domingo, 26 de julio de 2009

PASTRANA



A mi hijo José Antonio, pastranero de por vida.

Uno piensa que, más que respeto o inclinación simplemente, lo que en el fondo siente por la Villa Ducal es veneración y cariño. Motivos hay, que nadie lo dude. Es así, amigo lector, que esperando no se vea repetida en lo sucesivo mi manifiesta parcialidad, me permitas entrar -y tú conmigo- un poco, por decirlo asÍ, con el cora­zón en la mano. Pastrana es la señora de la Alcarria. Dormida, eso sí, en aque­lla solana del Arlés donde la dejó la Historia, quién sabe si para ennoblecer, como medallón que pende del mapa general de la provin­cia, a las demás ciudades, villas y pueblecitos que nacieron al amor de esta entrañable geografía guadalajareña.
Acabamos de llegar. El romero y el rosal exhalan cerca de sus puertas un acre olor a siglos. Tenemos como fondo la inmensa vega a contraluz con el convento de Franciscanos cabalgando en el alti­llo. Por encima de nuestras cabezas el cerro peñascoso del Calvario con su vieja cruz de palo, al otro lado la altiplanicie del Sagrado Corazón, y abajo Pastrana. La coraza de la colegiata devuelve a los ojos de quien llega los rayos del medio día, invitándole a entrar despacio, pausadamente, con toda la lentitud que sea capaz; y no por temor a los deslumbramientos, que tampoco la cosa llega hasta ahí, sino para abrazarlo todo en haz con la vista, igual que admirador bisoño que siente el impulso de la sangre cuando está próximo ya el lugar del reencuentro.
Ahora dejamos a nuestra mano izquierda la casona donde vivió Moratín y escribió durante largas temporadas de su vida huyendo de la Corte. Mas arriba el barrio morisco del Albaicín, para colarnos en seguida por el primer arco que nos dejará en la Plaza de la Hora, debajo mismo de la reja desde la que la princesa de Éboli, recluida durante casi diez años por orden del Rey, pudo asomarse al mundo durante una hora cada jornada hasta. el día de su muerte, acaecida en febrero de l592, con la que concluyó la página más leída y más sabida de toda la historia de Pastrana y una de las más memorables de la España de los Austrias.
La Plaza de la Hora se me hace hoy un poco distinta de la que yo conocí. El entrar y salir constante de vehículos aporta al hist6rico coso cierto aire cosmopolita. Los niños juegan a subir y bajar en los escalones que sostienen el fuste de la cruz de piedra. Los hombres están agrupados en corrillos al sol por las esquinas. El palacio de los duques aflora un extraño color dorado al repeler en los sillares la luz de mayo. Desde el pretil se ven en la vega los huertos trabajados por manos expertas, los ribazos de laurel, las aca­cias y los granados.
Difícil ha de ser, con ello cuento, pero me gustaría pasar unas horas en Pastrana dejando a un lado lo que la vida le dio, y recoger con la mayor fidelidad posible el momento actual de nuestro pueblo. Acerca de su historia, salpicada toda ella de nombres gloriosos, se ha escrito mucho y se ha escrito bien, por lo que nuestra intención no va más lejos de buscar el calor humano de los pastraneros y de contar como siempre, según vayan surgiendo, pequeñas impresiones intrascendentes.
Pasado el segundo arco de la plaza, se repite el ambiente de otras veces: los bares que uno piensa visitar y el mínimo establecimiento de Paquita, donde la mujer vende, igual que hacía entonces, recuerdos y artículos de regalo.
La Castellana corta en perpendicular a la Calle Mayor antes de llegar a la plaza del Ayuntamiento. Desde aquí hasta los Cuatro Ca­ños se concentra, en una longitud de calle estrecha nunca mayor de cincuenta metros, el nudo comercial con más genuino sabor de siglos: muestrario casi permanente de verduras y frutas en las aceras, tien­decillas en las que se vende de todo, la pescadería y el despacho de pan. Ramón atiende a las clientas detrás de las cajas de calamares, de cangrejos y de truchas envueltas entre pedazos de hielo.
- Todo está igual que antes. Un poco más de jaleo, pero todo igual. En la fuente de los Cuatro Caños cuelgan los chorros a la vez de la copa de piedra. Justo es confesar que, posiblemente, sea éste donde ahora estoy el lugar más evocador y pintoresco de la provincia, no tanto por la fuente en sí como por la antigüedad y la original ar­quitectura de las casas que la circundan.
Hay junto a las puertas de la colegiata un bronce con el busto en relieve del poeta José Antonio Ochaíta, que murió en aquel mismo sitio una noche carmelitana con la Alcarria entre las manos, en los labios y en el corazón.
- Ya va para once años -me dice una señora que descansa apoyada en el carrito de la compra-. Según oídas era un hombre importante. Yo lo vi cuando le pasó aquello. ¡Nunca se sabe dónde nos aguarda, sí señor!
A través del frescor de sus muros, uno admira la indefinible mo­numentalidad de la iglesia colegiata, legada a las gentes de después por Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli, y abierta al culto según constan­cia el día uno de febrero de 1573. En esta ocasión no he querido ver los famosos tapices, ni las reliquias teresianas, ni el, tan conoci­do para mí, joyel del museo; pero me ha parecido oportuno dedicar unos minutos al panteón que queda en un subterráneo, creo que a los pies del altar mayor exactamente. La cripta tiene forma de cruz con un altarcillo como fondo. A uno y otro lado del pasillo están las urnas de piedra con sus correspondientes epitafios, en cuyo interior se guardan los huesos de toda una rama de los Mendozas. Me impresio­na, cada vez que vengo a visitarlo, el callado nicho donde yace lo poco que debe quedar de doña Ana de Mendoza y de la Cerda, princesa de Éboli. Uno piensa que el tiempo ha sido injusto con esta mujer, que la leyenda se cebó con su persona para, ultrajarla sin piedad y que merece el pequeño desagravio de contemplar, por lo menos sus despojos, con el debido respeto, dejándola en paz de una vez para siempre en esa conmovedora soledad de los muertos.
Aunque también lo notó Pastrana, sobre todo cuando se acabaron las obras de la central nuclear de Zorita, no ha hecho el fantasma de la despoblación aquí tan tremendos estragos como en otros lugares de simi­lar renombre extendidos por tierras de Castilla. Sobre ese tema en particular hablamos con Antonio Alegre, su actual alcalde, en el ta­ller de muebles que puso en funcionamiento hace más de dos décadas y que constituye, de alguna manera, una de las industrias con mayor raigambre que tiene la villa.
- ¿Cuántas personas sois en Pastrana hoy?
- Mil quinientos habitantes, más o menos.
-¿Qué precisa con mayor apremio en este momento la Villa Ducal?'
- Industrias. Sería la mejor solución para Pastrana; no solo con vistas a que la población se mantenga, sino, incluso, pensando en su progreso. Un par de industrias o tres derivadas de la horticultura y algo también de cara al turismo, sería la solución definitiva pa­ra todos.
- Continuareis, supongo, elaborando muebles castellanos. ¿También os ha exigido adaptaros a los tiempos?
- Desde luego; una adaptación relativa dentro de lo que puede ad­mitir el mueble de época. Se trata de ir sofisticando un poco más el mismo estilo.
- ¿Se interesan por vuestro trabajo fuera de lo que pudiéramos llamar la Castilla de siempre?
- Sí, se estima mucho. Más, si cabe, en otras regiones que en la nuestra. Es frecuente que pase eso.
-¿Cuántos empleados mueven el taller?
- En este momento, ocho personas.
Pastrana tiene su verdadero encanto en los barrios bajos. Recuerdo que siempre tuve por gran gozo el perderme voluntariamente, el dejarme engañar por las callejuelas estrechas que van a morir a la Plaza de Abajo; y que, después de andar un buen rato de un rincón para­ otro en aquel laberinto de callejones desconchados, únicos, a la sombra de tejados acróbatas que casi se juntan, y bajo aleros como do­sel que ennegrecieron los siglos, al final se sale a los Cuatro Caños o a la placetuela de la colegiata.
Una viejita sube arrastrando el alma por la calle del Heruelo. La mujer viene hablando sola, con las manos apoyadas en los ijares. Viste con pelerina de lana tomada y con delantal. No me dice nada, ni yo tampoco le digo. En la Plaza de Abajo me encuentro un pilón con un ancla enorme en lo alto como homenaje a la ­Marina Española. No lo comprendo. Trato de relacionar la historia de Pastrana con el mar y no encuentro puntos de intersección por ninguna parte; pero, como desconozco el motivo, que sin duda la habrá, me marcho con una incontenible sensación de desagrado. Creo que, aparte del nombre, a la Plaza de Abajo le han quitado un poco su honrilla secular de rincón típico, conventual, entrañable. ¡Que el tiempo sea quien lo juzgue!
De la portona de un almacén sale con dos cuchillas de podar un señor que reconozco inmediatamente. Es Paco, el dueño amigable y bo­nachón del bar que hubo en la Plaza de la Hora. Con la memoria pues­ta en una docena de años atrás, a uno le cuesta trabajo entender a Pastrana sin el bar de Paco.
- Pues sí; la gente me lo dice, pero el tiempo no perdona. Los chi­cos se fueron casando y yo hace ya seis años que me jubilé.
- ¿Adonde va usted ahora?
- Voy a ver si doy una vuelta al huertecillo que tengo ahí abajo. Dicen que ha helado esta noche. En pleno mayo, mala cosa.
Y vuelvo a meterme otra vez por aquel laberinto de callejones es­trechos y de rincones irrepetibles. Debajo de un tejadillo en ángulo veo ahora clavada en la pared una cruz de palo y un cuadro oscuro que representa la Santa Faz. Es la Pastrana de Teresa de Jesús, de cris­tiano viejos sin mayores pretensiones que vivieron y murieron a la sombra del palacio, y cuyos espíritus parecen deambular entre las esquinas de estas calles cargadas de misterio. Arriba otra vez la colegiata, los automóviles de siempre estacionados a las puertas del ayuntamiento, el bullicio del siglo que nos trae de nuevo a la realidad de este mundo nuestro, ignoro si mejor o peor, en el que nos ha tocado vivir. Siempre hay alguien de pie entre el arco de la plaza y el Callejón del Toro. La gente entra y sale en uno de los bares con más honda tradición pastranera. El establecimiento muchas fotogra­fías de toreros famosos colocadas por la pared en sus correspondien­tes marcos. Desde Pepe Hillo hasta El Viti, pasando por Cagancho, An­tonio Bienvenida, y otros veinte o cuarenta más, es aquel un curiosí­simo muestrario difícil de conseguir.
- Nos los trajeron de Madrid. No sé cómo se harían con ellos.
- ¿Hay ahora algún torero local?
- Pues, que yo sepa, no. El padre de Pepe Pastrana era de aquí. Desde el bar de “los Toreros”, donde sirve Jesús, al de Máximo, sólo hay que cruzar la calle. La taberna de Máximo tiene menos pú­blico, pero es más intima y está en idénticas condiciones a como es­tuvo hace veinte años. Máximo sirvió siempre unos pinchos deliciosos de aperitivo y continúa con el mismo carisma. Las paredes de la taberna están empapeladas de pasquines con carteles de corridas más o menos notables. Algunos desvaídos y sucios de puro viejos.
- El más antiguo que hay es aquel pequeño de allá en frente. Es del año cuarenta y siete. Entonces toreó aquí una mujer que se llamaba Beatriz Santullano.
En la radio vieja de Máximo que sabe de añoranzas, suena un microsurco cantando el “Mirando al Mar” en la versión original de Jorge Sepúlveda.
- De ayer mañana es eso también. ¡No te digo, con las que salen ahora!
Y el tiempo del que uno dispone, y el espacio sobre todo a la hora de transcribir para ustedes la impresión general de un viaje a Pastrana, se acaban por agotar. Me marcho intentando sacudir de mi persona todo el bagaje de nostalgias que han vuelto a pegarse como lapa en las paredes del alma, como polvo encendido que hace revivir el recuerdo de aquellos años de juventud que pasé aquí, aprisionado, igual que Pastrana, por el peso de la Historia a la que aprendí a amar a fuerza de ver, de oler y de palpar todo el legado que la vi­lla esconde. Y por si ello fuera poco, una pléyade de amigos inolvidables que aquí no se citan, cuya memoria permanece incorrupta en el ánimo de quien ahora se va. Atrás Pastrana, la Señora, mística y eterna como los versos de fray Juan de la Cruz, quien, antes de los que ahora somos, contempló sus noches oscuras y respiró su aire.

(N.A. Junio, 1984)