martes, 7 de julio de 2009

PADILLA DEL DUCADO


Cuando al salir de Alcolea me detengo para tantear con la punta de la bota en la carretera si el hielo está duro o no, la nieve de la noche -nieve sobre hielo- cubre en una capa espesa las vegas y los llanos, las crestas de las peñas y los barrancos, las capotas de los pinos y los senderos. La fuerte cellisca que mueve el vendaval va amontonando junto a la cuneta la nieve en polvo que arrancó de las la­deras. La vida del mundo, ante aquella indecible soledad, parece una utopía en la que no es posible creer, como si hubiese llegado a su fin irremisiblemente.
A pesar de la luz mañanera del sol de las diez, el día no abre. Hay que viajar extremando las precauciones. Una corza atraviesa de dos saltos la carretera por delante de mí, perdiéndose en un abrir y cerrar de ojos entre los breñales de la pinada. He pensado por un mo­mento en la conveniencia de volverme atrás ante el temible panorama del día. No viene ni va nadie por la carretera. Al final me inclino por seguir adelante, caminando a palmos y sabiendo que el andar en ta­les condiciones no deja de ser una temeridad o por lo menos una im­prudencia.
La fábrica y el estrecho de Luzaga, primero, y Hortezuela después, destacan dormilones rodeados de blanco en sus cuatro direcciones. Por encima de la ermita de Océn viajan volanderas las nubes a impulsos del viento de poniente, dibujando a su paso extensos lunares de sombra que corren a lo largo del campo nevado en donde no hay vida.
Padilla, el pueblo, visto desde el empalme con la carretera de La Riba, se adivina difícil, escalonado, delicadamente rústico, ocupando la ladera sur de un cordón roquero con la espadaña de su iglesia en lo más alto asomada al mundo. Un último tirón me coloca, al cabo de una cuesta, en la plazuela donde está la fuente.
El pueblo me recibe adormecido. La nieve de las calles se ve todavía sin pisar, nadie ha salido de sus casas. Antes de llegar a la plaza llamó mi atención en plena cuesta un chalet solitario y el edi­ficio seminuevo de la antigua escuela de niños. El viento silba en dantesco concierto al chocar contra las esquinas de las casas. Sin bajar del coche miro a través del cristal de la ventanilla los chorros de la fuente, con la vega entera como fondo. Una señora me está. mirando desde la puerta entreabierta de su casa. La mujer lleva la cabeza cubierta con un pañuelo negro. Yo la veo por el espejo retrovisor sin que ella se de cuenta. El piso de la plaza, ligeramente inclinado hacia el pilón de la fuente, se ve escurridizo y peligroso.
- Buenos días, señora. Mal tiempo, ¿verdad usted?
- Malo, sí señor. No sé como se atreve nadie a salir de su casa con la mañana así.
- Pues, ya ve. La cosa es que hasta Alcolea parece que no tenía traza. El tiempo engaña un poco.
- Eso pasa siempre. El tiempo es siempre peor por aquí que por allá arriba.
- Veo que en Padilla no son muy madrugadores que digamos. Son más de las diez y no se ven huellas por la nieve.
- Y para qué vamos a madrugar más. Para lo que tenemos que hacer, igual da media hora antes que una hora después.
- Claro; y eso aparte de que serán muy pocos en el pueblo.
- Muy pocos, sí señor. Unas quince o dieciséis personas. Todos ma­yores.
La mujer es la señora Damiana. La veo con interés por responder a todo lo que le pregunto, pero reconozco que, aunque no apetezca, debo intentar por lo menos hacer equilibrios por las calles en cuesta del lu­gar si es que quiero ver algo: las ruinas de las casas que se vinieron abajo, las portonas atrancadas de los casillos, las piedras moldeadas de los dinteles, la iglesia, siempre que las inclemencias me permiten subir.
- No se moleste. Para qué. La iglesia se ha hundido toda. Nadie ha hecho caso y no queda en pie nada más que el campanario.
- ¿Y c6mo ha sido eso?
- Pues ya ve, por abandono. Ahora nos dicen misa en la escuela.
Doña Damiana me pone un poco al corriente de la fiesta patronal de Nuestra Señora de la Cañada, a celebrar cada año el último domingo de junio; de la ermita, que coge a una distancia de dos kilómetros del pueblo, y de la fiesta de San Miguel a finales de septiembre.
­- Pero nada más. El resto del año, nada. Siempre solos aquí.
Al poco de emprender en solitario la escalada por la calle arriba, me convenzo de que no se verá en ningún modo concluida con éxito, es de­cir, que no llegaré a la iglesia. El viento sacude helador y el piso se va haciendo más peligroso cada vez a medida que se asciende. En una casa nueva veo colocadas al abrigo del viento media docena de palomas, acurrucadas al sol de la pared. En el pueblo, me daré cuenta des­pués, hay varias casas que tienen palomar.
Resulta doloroso, aunque ya debiera estar acostumbrado, el ver en cada salida tanta desolación y tanta ruina, tanta piedra desgranada sin posible esperanza de reconstrucción. Só1o los sillares ródenos de las jambas y de los dinteles, de las esquinas en algunas casas, se conser­van casi en su primitivo estado, dejando correr los tiempos y la vida sin deterioro apenas.
Por encima de las últimas casas de Padilla hay rocas que libran al pueblo de las invernales furias del viento norte. Abajo, en la vega, la visión se vuelve apoteósica a estas horas, en este tiempo y en esta única circunstancia. La vega, blanca y silenciosa, parece morir o renacer de nuevo bajo su manto albo que el sol seguramente de­rretirá por completo algunas horas más tarde, al tiempo que las cercas en los cerros del poniente ponen a la estampa invernal reminiscencias bíblicas de otros mundos lejanos y desconocidos.
Desisto al final, aupado por la cellisca, de subir más arriba. Desde un rinconcito oportuno al sol contemplo subido en una piedra la cruz de la espadaña, los dos bolones laterales de caliza que la adornan y el par de campanas inamovibles que, mudas para siempre en sus respectivos va­nos, serán para los hijos del pueblo motivo de añoranzas y de recuerdo de un tiempo que se fue y que difícilmente volverá. Junto a mí cruje el portón cerrado de un corral al soplo del viento. Desciendo bien pegado a las orillas, sujeta la mano a las piedras del la pared, con el pie asegurado en los escasos trozos de suelo sobre los que no hay nieve.
-¿Qué le ha parecido? Me pregunta, otra vez en la plaza, la señora Damiana?
- No sé qué decirle. Al fin no me he atrevido a llegar hasta la iglesia. Me ha dado un poco de miedo.
- Mire, esto poco de local nuevo que tenemos aquí es el centro social.
- Me lo había parecido cuando vine.
- Dentro tenemos algo de bar, el consultorio médico y la secretaría del ayuntamiento. Se lo voy a enseñar.
La fuente pública es sencilla y muy bonita. Tiene todo el encanto de lo pintoresco por su monolito, por el pilón abrevadero y, sobre todo, por estar donde está. Sobre la piedra figura escrito que se construyó en 1914.
- Sí señor. La hicieron el mismo año en el que nació mi marido.
- Ah, Pues los caños echan un buen chorro de agua. ¿Les suele faltar en verano?
- No señor. Aquí nunca nos falta el agua. Esta de la fuente es el sobrante del depósito.
El sa1ón del centro social no es demasiado grande, pero se nota bien dispuesto y suficiente para lo que el pueblo es o pudiera ser en toda la fuerza del mes de agosto. Destaca sobre lo demás el mostrador de ladrillo, un par de altavoces del equipo sonoro, unas cuantas mesas y sillas amontonadas junto a la pared y varios carteles de toros anun­ciando pasadas corridas, con nombres historiados de plazas céle­bres y diestros famosos.
- En esta habitación tenemos el consultorio médico. El doctor viene de Sotodosos. En esa otra puerta está la Secretaría, y los servicios en medio. Muy bien, ¿verdad?
- Sí que está bien. ¿Cuándo suelen abrirlo al público?
- En vacaciones y algunos fines de semana, cuando viene la gente joven de fuera.
Es ahora cuando aparece en el sa1ón donde estamos un muchacho joven. Por la edad uno presupone que, aunque el chico sea natural de Padilla, no debe residir en el pueblo habitualmente. La señora Damiana hace a su manera la oportuna presentación.
- Se llama Guillermo. Es hijo del pueblo, pero no vive aquí. Ya ha ter­minado la carrera de médico.
Me explica Guillermo Rincón que viene al pueblo de vez en cuando. Sobre el futuro inmediato de un médico reciente como él terciamos dos palabras. Luego nos salimos a la solanilla de la puerta para conversar más larga y tranquilamente.
- Ahora; nada. Como médicos, los recién acabados no sé qué plan tene­mos. En la lista de sustituciones a esperar.
Opina Guillermo que pueblos como el suyo es posible que desaparez­can a no tardar mucho, por lo menos en cuanto se refiere a población fija y de continuo.
- Sí, yo pienso que en cuanto desaparezcan o se marchen los que ahora hay, el pueblo como tal se acabará seguramente. A pesar de todo, estoy convencido de que en verano siempre vendrá alguien.
Aunque ahora sea imposible poderlos ver, me cuenta Guillermo que en el término municipal de Padilla hay parajes bellísimos, incontaminados, paraísos de sosiego y de calma en medio de una naturaleza agreste.
- Quizás sea el sitio de Cubillas lo más bonito que tiene el pueblo. Hay unos cortes de piedra espectaculares, una, fuente estupenda, huertos, pradera para estar allí tranquilamente. A la fuente se le dice la Fuente de la Torre, porque existen restos de una torre mora.
- Un detalle bastante corriente en la provincia -le digo.
- Por esta zona -explica él- hay algunos restos de esas torres situados en línea. Se empleaban para comunicar. Aquí en el pueblo hubo otra, y la última de la serie en Villarejo de Medina.
La imagen y la ermita de la Virgen de la Cañada, yendo a Iniéstola, son igualmente motivo de conversación. Como persona de más edad y de mayor experiencia, la señora Damiana nos cuenta que hace años solían llevar los ganados por aquella zona los pastores del pueblo, y que, co­mo escapadas de 1a lírica medieval, las muchachas dejaban sus rebaños paciendo en la pradera mientras ellas se escapaban a cantar ya rezar a la ermita de su patrona.
- Luego, los de la resina querían nombrar a la Virgen de la Cañada patrona de la Compañía Resinera, y el pueblo no lo consintió, no le dio la gana, porque no nos quisieron dar el pinar, que bien nuestro era.
Los minutos de la mañana van pasando sin pausa, pero el frío es intenso y la nieve del campo y de las calles sigue sin derretirse, con el mismo espesor de cuando llegué. De los bajos del coche cuelgan chupones de hielo que se han ido formando mientras tanto, a modo de estalactitas que atestiguan del rigor de la mañana.

(N.A. Abril, 1988)