sábado, 31 de octubre de 2009

SETILES


Hemos vuelto a cruzar de punta a cabo la dilatada geografía provincial para asistir, tierra por medio, a los umbrales del reino de Aragón, allá por donde los aires castellanos del Señorío se tornan en jotica por derecho propio, al contacto con los llanos vecinos de Teruel por el famoso pueblecito de Ojos Negros. Acabamos de llegar a la falda oeste de Sierra Menera.
Setiles se anuncia, a la hora mal medida de la sobremesa, por el re­fulgente pináculo de su torre con esmaltaduras verdes. Los campos del girasol en las afueras nos dan paso a un pueblo dormido. Pese a las postreras fechas del mes de septiembre, la tarde se ha ido quedando ca­linosa, mustia, desapacible. El sol de plano enciende las formas esque­léticas y los herrajes del carillón del ayuntamiento, donde está colocado el reloj de la villa; un reloj que, a fe de ser exactos, marca en este instante las tres menos diez.
Aquí, bajo las acacias del jardinillo en donde me encuentro, corre un aire apetecible y vitalizador. Al rato veo pasar a un señor que mi­ra hacia donde yo estoy con cara de manifiesta antipatía, como importándole tres pitos lo que el desconocido de agotado aspecto, pueda o no hacer allí, en aquel apacible rincón en sombra. Más arriba se siente cómo sale, no se de donde, un murmullo continuo y rítmico, ese rumor que a es­tas horas muertas de la tarde desprenden las tascas de la capital y los anónimos casinillos de los pueblos.
- Vaya usted con Dios, buena mujer.
La ancianita, vestida de un negro riguroso y brillante, me ha he­cho un gesto expresivo alzando un poco el bastón en que se apoya, como queriendo a su modo responder a mi saludo, y ha seguido a su paso ace­ra adelante sin decir ni pío. Más allá de la fuente pública, situada al costado apenas del jardinillo, se ve una hornacina con una imagen que representa a la Virgen del Tremedal, señora y reina de aquellos contornos, con las armas a sus pies de los Mexina, año de 1778.
No apetece nada callejear, ni a estas horas ni a otras, por las ca­lles desiertas de los pueblos. La malva real, de pálido y blanquecino pétalo, reliquia del verano, se abre lánguida junto al pórtico de una casona deshabitada en la que suenan zurar las palomas. Setiles es pueblo de palacetes misteriosos y de casas hidalgas donde se adormece la historia, de blasones eminentes y de piedras pulidas con sabor a siglos.
Vagando sin rumbo fijo -eso es vagar- me hallo junto al pórtico de la iglesia. El templo queda guarecido a la sombra de una acacia y de un olmo cargado de años; una sombra efímera y otoñal, de hojas doradas que se desploman al menor soplo del viento. Documentos hay que asegu­ran cómo la iglesia se fue construida a principios del siglo XII, y que en l622 se levantó la torre por el maestro de obras don Diego de la Peña, si bien, la capilla mayor y la sacristía datan de l663. La portada, según consta, “se construy6 en 1939, siendo cura don Celedonio Sánchez Sanz, natural de Setiles”. Más adentro se deja ver recomida por la intempe­rie y por las aguas de más de un siglo, una cruz misional de 188l, con los atributos de la pasión superpuestos en madera tallada. No lejos hay un parque infantil en el que nadie juega.
- No señor; el tiempo ya parece que no acompaña. En verano sí. Ahora ya quedan pocos chicos y por la tarde en seguida refresca.
Setiles a pie de caminante se ve que es un pueblo empinado, de ca­lles en cuesta y bien cuidadas. Poco o mucho, pueblo que hasta el pre­sente se ha logrado mantener al calor de las minas de hierro.
En una casona conventual, tras el juego de pelota, hay una portada neoclásica de piedra rodena. La casona está habitada según parece. Tiene un escudo de armas pegado sobre el frontis, correspondiente, cabe suponer, a alguna familia destacada de hace dos o tres siglos. En Setiles nació el propósito de los Clérigos Menores de Calatayud, don Pedro Blasco, muerto en olor de santidad el 15 de diciembre de 1681.
En el Centro Social, que es sin duda el establecimiento público en el que sentí murmullo al poco de llegar, he pedido que me sirva ca­fé a la chica que atiende el mostrador. Asisten al bar una veintena de clientes -jubilados casi todos- que juegan su partida de cartas en las distintas mesas del sa1ón, otros miran la película de la televisión y, los que no, ojean en sus sitios respectivos unas cuantas páginas suel­tas del "Heraldo de Aragón" En las paredes hay colgados carteles que anuncian corridas de toros y pasquines de conjuntos musicales de segundo orden. El bar de Setiles a la hora de la sobremesa es uno de los más animados que conozco.
- Son casi todos trabajadores de las minas. Ahora que están jubi­lados pasan sus buenos ratos pegándole al guiñote.
Me lo explicaba Cayetano López, un joven empleado de la extrac­ción del mineral de hierro, bajito más bien y con negra barba, que al poco supe era el alcalde del pueblo. Cayetano López me acompañaría, gentil y voluntariamente, hasta que dejé Setiles una hora o dos más tarde de haberlo conocido.
- Pues yo tenia idea -no sé si equivocada- de que el pueblo apenas si se aprovechaba de la riqueza enorme que tienen en Sierra Menera. Por lo que veo, empleo sí que da a las gentes de la zona.
- Por esa parte sí. De aquí estamos trabajando en las minas unas veinte personas, y otras tantas de entre los demás pueblos: El Pedregal, Tordesilos, y uno que viene de El Pobo. Por lo que se refiere a bene­ficios para el municipio, prácticamente nada. En dos años no hemos re­cibido nada más que cuatrocientas mil pesetas hace poco. Yo creo que la empresa paga más, pero que si pasa por Hacienda, que si unas cosas y otras, aquí nos llega al final sólo una miseria.
Haciendo un poco de historia, y teniendo en cuenta que estas minas son con mucho el yacimiento en explotación más importante de la provincia, es bueno recordar que el día 3 de septiembre de 1900 se creo la empresa Compañía Minera de Sierra Menera, firmándose el contrato de arrendamiento cuarenta y siete días después, entre la compañía interesa­da y las autoridades correspondientes tanto de Setiles (Guadalajara) como de Ojos Negros (Teruel). La extensión total del terreno, repartido en ambas vertientes, es de 1800 hectáreas, de cómoda extracción, pues­to que en cualquier caso los trabajos se realizan siempre al aire li­bre. Durante los primeros cincuenta años de explotación, se calcula que salieron de aquellos cerros catorce millones de toneladas de material, con destino al Puerto de Sagunto para su elaboración consiguiente.
- Barbaridades se han llevado de aquí. Y no es lo peor que excaven la sierra, sino que además es que nos están dejando sin monte.
Los sistemas para mover y transportar tal cantidad de tierra ferru­ginosa en aquellas décadas de sus principios, debió ser de lo más ori­ginal y pintoresco debido a la falta de medios. Se utilizaron, sobre todo, las tolvas rodantes, los cables de acero, y el plano inclinado, aprovechando la vertiente natural de los montes para que las vagonetas descendieran por su propio pie cargadas de material hasta la base.
- Ahora resulta todo más fácil. Hay una cinta transportadora que, a través de un túnel, se lo lleva todo hasta Ojos Negros, a siete ki1ómetros de distancia.
Hemos llegado hasta las minas, a tres o cuatro ki1ómetros de Seti­les. La parte del poniente, me explica Cayetano, es Castilla, mientras que la otra vertiente ya pertenece a Aragón en tierras de Ojos Negros. Desconozco la extensión de una y de otra, aunque pienso que será mínima en favor de cualquiera de ellas; pese a todo ahí está la denominación de origen, luciendo el nombre de Minas de Ojos Negros exclusivamente, como lo estudiamos en aquellos textos del bachiller de hace veinticinco años y hoy lo estudian nuestros hijos en las escuelas. Quiero pensar que éste debiera ser el primer punto sobre la “i” de la desconsideración que habrían de colocar nuestras autoridades, y que, en honor a la justicia, pasasen a llamarse “Minas de Ojos Negros-Setiles”, pongamos por ejemplo. Luego, a formalizar con honestidad el reparto de beneficios.
- Hace poco salió en las excavaciones un agua buenísima y abundante. Nos la han conducido al pueblo. Antes teníamos un agua fatal.
Desde los altos polvorientos de la sierra, con caminos y explanadas inmensos que antes fueron corazón de la montaña, la vista se pierde sin hallar término a las tierras en explotación. Todo es aquí de un ocre tostado y oscurecido, color de raspadura del óxido de hierro. En las tremen­das hoyas en explotación, se ven circular los camiones de la carga que aparecen a la vista pequeños como carretillas, conducidos por lilipu­tienses que se pierden en aquel mundo de un marrón encendido, que nada tiene que ver con el otro mundo en el que habitan fuera de las horas de trabajo, y mucho menos aún con el azul celeste castellano-aragonés que le sirve de tapadera.
El poblado está más adelante, a la caída, ya en la parte de Teruel. Cayetano y yo descendemos con el coche por aquellas pistas que han molido y remolido las ruedas de los camiones.
El barrio minero es ante todo un barrio alegre, sano, ajardinado. Las viviendas de los empleados, la iglesia, el tren, las oficinas de los ingenieros, la escuela, se desquitan con creces la incomodidad del enorme maremagnum de las minas. Lo aprovechable del material nos lo explica en pocas palabras el director, don Ginés Pérez Zamora, a quien sa­ludamos y dijimos adiós en una visita relámpago.
- El material que sale de aquí suele tener un cincuenta o un cincuenta y uno por ciento de hierro. Hay otras minas en España en las que el porcentaje es mayor, pero, si cabe, éste es de mejor calidad. El hierro que sale de aquí es muy estimable.
- ¿Lleva consigo alguna peligrosidad especial el trabajo de los obreros?
- Ninguna. La peligrosidad corriente en cualquier otro trabajo de po­co o de ningún riesgo. Es material no tóxico y se trabaja siempre al aire libre.
Curiosainente, nuestra crónica semanal se ha salido por una vez fue­ra de sus límites geográficos en busca de algo muy relacionado con nosotros. Hemos regresado enseguida a las calles de Setiles con la hora acuestas, al pueblo alejado de la capital casi en dos centenares de kilómetros. Inmejorable oportunidad para recorrer, íntegra de este a oeste, la enorme corpulencia de la provincia de Guadalajara, acristalada y nacarina, de campos solitarios y atardeceres fríos como corresponde a la hora y al lugar que pisamos: Castilla en otoño.

(N.A. Octubre, 1985)