lunes, 27 de julio de 2009

EL PEDREGAL


Era Como un viejo propósito el hacerme presente en los confines de Castilla por esta admirable comarca rayana con las tierras de Aragón. El sólo hecho de aventurarse a cruzar de parte a parte toda la geografía provincial, hacía preciso unas condiciones climatológicas medianamente aceptables, saberse asir al primero de los fines de semana en que el ánimo alcance una cota de marcado optimismo, no pararse en contemplaciones, y madrugar, coger las del alba como el bueno de don Alonso Quijano para llegarse a las puertas del pueblo con el primer sol.
De paso desde la carretera de Monreal hasta la plaza, apenas se ve un alma a quien saludar. Hay una gallina, con su docena de polluelos blancos como el algodón, picando entre la hierba, y un hombre, al fin, que me mira de reojo sin decir nada. Antes en la plaza de la Iglesia y más tarde en la calle de don Vicente Felipe Serrano, uno piensa que en El Pedregal ha descubierto todo el sosiego y la hidalguía de los viejos pueblos castellanos. Las sólidas mansiones molinesas, donde vivieron sus días hombres honrados y laboriosos, se van alineando en hermosas calles y sugestivas plazoletas que lucen en cada esquina los nombres y apellidos de antiguos personajes que en algún tiempo, según me explicaron, se debieron de volcar en ayuda y favor del municipio.
En la Plaza de María Cristina prepara su tractor para el trabajo Prudencio Millán. Prudencio es un agricultor que habla con acento aragonés, que, a diferencia de los de antes, se mancha las manos con aceite y grasa del motor.
- Qué, preparando la yunta.
- Mitre, limpiándolo un poquito.
- Con estas herramientas, buen campo, ¿no?
- No está mal. Lo que pasa es que tenemos un término muy pequeño. Con estos aparatos terminamos la labor enseguida.
- ¿Y qué hacen después?
- Luego con las ovejas. Los días que nos toca tenemos que ir de pastores. Qué remedio.
El Pedregal fue, Quizá desde los tiempos del primer señor de Molina, cabecera de sexma a la que pertenecieron una veintena de pueblos del Señorío. Hoy, siglos después de su lejano esplendor, es un lugar semipoblado, que intenta sobrevivir al azote de la emigración que durante las últimas décadas consiguió hacer mella en sus propias carnes.
- Ya ve usted, quedamos pocos. Cien personas o alguna más. Como resulta que a los sitios así pequeños tampoco se nos dan muchas facilidades de servicios y todo eso, cada vez iremos a menos.
Motivos intranscendentes de simple agradecimiento personal, cuyo origen habría que fijar en diez años atrás, me hicieron buscar al poco de llegar al pueblo la tienda de la señora Marina. Es un establecimiento reducido, repleto de género, donde venden de todo. La señora Marina, que no recuerda la otra vez que me vio en su casa, es una mujer amable y hospitalaria, madre ejemplar y esposa del más conocido de todos los habitantes del pueblo. David Hermosilla, su marido, es uno de los poetas más fecundos del actual Parnaso. Poeta que tiene la facultad, nada común por otra parte, de retener en la memoria todos los versos que ha compuesto, y que, según alguien me contó, ya deben ser varios cientos.
- Pues sí, por lo menos mil, si es que no pasa.
- ¿Qué temas prefiere?
- Todos; yo tengo poesías dedicadas a todo: a mi familia, al campo, una muy bonita a Sierra Menera, al tráfico, al terrorismo, a Guadalajara… No sé, yo creo que a todo.
- ¿Le conocen como poeta las gentes de la zona?
- claro que me conocen. Soy corresponsal en el pueblo de la agencia EFE, y he actuado en la SER, en Televisión Española y en Radio Nacional.
- Dice que tiene poesías dedicadas a Guadalajara. ¿Recuerda alguna este momento?
- Sí que las recuerdo. Lo que pasa es que son un poco largas. Esta misma tiene diez cuartetos y se refiere a todas las comarcas de la provincia: Mire:

Guadalajara que tienes
Alcarría, fértil Campiña,
campos dotados de bienes,
rica miel para mi niña.
Esas mañanas tan suaves,
no de escarcha, de rocío,
se posarán bien las aves,
el Henares es tu río.
Montañas de aroma y flores
de Cifuentes y Pastrana,
tu vida será de amores,
qué hermosura castellana…

- ¿En qué momentos le llega la inspiración?
- En cualquier momento: aquí mismo, o labrando, no tengo una hora o un lugar determinado para sacar los versos.
Escuchando con mucha admiración, y no poca sorpresa, a mi amigo David en la acogedora salita de estar de su propia casa, y contando siempre con las inmerecidas atenciones de doña Marina, conocí a un muchacho activo que acababa de llegar desde Valencia. Alejandro López es presidente de la Asociación de Amigos de El pedregal, una sociedad modelo en lo poco que conozco, y que lleva funcionado desde el año 1978.
- Sí, por esas fechas empezamos de manera legal y oficialmente, aunque tres años antes ya habíamos comenzado con alguna pequeña actividad a favor del pueblo.
- ¿Qué pretendéis con este tipo de asociaciones, tan frecuentes por estas tierras del Señorío?
- Nuestro fin es exclusivamente la mejora del pueblo en todos los órdenes que de alguna manera le puedan afectar. Cada cuatro meses editamos La Sexma, una revista de contenido local, muy entrañable, que se nos agota cada tirada sin darnos cuenta. Llegan ejemplares a cualquier sitio en donde hay hijos del pueblo, incluso a varios países del extranjero.
- ¿La formáis muchos socios?
- Contamos con unas ciento ochenta familias de socios relacionadas directamente con El pedregal, algunos viven aquí, pero la mayoría viven fuera. La Asociación, y sobre todo la revista, nos permite estar en contacto permanente.
Al pueblo le basta y le sobra para ser hermoso con la reciedumbre singular de sus casas solariegas, sin que hasta el momento hayan llegado a cundir en su entorno las nuevas formas de los hotelitos de recreo, estampa casi típica ya de toda nuestra geografía rural.
En el Centro Cultural, obra suprema de la Asociación y único lugar de esparcimiento que tiene el pueblo, se gestó inmediatamente una gira por los diferentes parajes del término. Encontré en el Centro Cultural a don Juan José López Beltrán, padre de Alejandro y autor de un libro interesante, recién aparecido, que titula Síntesis histórica de mi tierra, Señorío de Molina, sus sexmas y pueblo de El Pedregal. Don Juan José se embarcó con nosotros por el camino de las minas de Ojos Negros en busca de la fuente de la Parra. El trayecto hasta la fuente es como una insólita exposición de carrascas a nuestro paso que van retorciendo de manera caprichosa sus viejos troncos. La Fuente de la Parra saca a la superficie su abundante manar por dos caños que vierten sobre un depósito alargado, donde los rebaños que pacen en los contornos sacian su sed cada mañana, y cada tarde de regreso al pueblo.
- Mire, aquello que se ve allí es la necrópolis de Jequesa. Se descubrió en el año 1885, y hay quien dice que es hebrea, pero la verdad es que se trata de un enterramiento de época imprecisa, eso sí.
La fuente de los Villares no está muy lejos de la anterior, y es similar en su forma, si bien, ésta desagua en una especie de balsa de forma circular. David se apresuró a dar su veredicto sobre la calidad extraordinaria del agua de los Villares.
- Es la mejor agua de España, digan lo que digan. Es muy buena para el riñón y aquí viene la gente de muchos pueblos a llevársela en sus garrafas. Hasta Badajoz se llevan agua de aquí.
Muy cerca de la fuente están los restos de un poblado antiguo metido entre las carrascas. También, como me aclaró don Juan José, de tiempos históricos no determinados. Sopla entre las encinas un vientecillo fresco que hace mover las primeras espigas de cebada que cubren, como en verde embalse, los hondos y los llanos de El Pedregal.
El Portichuelo es un afortunado y romántico lugar poblado de carrascas corpulentas, entre las que todavía se ven, en cantidad considerable, las viejas parideras de ganado con dirección a Gallocanta.
- Si se fija bien, allá lejos está la laguna, y aquí enseguida empieza el término de Blancas, que ya es Teruel. Más allá Zaragoza.
Desde el altillo del Portichuelo, arropados bajo la sombra oscura de las encinas en las difíciles horas de sol del preverano, el pueblo se divisa allá abajo, limpio, precedido por los campos de trigo con amapolas del Hontanar. Al fondo, confundiendo su cima con el azul pálido de la mañana, el pico de Los Castillos, aquel que deja ver desde su mirador en la altura las pequeñas agrupaciones urbanas de veinticinco pueblos distintos esparcidos por las tierras de Castilla y Aragón.
Después de haber vivido, con no poca intensidad por cierto, sus horas de El pedregal, uno piensa que no ha sabido estar a la altura de tanta generosidad como allí encontró, de su refinada hospitalidad. Como premio, otro puñado de amigos que el viajero esconde con especial cuidado en ese cofrecito íntimo donde se guardan las cosas grandes.

(N.A. Junio 1981)