miércoles, 8 de julio de 2009

PAJARES


Pajares. Mañana soleada del mes de abril, valle en resurrección del río Tajuña. La Alcarria a estas primeras horas del día se ha vestido de muchachita quinceañera.
En los chopos del regato que separa al pueblo de Pajares de la ruinosa ermita de San Roque, cantan a la vez una legión inmensa de jilgueros contentos como castañuelas. El arroyo baja abundante, colándose el limpio caudal de su cauce por entre los zarzales y los desperdicios que tiró la gente. Por acá y por allá hay hierba, mucha hierba. La ermita se desplomará cualquier invierno en que ceda el terreno o le azoten las lluvias. Se ve desalojada. No hay nada dentro de la ermita. Al rato de andar deambulando por las proximidades del puente, comienza a picar el sol. El pueblo queda arriba, expuesto a todos los aires, dominando una superficie extensa de cerros fragosos y de vegas fértiles. En las agrias laderas de sus montes liba la abeja obrera y danza la perdiz. No apetece demasiado subir hasta el pueblo cuando hay, con sólo abrir los ojos, tantos motivos que llaman la atención poderosamente. Abajo, por donde los chalés y el barrio moderno que de algún modo tiene como escaparate la plaza de Prudencio Landín Carrasco, los cebadales tiernos y las tierras de barbechera dibujan un mosaico encantador, de verdes y de sienas donde el pueblo se alza para mirar. Los perros de una casa lejana ladran, y vuelven a ladrar respondiendo a su propio eco.
Subo al fin por una cuesta empinada que me deja en el barrio de arriba, donde en realidad está el verdadero pueblo de Pajares. He llegado al final. Ya no hay más calle. Un señor completamente sordo me consigue entender y me indica que la plaza está más abajo, torciendo a la derecha. Cuando Jenaro Ortego se ajusta el aparato oye un poquito mejor. Es un señor muy atento, pero, por lo que veo, muy poco informado.
- Es que no soy natural de aquí. Yo soy de Sigüenza y sólo vengo algunas temporadas.
- ¿Cómo se llama el arroyo?
- Le dicen de Pajares, pero no lo sé.
- ¿Y la ermita?
- Tampoco lo sé.
Antes de bajar a la plaza me cuenta mi interlocutor que está allí porque traen a un familiar suyo desde la residencia de Guadalajara a morirse en el pueblo, y que está al tanto de la ambulancia que llegará de un momento a otro.
- No tiene pierde. Usted un poco más abajo y a la derecha.
Para llegar hasta la plaza uno pasa por rincones pintorescos, por esquinas de casas hechas de adobe y entramado, en cuyos ventanucos del piso alto hay una anciana peinando como en un haz sus pelos blancos. Los aleros de las casas que dan a la plaza son muy salientes, de maderas negras y envejecidas, en las que se sostienen haciendo equilibrio las tejas de la caída.
La plaza es pequeña. Ocupa el estrecho espacio que hay entre el ábside de la iglesia y el cementerio viejo. Hay una fuente que mana haciendo girar a un grifo regulable. Cuando el chorro cae a poca presión, los rumores del agua invitan a adormecerse en el silencio. Por encima de la tapia superior del cementerio se ven las cruces, las lápidas, los cipreses y las hierbas, marcando también en el espacio la vertiente que ocupa el augusto solar.
- Buenos días, señora. Qué mañana tan estupenda.
La señora Leonarda, que es sordomuda, sigue llenando el cubo sin responder palabra.
La iglesia es por fuera poco vistosa, sin un estilo definido. Se ven sus paredes lisas y algunos contrafuertes, revocada toda ella con argamasa. Frente a la iglesia hay un olmo con el tronco hueco, un tronco viejísimo, desmochado y moribundo, con algunos brotes en lo alto que la primavera ha conseguido sacar milagrosamente, como en los versos de Machado.
Seis perros vienen hacia mí en beligerante actitud, unidos en manada. Se me aproximan a todo correr enseñando los dientes. Alguno creo que me ha llegado a tocar en el pantalón sin hacerme daño. Los perros de la Alcarria -lo sé por experiencia- tiene hurañas maneras y prontos a la agresión, con o sin motivos.
- No, no hacen nada. Asustan un poco, pero no muerden -me ha dicho Pepe Moreno, su dueño al parecer.
Pepe Moreno es un muchacho extraordinariamente cordial. Vive en Madrid y es representante de una conocida marca de galletas para la provincia de Guadalajara. Cuando tiene ocasión, cosa que ocurre cada fin de semana, se escapa de la capital y se viene al pueblo a ver sus perros, sus amigos y su bodega de la cuesta del Carrizal.
- Bueno, pues aquí estoy para servirle de guía si hace falta. No hay mucho que ver. Nos vamos a acercar lo primero hasta las bodegas. Aquí tenemos muchas bodegas, por lo menos treinta, y todas con vino.
Por la senda hasta la vega de las Viñas donde están las cuevas, Pepe Moreno me va explicando que él es un enamorado de su tierra, que en Pajares hay mucha caza, sobre todo de conejos, y que el que más y el que menos tiene seis o siete perros.
- Los fines de semana venimos como locos a la caza.
Pajares se rodea de cerros picudos y marañosos, cada uno señalado por los nativos por su propio nombre: Moral, Zablanca, Cesta Pareja, Valdemuñón, Cerro de los Cabreros y Pico de la Mata la Gualda. En las caídas de estos cerros se crían espesas y anárquicas las plantas olorosas, compartiendo cada vertiente con los olivos, con los enebros y con el matorral. En las tierras bajas hay longueras de viñedo, de donde los entendidos habitantes de Pajares sacan uvas suficientes para el consumo y para pisar en los jaraíces de las cuevas.
- La cosa no puede ser aquí más fácil. Se suben arriba, las pisamos y hacemos el vino con nuestra propia cosecha. Si alguno no tiene viñas, compra la uva en Mondéjar o en Toledo y se hace su propio vino lo mismo que los demás.
Las bodegas de Pajares son semejantes al entrar a los restos de viejas ciudades romanas en excavación. Algunas tienen por mesa en el patio exterior una piedra de almazara con la cúspide clavada en tierra.
- Menudas meriendas organizamos aquí por las tardes, sobre todo en el verano. Hay días en el que el camino de las bodegas parece una procesión.
- Y en invierno, nada.
- Casi nada. Venimos también alguna vez, encendemos la lumbre, pero hay que estar dentro de la cueva. Las tenemos bien acondicionadas dentro de lo que cabe, pero es distinto. Lo que pasa es que durante el invierno aquí no queda nadie. Creo que diecisiete personas.
La bodega de Pepe Moreno tiene nada más entrar una pequeña cocinilla con chimenea para hacer los asados, los guisos y las frituras, cuando el tiempo no permite salir afuera. Es un sitio cómodo. Tiene para sentarse unos poyos de obra junto a la pared, con almohadillas de espuma. Más adentro está la cueva propiamente dicha, donde se conserva el vino, seleccionado por antigüedad en garrafones de cristal. Los perros olfatean en el suelo de la cueva, y buscan huesos entre las cenizas de la lumbre baja.
La bodega de Pepe tiene, además de las ya dichas garrafas de vino, rinconeras oscuras en las que hay patatas, vasijas de cristal con pepinillos en vinagre, y frascas con aceitunas en conserva. Cuando nos vamos de allí, con el porrón de vino fresco acabado de sacar encima de la mesa, la puerta de la bodega se queda abierta de par en par. Según me dijo el dueño no importa, no pasa nada.
- Nada. Si alguien viene por aquí no entra, y si quiere entrar ahí tiene el porrón. Conviene que le dé un poco el aire.
- Eso es bonito ¿No te parece?
- Sí; aquí la gente es muy honrada. Nadie va a engañar a nadie. Ahora iremos al bar. Tenemos un bar en el que cada cual se sirve a sí mismo y deja el dinero en el cajón. Pues bien, hemos comprado con ello el televisor y las mesas, hemos hecho arreglos y todavía nos quedan más de doscientas mil pesetas desde que se fundó.
Abajo, por los llanos de la vega, más allá de las nogueras y de los chalés, se ve funcionar el tractor de Jesús, el Chone, removiendo la tierra ya de por sí mullida y fecunda.
- No hay más labrador que él. Lleva todas las tierras del pueblo. Es un muchacho joven que andaba malamente en una fábrica de Madrid. Se vino al pueblo, se metió en un buen tractor y ahí está. Todas las tierras las maneja el solo y aún le sobra tiempo. Yo creo que acertó.
- Y el resto de la gente qué hace.
-Nada. Son casi todos gente mayor que trabajaron en la cerámica.
Nos cruzamos después con el alcalde, Alfredo Moreno, que viene del cementerio nuevo con un azadón de hacer sepultura.
- ¿Tienen entierro?
- No, de momento no. Es que han traído a un enfermo muy grave desde Guadalajara y hay que aprovechar los sábados para hacer esos trabajos. Si lo dejas para entre semana, te expones a que no haya quien lo haga.
El hecho es comprensible y razonable, pero sólo el pensar que a un vivo se le acaba de hacer el hoyo en el camposanto, es algo que pone los pelos de punta.
Así es -me dice-, pero no hay más remedio. Y en tan buena hora que todavía encuentras alguien con quien contar.
El bar es un salón relativamente amplio, bien acondicionado, con cumplido mostrador, una estufa de leña en el rincón y mucho orden. En las paredes se ve colgada la lista de precios para cada consumición -baratos, por cierto-, un televisor y una cabeza de jabalí disecada.
- ¿Lo abren a diario?
- Si se quiere, sí. Hay en el pueblo nueve llaves para poder abrir cuando se quiera, pero la gente viene más bien los fines de semana.
A uno y otro lado del televisor están las fotos en póster de los jugadores blancos del Real Madrid y de los listados del Atlético.
- Primero se puso una, pero hubo sus más y sus menos. Luego se puso la otra para que hubiera paz.
Sobre la repisa de la ventana se ven algunos libros antiguos de lectura para niños, procedentes, cabe pensar, de la extinguida escuela del pueblo.
- Sí, son de la antigua escuela. Yo me acuerdo de haberlos visto por allí.
Nada más. Dejo a Pepe Moreno junto al olmo hueco de la plaza, donde lo encontré con su jauría de perros, ahora dóciles y juguetones. Creo haber visto todo lo que en pajares se puede ver en este instante y haberlo contado con total fidelidad. Más allá Castilmimbre, el bello pueblo alcarreño empingorotado como nido de buitres, y a esta parte los mansos vallejuelos del río Tajuña. Un rincón por donde vale la pena venirse a perder.

(N.A. Mayo, 1987)