martes, 15 de septiembre de 2009

PUERTA, LA


El Arroyo del Tejar divide al pueblo en dos con su cauce seco. El Arroyo del Tejar no aporta un a sola gota de agua al Solana que baja jugueteando entre los hocinos, las huertas sin cultivar y los mimbrales en busca del padre Tajo. A su paso por La Puerta, el arroyo del Tejar no es más que un accidente de leyenda con su simpática puentecilla, al que la gente no ha tenido más remedio que acostumbrarse a ver así.
- Por aquí, yo creo que lleva sin bajar agua más de quince años. No ves que no llueve.
La Puerta se asienta en el fondo de un vallejo a la sombra de la muralla natural del Cerro de las Piedras; una espectacular formación de rocas enhiestas que, recostadas la una sobre la otra por el poniente, cruzan la cumbre del Poyatón muy por encima de las casas del pueblo.
- Allá arriba había como un refugio. Detrás de las piedras, en mis tiempos, allá por el año 12, al hacer los hoyos para plantar olivos, sacaron calaveras y muchos huesos. Debían ser de cuando los árabes, creo yo.
Al final casi de la calle más importante del pueblo, que en La Puerta tiene tan sólo una acera que va paralela al arroyo, se abre en toda su amplitud tras la espadaña, la Plaza Mayor. En la plaza hay un silencio sepulcral. Un perro dormitea con los ojos entreabiertos a la sombra de un coche. Hay una pava color ceniza picoteando entre los escombros del solar en la casa curato, y un anciano sentado sobre el muro de cara al Cerro de las Eras, sigue con la vista, sin moverse apenas, los pasos indecisos del recién llegado.
- Parecen dos pueblos en lugar de uno, ¿verdad usted?
- Pues es uno sólo. A este lado está la calle de las Cuevas, y la de los Borregos; al otro la de las Eras y la de la Fuente. Luego, ahí detrás, en la orilla, está el Chorrillo.
- Lo que no me explico, señor Julián, es el nombre del pueblo.
- El nombre, según la leyenda, le viene al pueblo por esas piedras que hay en el río allá abajo.
- Entonces, a los de aquí no les dirán porteños ni puerteños, sino puerteros, ¿no?
- A los de aquí les dicen lo del refrán. Al que le guste, bien, y al que no, que se aguante.
-¿Y qué es lo que dice el refrán?
- Eso es ya muy antiguo, hombre:

En La Puerta los salvajes,
en Viana los zorreros,
en Azañón los bubillos
y en Trillo los mataperros.

- ¿Qué le parece?
- Y qué quiere usted que le diga. Un poco fuerte me parece. Yo pienso que la cosa no será para tanto.
- Los de aquí es que han sido siempre un poquito exagerados. Dicen que una vez sembraron agujas y sal, y luego iban descalzos a ver si nacían. Y a los de Viana no se los pierda de vista, que antiguamente pusieron el rabo de una zorra a la campana como badajo. Cuentan que mi abuelo que era veterinario, tiró en Viana una albarda al río, y cuando bajaba por aquí salieron todos los del pueblo y se liaron a escopetazos creyendo que era una ballena. Por eso nos dicen lo del refrán, pero yo soy de aquí y a mí no me molesta.
-¿Se vive bien en La Puerta?
-¡Va! Con el mimbre es con lo único que se recoge alguna pesetilla. Ahora esto pertenece a Trillo. Mira, esos de Trillo, desde que les hicieron el sanatorio son los que funcionan bien. Al principio no querían, pero luego se dobló el pueblo en poco tiempo. Lo que son las cosas.
Mi amigo, el caballero alcarreño don Julián López, se quedó con las ganas de venir conmigo hasta las eras, aunque, desafortunada­mente para él, tenía que llevar sus años sobre las espaldas.
- Mira, ésta es la casa de la Inquisición. Antes había un escudo ahí en esa parte, pero ya sabes, lo quitaron.
Sobre la fachada principal de la retocadísima casa de la Inquisi­ción hay una placa en la que se dice, como preámbulo a una frase al punto del “Viaje a la Alcarria”: “C.J.C. durmió la siesta en esta casa el 9 de junio de 1946". Lo que uno no sabe, es si el anticuario que arreó con los escudos de la Alcarria, fue antes o después de la sies­ta de don Camilo, y si merece o no, otra lápida que lo perpetúe. Se­ría cosa de estudiarlo con detenimiento.
- Bueno, tú tira para arriba que yo te espero en la plaza.
Teniendo sobre la cabeza la luz clarísima de la mañana y el am­biente incomparable de la época -un poco fresco quizás-, desde las eras de La Puerta el campo es una provacaci6n. Allí me paré a escuchar, creo que por primera vez, el rumor silencioso de la vida de un pueblo, el murmullo de su quietud, la paz profun­da de sus días todos iguales. Sube, entremezclado con el cacareo de los co­rrales, el sonar incesante de la fuente nueva; el guirigay de la chi­quillería que juega a esconderse por los últimos paredones del Cho­rrillo; y todo lo que no se puede ver, oculto bajo la coraza vieja de los tejados. Como un susurro, apenas perceptible, que solamente consiguen ahogar de vez en cuando las vaharadas de inmaculado olor que suben del valle. Atrás, ligeramente teñida de un extraño violeta entre las crestas y las hoyas que la rodean, una solo de las dos, la más esbelta de las Tetas de Viana.
Me esperaba mi amigo sentado en el mismo lugar donde lo encontré mirando a la plaza. Había hecho a sus despacios todas las gestiones para que no me fuera de allí sin ver el arco que hay dentro de la iglesia. Pronto, apareció con las llaves doña Primitiva, una señora amable en extremo, y esposa del alcalde pedáneo de La Puerta.
- La iglesia no tiene nada que ver. El arco únicamente.
El arco debió servir durante varios siglos como cobertura ornamental para la entrada del templo desde la calle. Luego, una reforma de ampliación lo dejó dentro y allí está, con las jambas y cornisas de un lado tapadas de mampostería. Es una bella muestra de románico abocinado que, por desgracia, no queda como el ábside a la vista de la gente.
- Todo esto de dentro lo tenemos que arreglar. Se cayó medio techo y ya ve cómo está. Ahí dentro hay una tumba, que yo no sé si tendrá importancia o no.
- ¿Cuál es el patrón de La Puerta?
- El patrón es San Miguel, que siempre se ha celebrado el 29 de septiembre, pero ahora sólo celebramos el Santísimo Cristo en agosto. Como a los que viven fuera parece que no les viene bien, ya no hay nada de fiesta en septiembre.
A la salida de la iglesia el pueblo había cambiado de ambiente. Se veía gente en la plaza. El aparato de radio de un vendedor ambu­lante estaba emitiendo a todo volumen las últimas noticias de Radio Nacional. Es un vendedor de Budia que tiene extendido su muestrario de fruta sobre unas cajas a la sombra de la furgoneta, y el pescado dentro, muy curioso, entre hierbas de la mar y trocitos de hielo. Hay alrededor una docena de mujeres con bolsas. Casi todas las muje­res de La Puerta. Señoras que tienen a bien cada viaje discutir con su proveedor sobre lo primero que les viene en gana.
- Anda, y aún se quejará. Ya sabe él que de todos los pueblos de alrededor éste es la capital.
- Que no, Tía Emilia, que eso mismo lo oigo en todos los pueblos que voy.
- Bueno, para ti será mejor Budia, pero para nosotros el mejor es nuestro pueblo. Si no, vete a Viana o a Cereceda a ver que hay. Anda.
Los vendedores ambulantes son una imagen habitual en la vida de los pueblos más apartados. Luchando a veces con las distancias, con el tiempo y con un montón de inconvenientes más que só1o ellos cono­cen, los vendedores ambulantes facilitan la permanencia de ese mano­jo de gentes honradas que viven a diario en tantos lugares medio apartados de cualquier centro comercial medianamente surtido.
- Ah, eso desde luego; si no fuera por estos, no podríamos vivir. Les decimos cosas, pero cuando no vienen, no crea que no los echamos de menos.
La poca gente de La Puerta se había salido a tomar el sol. La ca­lle Mayor era al medio día la de una pequeña ciudad bien poblada. A la puerta de una casa -sería la suya- encontré a la salida a mi ami­go el señor Julián, sentado en una silla baja en actitud de profun­da meditación dejando pasar el tiempo. Poco más adelante, a orillas del Solana, haces de mimbre tendidos en el suelo de algunos campos de regadío, carrizales, y viejas colmenas de tronco hueco en las laderas de los oteros entre la breña. Luego, la nueva estampa de la Alcarria con su paisaje azul reflejando el cielo limpio en las aguas del pantano.

(N.A. Abril, 1981)