sábado, 1 de agosto de 2009

PEÑALÉN


La primera sensación que experimenta el viajero desde el Alto del Portillo, después de tener delante de sí la hoya impresionante que sirve de cuna al pueblo, vuelve una y mil veces a la memoria a pesar de que el tiempo intente distanciar de manera inútil aquel celebrado encuentro. El alto del Portillo es, lejos de cualquier pasión, una de las más soberbias atalayas en toda nuestra geografía provincial.
El camino desde Villanueva acabará pronto, al menos que se tomen decisiones serias, aislando por completo de la civilización a aquellos pintorescos pueblecitos donde un centenar de hombres y mujeres de corazón grande, pasan su vida en paz gozando como pocos de una naturaleza provocadora, de un paisaje agreste y montaraz, señalando, entre roquedas y depresiones escalofriantes, los primeros vagidos del río Tajo.
- Usted ponga muchas cosas buenas del pueblo. Cuanto más, mejor. A ver si vienen muchos turistas.
- Antonio Rojo, ganadero y pastor de Peñalén, pienso que está en un error, justificado y comprensible, pero en un error. Antonio Rojo quiere dar, como ya le dan su carretera y su caolín al primero que llega, la paz, el paisaje y la tranquilidad de su pueblo, al primer desarrapado que se presente con una cámara de fotos colgada del cuello.
- ¿Tiene mucho ganado?
- Unas doscientas ovejas nada más.
- ¿Le dan para ir tirando?
- Hombre, así, así. Achuchadillo anda el asunto. Depende de cómo se quiera vivir. Hoy estamos esquilando. Trabajo sí que dan. Lo que sí tenemos aquí es buen pasto.
Por la calle en cuesta del Pozanco huele a sirle y a lana recién esquilada. Por la calle del Pozanco, subiendo hacia la iglesia, me encuentro con un hombre de mediana edad que acaba de vender tres corderos a un comprador ambulante de Almonacid de Zorita. El hombre de la calle del Pozanco se llama Gregorio Calvo, y es teniente alcalde de la localidad, amigable donde los haya, y con muy buenos deseos de servir, aun a costa de alguna cosilla de las que nunca faltan se quede sin hacer. ¡Mañana será otro día!
- Pues mire, esto es lo que tenemos. Habitantes pocos, escasamente seremos unas ciento cincuenta personas. Se fueron muchos a vivir a Barcelona y a Madrid. Los que quedamos, con la cosa del ganado y los trabajos del monte nos vamos defendiendo.
- El pueblo por su situación es un capricho, pero lo encuentro un poco viejo ¿No?
- Sí que es antiguo, sí. Se van haciendo casas, pero cosa de poco.
- Lo que me parece más extraño es que no funcione la agricultura.
- Agricultura también hay, pero casi nada. Pueden ser tres tractores y unas veinticinco mulas de los agricultores flojos.
- ¿Y el ayuntamiento?
- Pues el ayuntamiento, con la cosa del monte no se defiende mal. Los gastos del pueblo se van afrontando sin demasiados apuros.
- ¿No sacan ustedes nada con la cosa del caolín?
- Nada. Aquí tienen abiertas tres canteras, sin dejar de llevarse desde hace doce años, y lo único que sacamos es que nos destrocen la carretera con los camiones. Por lo demás, beneficios ningunos, perjuicios bastantes.
El pretil alargado de la iglesia de Peñalén, a manera de peana sobre la que asienta el templo a mitad de la ladera, es la zona más alta del casco urbano.
Desde allí se da frente en cualquier dirección a los bravos parajes de aquella hoya monumental, tapizada en una superficie considerable por la masa verdioscuera de los pinares hasta perderse de vista. En medio de todo aquel apoteosis natural, que las águilas se encargan de nimbar con su vuelo redondo desde la altura, el cerro de la Machorra, inmenso, de oscura y aterciopelada piel, duerme su sueño ciclópeo al amparo de los abruptos peñascales de la Muela. Se pierden por el valle en acompasado son las campanadas de las seis de la tarde en el reloj del ayuntamiento, y en el barranco, a nuestros pies, los camiones del caolín siguen arañando, carga a carga, toda la riqueza mineral que guardaba en sus entrañas el cerro de Fuentecillas.
- Para que se dé usted una idea, el Tajo pasa por detrás de aquellos pinares. El Tajo separa el termino de aquí de los de Taravilla y de Poveda.
- Y es posible que no dediquen ustedes aunque sólo sea un rato cada día a mirar todo esto.
- Hombre, lo hemos visto tantas veces que ya no nos llama la atención. Aquella risca del cerro del Castillo se llama la Peña del Águila. Allí anidan todos los años las águilas y no hay nadie que se pueda meter con ellas. Tiene debajo el despeñadero de Cagarratones, que sí que será como tres veces la torre, si no me quedo corto.
Frente al pueblo, el panorama nos muestra a cara descubierta los tejados rojizos y escalonados de las viejas mansiones de Peñalén. Una mulilla pace la hierba pace la hierba espigada que creció junto al pretil, mientras que el viajero y su amigo Gregorio se van calle abajo respirando los aires serranos que ya empiezan a correr frescos por los rincones en silencio del barrio de arriba.
- Vamos a tomar algo del barecillo de la señora Vicenta.
El bar de la señora Vicente, y otros dos que hay en el pueblo y que no llegamos a conocer por falta de tiempo y de costumbre, los tiene Peñalén para refrescarse en verano o echarle calor al cuerpo, según los gustos. En el barecillo hay dos mesas de hombres que se juegan animadamente al guiñote su consumición: el café, la manzanilla o la copa de coñac.
- Pues sí, porque la gente joven se va más al café, pero los mayores no son tan señoritos y se toman su cervecita o su copa.
- ¿Aún queda juventud, señora Vicente?
- Tres o cuatro. Esos también le pegan al cubalibre cuando sale.
Un hombre de Peñalén, don Paulino Rubio, tiene la gracia de la versificación. Don Paulino acostumbra llevar a punto su cofrecito del buen decir y lo destapa cuando la ocasión se le antoja derecha, o cuando algún amigo le pide una estrofilla por caridad.

De nombre llevas el Tajo,
el más largo en recorrido,
si en Abarracan naciste
allí tienes tu bautismo.
Tranquilo y manso tú bajas,
tocándole a Peralejos,
y en esas grandes cascadas
y al murmullo de tus aguas,
la gente duerme y descansa.

- ¿Y cómo le dio por hacer versos?
- Pues como a otros les da por cazar. Yo hago versos a mi forma, con poca cultura, ya sabe.
- ¿No habrá influido este paisaje tan impresionante para que usted se dé a la poesía?
-Sí señor, el paisaje ha influido mucho. Aquí tenemos muchas cosas bonitas que la gente ve y otras que nadie las sabe. En la Muela, por ejemplo, que se llama del conde Don Julián, estuvo su hija, y en la laguna de Taravilla arrojó las alhajas para que los sarracenos no se las pudieran quitar. A toda esta parte venía mucho desde el castillo de Molina a pescar doña Blanca, que luego fue reina.
- Pues sí que es interesante, ya ve. Yo nunca lo había oído.
-Según se baja al Tajo, hubo una mora prisionera en el tronco de una roca, en tiempos del rey Alfonso VI. El rey moro de Toledo vino muchas veces a verla por aquí.

El rey moro Almamud
que allí en Toledo mandaba,
a ver a esta reina mora
por nuestro pueblo pasaba.

Don paulino nos contó en el barecillo de la señora Vicente muchas cosas, muchas historias, nos recitó muchos versos más, teniendo como testigos a los clientes del establecimiento que jugaban animadamente al guiñote, a una cervecita fresca y a un platillo de anchoas para ayudarla a pasar.
- Yo ahora no lo hago porque tengo un ojo mal, pero he leído mucho en mi vida, si no, de qué iba yo a saber tantas cosas.
La caída de la tarde nos sorprendió de tertulia y hubo que decir adiós antes de lo que uno quisiera. A un pueblo donde el paisaje permanecerá en la memoria por mucho tiempo, y sus gentes, tan amables y tan conversadoras, encontraron aquel día un lugar de preferencia en el corazón del amigo, que gusta guardar como un preciado tesoro.

(N.A. Julio, 1981)