miércoles, 22 de julio de 2009

PÁLMACES DE JADRAQUE


La aguja viajera de nuestra ruleta señala esta semana con marca­da insistencia hacia un punto concreto en la rosa de los vientos a que da lugar en su conjunto la informe geografía de la provincia. De nuevo la casualidad nos ha querido tirar esta vez por la carre­tera de Soria, o de Atienza, como prefieren otros. Los gigantescos conos de Hita, de Padilla, de Jadraque, todos con el nombre común de Cerro del Castillo, lucen a esta hora un dorado intenso, un do­rado brillante que parece quemar con el sol mañanero del preotoño. Los campos quedos de esta Castilla que descansa, sufrida la hora bullanguera del estío, son un mar de paz, un mundo nuevo, más habitable si cabe a medida que nos vamos introduciendo con todo respeto en los entresijos de su corazón, tierra adentro. Si cada una de es­tas comarcas nuestras, tan diferentes entre sí y tan iguales en el fondo, tuvieran que sufrir la crítica de quien se ha impuesto como deber conocerlas en cuerpo y espíritu, sería la que pisamos hoy la que tiene clavada hasta lo más profundo de su raíz el alma castellana, y como defecto principal y perdurable el de la misma Castilla: haber dejado marchar a sus propios hijos, lo mejor que fue capaz de dar, sin pedir nada a cambio. Sino y cruz de esta tierra madre.
Un indicador señala en su momento el camino de Pálmaces. Es una ­carreterilla estrecha y complicada que corre marcando las difíciles formas del terreno hasta perderse en las sombras que preceden al pueblo. Pálmaces esconde sus tonos color tierra detrás de la alameda. ­Las mulillas mordisquean desde bien temprano en los rastrojos que aun conservan la humedad de la noche. En estos serenos parajes, anuncio al fin de los grises y mate de la vecina sierra, los últi­mos Días de agosto todavía conservan a pocas horas del alba el viejo ritual del frío en el rostro que cantaron los antiguos.
El pueblo está sumido en un silencio absoluto. Una vez dentro, a­penas se oye el azote del viento en la acacia del atrio, después de haberse estrellado con fuerza en la arena barroca de la portada. Al cabo de un rato llega un muchacho que se pone a pelotear, solitario, en el frontón de la plaza. Pálmaces, visto así, tiene todo el aspecto de un pueblo que añora su pretérita vitalidad, herido de muerte por la tragedia de la vega que forzó la emigración apresura­damente, despiadadamente, hasta dejarlo en cuadro. En la calle Ma­yor uno se encuentra con casonas antiguas, de salidos aleros daña­dos por la lluvia, muestrario fiel de la más genuina arquitectura rural de otro siglo. Juego de ocres en cualquier rincón que varían de intensidad y de tono según la postura del sol. Desde las eras, sentado en las piedras caídas de un palomar en ruinas, se ve correr exangüe el arroyo Cañamares por encima de las tierras llanas que cu­brieron las aguas del pantano, y las colinas limpias entre las que se encaja el embalse, presididas en su altitud por el Cerro Picozo. Desde los callejones del Aroril ofrece la llanura sedimentaria de la vega otra vista espectacular. Los mocetes cortaron un campo de fútbol en la caja del pantano aprovechando la superficie lisa que acon­dicionaron las aguas. Un hombre está retocando el tajado de una ca­sona alta en el Aroril. Me gustaría decirle algo, pero temo que se pueda caer con el vértigo o no hacerme caso por precauci6n.
- Buenos días. Ahí no le faltará el airecillo sano.
- Pues no señor. Aquí! sí que corre bien. Usted no es de Pálmaces, ¿verdad?
- No señor. Es la primera vez que vengo por aquí.
- Pues todo esto tiene poco que ver. Cuando estaba la vega era otra cosa, y con el pantano lleno también daba gusto verlo.
El hombre del tejado se llama Mariano, de la familia de los Llorente, y debe venir al pueblo por temporadas, casi siempre con la tarea de retocar la casa después de medio año deshabitada.
- Pues eso es lo que tiene, que son casas viejas y hay que estar siempre encima de ellas. ¿Sabe lo que pasa?, que como uno no es del oficio, te pones a quitar una gotera y a lo mejor haces catorce. Claro, que peor estará el que no tenga donde venir al pueblo.
- Digo yo que aquí quedará poca gente en invierno.
- En invierno casi nadie. Cuando se empieza a meter septiembre no quedan más que cuatro viejos y pocos más. Pálmaces está casi todo en Guadalajara.
Una señora, también de la misma familia, se acercó por allí haciendo punto. La señora Isidra tampoco parece vivir en el pueblo de manera continua, no obstante, su condición de palmaceña como la de la poca gen te que traté, la lleva con orgullo, con un sensible lustre de cariño mezclado en nostalgia, la nostalgia natural de la mujer que recuerda sus años mozos.
- No sé si se lo habrá dicho Mariano, pero todo aquello era una preciosidad. Era lo mejor que tenía el pueblo. Casi toda la gente sacaba de ahí para vivir. Nadie sabe los melones y las hortalizas que se habrán subido de la vega, y patatas y judías de la parte de abajo, buenísimas.
- ¿Cómo es que baja tan poca agua el río?
- Ese no baja nada más que cuando llueve. Y cuando hay inundación, para qué. La nieve de aquellas sierras, antiguamente tenía que pasar por aquí y se llevaba todo en banda.
Muy cerca de nosotros está la minúscula ermita de la Soledad re­cién restaurada, y las bodegas, abandonadas todas, con su boca negra traspasando la roca, y en la falda de aquel declive que acaba­rá en las tierras comprometidas por el pantano, los modernos chalés hacen sombraluces envueltos entre la maleza y los árboles orna­mentales colocados allí por sus propios dueños.
La Plaza Mayor no se concreta en una forma determinada, pero es inmensa; yo diría que son dos plazas, una a continuación de otra. En el frontón acaba de montar su establecimiento sobre ruedas un vende­dor que llegó de Jadraque. En la Plaza tan sólo están en este momento los obreros y las maquinarias que mueven la caldera del hormigón. La iglesia parroquial queda al borde de la Plaza; es uno de los edi­ficios de arquitectura religiosa más sólidos y mejor conservados que conozco. Alguien me habló en el pueblo del buen son de las campanas que penden en la torre.
- Como éstas no las hay, ¡eh!, y no es pasi6n. Tienen un sonido divino. Cuando tocan las tres, parece que cantan los ángeles.
Sin necesidad de salir de la Plaza es posible refrescar en verano o poner el cuerpo a tono en los días crudos girando visita al barecillo de la señora Flora, uno de los dos que tiene Pálmaces. La dueña es mujer de corta conversación, como un poco desconfiada con quien no conoce. El barecillo de la señora Flora es a la vez tienda de ul­tramarinos y comestibles, tal se desprende del variado muestrario de latillas y productos que quedan a la vista y que aquella buena mujer va despachando sin decir palabra, desde la otra parte del mostrador. Con un manojo de correspondencia y una bolsa de medicamentos separados en paquetitos nominales, aparece Rufino, el cartero, veintitantos años al servicio postal del pueblo, y ahora por aquello de la motorización, de algunos cuantos pueblos más de la comarca.
-Pues sí, llevo también Negredo, Santiuste y Rebollosa; pero yo soy para el caso el cartero de Pálmaces.
- Reside usted aquí, por lo que veo.
- No, yo vivo en Jadraque y vengo diariamente a repartir. En Jadraque estamos siete carteros, y desde allí nos encargamos de repartir en toda la zona. Desde que nos motorizamos lo hacemos así.
- Y ya, de paso, se hace también de recadero, qué remedio.
- A ver, te encargan boticas de la farmacia y qué vas a hacer, servir al público ¿No le parece?
Cuando uno se decide a dar el paseo final por las calles del pueblo, vuelve a sentir de nuevo el latigazo de la desconsideración, el dolor que lleva consigo el abandono repetido en uno y otro lugar con características diferentes, pero que concurren al fin en una falta de amor a la propia tierra, impuesta por las modernas formas de vivir y que los pueblos, perdidos en el páramo o en la falda del monte, lloran en el silencio de su corazón de piedra sin que nadie preste oído a su lamento. En Pálmaces, siempre teñido de ocre, es fácil encontrarse con paredes que reflejan en la superficie de la argamasa el gusto artístico de sus vecinos de otro tiempo, florituras curiosas y cuerpos exóticos de aves marcados a dedo, son muestras que allí nos salen al paso en más de una ocasión. A lo largo de esta gira postrera me encontré con calles de evocadora denominación: Pasaje de la Muela, Plazuela de los Geólogos, Calle de Eva Duarte de Perón, entre otras más que ahora no recuerdo.
Vivida la experiencia de Pálmaces sólo resta hoy, amigo lector, invitarle a conocer el pueblo, en la seguridad de que quedará bien pagado. Es preferible según indicación de sus propios vecinos, cuando las aguas del embalse vuelvan a inundar la vega, aunque, eso sí, nuestro pueblo, anclado en las tierras más serias de Castilla, no es ni mucho menos de vocación marinera.

(N.A. Octubre, 1982)