miércoles, 8 de julio de 2009

PALAZUELOS


A la histórica villa mendocina le ha debido privar de bastantes visitas su escondida situación al margen del camino. Palazuelos, como Carabias poco más adelante y recostado sobre la misma ladera, se ven de lejos cuando los viajeros que vienen desde Atienza tienen ya al alcance de la mano la Ciudad del Doncel.
-Pues yo no sé qué tendrá esto, pero la gente que viene dice que es el no va más. Dicen que es un pueblo muy típico. Para los que vivimos aquí es muy tranquilo, eso sí.
Palazuelos, reliquia de valor incalculable cuyos orígenes habría que buscar cinco o seis siglos atrás, surge encerrado entre murallas por encima de la fronda espesa de unos olmos, al pie de un páramo al que dan forma los parajes inhóspitos de la Tainailla, el Cañejo y el Alto de los Mirones.
Se llega a la plaza después de haber cruzado en ángulo una de las tres puertas de acceso por las que se entra a la villa. Es una plaza rectangular, tan ancha como olvidada, una plaza a la que rodean por los cuatro puntos viejas casonas que al final de sus días les ha tocado contemplar, pienso que con todo el dolor de su corazón de piedra noble, el silencio sepulcral de su entorno, el triste espectáculo del abandono marcado por unas nuevas maneras de vivir, y que queda patente en las hierbas que, a falta de alguien que las pise, van creciendo a rodales hasta ocupar los mismos bordes de las fuentes.
La calle Mayor conserva un exquisito sabor señorial. Junto a los ricos herrajes de sus balcones, y por encima de las puertas que en Palazuelos todavía se abren en horizontal, uno se encuentra con fechas lejanas grabadas sobre la piedra, con dibujos y piezas heráldicas que te van llevando como en volandas a pasados siglos. Veo a un hombre sentado sobre el poyo a la puerta de su casa en la calle Mayor. El hombre se llama Fortunato Monje y tiene como compañero de su soledad un botijo de agua fresca. En ambos lados del asiento donde pasa la mañana don Fortunato, salen de la tierra acabada de regar las platas del rosal y de la hierbabuena.
-Si no tiene mucho que hacer quédese aquí un poquito. No se vaya sin echar un trago del botijo.
-¿De dónde sale este agua tan rica?
- De esa fuente que está ahí detrás. Cuando veo que se empieza a calentar, voy y lo lleno otra vez.
-Así no hay miedo a emborracharse, ¿verdad?
-Ya ve, ninguno. De cuando en cuando hay que apretarle un poco al botillo, si no se hace así en estos pueblos no se podría aguantar.
-¿Tan mal les va?
-La cosa es que aquí estamos mejor que en ningún sitio, pero la gente se va, y los mayores no nos vamos porque no nos quieren en ninguna parte.
-Pues el pueblo es de lo más bonito que existe.
-Pues hombre, así cercao de murallas no habrá otro. Para entrar aquí no se puede hacer por donde uno quiera. Antiguamente cuentan que cerraban todas las puertas por la noche.
- Las puertas son tres, ¿verdad?
Son tres puertas y el arco de la fuente: la de la Plaza, la de San Roque y la del Monte.
Ascendimos después por una callejuela angosta y sin nombre que va a morir en un extraño laberinto de pasadizos también estrechos, donde las ortigas crecen a placer entre los escombros y que las gentes del pueblo conocen por el Callejón de las Campanas. Subí hasta allí conversando con don Cosme, un amable vecino que vive poco más arriba, en un rincón sombrío de la Travesía del Castillejo.
-Pues aunque ahora vea que no se puede andar por todo esto, antiguamente pasábamos por aquí con la procesión.
-¿Cuándo es la fiesta?
-Ha sido hace poco, para San Juan, a principio de verano.
Desde el Callejón de las Campanas se alcanzan a ver al otro lado del pueblo los campos de cereal tostados por el sol, que se extienden a lo largo y a lo ancho de una planicie limitada por los cerros de Ures al otro lado de la carretera. El Callejón de las campanas es un mirador despoblado y tristón, donde zumban las abejas entre las maderas carcomidas y las florecillas que lograron sobrevivir a los primeros calores fuertes del verano.
-Los huertos de ahí abajo los dedicamos a hortalizas. El año que hay agua la cosa va bien, pero cuando no, va todo de secano. ¿Qué le parecen los faroles que hemos puesto en las calles?
- Ah, pues muy bien. El pueblo parece otra cosa.
- Dicen que en la plaza van a poner una farola más grande.
Don Cosme Vázquez entró en su casa con boina y salió al instante con un sombrero de paja.
-Un poco viejo está, pero hasta que vaya al mercado y me compre otro que vaya conmigo.
- ¿Qué es aquella cúpula que se ve sobre el castillo?
-Aquello lo pusieron en el año veintiséis para transformador de la luz. Ahora ya no se emplea para nada. Si quiere le puedo acompañar hasta la Puerta del Monte.
La Puerta del Monte se abre al campo en la parte más alta de las murallas. La Puerta del Monte es a manera de una pequeña fortaleza que se prolonga en ambas direcciones con los gruesos muros que dan la vuelta a la villa. Bajamos después por un sendero de polvo buscando la otra puerta, la que no conocía, la más romántica de las tres: la de San Roque. La Puerta de San Roque conserva por encima del arco la enseña familiar de los Mendoza. En su interior tiene una pequeña hornacina con la imagen del santo que guarda una puerta enrejada. Una lamparilla sin luz, un ramo de flores marchitas y cuadros piadosos y antiguallas colgados de la pared.
-Antes era un lienzo lo que había ahí, pero se estropeó con el tiempo y luego tuvieron que ponerla la imagen de San Roque.
-¿Esa lamparilla ha alumbrado alguna vez?
-Claro que sí. Quien tiene voluntad le echa aceite a la lamparilla y la enciende, pero está casi siempre apagada. El cuadro que había antes es ese que está borrado. Se lo llevaron a una casa para que no se estropease más, y lo tuvieron que traer otra vez porque no quería estar allí.
-¿Nadie se encarga de atender un poco todo esto?
-Sí, la Pilar se encarga de cuidarlo, y lo arregla y le pone ramos. Los que tienen voluntad lo arreglan un poco.
Aquella buena mujer, ejemplo del alma limpia de nuestros pueblos se llama Teresa Ortega, que dejó de pasar durante unos instantes los bloques de ladrillo a una casa en obras para atender la curiosidad del desconocido. Canta un gallo, sacudiendo violentamente las alas sobre un montón de tierra en la Puerta de San Roque. Muralla adelante, siempre bajo los rayos impíos del astro rey, la suerte o la casualidad me llevan por el caminillo de las Canteras, junto a los huertos. Las Canteras tienen un arbolado espeso, de chopos rectos como velas y olmos descomunales que funden sus copas en lo alto dando lugar a una tupida masa de verde oscuro, donde cantan los pájaros desde la madrugada. Hay un hortelano con sombrero de paja regando junto al camino. Félix, el hortelano de las Canteras, suda al sol mientras guía con la azadilla el regato débil que va corriendo por entre los surcos.
-Nada, este año los huertos no tienen nada que hacer. ¿No ve que ha llovido poco? La poca agua que hay en el pueblo la tenemos para el gasto de las casas.
Viene por el camino hacia las afueras del pueblo una mujer de mediana edad. La mujer va ligeramente cariacontecida, se llama Carmen y lleva una gallina muerta, como una pelota de plumas, dentro de un cubo.
-Fíjese, se ha muerto. Antesdeayer estaba tan relista, y ahora, mire, en el cubo a tirarla. Me da mucha pena, no lo puedo remediar.
Por el arco de la fuente se vuelve al pueblo. Pasa por debajo una señora mayor vestida de negro con un ramito de hierbabuena. La fuente, a la que custodian todo alrededor una escuadrilla de avispas, arroja sobre el pilón varios chorros de un agua fresquísima que uno aprovecha para beber sin tener sed. Ya en la calle Mayor, la última mirada es para la portada románica de la iglesia a la sombra de un antiguo portalejo, y con la espadaña a pico que casi se puede tocar con las manos desde el Callejón de las Campanas.
El viajero que se encuentra allí por primera vez, sale con cierto pesar de Palazuelos. La visita al pueblo viene a ser hoy, varios siglos después de todo aquello, una aventura medieval que supervalora la sencilla reciedumbre y la natural honradez de toda aquella buena gente que guarda el pueblo, como en un enorme relicario, de piedras para adentro.

(N.A. Julio, 1981)