martes, 15 de septiembre de 2009

QUER


Entre la luz que se filtra a través del cielo gris de una otoñada con vocación de invierno, regala Quer a las tierras hoscas de olivar y de barbechera la gracia de sus torres, el encanto puntiagudo de su chapitel coronando la mole rectiforme de ladrillos, como oscuro turbante de plaqueta clavado en las nubes donde zuran las palomas, inmóviles, esperando pacientes la venida de un tiempo más propicio.
Pasamos a la entrada junto a algunos chalés que preceden al reducido burgo, donde los que llegaron de la capital a pasar el sábado, ocupan la mañana en remover la tierra, en quitar los matujos secos que rodó el viento o en levantar un murillo de contención pensando en el invierno.
Llamado quizás por su altivez, o por el bello juego de sus arcos, he dado en caer junto al pórtico de la iglesia. El sitio, por evocador y solitario, es un mar de paz. Recibiendo de frente la doble luminaria del día, las piedras que conforman la múltiple arcada del templo restallan mirando a la veguilla. Los vanos aparecen tapados con forja de buen arte, mientras que en el interior del umbroso cobertizo muestra su escuela renacentista el arco de acceso, de limpias formas semicirculares con los relieves de los santos apóstoles Pedro y Pablo, cuyos bustos, uno a la derecha y otro a la izquierda, sirven de adorno a las enjutas.
Adosado a los muros del XVI, y como al amparo del templo del que desean beber sus ansias de eternidad, queda el viejo cementerio del pueblo, al que se ha de pasar bajo un arco descarnado de dovelas en equilibrio, sin más techumbre que el celaje turbio de la Campiña, ni otro motivo interior que una docena de lápidas presididas por una humilde crucecilla de hierro retorcido sobre la caña de una columna de piedra.
Al cabo veo venir por la carretera, con dirección al pueblo, un señor que porta una vasija de agua.
-Buena iglesia -le digo.
-Ya lo creo. ahora está recién arreglada y parece mejor.
El hombre se llama Vicente Valderas. Me dice que viene de por agua de una fuente que hay un poco más abajo, por donde el lavadero.
-Es la mejor agua del término. Los de Guadalajara, como es manantial y no le pueden meter el cloro, han puesto un letrero que dice. "Agua no potable", pero, por lo menos medio pueblo la bebemos de allí.
-¿No tienen el agua en las casas?
-Sí que la tenemos; pero el agua de beber nos la llevamos de la fuente como toda la vida.
Mi nuevo amigo de Quer me ha invitado a ir a su casa. Me ha contado que tiene un hijo que dibuja muy bien, que hace unas historietas que gustan mucho.
-Pues sí que me gustaría verlo, ya ve usted. No se preocupe, que cuando haya echado un vistazo al pueblo me acercaré a su casa.
-Ya lo sabe, no tiene pierde. Al final casi de la calle Mayor, subiendo, a la derecha.
La calle Mayor es, no sólo la principal, sino, prácticamente la única calle de Quer. Las demás son entrantes y salientes que concurren en ella. La calle Mayor se divide en dos: la Baja y la Alta. En la Calle Mayor Baja está la plaza del Generalísimo, con el ayuntamiento a su espalda. A las puertas de la Casa Consisto­rial, donde está Teléfonos y un poco de barecillo que sólo funciona los fines de semana, me doy cuenta de que Quer, un Quer agónico y deshabitado, es una reliquia palpable de esplendores que ya pasaron y cuyo recuerdo permanece allí como anclado en el tiempo. Las casas son pocas, pero elegantes e historiadas, rememorando en sus piedras y ladrillos de fino gusto campiñés el recuerdo de familias hidalgas, de olvidados terratenientes del pasado y de hombres que uno imagina debieron ser de notoria influencia. «Al Ilmo.Sr.Dr. D.Timoteo Celada Quer, que nació en esta villa el 24 de enero de 1872. Sus paisanos, llenos de júbilo al ser nombrado Vicario Capitular (S.V) de la archidiócesis de Toledo, el día 7 de septiembre de 1920; en testimonio del acendrado cariño que le profesan, dedican este grato recuerdo», dice una placa conmemorativa sobre la fachada del ayuntamiento. Sin olvidar por eso la figura del eminente historiador del siglo XVI y teólogo en Trento don Juan Páez de Castro, nacido en la villa, cronista del rey Felipe II y encargado por su majestad de la redacción de una Historia de España, con tan ambicioso contenido, que jamás llegó a escribir después de haber pasado toda su vida recopilando datos, como bien atestiguan los valiosísimos manuscritos de la biblioteca de El Escorial.
Por lo demás, el pueblo es limpio, de ordenada urbanización y calles pavimentadas de cemento. Las escasas viviendas de que consta suelen ser bajas, como corresponde a la comarca campiñesa en que está enclavado: Hay abundancia de jardines y de patios emparrados, siendo la mampostería en algunas, y el ladrillo y el adobe en las más, su material al uso.
Estoy ahora en el amable comedor de la casa de don Vicente Valderas. Su hijo Emilio es el dibujante de comics de quien me habló. Es un muchacho sensato, alegre y de correcta presencia. Emilio, que acaba de salir del servicio militar, sabe aprovechar­se de lo hermoso que tiene la juventud y tirar por la borda la carcoma ambiental que trata en estos tiempos nuestros de destrozarla y envilecerla. Las historietas y los chistes gráficos de Emilio tienen la característica común del humor inteligente, del humor por el humor sin otros ingredientes. Al muchacho, joven y con ilusión, le gustaría sacarlos a la luz si hubiera alguien que se preocupase.
-Los llevé una vez a Barcelona para una revista, y sí, te dan buenas palabras, pero luego no hacen caso.
-Qué edad tenías cuando te dio por hacer esto?
-Ya hace mucho. Cuando tenía trece años. Luego me publicaron varias historietas en una revista del Instituto de Guadalajara, y después, nada.
-¿Vives siempre en el pueblo?
-Ahora sí. A ver si encuentro donde trabajar y entonces me marcharé, como todos. También toco en un conjunto de Azuqueca.
-¿Ah, sí?
-Toco el órgano. Nunca faltan fiestas y sitios adonde ir; pero como una solución a la vida no es.
-El padre de Emilio, don Vicente, escucha entusiasmado la conversación de su hijo con el forastero. Luego interviene.
-No es porque se mi hijo, sabe usted; pero ha salido como pocos salen. Vale mucho. Todo lo que gana con la música, hasta el último céntimo, se lo da a su madre. Él se apaña luego con cualquier cosa.
Por la calle Mayor, mis dos acompañantes me cuentan que Quer es un pueblo vacío, llamado a desaparecer.
-Sí que desaparece. Tarde o temprano, aquí no queda nadie. La juventud se marcha a Guadalajara y a los pueblos cercanos, y eso es mala cosa. Algún día comenzarán a trabajar las tierras viviendo en los pueblos de la contorna, y esto se acaba.
-Es una lástima. Tan cerquita como están de la capital.
-Diez familias quedamos; ni una más.
-¿Y el campo?
-Divino. Este año ha dado un cosechón grande.
Al pie de la Torre me cuenta Emilio que no hace mucho se cayó todo el esquinazo, como cortado a cuchillo, pero que a la veleta no le pasó nada. Dentro, la iglesia parroquial es tan impresionante como parece desde el exterior. Tiene una sola nave, con capillas laterales y buen coro; un magnífico crucero con cúpula en hemisferio, y varios escudos episcopales o de familias distinguidas que se repiten por ambos laterales del ábside. Como fondo, a falta de retablo que no lo hay, la morena talla del Cristo de la Misericordia, que sin ser románico, sino del pasado siglo o del anterior como mucho, ofrece la singularidad de tener los pies separados.
-Lo desvalijaron todo cuando la guerra. El Cristo se salvó enterrado en el cementerio, metido en una caja. Le desmontaron los brazos y así lo pudieron librar. Ese del altar es San Vicente, el patrón de Quer.
-Con fiesta en el mes de enero, supongo.
-El 22 de enero, y el Cristo en septiembre. Para San Vicente, ni fiesta ni nada.
El templo, aparte de lo dicho, es de un recogimiento, de una limpieza y de un orden verdaderamente encomiables.. En la calle uno vuelve a sentir en los ojos la luz del medio día.
-Pues aquello que se ve por encima de las casas es un molino de viento para sacar agua. Ya no lo usan.
Por la Alameda, concluyen con la hilera de olmos que bordean al arroyo, las acacias y los árboles del Paraíso. Los olmos del arroyo se murieron con la enfermedad.
-Y que no tienen solución. Se mueren todos. Se les empieza a desprender la corteza con el bicho, y luego se secan.
En el camino del Lagar nos encontramos con otra fuente. Le dicen la fuente del Pilón, tal vez debido al abrevadero de ganado que respalda al único chorro que vierte de la piedra.
-Es donde bebe el ganado. Como no hay otra fuente por el campo, aquí beben cuando entran y cuando salen del pueblo.
-¿Es buena?
-Sí, pero no tanto como la otra. Los de este barrio se la llevan de aquí.
De nuevo en los accesos que nos conducen a la calle Mayor, un gato se asoma por encima de los bardales. A falta de algo más que ni se me ocurre, pienso en cuál puede ser el apelativo común de los hijos de Quer.
-Quereños o querianos -les digo.
-No señor. Nos dicen los seteros.
-¿Y eso?
-Por lo visto es que los antiguos quisieron ponerle a la Virgen una corona de setas en la procesión.
-Ya.
-Y a los de Villanueva de la Torre les dicen los ahumaos. Yo nací en Villanueva.
-Vaya, eso sí que no me lo dijeron. Yo dejé allí buenos amigos. ¿Cómo fue?
-Pues fue, que sentaron a una vieja encima de la chimenea para que no saliera el humo de la casa.
-Qué cosas más raras hacían los de antes ¿No le parece?
-Bueno, eso es lo que se cuenta. Que sea verdad o no, vaya usted a saber.
No sé si después del recorrido que nos permitió la mañana sin romperse, a pesar de los nublos, faltaría mucho que ver y que saber de la simpática villa, donde hemos vivido un par de horas que siempre serán bien recordadas. Es, en realidad, un paseo desde la capital. Un ambiente tranquilo y gentes pacíficas cuyo estar en el terruño pudiera muy bien servir de rúbrica y de punto final a un pueblo hermoso, en ningún caso merecedor de que algún día se le borre del mapa.
(N.A. 21 diciembre, 1984)