lunes, 26 de octubre de 2009

SANTAMERA


Santa Emerenciana, Mera, Santamera, Santamera de los Grajos. Todos estos nombres, y no sé si alguno más, he oído aplicar en el presente viaje al paradisíaco rincón de la comarca seguntina en el que acabo de entrar, donde todo es pequeño: el río, las casas, el nú­mero de personas con las que me puedo ver, el alma de las gentes… Lo absorbe y empeque­ñece todo la tremenda despro­porción de las montañas y de las rocas enclavadas en sus al­rededores, obra de titanes o de dioses mitológicos que dieron en venirse a morar a estas gargan­tas del Salado por aquellos años en que sucumbió el Olimpo. Hoy, a la vista de lo que ven mis ojos, quiero pensar que las deidades de la antigüedad pagana se convirtieron por arte de encanta­miento en aguiluchos rapaces y en buitres que merodean en comunidades incontables e incontro­lables colgados de1as peñas más altas.
Al pasar por la novísima cin­ta de asfalto cerca del Garme­llón, el sol desciende de plano encendiendo como lucecitas de cristal ardiente en las albercas y en los montones de sal. El va­llejo se va exten­diendo río abajo hasta encajarse en el angosto coladero natural por donde buscar salida. Las montañas son mondas a derecha e izquierda y de color de plomo. En las lisas laderas de los mon­tes hay lastras clavadas en la tierra que sobresalen por encima de los aliagares y de los tomi­11os. Al pasar el puente, ya dan­do vista a las huertas de Santa­mera y a las primeras casas acu­rrucadas al abrigo de los cortes rocosos, florece el té en las grie­tas y en las nudadas de las peñas con sus estrellitas amarillas que tienen olor, sabor y tacto pastoso, como la miel silvestre. Alguien me contó, no recuerdo cuando, que las hojas del can­tueso y las flores de té son el perfume preferido por las ninfas de ojos verdes que, cuando los hombres duermen, acuden cada' noche a re­mojar su piel y a cantar salmo­dias en las corrientes del río Salado. Todo ello, como fácil es de imaginar, son meras suposi­ciones que nadie ha demostrado hasta el día de la fecha bien que merecería la pena andar sobre ellas.
Una manada de ovejas blan­cas dormita amodorrada a la sombra de las choperas. Santa­mera ocupa el centro de una so­berbia sartén de rocas, y en días calurosos como el de hoy queda a punto de hervir todo lo que se contiene en su fondo: las tie­rras y las nogueras, los caminos y las aves de corral, las vidas y hasta la sangre de los hombres, sin posibilidad de apagarla dentro de los cuerpos porque no hay agua donde beber, ni en las ca­sas ni en las fuentes.
-Nada, no señor. Para beber, ni una gota. Si aquí viene algún forastero y tiene sed, tendrá que marcharse a otro sitio. Ester hilillo que cae de la fuente no lo busque usted dentro de cuatro o de cinco días. Es una pena ver lo abandonado que tienen este pueblo.
-La creo, señora ¿Es usted de los que viven aquí durante todo el año?
-No, yo en los inviernos me voy a Francia con mis hermanos que viven allí. En Francia se vive mejor. Es otra cosa.
-No se lo discuto, pero dicen que como en la casa de uno...
-Oiga, si fuera usted por ca­sualidad a Guadalajara, le da recuerdos de mi parte a Jesús García Perdices. Le dice que soy la Gregoria, la hija del Tío Pa­blo Caballo de El Atance. Somos casi como de la familia.
-Lo haré con mucho gusto. No se preocupe.
-Dígale también que haga algo para que nos traigan el agua, que en verano el pueblo se nos muere de sed.
Las pocas viviendas de San­tamera, habitadas o no, tienen los tejados, oscuros, color plomo, como las faldas de la Espi­nada. Por sus calles rocosas que suben y bajan desde las huertas hasta la iglesia, circula a cual­quier hora del día o de la noche el alma vaporosa de los miste­rios. Santamera es un pueblo cargado misterios.
-Sí, porque lo que es de habitantes no hay. Ocho me pare­ce que son en invierno.
-De todas formas, por el nú­mero de casas se ve que aquí siempre fueron pocos.
-Sí, pero yo me acuerdo de haber sido ochenta personas o más.
- Mire, Manuel se marchó a Francia hará cerca de veinte años, y yo me fui a Madrid porque no pude conseguir dinero para comprar un tractor.
Fidel Poyo y Manuel Caballo me llevaron por una cerca de alfalfa hasta el molino. El río se atraviesa por un puente voladizo, que es a la vez colum­pio sobre las mismas aguas. Es­tá construido con tablas viejas que se sostienen sobre tres ca­bles recios de acero retorcido. Por debajo navegan a la som­bra de los álamos media docena de patos blancos.
-La primera vez siempre da un poco de respeto pasar por en­cima de las tablas, pero cuando se toma confianza se cruza como si tal cosa.
- Y luego cuando se confía uno ¡Al agua patos! ¿No?
-Ah, pues sí se cae usted no crea que iba a ser el primero. Antes de ponerle los cables de acero más de uno se cayó abajo.
Don Félix Enrique de la Riba Antón, el molinero, tiene para vivir una casa grande adosada al molino, entre huertas, árboles y flores de rosal y de malvas reales. Don Félix Enrique es el alcalde pedáneo de Santamera con el que me hubiera gustado hablar pero no estaba en ca­sa. Quedamos en volver más tar­de para que me enseñara la igle­sia y el molino. En las sombras tan apetecibles de los huertos, al pie del puente movedizo que nos devolvería al pueblo, mis amigos me explicaron que los cerros más elevados de Santamera, aparte del ya referido de la Es­pinada, son el Picarón y el Ce­rro del Padrastro.
-Luego tiene la Peña de los Abantos poco más abajo. Es un sitio muy turístico. Seguro que es el sitio más turístico que hay en el pueblo. Desde lo alto del Padrastro conté una vez cerca de cien abantos subidos encima de la peña.
Los abantos de Santamera me temo que son los buitres, aves de tremenda envergadura que prefieren para reproducirse y vivir las cotas inaccesibles de estos cerros y algunas más de los pueblos vecinos.
-Pues aquí está todo bastante olvidado, ya lo ve usted. Que no tengamos agua para beber es una desgracia mucho mayor de lo que parece. Últimamente nos han hecho tres cosas buenas: la ca­rretera, la; luz y el teléfono, pe­ro nos falta la más importante. La fuente que vio usted allá aba­jo, esa no vuelve a su ser hasta el mes de abril por lo menos.
Un pastor; quizás el único pastor de Santamera, baja con su perrilla negra amarrada del cuello hasta el hatajo. Las ove­jas del valle del Salado pastan al pie de los riscos y beben el agua del río entre las espa­dañas y los juncos marinos.
-Unas trescientas me guardo. Yo soy de los que no me quise ir. Ahora da gusto por aquí, pe­ro en invierno esto es muy frío.
Bajo en seguida detrás de Mauricio el pastor. El hombre es ya de los pasados en edad, tie­ne la cara curtida. Viste con to­dos los atalajes y lleva encima el equipo completo de nuestros pastores serranos de allá medio siglo.
-Si se acerca usted a eso del cementerio, seguro que puede ver algún buitre de pie derecho encima de los riscos.
El viento encajado en el ho­cino espanta de vez en cuando con bufadas de calor el bochor­no de las copas. Cuando esto ocurre, las ramas altas de los chopos se mimbrean cansinas; apenas suenan, casi ni se mue­ven. Luego el cementerio, a es­tas horas del día silencioso y to­stado por el sol. La ermita conti­gua está en ruinas, por enci­ma del desplome de la cubier­ta hay una cruz de hierro a mitad de caer. Todo a la vez, la ermita y el cementerio, quedan al pie de un corte de peñas que baja casi en perpendicular a clavarse en la orilla izquierda del arroyo. Baja poca agua. El mal de la sequía lo ha reducido a un simple canal exangüe y de­sangelado que corre entre los mil cañones de las junqueras y de las matas de anea. Por lo que se ve, en tiempos debió ser un río eminentemente cangrejero.
-Mire a lo alto. Ya se lo ha­bía dicho. Tres hay en el mismo corte de las riscas. Los demás andarán oteando alguna res enferma.
Me limito a contemplar la es­cena desde el camino, mirando a contraluz los tres corpachones de los buitres colocados en lí­nea al borde del precipicio. Las tres aves pasan las horas muer­tas sin moverse, señoras desde su atalaya de todos los paisajes, de los soles y de los vientos. Les grito con fuerza desde abajo y continúan inamovibles, dueñas de la situación y de casi medio mundo. El juego caprichoso de la erosión, y el cauce del río siempre restregándose por don­de aquella brava naturaleza le manda, invitan remotamente a quedarse allí para siempre, convertido en meandro del río, en piedra fantasmal, en un chaparro más de aquellos que se crían como por milagro entre las peñas más altas.
El alcalde me acompañaría momentos después, con todo la fuerza del calor, a ver la iglesia. Desde su correspondiente peña como asiento que la sostiene, la iglesia domina a Santamera por los cuatro puntos cardinales. Para entrar hay una sencilla portada en arco de medio punto. El interior es de una sola nave, y por su aspecto bien se podría situar en el siglo XVI como época en la que fue construida, con algunos aditamentos posteriores. La cubierta se ve parte de ella sostenida sobre artesonado y el presbiterio recorrido con curiosas nervaduras góticas, muy propias de la arquitectura religiosa de su época. La estrella indiscutible de la iglesia de Santamera es el retablo renacentista que adorna el ábside. He contado en total diecinueve pinturas en tabla, enmarcadas por columnillas y frisos platerescos de madera tallada y policroma. Los diecinueve oleos que lo componen representan escenas de la vida de Cristo, bustos de apóstoles y efigies de santos y de santas mártires. En la hornacina central hay una preciosa talla prebarroca de Santa María Magdalena.
- Esa santa es la titular de la iglesia. La patrona, en cambio, es Santa Quiteria, que se celebra el 22 de mayo -me dice el alcalde.
Aparte del retablo mayor hay otros cuatro más repartidos en los muros laterales de la iglesia, dos a dos. Tres de estos retablos son de florido barroco dieciochesco, y el cuarto es plateresco y está dedicado al Niño de la Bola.
-¿Se ha dado cuenta de que las velas del altar se han doblado por el calor? Eso digo yo que será de puro malas.
Mis acompañantes, don Félix el alcalde y don Fidel Poyo, me cuentan como curiosidad que un año sacaron en rogativas a Santa María Magdalena para pedir agua, y al punto descargó un pedrisco que arrasó con toda la siembra. Resultado, Santa María Magdalena condenada a perpetuidad para no ver por los siglos infinitos las calles de Santamera y mucho menos los campos de mies. La justicia castellana es así, y en este mundo el que la hace la paga.
- Pues no se vaya a creer que es mentira. La pegaron a la peana para que no pudiera salir nunca más en procesión por el pueblo.
Como despedida me fue permitido ver en la sacristía otra encomiable tabla al óleo, quizás mejor conservada que las restantes del retablo y seguramente perteneciente al mismo. La tabla de la sacristía refleja la escena del Calvario en claro estilo pictórico de hace cuatro siglos, y que las gentes del pueblo, cuando hay confianza, suelen enseñar con ad­miración y respeto.
La escondida villa de Santamera, Santa Emerenciana de los antiguos, dará paso en breve si no se toman medidas, al paisaje agreste, solitario y singular que le sirve de marco, mientras que el recuerdo de su habita­bilidad desde la Edad Media será sólo leyenda que figure en cronicones y actas polvorientas de los archivos. Por lo pronto, y antes que el fa­tal augurio se llegue a producir, es tiempo de una visita minuciosa al pueblecillo de las escarpadas visiones, de las rapaces avizoras, del arte oculto, donde ocho personas mantienen enhiesta de continuo la bandera de la vida, no sabemos hasta cuando.

(N.A. Septiembre, 1986)