domingo, 30 de agosto de 2009

POVEDA DE LA SIERRA


El viaje de hoy ha sido toda una expedición en solitario, atravesando longitudinalmente la Alcarria entera y algo más hasta caer de lleno en la serranía de Cuenca; porque Poveda de la Sierra, hoy sólo de hecho, lo fue de derecho hasta la reestructuración de 1833, parte integrante de las tierras de Cuenca.
Después de tres horas de camino caigo en Poveda mediada la tarde. El pueblo queda como en el centro mismo de una serie de monta­ñas que lo circundan en las cuatro direcciones, montañas viejas tapizadas de boj, de roble y de matorral. Una ermita abandonada en las afueras me deja por fin en una plazoleta soleada que hay al cruzar el puentecillo que cubre el paso del arroyo. Atrás quedan los espectaculares cortes albos de las canteras del caolín. Hay una mu­jer con una vara en la mano tomando el sol bajo el paredón de las huertas, sentada en dos troncos secos de pino. Las gallinas entran y salen por los ojos del puente, entremezclando el son del cacareo con el rumor incesante de las aguas que bajan.
- ¿Cómo se llama el riato, señora?
- ¿Éste? No se llama nada. No tiene nombre. Le decimos el río.
A nuestro lado hay un caserón comido por la maleza; como está encima mismo del arroyo, quiero pensar que se trata de un viejo mo­lino en desuso. La señora Julia me lo asegura, y me añade sin pedírselo algún dato más acerca de la familia a quien pertenece.
- Es el molino de los pastores.
- ¿Cómo de los pastores?
- Sí señor; si usted los tiene que conocer. Hay uno muy famoso que toda a la guitarra, que se llama Segundo.
- Ahora sí que caigo. Claro que lo conozco. Sabía que era de aquí porque en alguna ocasión me lo ha dicho él mismo.
- Bueno, pues ya le digo, de esos es: de Segundo y de su hermana la Marina. Ahora se ha muerto en Caracas el otro hermano que se llamaba Enrique. Ahí, donde está la ermita, tienen una huerta cerrada. Por aquí hace ya mucho tiempo que no vienen.
El marido de la señora Julia se llama Gabriel. Viene arroyo arriba hasta nosotros, y después de saludarnos me cuenta que el agua del regato es buena y que baja muy limpia, que en tiempos fue una riqueza para las huertas, pero que ahora no se utiliza para nada, poco menos que como depósito oficial de basuras, cosa que no se debería consentir.
- Unos por otros, la culpa la tenemos todos, pero no me diga si esto no es una vergüenza. Atendido como se merece sería muy bonito
- Pues, ya ve usted, no sabía yo que tenían tan cerca las canteras del caolín. Yo conozco las de Peñalén, pero, por lo que veo, aquí también tienen buen tajo.
- Estas son más importantes que las de Peñalén. Aquí hay lavade­ros y de todo. Ahora están en plena explotaci6n.
Don Gabriel Rubio es un señor atentísimo que habla con las pa­labras bien medidas y entiende un poco de todo. Uno piensa que es el mejor guía que pudo encontrar en el pueblo.
- En Poveda hubo mucha vida. En la antigüedad se hacía una rome­ría a la ermita de Los Remedios que databa de tiempos de los cala­travos. Se le llamaba la romería de la Caridad, porque había por costumbre obsequiar a cada transeúnte con pan y cañamones. Aun se hace, nada más que ahora se da salchichón y pan. En aquellos tiempos, cada cual le cantaba a la Virgen lo que se le ocurría. Aquello estaba muy bien. Ya, como la gente se ha ido, todas aquellas costumbres han ido cayendo también.
Los chavales de Poveda pasean con bicicleta y se detienen a escu­char la conversación del forastero con el señor Rubio. Los chavales de Poveda se llaman Juan José, Teodoro, Miguel Ángel, Leoncio y Teó­filo. Son muchachos con cara de listos a, los que les gustaría que el desconocido les dijese alguna cosa.
- Pues yo a usted si que le conozco. Usted es el señor Belinchón, el que sale en la "Nueva Alcarria".
- ¿Tenéis escuela?
- Sí señor. Tenemos una escuela mixta. Aquí es que aun somos bastan­tes.
Hablando con don Gabriel, y con la cuadrilla de chicos delante y detrás haciendo escolta, nos vamos a dar una vueltecilla por las calles de Poveda. Me dice mi amigo que los cerros que nos rodean se llaman la Cumbre de Santa María y el Majadal, la Cruz de Gil y la Peña ­del Grajo. Todos circundan la antiquísima villa, dejándola en el fondo de aquella inmensa caldera natural donde permanece como al resguardo de todos los aires.
- La gente va tirando un poco con la cosa de la riqueza forestal, con la mieja de ganado y con los cuatro huertecillos que todavía se cultivan. No es esto ni la sombra de lo que fue.
La fuente de la calle Real mana dos chorros de un agua riquísima. Salen por ambos caños cogidos a la boca de piedra de dos faunos en bajorrelieve pegados al muro.
- Ahora verá la otra. La fuente de la plaza y esta son iguales. Se hizo en el año veintiocho.
En Poveda de la Sierra quedan unas ciento veinte personas de hecho que viven alejadas de cualquier núcleo importante de población o de capitales de provincia. Hay calles en cuesta bien arre­gladas, enfiladas por casas antiguas de un rusticismo encantador, montoneras de escombro en otras, las que no remozadas don­de la gente vive, pero siempre, dentro del regusto antiguo de los pueblos de aquella Serranía. Por el barrio del Andralejo los perros toman el sol acostados en las aceras. De estas callejuelas extra­muros sale un olor pastoso a sirle y a ganado.
La plaza es amplia, cuadrada, muy antigua, con una fuente igual que la otra de la calle Real. En la plaza toman el sol de la tarde algunas señoras sentadas sobre sillas bajas.
-¿Se ha dado cuenta de lo que le han hecho al olmo?
-¿Dónde?
-Arriba. No ve que le han pegado fuego. Nadie sabe quien se lo ha hecho, pero los de aquí no han sido, desde luego. Eso es vandalismo.
El olmo está subido de tronco encima de un triple escalón de pie­dra en el centro de la plaza de Poveda. Tiene, efectivamente, la negra herida del fuego en la misma cruz, como si alguien hubiera encen­dido, despiadadamente, una hoguera en medio de sus ramas gordas que los siglos han ido arrugando.
- Aquí hay una reja que tiene una fecha escrita, y dicen que si es el año en que se plantó el olmo. Mírela, 1793. Casi doscientos años.
En las antiguas eras de pan trillar, como dice don Gabriel Rubio, es donde ahora juegan al fútbol y se hacen los toros para las fiestas de San Roque y la Virgen de Los Remedios. La tarde ofrece desde aquí una impresión paradisíaca, de vientecillo suave, de claridad cristalina de finos contrastes de luz hundidos siempre en el corazón de la hoya donde reposa el pueblo de Poveda.
- Aquella meseta de allá arriba es muy bonita, le decimos el Machorro, y aquella peña de abajo es el Montón de Trigo.
- Desde luego que con este panorama pueden darse por bien pagados los que viven aquí. Créame que me entusiasma toda la Serranía de Cuenca, y me la conozco un poco. Aquí, en cambio, no había estado nunca.
- Allá, encima de las Corralizas hay una piedra muy grande, como encallada en el cerro, que le decimos el Arca de Noé. Si se finja bien desde aquí se ve un poco.
Algunas casas antiguas de Poveda conservan todavía el caracterís­tico tejadillo en ángulo por encima del dintel de la puerta de entrada. La iglesia tiene una espadaña románica con portada sencilla del mismo estilo escondida bajo un pórtico que sostienen dos columnas de madera. En el atrio, siempre rodeados de chiquillos, mi amigo me hab1ó de otro hijo ilustre de Poveda a quien la gente, incluidos sus paisanos, ignora por completo.
- Pues sí; y yo me enteré por casualidad en un libro de conquenses ilustres, hace ya tiempo. Se llamaba aquel señor don Pablo Arias Tem­plado, y nació aquí, y fue bautizado en la pila bautismal de esta i­glesia. Según pone en el libro fue un hombre de muy rigurosa autoridad que llegó a ser alcalde de Sevilla, allá por el año 1640.
La iglesia no es muy grande por dentro, tiene tres naves y fue reconstruida posiblemente en el siglo XVII. Todo el edificio está dado de blanco en su interior, no tiene retablo y en ella se ve y se res­pira la pobreza más absoluta, propia de los templos desmantelados.
- En tiempos había un retablo hermosísimo, y un artesonado mudéjar que daba envidia verlo, pero, cuando la Guerra, aquí no dejaron nada.
La Virgen de los Remedios, patrona de Poveda, está colocada sobre las andas con un ramo de flores artificiales entre las manos, un man­to bordado de dorados, muy bonito, y un velo de tul. En el frontal del: presbiterio ,una imagen de Cristo en la Cruz sin más aditamentos.
Los últimos instantes de nuestra estancia en este bello pueblo se­rrano pasan en el pretil, detrás de los dos olmos huecos del atrio, tirando la vista abajo adonde está la Cruz de la Vega, que aquí dicen, y los cortes blancos del caolín tajando el cerro, a la izquierda de la carretera que parte hacia Peñalén y Cueva del Hierro, única vía de comunicación por la que se entra y se sale de Poveda.

(N.A. Mayo, 1983)