sábado, 8 de agosto de 2009

PEÑALVER


-Vaya usted con cuidao, porque hay un perro en esa garita que, como no esté con la cadena, gasta malas pulgas.
El señor Pascual me lo advirtió. Fue al lado de la carretera cuando, desde el Calvario, intentaba buscar la posición idónea para coger la foto que acompaña a esta reseña de viaje.
Nadie podrá negar que echarse por primera vez ante los ojos la estampa de Peñalver desde aquellas curvas es siempre un espectáculo halagador. Según se alcanza a ver desde el Calvario, Peñalver es un pue­blo bello como pocos, que se descuelga desde el Cerro del Castillo hasta el arroyo en los barrios bajos.
En un ensanchamiento de la carretera, junto a los autobuses de viajeros ya los coches aparcados a la entrada del pueblo, las mujeres aguardan su turno detrás de la furgoneta del panadero de Berninches.
La plaza de Peñalver no está, estéticamente hablando, a la altura de sus callejas recónditas, de su zona residencial en los barrios bajos ni del pueblo en conjunto. Es un recinto informe que ocupa en su mayor parte el juego de pelota. Algunos bares por allá cerca y el edi­ficio nada llamativo del Ayuntamiento. En la calle del Ocino duerme la siesta al sol un perrazo marrón delante de una vivienda con arco de medio punto. Arriba, sobre el cerro del Castillo, se yerguen restos de alguna vieja fortaleza que nadie en el pueblo habrá llegado a conocer.
-Oiga, ¿qué es aquello?
-Pues no se lo puedo decir; son paredones antiguos. Ahí arriba está el cementerio y las eras de cuando se trillaba.
-¿Se siembra mucho cereal en Peñalver?
-Hombre; aquí, lo que más se da es la cebada. El trigo, menos, y oliva también hay mucha.
Don Juan de Luz, que debe vivir por allí cerca, se iba 9omiendoun trozo de torta con una mano y llevaba en la otra una caja vacía para devolver al panadero. A don Juan de Luz no le importa perder unos minutos de su tiempo para hablar con los forasteros.
-Lo que creo es que aquí hay mucha afición a los toros, ¿no?
-De eso, mucha; sí, señor. Por aquí mismo han pasado siete toros corriendo detrás de la gente. Usted ya sabe cómo son las fiestas.
- ¿No han tenido nunca ningún percance?
-Claro que ha habido; aquí donde estamos nosotros enganchó el toro a uno que está casado en Yélamos y se tiró dos o tres meses en la clínica. Cualquiera sabe la fuerza que tienen esos bichos.
La parte baja, que en el pueblo llaman del Lavadero, es la zona flamante de Peñalver. Detrás de los árboles y en las proximidades del arroyo se esparcen por la veguilla hotelitos de lujo, obras ejemplares de la más moderna concepción arquitectónica del confort, que en nada desdicen del tipismo y del sabor dieciochesco de toda la parte antigua. Pese a la condición laboral del día, se ve gente endomingada en la plazoleta que preside la portada plateresca de la iglesia parroquial. Al­gunos llevan en las manos y en los bolsillos paquetitos de arroz.
- ¿Qué? ¿Tienen boda?
- ¡Claro que tenemos! ¿Es que no se ve?
-Ya. Pero esto se dará de tarde en tarde, ¿no?
-¿Por qué? Aquí hay muchas chicas y muy guapas. ¡No te digo!
-¿Quiénes son los novios?
No me contestó. Mi interlocutor, a quien ni siquiera llegué a cono­cer, me dejó con la palabra en la boca. Por la calle Mayor vienen co­rriendo, abrigadas y con zapatos de tacón, dos señoras de fuera que llegan tarde a la ceremonia. El sol, por los alrededores de la iglesia, comienza a sofocar la mañana fría. Del ventanillo en una vieja casona por el Val Bajo salen lánguidas, dulzonas, las notas del "Claro de luna hawayano" en un aparato de radio que posiblemente nadie escuche; ni Julián Mínguez, que, por allí cerca, oculta su cabeza enferma bajo una sombrilla, a la puerta de su casa.
-Es que me operaron de un tumor canceroso y me hace daño el sol. Ya me lo dijeron los médicos.
Me insistió Julián en que echase un vistazo a su casa. Un agujero entre paredes con restos de aperos almacenados, trastos inservibles y polvo, mucho polvo, donde la vida debe ser difícil.
-Pues le advierto que así vivimos. Hace muchos años que me quedé
viudo y puedo decirle que no hay más pobre que el que no quiere conformarse con lo que tiene.
Pasa por allí un señor al que tan solo acompañan ocho perros, de lo más variado en razas y tamaños. Se llama Teodoro y, según nos dio a entender, todavía se dejó alguno en casa.
-Aún tengo más. Entre todos, tengo once.
-Para la caza, claro.
-Esa pequeña que ve usted ahí es la que más vale. Cuando mete el morro en el agujero, o sale el conejo o le saca el rabo entre los dientes.
Es un placer a esas horas de la mañana pasear por la calle del Río en dirección opuesta a las aguas del canal, que la sigue en toda su longitud. Hay un anciano sentado al sol sobre una piedra, que se en­tretiene dando golpecitos en el suelo con una garrota de bambú. Pasaba por allí Balbino Sedano con su furgoneta de vendedor ambulante, me saludó por error y acabamos dando una vuelta al pueblo en compañía, en interesante y amena conversación.
-¿Entonces no es usted al que le vendí el chorizo en Horche?
-No; de verdad, yo nunca he comprado chorizo en Horche. Pero no se preocupe, que equivocaciones de ésas las tengo yo al tres por dos y no pasa nada. ¿Es usted de aquí?
-Sí, pero sólo vengo los fines de semana. Yo resido en Madrid.
-Del comercio, por lo que veo.
-Sí, señor; del comercio de miel por toda España. Allá donde vea usted un vendedor de miel puede estar seguro de que es de este pueblo.
-¿Y dice que van por toda España?
-Por toda. En invierno vamos al norte, que consumen mucha miel por eso de los catarros y los bronquios. En verano solemos tirar para Málaga, Levante y Cataluña. Le advierto que ahora da gusto, porque de chaval yo he ido desde Galicia hasta San Sebastián andando.
-¿Son muchos meleros los que hacen esto?
-Sí; más de cien. Un setenta por ciento de los del pueblo nos dedicamos a la miel, y muchos viven en diferentes regiones.
-¿Es de la Alcarria todo el producto que venden?
-Desde luego. De Cifuentes, de Viana, de Alcantud y de toda esa sierra. Es una tradición que viene desde antiguo y con ella continuamos.
-¿Cree que durará mucho tiempo esta particularidad de Peñalver?
-Yo creo que no. Los hijos de los meleros se ponen a estudiar o cogen otros oficios y es raro que alguno siga este camino. Ya veremos.
De cara al medio día, se ve animación en los bares de la plaza. Los invitados de la boda toman su aperitivo y beben cerveza, vermú y cubalibres entre una nube de humo de cigarrillos al lado del mostrador. A la salida del pueblo hay un coche con cintas blancas y lacitos de tul que espera la partida de Cruz y de Charito, la pareja feliz que, con sus vidas, acercaron aún más el trato entre dos pueblos de la Alcarria aquella mañana en Peñalver.

(N.A. Diciembre, 1980)