miércoles, 22 de julio de 2009

PARDOS



Debí de perder -no sé cómo- la noción del espacio, y me hice presente en la villa de Pardos por un camino d tierra que encontré a la casualidad en las proximidades de Torrubia, el pueblecito molinés de la torre hermosa. Luego, al salir, me di cuenta de que para llegar a él hay una pequeña carretera asfaltada, de tercero o de cuarto orden, por la que se circula con comodidad y sin tránsito alguno.
Son ahora poco más de las cuatro de la tarde. Encuentro a nuestro pueblo extendido en los rellanos que preceden a una serie de colinas que llevan su mismo nombre. El sol de julio achicharra de manera impía en estas parameras que en más de una ocasión dieron las temperaturas más extremas de toda la península. Al entrar al pueblo, sin haber pisado apenas sus calles, busco refugio contra el sopor de la hora a la sombra de unos olmos viejos que hay al volver de la iglesia. La lanza de un remolque que pasa el puente de la siesta a la sombra del olmo, me sirve de tribuna para contemplar a mis anchas los caminos y los trigales a lo lejos.
Unos pajares o parideras colocados en línea bordean la pradera a que dieron lugar las antiguas eras abandonada. Media docena de palomas picotean entre los brotes de hierba. No se ve ni se oye a nadie. Los escasos vecinos de Pardos deben dormir la siesta, me da por pensar, en las frescas alcobas de sus casas. De vez en cuando una brizna de viento norte se levanta y mimbrea las ramas enfermas de la olma. Ahora veo a un anciano dormitando, apoyado sobre el tronco de un árbol próximo, con sus rugosas manos abrazadas al cabezal de la garrota. Cuando me acerco a él, el anciano abre los ojos poco a poco, uno nada más, el otro me da la impresión de que le falta.
-Cuánto siento haberle venido a molestar. Con estos calores lo único que apetece es dormir, ¿verdad usted?
-Ya lo creo; lo que pasa es que es uno muy viejo, y lo único que le gusta es que lo dejen en paz.
-Pues nadie lo diría. Si parece usted un mozo.
-Sí, recién salido de quintas. Ochenta y cinco años encima, que no crea que no pesan. Y aún me levanto todas las mañanas a las seis, y me ordeño mi ciento y pico de cabras; y en invierno igual.
El simpático abuelo de Pardos, don Dionisio Acero Heredia, resultó después que me conocía, por ser, según me dijo un ferviente seguidor de mis pasos por los pueblos. Como cabe suponer nos hicimos amigos inmediatamente.
-Lo mismo cuando ponga usted esto en los papeles ya las he plegao, y no lo veo. Con estos puñeteros pulmones ando cada vez peor. Si no fuera por eso aún duraba.
Al rato acudieron por allí dos hombres más: uno de edad parecida a la del abuelo Dionisio, pero más reservado que él y que se llamaba Pedro, y otro de mediana edad, Pedro también, Pedro Larriba. Entre los tres me hablaron de muchas cosas y en todas estaban de acuerdo por igual: que es una vergüenza que esté como está el camino de Torrubia; que los que deberían hacer, no hacen ni caso a la gente del campo; que los olmos se acabarán muriendo como no inventen algo para evitarlo, y, desde luego, que la iglesia del pueblo se les hunde sin remedio.
-Yo también creo que se les hunde, y sería una lástima. La espadaña es preciosa.
-¡Calle hombre, calle! Para adecentarla un poco y arreglar la cubierta nos cuesta tres o cuatro millones de pesetas, y no los tenemos. Se han conseguido recaudar en colectas casi dos, pero lo que nos falta no sale.
- Pues lo podían dedicar a componer el tejado. Como lo dejen así yo creo que se les va todo abajo, y entonces ni con tres ni con diez
- Ahí está el asunto, pero es que ahora, por lo visto, entre per­misos y no sé qué historias te comen por los pies.
Al cabo de un rato, uno nota que se está la mar de bien a la Sombra del olmo. He tomado asiento, sin prisas, en una piedra, para descansar debidamente, para ver y escuchar lo que mis amigos me cuentan.
- Pues hay muy poco que contar, le advierto. No sé si quedaremos en todo el pueblo unos ochenta escasos. Con la fuerza de agosto, en­tre chicos y bicicletas no cabemos.
- ¿Y de qué viven ustedes?
- Pues vivimos del campo y del ganado. La agricultura es lo nues­tro. Aquí nadie se está cruzao de brazos, todo el mundo trabaja. Cualquier viejo tiene su huertecillo y sus cabras, por lo menos se entre­tiene, aunque a la hora del provecho lo mismo resulta que pierde. El Tío Pedro, ahí lo tiene usted, con ochenta y tres años es el mejor hortelano de todo el partido de Molina.
- ¡Qué bien! Enhorabuena. ¿Y cabras tienen muchas?
- Unas mil cabezas propias del pueblo, y otras mil ovejas. La le­­che se la llevan todas las mañanas. Hay días que salen más de seis­cientos litros. La recoge uno de Ciruelos para no se qué central le­chera. Luego creo que la hacen queso.
Pardos es un pueblo gris, de tejados grises, de calles grises, de montañas grises... El nombre que lleva le debió ser pues­to, pienso yo, debido a su color.
Siempre en compañía del abuelo Dionisio nos acercamos después hasta la plaza. Ahora me doy cuenta de que Pardos es un lugar peque­ño, incluso en extensión. Las casas están hechas en su mayor parte de arenisca y de piedra caliza, indistintamente. Se ve que escasea la población infantil y que el ganado, pese a ser abundante, no suele merodear por las calles, porque la hierba nace y crece a su antojo en la misma plaza de la fuente.
- Tiene razón. Chicos pocos. Aquí somos casi todos viejos. Los po­cos chicos que hay se los llevan a la escuela fuera del pueblo.
La Plaza Mayor es pequeña. Los bordes del pilón la ocupan en una extensión casi tan grande como ella. La fuente pública, en cambio, es elegante y muy digna, una fuente con pretensiones, desproporciona­da, ciertamente, con la glorieta urbana a la que adorna.
- Mire, ahí tiene una mesa de piedra hecha con la machacadora de un molino.
- Muy rara, ¿verdad? Yo he visto muchas, pero ninguna es así.
- Esta es de cuando la mina Estrella.
- ¿Y eso qué es?
- Las minas de plata, que había antes.
- ¡Ah, pues no lo sabía!
- Sí hombre. Había fábrica también y se sacaba la plata en lin­gotes.
- ¿Por qué no funciona?
- Qué se yo. Será porque no interesa. La última vez que la vi funcionar era yo chico. Hará más de setenta años. En el término hay también otra de barita.
- ¿Y no viene por aquí nadie a ver esto?
- Sí que vienen, muchos, a recoger muestras al tres por dos. Aún se conservan los pozos.
El abuelo Dionisio me ha traído hasta la plaza para invitarme a un refresco, pero no s hemos quedado con las ganas. No ha podido ser. El bar está cerrado.
- Qué remedio. Lo abren por las tardes, pero qué sé yo a qué hora. Esto que hay al lado es el consultorio médico.
Cuando se tira desde allí la vista al mediodía se ve no lejos el que en el pueblo dicen el Cerro Gordo, con 1350 metros de alti­tud en la cumbre. Más elevado, según, que la Cabeza del Cid que hay en Hinojosa.
- Ya lo creo que es más alto. Hará por lo menos sesenta años, hubo por aquí un maestro que tenia unos prismáticos de esos para ver de lejos. Pues desde lo alto del Cerro Gordo se veían con aquel aparato los corillos de mujeres de La Yunta, sentadas en la calle.
- ¡Qué bárbaro! Aún hay distancia, ¿no?
- Claro que hay. Al derecho, seguro que más de veinte kilómetros.
Luis Andrés y Marcelino Benito aguantaban las horas de calina sentados en el poyo, a la sombra del impecable consultorio médico.
- Esto es, poco más o menos, lo que hacemos a diario. Ya no somos gente de mucho andar.
- Me extraña un poco la cantidad de vasijas de aluminio que se ven por las calles, ¿para qué son?
- En esas es en las que se llevan la leche. Todas iguales. Se llevan unas cargadas y dejan las vacías. Están preparadas para la recogida de mañana.
Con pocas cosas máS que ver, el tiempo de mi estancia en Pardos toca a su fin. A pesar de su modestia, nuestra villa ha dado al mundo y a la Historia una serie de hijos ilustres de los que es muy posible que pocos, ni aun los que aquí viven, tengan la menor noticia. En Pardos nació don Antonio Vela, catedrático que fue y director del obser­vatorio meteoro16gico de Madrid, y don Nemesio Martínez, jefe de aduanas, asesinado en los primeres días de la pasada guerra civil.
José Antonio Heredia, el alcalde de Pardos, es un muchacho joven, amigable, que encontramos casualmente engrasando los aperos del trac­tor a la sombra de uno de los olmos de las eras. La maquinaria en es­tado de revista, que siempre es una buena costumbre.
- Sí. La cosa es que al final de cuentas no hace uno nada, pero que siempre hay algo en donde enredar.
- ¿Cuántos tractores hay en el pueblo?
- Siete; que hacen el mismo trabajo que antes hacían treinta pares de mulas.
- Ah, pues no es tanto.
- Ya, pero es que antes sólo se labraba la mitad del término. Lo otro se dejaba para el año siguiente. Ahora se cultiva todo.
Y con media tarde por delante dejamos este interesante y un poco escondido pueblecito molinés. Uno siente al marchar la indefinible satisfacción de haber desenterrado de alguna manera, de haber sacado a la luz, recordado al menos, uno de nuestros lugares más escondidos y olvidados. El Señorío, a estas horas de la tarde, toma un especial cariz. Con los trigales a punto de hoz, las carreteras y los campos, de pairón en pairón, tienen un algo de paraíso encendido, de desier­to de luz en donde da gozo estar.

(N.A. Agosto, 85)

1 comentario:

vanesa dijo...

me he emocionado al leer este articulo, soy de pardos con mucho orgullo, un pueblo pequeño, pero grande, grande en sus gentes, grande grande, grande!!!