viernes, 3 de abril de 2009

FUENTES DE LA ALCARRIA


Un pastor de Torija me previno para que no cayese en la trampa de pasar al pueblo con vehículo.
- Usted, cuando llegue, lo que tiene que hacer es dejarse el coche a la entrada, delante del arco, porque luego no podrá darle la vuelta para salir. Ese pueblo es muy estrecho, y muy largo. Está como en lo alto de un cerro y no tiene anchuras por ninguna parte. Con decirle que tuvieron que hacer la plaza en las orillas porque no les cabía en ningún sitio…
La vieja rivalidad entre pueblos vecinos, la crítica mordaz tantas veces repetida, que en el fondo no es sino una manera de poner de manifiesto su propia estima, hace a veces que uno tenga que oír por esos mundos de Dios cosas tan originales como las que en un instante de conversación por el camino me contó el pastor de Torija.
La idea no resultó al fin demasiado inexacta, un poco exagerada quizás, ante la realidad del pueblo de Fuentes. Una placita con una fuente pública, una picota y un juego de bolos, abren la muy particular estructura de la villa a la que necesariamente hay que entrar bajo un arco horadado en el murallón de piedra. Fuentes de la Alcarria cabalga sobre la grupa pedregosa de un montículo a manera de cuña que el río Ungría, al poco de nacer, rodea en sus tres cuartas partes describiendo una herradura y que al salir de aquel inmenso meandro que envuelve al pueblo se abrirá por fin en un pintoresco valle camino de Valdesaz.
Cuando se cruza el arco la vista se pierde en una hoya poblada de almendros, de chopos y de nogueras. Un herbazal en el fondo busca el remate de la orilla opuesta salpicada de chaparros y de encinas minúsculas que seguirán, ya en el alto, buscando a su vez la llanura definitiva de los rastrojos y de las tierras yermas que bajan a Brihuega. Al pie, junto a las pequeñas heredades de hortaliza, pasta una mula en la pradera.
- El Parral. A todo aquello le decimos el Parral. Allá lejos estaba la fuente Vieja, donde antiguamente íbamos a por el agua para beber. El río Ungría nace allí mismo, en el barranco, un poco más arriba de donde está la mula.
La mujer siguió con su cubo de agua calle adelante. Yo me fui después por otra distinta en busca del corazón de Fuentes por la que consideré su Calle Mayor. Sorprende a mitad el viejísimo edificio del ayuntamiento, deshabitado e inservible, en cuyo balcón principal crece la hierba y hoy se enseñorea de sus pasadas glorias con un arco magnífico de piedra en dovelas por el que nadie entra, y la simbólica campana de un reloj que, quien sabe desde cuándo, dejó de contar las horas del pueblo.
- Mire, ahí es donde bailábamos antes con el organillo. Se está hundiendo. Por la parte trasera, cualquier día se cae al barranco.
Pablo Gualda está vaciando un remolque cargado de ladrillos, que pasa de cuatro en cuatro piezas al portalón de una casa emparrada. Me dice que en el pueblo podrán quedar, a duras penas, cien personas como mucho, y que el terreno de cultivo lo tienen casi todo arriba, en los llanos.
- En las Alcarrias le decimos aquí, y un poco en la vega, pero muy poco.
La Calle Mayor es estrecha y muy larga. Las mujeres se asoman a mirar por entre las persianas de los balcones. Por la Casa Vieja hay unos hombres que pasan la mañana al sol sentados sobre los troncos de leña.
- Buenos días.
- Y buenos que están, sí señor. Aquí siempre corre el airecillo, pero se está mejor en el mes de mayo que ahora, yo siempre lo he dicho. En este tiempo hay días que el sol aprieta demás.
El barrio de la Solana es en Fuentes un balcón delicioso hacia la vega del Ungría. Más espectacular si cabe y más abierto que el barranco del Parral que habíamos visto por el saliente. En el barrio de la Solana hay dos mujeres aplicadas en la conversación con sendos botijos a la sombra de un olmo. Al otro lado, muy lejos de allí, los altos del Puntal cubiertos de roble y el cerro de San Juan, donde, según los más viejos del lugar debió de estar enclavado el primitivo pueblo.
- Siempre lo hemos oído así. Lo que yo no sabría decirle es si fue antes o después de cuando los moros.
- ¿Tienen el agua en las casas?
- Claro que la tenemos, y es de la misma que ésta; pero si le decimos la verdad vamos a la fuente con los botijos porque ésta no tiene cloro.
Situada como a media ladera, se alcanza a ver la fuente redonda de la que cuelgan dos chorros copiosos de un agua clarísima que se comunica con el lavadero. La fuente dieciochesca, de piedra cultivada y cubierta de musgo, tiene ante sí una explanada sombría, muy apetecible para los días de fuerte calor en la Alcarria, tal vez demasiado apetecible, excesivamente romántica como para gastar horas enteras al margen de este pobre mundo nuestro, y gozar, en aquel rinconcito que pocos visitan, de los grandes valores de lo inmaterial.
- Pues dice usted, en este pueblo cuando llega la fiesta de San Agustín no se cabe. Traen toros y todo. Hay otra fiesta para la Virgen de la Alcarria, que es la patrona, pero no tiene comparación.
Por el barrio de la solana, pasando de una a otra las puertas de los corrales que desde aquí parecen colgados sobre la vega, se llega a otro tercer balcón, el de la calle de la Ermena que mira hacia el mediodía. Mi anónima acompañante que vive allí, en una casita solitaria de cara a la dehesa, fue relatándome con más o menos detalle las particularidades de cada uno de aquellos parajes, extendidos como una alfombra espesa al pie del camino.
- ¿Ve aquel puente? Pues hasta allí bajábamos antes a lavar la ropa. Casi toda la pradera estaba llena de chopos; pero los han ido cortando, cortando, y ya ve cómo está. Antes sí que daba gusto bajar por todo aquello.
- Es una pena que no lo aprovechen para huerta. ¿No le parece?
- Claro que es una pena. Antiguamente era todo huerta, pero como hay tan poco agua para regar tienen que subirla con motores, y la gente prefiere ponerlo de cebada.
En los rincones que hay extramuros, los viejos aposentos en donde habitaron los animales de labor, enseñan al visitante su osamenta de maderas carcomidas entre los montones de escombro. Aquí, en estas arcaicas callejuelas de Fuentes pudo nacer el insigne maestro en Arquitectura don Miguel Urrea, o aquel otro sabio y santo varón llamado Fray Antonio de Fuentes, religioso agustino, quien en su siglo, como Fray Luis el de Belmonte haría más tarde, honró con su presencia a la docta Salamanca de finales del siglo XV. Pocos han llegado a saber que fue en este lugar de la Alcarria donde vio la luz por primera vez el padre Miguel de Urrea, de la misma familia que su homónimo ya citado; éste, misionero en América, al que los indios chumchos dieron muerte cruel a golpes de maza el día de San Agustín de 1597. La catedral de Toledo es depositaria de un privilegio real por el que Alfonso X cedía la villa de Fuentes a su hermano el arzobispo don Sancho, a cambio de Soferruela próximo a Calatrava.
Estos retazos históricos me los facilitó gentilmente una jovencita que se llama Charo, hija de doña Prudencia, la atenta mujer que conocí con un cubo de agua en los altos del Parral cuando llegué al pueblo.
- Si quiere le podemos enseñar la iglesia. Don Ricardo nos dejó la llave a nosotros. No tiene nada, pero algunos dicen que está muy bien.
Si se toman en consideración las actuales condiciones de habitabilidad y la superficie total de Fuentes, la iglesia resulta sorprendentemente inmensa, destaca por mucho en el concierto general de los edificios que, desde al Arco hasta la Ermena van dibujando sobre la loma la estructura longuiforme de la villa. Interesa dentro de ella el juego de nervaduras que recorren la bóveda, y se echa en falta el retablo que desapareció dejando en blanco el ancho paredón del presbiterio que hoy ocupan las imágenes de San Agustín con una mano negra, y la figura menuda de la Virgen de la Alcarria.
- San Agustín no tiene la mano negra, es que lleva guantes. La Virgen de la Alcarria se puso después de la guerra. La de antes era mucho más bonita. Aquí no quedó nada, tan sólo se pudo salvar el estandarte.
Si sabido es que uno siente especial predilección por los pueblos situados en alto, por aquellos lugares que cada amanecer ponen a los pies de quienes allí moran el milagro de una naturaleza siempre nueva, la sonrisa cantarina del regato, la paz de la vega o el indecible aroma de los huertos, en Fuentes de la Alcarria encontró uno más de esos perdidos paraísos en donde le gustaría vivir, a cuya ristra de encantos se ha de unir el carácter afectivo de un ciento escaso de personas que las últimas sacudidas tuvieron a bien dejar allí, anclados como testigo perpetuo de una raza trabajadora y honesta, capaz de dignificar la tierra que pisa.

(N.A. Agosto, 1982)

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