viernes, 23 de octubre de 2009

SAN ANDRÉS DEL CONGOSTO


Los calores agresivos, los insufribles calores del llano campi­ñés, se han hecho más llevaderos a medida que se cruza por las tie­rras de Fuencemillán y de Cogolludo de cara a la sierra. El verano por estos campos indefinidos se siente en la piel, en los pulmones, y hasta en el alma de quien viaja con verdadero gozo.
Nos desviamos, antes de llegar a la presa de Alcorlo, por una ca­rretera nueva que desciende hasta San Andrés atajando vertientes in­cultas de maleza a ras de suelo, salpicadas de trecho en trecho por nudadas oscuras de chaparral a las que corre a esconderse despavo­rida la cría de la codorniz. La mañana entra con demasiada fuerza y ya, en la barranquera del Bornova, el sol comienza a molestar des­de la ventanilla cuando vamos llegando pueblo.
San Andrés del Congosto, su antigua imagen, sus adecentadas callejuelas pinas, asentado en mitad de aquella espesura verde que se deshace en trinos de pájaros a cualquier hora del día, es el contrapunto a tanta ­severidad de tierras estériles por donde acabamos de pasar y cuyo aroma a tomillo y a flor de jara viene hasta aquí envuelto con el olor húmedo de los huertos.
Hemos abandonado al fin nuestro automóvil en la Plaza Mayor. Hay un barecillo blanqueado de cal y algunas casas emparradas con venta­nales y rejas pintadas de verde. El frontón y la espadaña de la iglesia limitan en diagonal los extremos poniente y levante de la plaza. Estamos ahora bajo la sombra de una olma gigantesca, menos pomposa quizás, pero tan rolliza y alta como los mayores ejemplares de la especie que en años precedentes vimos por la Alcarria. A la olma de San Andrés del Congosto, vieja y moribunda, la abrazan entre seis hombres y permanece en la memoria del Tío Bernabé, que ya tiene casi cien a­ños, como algo inamovible, perpetuo como los cerros, siempre igual.
- La matan los bichos esos de la enfermedad. Ya no se salva.
Me ha dicho Cosme, el hermano del alcalde, que trabaja en unas obras de la calle de La Cambrija.
Los gorriones que se salieron de la fronda de las huertas respiran como si les faltara el aire en las canales de la iglesia y, cuando no pueden más, huyen al fresco del campanario para volver en sí. Por la plazuela de la fuente bajan sin rienda las bicicletas de los niños veraneantes. La fuente es redonda, minúscula, un poco en la cuesta del cruce de calles. Por una de las cuatro salidas que parten de la fuente, hay una señora bajita tendiendo ropa sobre una cuerda en el pare­dón de su casa. Es la de esta mujer una vivienda originalísima, de trama y adobe revocado, según los cánones más puros de la arquitectu­ra popular de hace un par de siglos.
- Si lo tiende a la sombra no se le secará, señora.
- Sí que se seca. En este tiempo, la ropa se seca en cualquier sitio.
- Me gusta su casa, ya ve usted. De éstas ya quedan pocas.
- Es muy vieja, mire usted. La tenemos de cuando mi abuelo. Mientras que yo vi­va seguirá así; después, los que vengan detrás que la tiren o hagan lo que quieran. Por dentro está muy bien.
El marido de la señora Nicasia, la mujer que descansó en sus que­haceres para hablar con el forastero, pica el dalle sentado en el suelo a la sombra de una transversal que le dicen Cantarranas. Es una calleja estrecha, muy fresca, pavimentada de guijarrillo que baja en pendiente a morir a las arboledas del arroyo. Por el ángulo de luz que dejan los aleros en la calle de Cantarranas, se ve la cabeza breñosa de la Cuesta de la Parra orientada al saliente. Como creo que hay la suficiente amistad para conversar sin tapadillos, de igual por igual, tomo asiento sobre el suelo de guijarros de la callejuela jun­to al señor Alejandro, que sigue acompasadamente porraceando en el acerado corte de la guadaña.
La operación de picar el dalle consis­te en sacar filo a la hoja a fuerza de golpecitos certeros en el hilo cortante de la lámina. El campesino se sienta con las piernas abiertas en una sombra e hinca en el suelo una especie de estaca de acero, en cuya leve superficie superior se va apoyando la hoja que recibe el repiqueteo diario con un martillo especial del que mi amigo, don Alejandro Recuero Lucia, me dará después cumplida explica­ción.
- Esto que se clava en el suelo se llama yunque. El martillo se dice la pica, por eso es picar; y al dalle hay quien le di­ce la guadaña.
- Pues yo también los he visto en la sierra, afilar con una piedra.
- Claro, pero eso es cuando se está dallando en el prado. Una pie­dra de arena mojada en agua, que se guarda en un cacho de cuerno con una poca hierba para que no se seque.
- ¿Cuánto les suele durar un dalle, señor Alejandro?
- Según lo que se use. Qué se yo. Toda la vida, o más. Este, segu­ro que tiene ya sesenta años. Desde que tenía yo catorce que me quedé sin padre, he estado dallando con el mismo. Ya ve si es viejo. Hasta una pieza le tuvieron que echar, que se rompió con un canto cuando era yo caminero.
-¿Ah, sí?
- Sí señor. Treinta y dos años de peón por lo de Rionegro, allá en lo de Veguillas que es mi pueblo.
- Y el medio de transporte en invierno, y en verano también, ya se sabe, la bicicleta, ¿no?
-¡Qué va! Yo usaba la burra. Iba con una borriquilla que me quería mucho. Cuando me ponía a trabajar la dejaba atada en la hierba y, si por casualidad me apartaba un poco y me perdía de vista, se ponía a rebuznar y me llamaba. Se conoce que tenia miedo.
-¿De qué se mantienen ahora en San Andrés?
-De lo que nos pagan de la vejez. Los pocos más jóvenes andan con el campo y con las ovejas. Nada. Hay más tierras de erial que de la­branza. ¡No ve que no quedan manos que lo muevan! De hortalizas, cuatro patatas y cuatro tomates para el gasto de la casa y nada más.
San Andrés del Congosto alinea a una y otra acera el rusticismo de sus casas con sabor a siglos por calles en cuesta; otras, como igual es norma, muestran junto a las originarias del pueblo antiguo su faz retocada con materiales de hoy. Detrás de alguna tapia crecen la higuera y el laurel entre calle y calle. En cualquier caso, el conjunto urbano es una muestra bellísima del hábitat cuna de nues­tros antepasados, donde los hombres de hoy, y más durante el verano, encuentran a manos llenas la paz y el reposo que la ciudad -invento sin par de estos tiempos nuestros- jamás les podrá dar por mucho que se empeñe.
Por la calle Mayor chorrea el agua en el abrevadero, pegada a los cimientos del barecillo de Salustiano. Para entrar al establecimien­to es preciso subir cuatro o seis escalones, que rematan en un minúsculo salón en donde aparece el dueño almorzando de pie en un extremo del mostrador. El bar de Salustiano es también algo de tiendecilla, y posee un muestrario de artículos en los estantes nutrido y en or­den. Junto a la pared hay una mesa de futbolín y en la cara contigua una pintura mural, inconclusa, donde se ven cuatro hombres del pue­blo jugando una partida de cartas y otros más que los miran alrede­dor de la mesa.
- Buenos días. ¿Me podría poner una cerveza, por favor?
- ¡David! ¡Saca una cerveza a este señor!
David debe de ser, por lo que veo, el nieto del señor Salustiano. Cuando el chiquillo ha colocado la botella abierta delante de quien la pidió, se escapa otra vez a jugar por donde había venido.
- ¡Chico, pero no te vayas de aquí! ¿Y si te pide más cosas?
El chiquillo, sumiso, se vuelve otra vez.
- Tienen un pueblo muy bonito.
- Pues sí. Este pueblo es bueno, mayormente por el paisaje. Por lo demás, nada.
- ¿Quién ha hecho eso de la pared?
- Un pintor que se llama Juan Francisco Toro. ¿No lo ha oído nom­brar?
- Pues, no caigo. Creo que no.
- Ahora me parece que anda pintando por Méjico. El camarero que se asoma soy yo.
En el mural de J.F.Toro es precisamente la figura del camarero la que está sin terminar. Ahora entran dos trabajadores de la construc­ción a tomar cerveza. En la radio se oyen algunos compases de la sinfonía "El reloj" de Haydn. La dueña toma al desconocido por un vendedor de libros y, cuando después de mucho dudar advierte que no lo es, le pide disculpas.
- Es que, no crea que se me olvida, un día vino uno y me obligó a comprarle un libro. Mil quinientas pesetas de mi alma.
- Bueno, pero yo no tengo cara de eso. Usted me ha visto mal.
- ¡Miá!, y aquel tampoco tenía. ¿Entonces, es usted influyente?
- No señora. Yo soy un pobre hombre que, de cuando en cuando se va a dar una. vuelta por los pueblos a conocer gente y nada más. A otros les da por irse a la playa con estos calores, y a otros por vender libros...
- A ver si puede hacer algo para que veamos la televisión en el pueblo.
- ¿No la ven?
- Casi nada. El segundo canal, nada.
- Pues, difícil va a ser, ¡Qué más quisiera yo! Pero, le advierto que para lo que ponen es una suerte no verla.
- Ya lo sabemos, pero en los inviernos... Cuando los Mundiales nos ponían el repetidor gratis y perdimos la ocasión. Ahora, si lo queremos, nos cuesta los cuartos.
Fue en el bar donde me aconsejaron que no me fuera del pueblo sin ver la presa, y obedecí. Queda de las últimas casas a un ki1ómetro escaso de distancia, subiendo contracorriente el cauce del Bornova. El tremendo muro de contención ataja el agua entaponando la garganta que separaba a dos cerros de piedra. El sobrante forma a la caída una charca, don­de las señoras mayores de la capital acuden a bañarse y a untarse de bronceador a la sombra de los sargatillos. Un puente románico di­simula su pequeñez delante de la presa y en la pendiente abre sus flores en abanico el te de roca. Arriba el sereno mirador a la sie­rra, con el espejo azul del agua como fondo en cuya entraña quedó sepultado el pueblecito de Alcorlo, recuerdo hoy, leyenda, quizás, mañana.

(N.A. Agosto, 1984)