miércoles, 22 de julio de 2009

PAREDES DE SIGÜENZA


Paredes, lector amigo, está integrado en esa media docena de pueblos que por su situación ocupan la zona más septentrional de la provincia. Las tierras de Paredes dividen en dos a Castilla, rayando, linde con linde, con los páramos y con las primeras barbecheras de Soria.
Luego de mucho caminar por los campos yermos, por los parajes áridos cuyas viejas colinas evocan diez siglos más tarde los caminos del Cid, el pueblo aparece en el centro de una fecunda planicie a la que en cualquier dirección rodean los campos de mies.
A Paredes se entra por un pasadizo angosto, de piedra blanca, que parte desde la carretera del Burgo y que dará de inmediato con el viajero en su Plaza Mayor. Con los vuelos de su delantal, una señora espanta a un grupo de gallinas que escarban imposibles entre la tierra del camino.
-¡Hala de aquí! Este asqueroso pollo se conoce que quiere ir al puchero antes y con ates.
Cuando uno vuelve a pisar tierra en la plaza del pueblo, nota que la temperatura está muy por debajo de la que dejó al salir. En paredes, el visitante se encuentra con un pueblo antiguo, de sólidas y centenarias viviendas en las que todavía se advierte su vieja tradición labradora.
Junto a la peana de un rollo que ya no existe, dos hombres del campo intentan arreglar a golpe de martillo el carro de una máquina moderna de segar. El pueblo está en silencio, con la pestaña cerrada de muchas casas in habitar. Algún hombre o alguna mujer echan de vez en cuando una mirada de extrañeza al forastero y se vuelven a ocultar detrás de las esquinas sin decir nada.
-Buenas tardes.
-Hola. Buenas tardes tenga usted.
La iglesia está en las afueras del pueblo, junto a las últimas casas mirando al campo. Tiene una espadaña severa, de oscuro sillar, elegante de forma, abierta al poniente por un triple campanario en perfecto estado de conservación. En uno de los muros de la solitaria iglesia han tenido a bien plantar sus reales las abejas en un agujero de la piedra, apoderándose así de la situación durante las tardes soleadas del verano. Paredes guarda aún el recuerdo vivo de sus viejas tradiciones que el tiempo hizo pasar al terreno de las añoranzas. En la pista del frontón crece la hierba sin un pie que intente impedirlo.
-El frontón lo tenemos como de adorno. Ya no hay quien juegue.
-Las aficiones que se cambian por otras, claro.
-Qué va. Es que no hay gente para jugar.
-¿Tan mal le ha ido al pueblo?
-Y tan mal. En invierno hay abiertas veintitrés casas. Y en verano me parece que cuarenta y siete. Así que eche la cuenta.
-¿Cómo se llama Usted?
-Yo me llamo Anastasio Ruiz. Me lo pusieron a cambio de un hermano que se murió. Hoy cumplo ochenta y siete años justos.
-Habrá celebrado su cumpleaños.
-En casa sí señor. Con las del julepe lo celebraremos el domingo.
Don Anastasio estaba sentado a la sombra en el poyo de una hermosa casona que hay en la solana junto al juego de pelota. Don Anastasio juega los domingos a las cartas con las mujeres a falta de hombres de su edad que le acompañen.
-Jugamos las partidas de a perra gorda. A mí me hace duelo echarlas de a peseta. Acompañaban a don Anastasio disfrutando de la bonanza de la tarde, tres de sus habituales compañeras de julepe: doña Felisa, doña Divina y doña Ascensión. Mujeres de agradable trato con las que uno, que también se goza en estas simpáticas tertulias, dejó pasar muy a gusto un poquito de tiempo de conversación.
-¿Sabe usted lo que pasa? Pues que el Tío Anastasio juega mejor que nosotras y nos gana las perras. Menos mal que sólo quiere jugar de a diez céntimos.
-¿Y cómo se arreglan ahora que no hay monedas de esas?
-Ah, pero todas nosotras tenemos un buen montón y no las soltamos por nada. Cuando a una se le acaban, le cambiamos una peseta y ya está.
-¿Cuándo tienen en el pueblo la fiesta?
-Tenemos dos. La Virgen del sagrario es para el 20 de mayo, y la de San Julián Confesor el 27 de agosto.
-San Julián Confesor -les digo- es también patrón de Cantalojas.
-Pues mire, no lo sabíamos. Tiene una historia muy bonita. San Julián mató por equivocación con la espada a su padre y a su madre según dormían, y eso que se lo había avisado una cierva herida cuando iba de cacería. Yo he oído decir que su tumba está en un pueblo pequeño cerca de Zamora.
La tranquilidad de la tarde invita a pasear por los alrededores camino de la sima. Bajo los chopos de su huerto en el Prao, Leoncio del Castillo está regando a cubos un pequeño tablar de cebollas. Los huertos de Paredes tienen un pozo que se seca cuando se le ha extraído el cuarto o quinto pozal de agua salobre, y no vuelve a llenar hasta la mañana siguiente.
-Lo malo es eso, que siempre hay que dejar de regar cuando se va a medias. Y luego, como aquí todo esto no madura hasta septiembre, hay años que viene una escarcha, y a los tomates, las judías y todo lo que haya, se lo lleva por delante.
-Y el sistema de riego es éste que usted emplea, claro.
-A ver. Cada huertecillo tiene una mieja de pozo, pero ya ve, casi todos abandonados.
Alfredo Ferrer, el joven alcalde de Paredes, estaba un poco más abajo dallando a mano los corneros y las rinconeras de un prado por donde no pudieron entrar las máquinas.
-Pues sí, porque lo que es el dalle ya no se emplea prácticamente mas que para estas cosas. Ahora se siega todo con máquina, y después, para recogerlo, se van imponiendo las empacadoras.
-¿Para qué emplean luego tanta cantidad de hierba?
-Para el ganao. En invierno es esto lo que comen las ovejas, aunque se les quiera ayudar un poco con penso.
-¿Tienen mucha ganadería?
-Redondeando puede haber unas dosmil ovejas.
-Y además la agricultura, porque este pueblo parece ser la excepción en medio de tanto campo sin producir.
-Bueno, aquí también tenemos erial. Todo eso que se ve de Los Llanos no da más que tomillos; pero vamos, aún puede haber quinientas hectáreas, más o menos, de terreno de cultivo.
-¿Qué suelen sembrar?
-Aquí lo que más se siembra es trigo negrillo, que parece que se adapta mejor al clima, y cebada bastante.
-¿Tiene problemas el pueblo?
-¿Problemas? Cómo no. Al ser un municipio sin ningún tipo de ingresos, nos tenemos que conformar con lo que hay. Las calles, por ejemplo, son de tierra, y para nosotros sería una ilusión pensar en arreglarlas. A los vecinos, de qué les vamos a pedir cuatro o cinco millones; son casi todos jubilados y eso no puede ser. Además, las faenas que nos está haciendo la compañía de la luz nos crean, cuando a ellos les da la gana, problemas serios.
-¿Y eso?
-Pues sí. Ahora, no hace mucho, tuvimos que esquilar el ganao; pues bien, cuando has traído personal a sueldo y con las máquinas dispuestas, esos señores van y te cortan el fluido. Te avisan cuando ya tienes todo preparado, y enseguida el corte. Por lo menos que avisen con tiempo suficiente, que no es pedir mucho, como ya se lo hemos pedido un montón de veces, o que no corten, porque ya el pueblo se está empezando a cansar de que le tomen el pelo.
Para salir hasta la carretera desde los huertos del Prao puede hacerse por el sendero original de una calzada romana. La vía, que tanto se usó para correr tanto las glorias como los reveses del viejo imperio, como para vereda de merinas cada otoño de viaje a Extremadura, es hoy un extensísimo carril enmarcado por milenarias piedras en línea que se esconde y vuelve a aparecer, al que la hierba y el tiempo, si es que los planes del hombre no lo hacen antes por un quítame allí esas pajas, acabarán haciéndole desaparecer del ya maltrecho mapa histórico de la Península.
Cerca de la carretera, uno se encuentra con el increíble socavón que en el pueblo llaman “la sima”. La sima de Paredes surgió por sorpresa en medio de un barbecho acabado de arar la tarde del 7 de agosto de 1979. Es un pozo inmenso, redondo como una plaza de toros, lleno de agua salitrosa, cuya profundidad debe de oscilar entre los veinticuatro metros, según unos, y el fondo desconocido, según los más. Una peligrosa irregularidad del terreno cuya presencia tiene atemorizado, no sin razón, a parte del vecindario; no tanto por su progresivo rehundimiento como por la posibilidad de una nueva manifestación en cualquier otro lugar del término, incluso en el mismo pueblo.
Ya a las puestas del sol, cuando el astro se había empezado a deshacer en tonos escarlata por los horizontes de Atienza, la temperatura hizo tomar con gusto el refugio del automóvil. Atrás queda Paredes, con su gente trabajadora y honesta, con su genuino carácter de la Castilla de siempre, con su cielo incontaminado y con sus preocupaciones. Al cabo, la salsa y la sal de esta tierra nuestra.

(N.A. Septiembre, 1981)