domingo, 30 de agosto de 2009

POZANCOS


Ocho grados bajo cero me han dicho al pasar por Sigüenza que al­canzaron de madrugada los termómetros en la Ciudad del Doncel. En este instante, rayanas las once, alumbra limpio un sol oblicuo que malamente intenta acallar en estas tierras mondas los rigores del frío. Subo hasta Pozancos tras haber cubierto los dos kilómetros escasos que lo separan de la carretera 114, desde el divisorio donde par te en dirección opuesta el ramal de Palazuelos. Antes de llegar se ­pasa por Ures, entumecido en las escarchas de la umbría. A cuatro pasos aparecerá Pozancos, estirado en triple cordón a lo largo del arroyo en la solana, tapiado en alrededor por cerros pedregosos y re­pintado por el verde ceniza de las carrascas. La villa medieval y posterior señorío, enquistada en el tiempo porque la vida es así, que ni se inmuta cuando un desconocido sin decir quién es ni que via­je lleva intenta atravesarla en toda su longitud, porque Pozancos -esa fue la impresión que saqué- es pueblo de dimensión única.
-¡Qué fuente más bonita, oiga!
-Sí señor, mucho. Tenemos otras dos más. De eso andamos bien.
-Como el pueblo está tan escondido la gente ni lo conoce, pero me parece que Pozancos es un pueblo hermoso.
-Nada; en este tiempo, nada. En verano viene la avalancha, a des­trozar todo lo que los viejos hacemos en invierno.
-¿Cómo se llama usted?
-Yo me llamo Antonio López Ciruelo, y he sido de ayuntamiento mu­chos años.
Estamos en la plazuela del palacio, junto al borde de la fuente en donde mi contertulio, un anciano espigado, simpático y sin comple­jos, llena un cubo de agua en el caño del pilar que hay en el cen­tro, porque la fuente de la plazuela tiene tres, ordenados en línea. No lejos se alza la altiva espadaña de la iglesia, con sus vanos y sus campanas, montada de limpio sillar con medio cuerpo revocado de cemento donde –sólo me imagino- deberán jugar a la pelota. Llamativa y espectacular, la portada románica de la iglesia parece que urge a distancia la visita del forastero.
-Ya la verá usted -me dice el señor Antonio-. Pues vienen al pueblo dos clases de agua; si la una buena, la otra mejor. El lavadero es eso de abajo.
-¿Y esta casona?
-Pues ya la ve, ahí está. Antiguamente se conoce que todas las tie­rras del pueblo eran de este señorío. Los dueños son unos señoritos ya mayores y no le hacen mucho caso. Ahí se sacaba un hogar de ancia­nos estupendo, ¿no le parece a usted? Con unos cuantos millones para arreglarlo ya estaba hecho.
-Eso creo yo. También me he dado cuenta de que, aunque el pueblo para en cuesta, lo tienen muy bien arreglado.
- Sí hombre. Aquí ya nos dieron dos o tres premios por esas cosas.
Lo de las calles lo hemos hecho nosotros, los del pueblo, trabajando como negros a prestación personal. El más joven sesenta años, para que vea. Aquí no se ha gastado Sigüenza ni un sólo duro.
- Tampoco les sobrará tanto a los de Sigüenza, creo yo. La verdad es que tienen unos cerrucos divinos; están como quieren.
- De eso también andamos bien. Este primero es la Umbría, el otro la Peña del Gato, hay otro que es la Cuesta de los Milagros, y aquí atrás, al norte, le decimos Peña Rubias. Ya lo tiene por los cuatro costados.
Llego más tarde, pisando hojas secas de los árboles, frente a la portada, de la iglesia. Las cuatro archivoltas, y sobre todo los moti­vos vegetales que adornan los seis capiteles, recuerdan no poco a los de la catedral de Sigüenza, y, como aquellos, deben ser originarios del siglo XII. Las columnillas a derecha e izquierda se ven roídas por los hielos, arañadas por los afiladores de hachas y mal tratadas por los desaprensivos de sabe Dios cuándo. Al dorarse la piedra con el sol que le viene directo desde la cumbre misma del cerro de la Umbría, las formas románicas adquieren un contraste y una belleza indefinibles.
­- Ahí tiene usted tajo. Ya puede decir que nos den un poco de dinero para arreglar el piso del frontón. Para eso poco que quedó no vamos a ­andar otra vez desangrando a los vecinos.
Las calles de Pozancos son tres, paralelas y escalonadas: la calle Real en la que nos hemos entretenido hasta ahora, la del Monte al su­bir de una cuesta, y la del Río, abajo, lindera con los huertos. Al sa­lir de debajo de las campanas, el pueblo se empina primero y se allana después en la calle del Monte. Un carro de varas inverna debajo de un tejadillo cubierto de escarcha. Sobre el pueblo y sobre las cuestas las carrascas tremendas de Peña Rubia, compartiendo la cima con los peñas­cos. Otra fuente con frontis de arenisca rodena chorrea a la sombra a un lado de la calle. Marcado en la piedra se lee: 1957.
Algo más allá refulge con la mañana un azulejo pegado al quicio de una casa a mano derecha. "Alfar del Monte" dice en él. La puerta se ve entreabierta. Hay agarrada a la jamba una niña pequeña que no habla. Al instante sale de la casa un muchacho joven que se llama Carlos Alonso.
Es el alfarero de Pozancos. Carlos busca la llave del obrador y me invi­ta inmediatamente a entrar en la habitación en donde habitualmente tra­baja. En los estantes se ven un sinfín de cacharros en exposición. Una estufa de leña está apagada en mitad de la estancia. Andrea, la niña, juega moviendo el disco giratorio de un torno que hay arrimado a la pa­red. El recién llegado se come con los ojos aquel muestrario de cachi­vaches y de piezas curiosas que andan por los anaqueles.
- Pues aquí trabajamos mi mujer y yo. La verdadera maestra del oficio es mi mujer. Ya llevamos cinco años instalados en Pozancos y aquí esta­mos.
- Es curioso. Seréis de la tierra.
- No, yo soy leonés y mi mujer es madrileña. Estudiamos en Madrid y nos vinimos a Pozancos casi por casualidad. Estamos muy bien.
- ¿Dónde soléis encontrar mercado para, vuestro trabajo?
- Salimos a las ferias de artesanía, a Madrid y Toledo sobre todo. Luego, en las exposiciones de la Diputación en Guadalajara, y en Sigüenza también se vende.
- ¿Qué tipo de alfarería es la vuestra?
- Hacemos de todo, pero lo que nos caracteriza, son los vidriados o engole y el bario. El horno lo tenemos aquí, es eléctrico.
- Veo pilas para colgar en la pared, platos, formas un tanto exóticas en otras piezas de creación, y muchos gatos ¿por qué?
- Es que lo típico del pueblo son los gatos. Aquí hay muchos gatos. También hacemos pájaros, pilas medievales... En las ferias se nos co­noce más por las pilas, con motivo religioso o profano.
Carlos Alonso y María Dehijas han encontrado en estas recónditas latitudes de la sierra seguntina su aposento estable y definitivo. Uno celebra haberlo encontrado a la casualidad, pues, lo verdaderamente asombroso de estos encuentros -reminiscencia en cualquier caso de un pasado lejano- es precisamente eso, el descubrirlo donde menos lo es­peras, en una callejuela solitaria de un pueblo perdido.
Al andar por él sin demasiadas prisas, al deambular por sus calles oteándolo todo, uno se da cuenta de que Pozancos fue cabecera de un importante señorío. Todavía se ven por cualquier parte buenas casas antiguas, en su mayoría deshabitadas. Al pie del muro en un callejón es­trecho, alguien se entretuvo en pintar a gran tamaño sobre el fondo blanco la efigie de Miguel de Cervantes y unos molinos de viento.
Desde la primera fuente que quien llega a Pozancos se encuentra al entrar, se divisa a lo lejos el viejo joyel del pueblecito de Cara­bias, agazapado tras el manchón de alamedas desnudas. Los tejados por la calle del Río bajan como estriados, a franjas blancas y marrones, rayados por la escarcha en las lomeras donde no llega el sol. Por la calle del Río suena incesante el agua del canal y cantan los gorrio­nes. Las hojas de las coles se ven ateridas en los surcos de la huerta, junto a los palitroques de las matas secos, mientras que el sobrante de las tres fuentes públicas bajan encajados, cada uno por su madre correspondiente, a buscar el escape común del arroyo.
Pozancos es pueblo tranquilo, donde las bandadas de palomas escar­ban al sol de la rastrojera sin huir de nadie. En la fuente grande es­tá otra vez el señor Antonio. Ahora me cuenta que la fiesta del pueblo es el día de su santo, el 13 de junio, y que si quiero ver la iglesia por dentro que me espere y tendré la oportunidad.
- Nada, a la vuelta de cinco minutos estará aquí el señor cura. Viene de Sigüenza a decirnos misa. Lo hicieron canónigo no hace mucho.
- ¿Cómo se llama?
- Se llama don Francisco. Es de allá de la parte de Molina.
Llegó, efectivamente, a los cinco minutos, o menos quizás. Don Francisco López me enseñó la iglesia, pequeñita y un tanto descuidada. Un señor del pueblo se puso al instante a tocar las campanas con unas so­gas que caen al coro. Don Francisco me llevó a la capilla lateral don­de está el enterramiento de “don Martín Fernández Sr. de Pozancos, ca­pellán que fue de la Iglesia de Sigüenza, arcipreste de Yta, cura de las Inviernas, be...” como se lee en medidos caracteres góticos a lo largo de la pestaña del sarcófago que conserva sus restos, Por encima, muy similar a otros que vimos en Jirueque y en la Fuensaviñán, queda la estatua en posición yacente, revestida con los ornamentos sagrados, del clérigo a quien la leyenda hace referencia.
- Lo profanaron cuando la guerra. Lo profanaron cuando la guerra. No sé qué pensaban encontrar den­tro. Lo picaron a golpes y ya ve cómo quedó. Aquí, a cada lado, esta­ban las famosas estatuillas de Adán y Eva que hay en el Museo Diocesano; y la tabla del entierro de Cristo aquí arriba, que también está en Sigüenza bien restaurada.
Tres imágenes góticas por encima del severo mausoleo y una artís­tica cúpula estrellada de nervaduras, destacan en la mínima capilla que es con mucho, aparte la ya referida portada románica, lo más valioso que queda en el templo parroquial de Pozancos. Al pie del presbite­rio hay una lápida mortuoria con inscripción y escudo de armas que re­cuerda a los señores de Lagúnez, jurisdicionales de la villa, fechada en 1874.
Nada más nos fue posible conocer en tan escaso margen de tiempo. Tampoco nos consta que Pozancos tuviera muchas cosas más que ofrecer al visitante, ávido de arañar en el alma de los pueblos. En cualquier caso, te invito, amigo lector, a dar un paseo por estas tierras inme­diatas a la Ciudad del Doncel, una prolongación en evocaciones, en ar­te y en historia de la propia Sigüenza.

(N.A. Enero, 1986)