domingo, 30 de agosto de 2009

PINILLA DE JADRAQUE


He vuelto en soleada tarde de septiembre a estos parajes que no ha tanto visité por los que discurre el río Cañamares, y, como en otros lugares de la comarca por donde ya pasé, me hube de ­admirar a la vista de su cuidada vega en donde trabajan, con dos horas de luz aún por delante, media docena de hábiles campesinos. Los hor­telanos de Pinilla, igual que los de Castilblanco y que sus vecinos de Medranda, cultivan las riberas de su término con singular pericia, con rigor casi científico, pues el sacar jugo a la tierra a fuerza de su­dor es para quien esto escribe algo más que un arte.
Hileras tupidas de chopos altísimos escoltan al bajar las aguas del río. Campos llanos rasurados a nivel, tablares simétricos de pa­tatar, de frutales, de alubias amarillentas, nogueras pomposas y eras mullidas en las que las calabazas sacan a la tarde sus panzotas lisas de oro blanco, nos acercan en un decir amén a las puertas de Pinilla.
Al pueblo se entra recogido en medio de las sombras, cruzando un puente estrecho y antañón. Pinilla de Jadraque, aunque pequeño en tamaño, es para quien lleva vista tanta desolación y tanta ruina, un pueblo que levanta el ánimo. Llego, sin saber cómo ni adonde, a una plazuela en la que hay una fuente de la que cuelgan dos chorros sobre el pilón de piedra tallada. La fuente tiene al respaldo un abrevadero y se corona con una farola capitalina. Los niños del pueblo -que todavía los hay- celebran con gritos y carreras en bici una de las últimas tardes de vacación después del verano. Dos señoras me siguen sin soltar la vista en el momento de aparcar a la sombra de su casa en la plazuela. La libreta de notas y la cámara de fotografías llaman la atención por lo general a los habitantes de los pueblos. Las mujeres son doña Carmen Magro y doña Francisca. La primera de las dos es una señora rolliza y de sano aspecto, la otra es más delgada, se fue a vivir a la capital y su cuerpo lo acusa. Doña Carmen y doña Francisca tienen en común el carisma de la cordialidad y de la apertura en el trato.
- Pues, qué quiere usted que le digamos nosotras, si somos de aquí. El pueblo no está mal. Lo peor es que se marcharon muchos a vivir fuera. Tenemos una iglesia que vale no sabemos cuanto. La sacan muchas veces en los periódicos y en los libros.
- Tengo idea de ella. Estoy deseoso de subir a verla. Esta debe de ser la Plaza Mayor, me imagino.
- No señor. La Plaza Mayor la tenemos detrás.
- Se ven niños en el pueblo, cosa rara. De los veraneantes no serán a estas alturas.
- No. Los chicos de los veraneantes se fueron ya. Estos son de aquí. Hay más de diez niños en edad escolar que se los llevan todos los días al colegio comarcal de Jadraque.
Bajo las copas verdes, muy espesas, de las choperas, Pinilla apa­rece como un pueblo en paz, amparado de los rigores climatológicos por la concha plomiza de sus tejados. Aquí, en lugares escondidos co­mo éste, al arrullo de la corriente mansa del Cañamares y del viento del vallejo que mueve las puntas de los árboles, se debe vivir como en un paraíso.
- Pues sí señor -me aclara doña Carmen-. Un poco solos nos quedamos en invierno, pero se vive muy bien. No podemos quejamos. Decir lo contrario sería ofender a Dios.
Arriba, dominando desde su espadaña triangular de cuatro cam­panarios, el joyel románico de la iglesia, que vigila al pueblo anti­guo con la gracia de los arcos y de las columnillas emparejadas.
Busco como refugio contra la calina de la tarde el fresco es­calón de la puerta de acceso, románica pura, sin más alarde de ornamentación que cuatro archivoltas en arista que vienen a descansar sobre capiteles, también de sencilla concepción, alzados en columnas lisas. La mano del restaurador, patente y eficaz según se advierte, atendió mucho más lo que a conservación se refiere que al aspecto artís­tico de donde puso su huella. No obstante, el atrio de la iglesia de Pinilla brinda hoy al visitante un motivo incomparable para admirar in situ la belleza sin par del arte castellano de la Edad Media. Ca­talina García, Layna Serrano, Herrera Casado, todos nuestros cronistas e historiadores han dedicado a este relicario de la cultura medieval muchas horas de estudio y de observación detallada.
- Si cada uno de los que vienen a ver la iglesia dejaran, aunque sólo fuera, cien pesetas, nos sobraba para hacerla de nuevas.
Son doce arcos en total los que configuran, sostenidos por hace­cillos de dos columnas, el completo conjunto del atrio: nueve situa­dos al saliente donde queda la portada de acceso, y otros tres -los más interesantes por la riqueza en relieves de sus capiteles- al suroeste, por debajo del campanario. Los primeros se adornan con motivos vegetales y geométricos de nada enrevesada factura, mientras que los tres últimos tienen en torno a sus capiteles respectivos representaciones simbólicas y religiosas de muy considerable valor.
Como sería largo y laborioso de relatar detalladamente cada una de las escenas marcadas en la piedra, se pueden recoger a grandes rasgos motivos mitológicos donde se cuentan colas de sirenas y hombres pez, figuras de profetas y símbolos de los cuatro evangelistas, des­tacando sobre todos ellos un Calvario sencillamente sublime, marcado sobre piedra oscura en perfectas condiciones de conservación, segura­mente por haber pasado muchos años, siglos tal vez, escondido ba­jo los estrafalarios materiales de un tabique que no hace tanto se debió de descubrir. Acompañan al cuerpo muerto de Cristo, puramente ro­mánico, las imágenes de Santa María y de San Juan en curiosa desproporción con el motivo central de la escena. No sería faltar a la verdad si considerásemos esta pincelada del siglo XII como lo mejor de la época que se conserva en el acervo artístico de la provincia.
- Una no sabe, pero la gente dice que esos monigotes que hay por debajo de los arcos tienen mucho valor.
A través de los dos ojos más bellos de todo el atrio se ven a lo lejos entre columnas, rompiendo el contraluz, las caídas montaraces del Rubial repletas de encinas y el bosquecillo conti­guo que los del pueblo conocen por el monte de la Tierra Blanca. Aquí mismo, a la caída de las basas y de los fustes de a dos, tiende sus cuatro trapos al sol la señora Sandalia.
- Oiga señora, si pudiera robarla, la verdad es que les dejaría sin iglesia.
- Por mí ya puede usted arrear con ella. Por lo que significa para la función religiosa me parece muy bien, pero con el desastre que hi­cieron al recomponerla, no nos gusta.
- Ah, pues yo no la encuentro tan mal.
- Hombre claro, eso es según se mire. La han arreglado algo de pegatones, pero ahí tiene ese rodapié por debajo de las campanas que no está ni medio bien. Cualquier día se caen los arcos al suelo. Dentro hay unos baches, que si nos pegamos un tropezón nos descostillamos. La señora Sandalia y algunas vecinas más del barrio de la Iglesia me contarían después que la fiesta mayor de Pinilla se celebra duran­te el primer fin de semana del mes de Septiembre, trasladada del 5 de febrero que es la fecha que por tradición se celebró siempre.
- Santa Águeda, sí señor. Se cambió para que viniera más público.
- ¿También mandan aquí las mujeres ese día?
- No señor. En este pueblo mandamos todos por igual. Para la fiesta también. Los hombres mandan un poquito más, como en todas partes.
Dando una vuelta entera al soberbio edificio parroquial, uno observa con curiosidad cómo en el ábside se notan perfectamente las marcas ­de los canteros en casi todos los bloques de sillería, unos con el anagrama judío de la estrella de David y otros con dos trazos rectos, entrecruzados, en forma de L. Hay en plena galería una pila, bautismal de piedra románica perteneciente, casi con seguridad, a la misma época en que se fundó la iglesia.
Pinilla es pueblo de casonas con varios siglos bajo su alero, de portadas en arco, de interesante rejería y de balcones de buena forja. Al poco de andar por sus calles se sale a los huertos. En una callejuela de extramuros, más allá del frontón, hay un perrucho negro y de color chocolate que se enfada lo indecible cuando me ve pa­sar. Como no puede soltarse de la cadena que lo sujeta, se pone como un basilisco y se tira repetidas veces rabioso contra la pared.
- Si no estuviera como está, ese se había tragado ya a medio mundo. ¡Hay que amolarse con la mierda del perro!
Los ancianos de Pinilla matan la tarde entre sol y sombra, sentados junto a los quicios de sus puertas. Por otra calle más céntrica hay un gallo de veleta que pone al corriente de la dirección del viento. Ahora sopla de poniente.
- Por favor, señora. ¿Donde encontraría un bar para tomar algo?
- Cuatro pasos más allá tiene usted uno.
El bar se llama "Micaela", coge también un poco en los arrabales. Hay un letrero en la puerta que dice "llamar”. Antes de llegar al establecimiento están el Rancho Bravo y el Rancho Grande, dos chalés contiguos. El Rancho Bravo tiene como adorno un olivo en el patio. Desde el ejido, ahora mirando a las puestas del sol, las montañas lisas de la presierra se me llevan la imaginación al lejano Oeste.
- ¿Niño, me sirves una cerveza?
En el bar “Micaela” hay un tejón disecado sobre una peana en la pa­red del fondo. El tejón pone en el establecimiento una nota montuna la mar de original.
- ¿Me has oído, chaval?
- También hay pegados a las paredes carteles de turismo, un aparato de radio de los años cincuenta, mucha limpieza, y un programa de televisión pa­ra chicos que a Manuel Ignacio, el tierno camarero del mostrador, le interesa por lo que se ve más que el cliente que acaba de llegar.
- ¡Vamos bonito, que vengo muerto de sed!
- Ay, sí señor, usted perdone. ¿Fresca o del tiempo?
Espero que en esta ocasión el Propósito no tarde mucho en cumplirse. Me he comprometido conmigo mismo en volver más despacio a Pinilla, con el único fin de pasar un rato largo escudriñando el anónimo soplo me­dieval de su atrio porticado. El tiempo será en cualquier caso el que diga la última palabra. La idea está hecha.

(N.A. Octubre, 1986)