martes, 15 de septiembre de 2009

RAZBONA


Aldea de Humanes, barrio anejo o entidad menor en lo administrativo, Razbona, situada en la margen derecha de la carretera de Tamajón, es lugar que nunca pasó desapercibido para el viajero, y hoy tiene su turno en nuestra sección con todos los honores en este desfile incesante de pueblos y de villas guadalajareños, a cuyo conocimiento y estudio in situ uno ha dedicado, y lo seguirá haciendo, los mejores años de su vida.
Quiso la casualidad dar conmigo en Razbona al comenzar la tarde, en un día cualquiera de principios del mes de julio. Los chalés y las viviendas unifamiliares extramuros tienen a su respaldo una parcela de huerta bien cultivada. El aspecto de las tierras campiñesas que rodean a Razbona es de una increíble diversidad. La hora es serena y radiante de tranquilidad, tal vez demasiado ahogada por la fuerza del día.
Las casas de Razbona son bajas y uniformes, colocadas muy al mismo nivel como lo están casi todas las casas de la Campiña. En sus centenarias paredes asoma el adobe, el ladrillo visto y la mampostería de guijarra como materiales más característicos, común a tantos lugares más de la comarca. Una portada del XVI con arco adovelado pone en la calle Mayor el acento inequívoco de su antigüedad, y tal vez de su pasada nobleza. Sería cuestión de hurgar en la Historia para saber de su raíz como parte indivisa que lo fue del condado de Humanes. Afortunadamente se ha hecho al respecto algún trabajo durante los últimos tiempos.
Razbona, pequeño y casi despoblado, me recibe sesteando a eso de las cinco. A pesar de la transparencia de la tarde, come el sol por las aceras de sus tres calles. El viaje ha sido de una continua soñolencia, con ese pastoso olor a mies entre cantos de chicharras. La ancha vega del Sorbe se abre a la caída, teñida con el color de la fertilidad, teniendo como fondo en la lejanía las indudables cimas que comanda el Ocejón. Por lo demás, tierras llanas de pan llevar en las que el trabajo del hombre se hace producto, colinas fragosas y olivares diminutos en los bancales, acordes y ordenados.
Al final de la calle Mayor hay una fuente moderna, con cuatro caños distribuidos en cruz y, todos menos uno, cegados con tapones de corcho.
La segunda calle de Razbona en importancia es la de la Soledad. Una calle anche y recta orientada al poniente. La señora Milagros, vecina de la calle de la Soledad, me pone al corriente del porqué de las obras todavía sin concluir.
-No sé. La empezaron a arreglar y parece que se han paralizado las obras, qué sé yo. Por ahí detrás hay una plaza muy bonita, también a medias de arreglar. La ermita la tiene usted un poco más adelante, allá al final de las casas.
Los chalés con patios ajardinados en la calle de la Soledad son verdaderos vergeles, ahora en su mejor momento. En uno de estos patios de apretada vegetación se agostan las caléndulas y las malvas reales cuando el sol se cuela por entre el ramaje de los cerazos y del álamo blanco. Las abejas sacan partido de las florecillas arracimadas de la hiedra, mientras que el fruto del parral apunta al otro lado de las alambreras.
-Oiga señor, aquel pueblo de allá lejos debe de ser Trijueque, si no ando desorientado.
-Sí señor, aquel es Trijueque. A toda esa parte ya se le dice la Acarria.
Bajo el pórtico cubierto de la ermita la sombra es fresca. A través de sus ventanas de metal se distingue la imagen doliente de Nuestra Señora de las Angustias, con el cuerpo muerto de Cristo sobre el regazo. Varios jarrones de flores le sirven de adorno en lA delantera del altar. Dos bancos de a cuatro, un Niño Jesús de Praga y una imagen de Santa Lucía, cada una situada en su correspondiente rincón, completan la serie de motivos en el pequeño santuario que, si bien la advocación no se corresponde con la imagen que la preside, llaman de la Soledad.
Los cerros de la Muela y de Hita se dibujan en el horizonte al mediodía. En otro patio próximo hay un cerezo con las ramas dobladas por el peso del fruto. Algunos firlachos de plástico pretenden hacer la función de espantapájaros. En la casa parece que no vive nadie.
Ahora busco en su domicilio de la calle Mayor al alcalde del pueblo, Mariano Torija. Lo sorprendo echando una cabezadilla en la mesa del comedor. Uno sabe muy bien que en ciertos momentos pueden resultar inoportunas las visitas y éste ha sido uno de ellos. Mariano Torija es un hombre de mediana edad, robusto y corpulento, no demasiado alto, curtido por el sol y por los vientos en días de trabajo en las barbecheras y en los campos de mies. El espacioso comedor del alcalde es cómodo y muy acogedor. En una de las paredes está colgada la cabina del teléfono público.
-Ya lo ve; el pueblo es pequeño, no contamos con ayuntamiento propio. Desde siempre hemos pertenecido al ayuntamiento de Humanes como anejo.
-Serán pocos habitantes, supongo.
-Muy pocos. Si no me equivoco creo que en este momento somos veinticinco.
-Todos agricultores.
-No, qué va; casi todos jubilados. Le advierto que el único agricultor de Razbona soy yo. Las tierras las llevan casi todas los de Robledillo.
Las gentes de Razbona rezan por tradición a San Pablo y a San Gregorio, cuyas fiestas celebran el 25 de enero y el 9 de mayo, si bien, la patrona es la Virgen del Viso, con una imagen nueva que ha vuelto a traer al vecindario el júbilo festivo, con no poca animación a mediados de agosto.
-Claro, es que la verdadera imagen de la patrona desapareció cuando la Guerra. Pero el año pasado nos hicieron una muy parecida a aquella, y ya tenemos nuestra fiesta mayor lo mismo que antes.
Es más bien la señora Adela, la mujer del alcalde, quien me informa de todos estos pormenores, incluso me muestra en fotografía una reproducción de ambas imágenes, la antigua y la nueva, tal y como aparecen en la obra publicada recientemente titulada La encomienda de Mohernando y el condado de Humanes, de Antonio y Miguel Marchamalo.
-Pues es un libro que está muy bien. A ver si tenemos tiempo y nos lo vamos leyendo poco a poco.
-En asunto de tiendas, colegios y demás, tendrán mal plan.
-Para todo nos acercamos a Humanes. Está ahí a cuatro pasos. Sólo son cuatro kilómetros, que aunque sea andando se llega en un momento.
Me cuentan mis amigos de Razbona que su pueblo es más antiguo que Humanes, que siempre se ha dicho así, pero que ellos no me lo saben explicar mejor.
-Es verdad, por encima de lo que ahora es la carretera suelen salir restos de poblados antiguos, y piedras, y así como cachos de teja. De eso hay mucho.
Poco después pido a Mariano Torija que me acompañe a echar una asomadilla a toda la vega del Sorbe desde el mirador que queda justamente por detrás de su casa. La tarde continúa siendo calurosa, pero a menudo sube desde el barranco algún soplo de brisa que refresca la piel. La vega del río Sorbe, desde el mirador de Razbona, tiene motivos de encanto suficientes como para mirar y mirar, si se dispone de tiempo, durante toda la tarde.
-Por eso de ahí abajo que aparece un puente es por donde se llevan el agua de Beleña hasta Guadalajara y Alcalá. El pueblo de Beleña es aquel que se ve allá arriba., y la presa, fijándose bien, también se alcanza a ver un poco.
En el fondo es todo un desfile tupido de choperas que ocupa, siguiendo de cerca el correr de las aguas, toda la parte central del barranco. Ejemplares altísimos de buen sombraje, en cuyas inmediaciones no falta la típica casona en ruina de las pinturas románticas.
-Le decimos las Povedas. Y la casa grande era un molino de grano
-Pues a ciertas horas del día ahí se debe estar muy bien.
-Mucho. En pleno mes de agosto eso se pone de gente que para qué. Ahí se bañan y todo. Tenemos camino para bajar con los coches.
El alcalde me va nombrando, uno por uno, a la vez que los va señalando con el dedo, los distintos parajes de la vega.
-Sí, ahí tiene el pozo del Tío Santos, el pozo de la Umbría, a los llanos de mies le decimos Valdecarlos, y los cerros de al otro lado del río son el Monte y el Cerro Negro.
-El bosquecillo parece de marojo y jara ¿verdad?
-Hay un poco de todo: enebros, marojos, jaras y retama negra lo que más.
-Pues si yo vivera aquí creo que me pasaría las horas mirando al barranco, sobre todo en las tardes de verano.
-Le advierto que está bonito siempre. En invierno es distinto, pero también me gusta mirar desde aquí.
Se lamenta Mariano de que Razbona no tenga un lugar público donde tomar una copa, o matar siquiera el rato jugando una partida de cartas, y pienso que no le falta razón. Los inconvenientes de orden económico y administrativo que lo impiden y la nunca justificada carga fiscal que llevan encima son enormes, pero tampoco hay derecho a que los cuatro ancianos de los pueblos se aburran todos los días del año, sentados a la puerta de sus casas o paseando en solitario cada cual por las orillas en las mañanas de sol. El alcalde de Razbona es consciente del problema y está dispuesto a buscarle una solución.
-Eso desde luego. Sé por experiencia que no es posible, que los impuestos te comen por los pies y tienes que cerrar el establecimiento, pero en el pueblo hay que pensar en poner alguna cosa.
Tengo la impresión de que el tractor en la puerta de la cochera está esperando a mi interlocutor para salir al campo. Los últimos minutos de mi estancia en Razbona son para contemplar desde arriba tantos detalles más del fantástico lienzo de la vega. Ahora las huertas, los hotelitos medio escondidos entre la vegetación, los alineados viñedos…, un monumento natural que no figura ni figurará nunca en los tratados de arte. En el escalón superior, Razbona, pequeño y mimoso, callado y a la espera de tantas cosas, silencioso misterio de una tierra, la nuestra, a la que hay que odiar o amar con toda el alma. Ni qué decir que por razones de filiación preferimos lo segundo.

(N.A. Julio, 1987)