasta la hora de misa no sale la gente. Eso que hay debajo del ayuntamiento es el Hogar del Jubilado. Está casi sin estrenar.
Junto al callejón que dicen del Arco hay un viejo palacete destartalado y ruinoso. Ando perdido por los corralejos extramuros sin ver a nadie. Un perro color canela me viene acompañando desde la plaza. A1 llegar a las afueras el perro se busca mejor compañía y se va detrás de una perra negra correteando hacia unos montones de desperdicios. No lejos, relumbra al contraluz por el río Viejo la chimenea gigante de la antigua fábrica de resina. Mas cerca de mí cuelgan las ropas 1avadas, tiesas como el almidón, que pasaron la noche a secar tendidas en la cuerda.
En seguida regreso hasta la P1aza. Ya han abierto el Hogar del Ju­bilado del que me habló 1a señora Avelina. Sale de dentro el sonido a todo volumen de un radiocaset vomitando rumbas y canciones flamencas. El joven que atiende aquello se llama Ángel, un muchacho servicial y de agradable trato. Ángel, que me ha visto llegar cariblanco y resoplando tiritones, se apresura a poner en función la estufa de leña. El establecimiento es, además de nuevo, limpio y acogedor, con mucha luz. Tiene un mostrador corrido con piedra de mármol y un surtido variadísimo den el anaquel de botellas y de licores.
- Café calentito a estas horas no tendrás, ¿verdad?
- No; café todavía no hay. Lo puedo hacer, pero tardará un rato.
- Una copita, pues, de solisombra.
Al calor de la estufa me cuenta Ángel que allá andarán en Rillo con las cien personas como población de derecho, si es que llega, pero que todavía quedan ocho o diez chicos en edad escolar que los bajan a Molina.
- Cuando cerraron la resinera se fueron de aquí los empleados. Se dejó también la cosa de la remolacha y la gente se marchó.
- Lo que quiere decir que ya no se cultiva la vega.
Sí, en la vega ahora se siembra cereal y girasol. Hortalizas muy pocas, los cuatro huertecillos para el gasto. Lo de la remolacha ya pasó a la historia, como las grandes batallas.
-Pues este salón está muy bien, ya ves.
-No está mal. En el verano abren también la peña juvenil para los más jóvenes. Hacen baile y esas cosas para que la gente no se vaya a Molina, pero aún se van.
Hablando de la finca de la Serna, la mejor y la más productiva que hay en el pueblo, y de las bajas temperaturas en los inviernos del Señorío, Ángel y yo llegamos hasta la casa de Antonio Valero, agente forestal, alcalde de Rillo y exdiputado provincial. El alcalde nos recibe con extraordinaria cordialidad. En el cómodo cuarto de estar de su casa, junto a la carretera, Antonio Valero está preparando una serie de sobres para echar al correo.
-Son para el asunto de la enfermedad de los olmos. Soy medio encargado de la coordinación para combatir la plaga, y creo que va a costar trabajo. La cosa no está muy clara que digamos.
-¿Cuál es por fin la enfermedad que tienen?
-Han sido dos. Primero fue la galeruca, que sí que se puede exterminar. Son como unos bichos pequeños que se van comiendo las hojas. Crían dentro de la corteza y es muy difícil meterles mano. Al olmo de la plaza lo hemos podido curar perfectamente.
-¿Y la grafiosis, qué es?
-Esa es peor. Es una enfermedad que la llevan dentro del tronco, como si fuera un cáncer; pone las hojas de color tabaco, hasta que mata al árbol. Suponemos que habrá alguna solución para atajarla, aunque no hemos recibido todavía ni medios ni noticias para ello. Hay que ir a por ella, porque es capaz de dejarnos sin olmos.
Con su coche a punto, y siguiendo la pista de un camino forestal que sale de Rillo en dirección norte, el alcalde me lleva para que pueda contemplar in situ unos restos arqueológicos que hay en las afueras; plato fuerte para la visita y que una buena parte de los que aquí llegan se quedan sin ver. Lentos y bordeando de cerca el cauce del río Viejo, nos vamos adentrando en la zona pinariega, pedregosa, insólita, espectacular. Algunas de las piedras de los impresionantes cortes se ven marcadas por los estudiosos de la Geología que han encontrado por aquí un interesante material de estudio.
-Sobre este cerro de enfrente se dice que estuvo la ciudad de Manlia, es decir, Molina la Vieja. Ya no queda nada. Y en aquellos peñascales de los pinos hay pinturas rupestres. Ahora iremos hasta allí.
Acabamos de hacer un alto junto a las losas de arenisca que hay a la vera de la pista. Me explica el alcalde que hay dibujos hechos por pastores en tiempo inmemorial. Una vez sobre ellos le digo que a mí no me parece tan claro el origen de aquellos signos, que a pesar de que parezcan nombres propios escritos sobre la misma piedra por paseantes o jovenzuelos de no lejanas décadas, son muchas las figuras indescifrables que hay allí, círculos con cruces sobre todo, que recuerdan lo que no hace tanto pudimos ver en la Piedra del Moro de Canales, a una hora de allí caminando a pie, y que no estaría por demás que expertos en este tipo de signos y de grafías se pasaran por allí y le echasen un vistazo. El detalle, que pudo pasar desapercibido, me pareció de gran interés.
-¿Cómo le dicen a este paraje?
-A éste le dicen exactamente Los Barranquillos.
Llegamos poco después al merendero de la Fuente del Cura. A la vista del pinar agreste, de los roquedales que suben, entre cuyas sombras se descubren solitarias las mesas fijas de los veraneantes, uno piensa en otro tiempo, bien distante de estas frías mañanas del mes de enero, todo aquello debe ser un verdadero paraíso. La fuente corre cristalina y limpia bajo una peña. A nuestro alrededor los tremendo pedregales que bajan en perfecta verticalidad desde el azul que cubre las tierras del Señorío.
-Aquello de arriba es Peña Tomás. Ahí viene a veces lo militares a hacer ejercicios y cosas.
Subimos después, cortando al derecho la vertiente, cruzando entre los pinos, entre las piedras y las estepas, hasta la Muela del Llano. Al cabo de un rato nos encontramos frente al abrigo, delante de la piedra que don Agustín González, médico y actual sacerdote de Atienza, acompañado de un joven estudiante de Historia, descubrió unas manchas de ocre rojizo que corresponden a pinturas de la Prehistoria. Apenas si se distinguen. Julián Martínez, maestro de Molina, que por casualidad pasaba por allí con la escopeta al hombro, me va señalando a punta de cañón las líneas que debieron de dibujar la silueta de algún animal de la antigüedad.
Los pastores han hecho fuego debajo, y está en muy malas condiciones. De que es pintura rupestre no hay duda.
Con Antonio Valero siempre en compañía, nos vamos después hacia otro alto; ahora en la orilla opuesta del arroyo. Le dicen al lugar el poblado de Villacabras, y se trata, en una extensión tal vez superior al medio kilómetro cuadrado, lo que queda de un antiguo castro, al parecer celtíbero. Las piedras, en parte labradas de sus muros, se fueron empleando después para otros menesteres, acabando en paredones de tainas también desparecidas. Se ven abiertas en la peña las canales arcaicas por la que circuló el agua de la que se abastecieron aquellos primeros pobladores, los aljibes perfectamente horadados y la perfecta cimentación perdida entre el matorral. El paisaje del arroyo Viejo y toda la vega por la que discurre, toman desde estas alturas una visión sencillamente fantástica. Arriba el criadero de cangrejos, donde se cultiva la especie que en su día se piensa llevar a los ríos de la provincia para su repoblación. Se siente lejano el ladrido de un perro. A nuestros pies, al fondo del precipicio, se siente el rumor del agua corriente que se mezcla en los oídos del viajero con el soplo de la brisa que llega desde los robledales del Monteprado.
- en la ladera, debajo de estas rocas, enseguida que se hurga un poco aparece la cerámica. Debió de ser un poblado muy grande.
Acabamos de nuevo en la Plaza Mayor de Rillo. Es casi el medio día. La iglesia del pueblo está abierta y el público oye la misa del domingo en silencio y con atención. Es una iglesia reducida en tamaño, con dos naves. La nave mayor se cubre con un sencillo artesonado, y como fondo en el ábside un retablo sin historia que preside la imagen blanca de la Virgen de la Carrasca. La nave lateral está dedicada al Santísimo Cristo, una imagen que en el pueblo se venera con predilección.
Después de la misa hemos saludado en la sacristía a don Anselmo, el sacerdote que atiende desde Molina la vida espiritual de Rillo. Es un hombre mayor que sabe mucho de las iglesias y de los retablos de la comarca. Por insinuación del alcalde, don Anselmo me enseña la imagen antiquísima de la primitiva imagen de la Virgen de la Carrasca.
-La tenemos ya como inservible. La hemos cambiado por la actual, más moderna. La tenemos guardada porque, según parece, procede de una ermita que había a unos cuantos kilómetros del pueblo.
La talla mide como mucho unas dos cuartas, y está muy vieja y deteriorada. Por la forma me ha parecido muy antigua, del siglo XIII quizás. Es una de esas imágenes románicas de la Madre de Dios que a veces se encuentran, como aquí, donde menos lo esperas, y que son verdaderas joyas anónimas que en cualquier caso convendría custodiar y guardar bajo seguro. El alcalde y el cura (yo por testigo) quedaron en quitarla de allí, el encargar una copia exacta para la veneración de los fieles en la iglesia, y poner la original fuera del alcance los desaprensivos. La idea me ha parecido digna del mejor elogio.
De Antonio Valero y del concejal Julio Roca me despido tomando un algo junto al mostrador del Hogar del Jubilado, el impecable salón de recreo del ayuntamiento. Luego un vistazo final a la casona de los Marqueses de Embid y al momento el regreso.
Si uno tiene la idea preconcebida de que los pueblos de paso, situados en las márgenes de las carreteras principales de la provincia, no suelen tener mucho de novedoso e interesante por aquello de que el buen paño en el arca se vende, Rillo de Gallo ha contribuido, no poco, a cambiar de opinión. Ahí queda, con su indiscutible personalidad de pueblo antiguo, junto a la carretera, a las puertas mismas de la capitalidad del Señorío.

(N.A. Enero, 1985)