lunes, 27 de abril de 2009

HUERTAPELAYO


A don Salvador Embid Villaverde,
su hijo predilecto
.

El Alto Tajo, amigo lector, la delicia de su naturaleza abrupta y dadivosa, hace posible el hecho de situarse en camino, sacudir de sí la pereza que pudiera producir la distancia, y echarse a rodar Alcarria adelante hasta dar allá lejos con aquel paraíso de rocas, de agua, de anárquica vegetación, que sirven de reclamo para sacar al posible viajero de su apoltronamiento en este antinatural vivir que rezuman las ciudades que nos absorbieron.
Una cinta estrecha de asfalto en buen estado que parte de la carretera de Zaorejas, al poco de pasar las sierras del caolín con que se tiñen de blanco los alrededores de Villanueva, nos llevará hasta nuestro destino final dibujando curvas de vértigo sobre el barranco, atravesando altiplanos y laderas escarpadas donde conviven en buen entendimiento el pino silvestre y la incorruptible sabina, dejándose ver en la ladera, como retazo de otros mundos, peñascos rodados en la solana que tapiza el boj y bajo cuyos abrigos se guarecen las colmenas primitivas que el hombre de estas latitudes gusta cuidar con las mismas artes que siglos atrás emplearon sus abuelos.
No se ve ni se oye un alma. Sólo el zumbido de las abejas confundido con el soplo frío del poniente, deja en el solitario vallejo la agreste pincelada de su pureza. Después un arco abierto en la peña que nos sirve de pasadizo, un arroyuelo saltarín a mano izquierda que alimenta desde antiguo raíces de álamos, de nogueras, de sargatillos y de cerezos de la vega, hasta llegar a Huertapelayo, recogido en el hoyo a la sombra de tajos impresionantes que en el pueblo conocen con los sugerentes apelativos de Cerro de la Cadena y las Covachas.
-Buenos días. Cuánto me alegro de encontrar a alguien. Venía pensando que después de tanto viaje igual me encontraba al pueblo sin gente.
-Pues sí que hay gente. Los fines de semana es difícil que esto esté solo.
-¿Por donde se va a la plaza?
-Es muy sencillo. Baje usted todo recto y verá como enseguida llega.
Lo de recto quiero pensar que sería una manera de decir por parte del amigo Aurelio; pues, para llegar a la plaza desde la entrada misma en donde le pregunté, hay descender por un camino en curva cerradísima, atravesar el cauce de un regato que más abajo se colará por debajo de las maderas de un puentecillo sombrío por el que pasa la gente, y adentrarse por las estrecheces del Tesillo hasta alcanzar la sombra del olmo.
Uno llega a la plaza con ganas de descansar. Se oye por no sé dónde el sonido metálico, estridente, de un transistor que habla de la carrera de armamento. En el poyo de una vivienda cerrada que se llama “Villa Embid” -sin duda la del director de nuestro semanario en su pueblo natal- me siento a respirar los aires de la sierra y a contemplar atentamente, en la paz de la placita, el roquedal tremendo de la Cadena, que se alza al mediodía sobre los hombres y sobre las casas. Por un momento pienso que me fui demasiado lejos. Por las esquinas se ven papeleras de plástico colgadas de la pared y letreros escritos sobre tabla que invitan al vecindario al aseo y a la limpieza pública.
Ahora me subo por el barrio de arriba. Una señora me dice que las calles por allí no tienen nombre. El aspecto es el típico de los barrios de arrabal en cualquier pueblo deshabitado: silencio, soledad, libar de insectos en las florecillas de la caléndula y de la malva real, un perro que husmea entre los hortigales de la escombrera, y el regalo paisajístico del peñascal de la Hila, como remate al cerro del mismo nombre al norte de las últimas casas, al otro lado del regato.
-Entre la Hila y el pueblo está el Barranco. Toda esa parte es muy bonita. A los que vienen de fuera les gusta mucho.
-¿No les da miedo vivir aquí? Como algún día le dé a la Cadena por soltar eslabones, eso será terrible.
-Nada hombre, aquí no pasa nada. Eso ha estado así toda la vida. Antes, según cuentan, vivían personas en las cuevas y en todo lo alto había un castillo.
-¿Y ustedes se acuerdan de todo eso?
-Qué va. De eso no se acuerda nadie. Las piedras del castillo las tiraron abajo desde el cerro, y se aprovecharon para hacer las casas del Tío Perico, Lucio, que era el más rico del pueblo.
Mientras que Julián me va contando todos los pormenores de cuanto desde aquí alcanzamos a ver con solo tirar la vista alrededor, voy anotando detalles de la recoleta plazuela de los toros.
-Pues aquí hemos venido porque queremos hacer una cocina por lo bajo de la casa. Tengo el albañil de Zaorejas y lo poco que le podamos ayudar el chico y yo. Entre unas cosas y otras, ya se sabe, siempre traemos algo que hacer los fines de semana.
-¿Dónde vive usted?
-En Guadalajara. Yo he sido durante once años calefactor del Instituto, y otros cuarenta estuve vendiendo miel por la parte de Bilbao.
La torre recortada de la iglesia nos enseña por encima del frontón la campana que sonó en los días jubilosos de Huertapelayo y en sus horas de angustia; la portada de dovelas a la sombra de un olmo la mar de original, alto y estrecho; la casa de Julián en obras y una escalinata piramidal que sube hasta el ayuntamiento, completan los principales detalles de la placita de arriba.
Se acerca hasta nosotros un hombre de mediana edad, muy atento, abierto por complacer al recién llegado en todo lo que esté de su parte. El hombre -después lo supe- se llama Bienvenido Villaverde, trabaja como motorista en Alcalá y es alcalde pedáneo y presidente de la Hermandad de Vecinos de Huertapelayo.
-Pues así es. Hace ya tiempo que empecé con la cosa de alcalde y así seguimos. Cuando tenía veinticinco años llegué a ser el alcalde más joven de la provincia. Ahora estamos incorporados al ayuntamiento de Zaorejas.
Bienvenido nos trajo en un instante la llave para ver la iglesia. Pese a tratarse de un pueblo sin habitantes de derecho, la iglesia de Huertapelayo está limpia, atendida con pulcritud, y en ella se dice misa cuando baja el sacerdote desde Villanueva de Alcorón. Tiene un retablo interesantísimo, de cargada ornamentación churrigueresca, ennegrecido por el paso de los años y el humo de las velas. Junto al altar, llama la atención, colocada en sus andas, la imagen de una santa penitente.
-Es Santa María Magdalena, nuestra patrona. La imagen es muy bonita. La regaló don Inocencio, el anterior obispo de Cuenca.
-Por la capacidad de la iglesia se ve que Huertapelayo nunca fue un pueblo grande ¿verdad?
-Grande no lo fue nunca, pero como dato exacto le puedo decir que en el año cincuenta y ocho éramos ochenta vecinos residentes, o sea, casi las cuatrocientas personas. Luego vino la década de los sesenta, empezó a marcharse la juventud y se quedó el pueblo limpio.
-¿Es cierto que los pelayos han sido siempre de espíritu aventurero, como se oye por ahí?
-Sí, algo hay de eso. La causa seguramente ha sido por estar el pueblo aquí, tan escondido entre estos riscos. Al no dar el campo lo suficiente para vivir, la gente se marchaba durante temporadas largas a trabajar fuera, incluso al extranjero, cosa que nunca hicieron los pueblos limítrofes. Se cuenta que en la nochebuena de 1922 se juntaron a cenar en una casa de Nueva York sesenta y dos personas de aquí que habían coincidido en aquellas tierras de América.
Después de haber visto la iglesia, y de dar un recorrido por la zona más céntrica del pueblo, mis amigos, Bienvenido y Julián, me llevan a echar un vistazo a los pintorescos parajes por los que baja el Tajo, desde la peñuela de las Asomadillas. El espectáculo desde este lugar, guiado más bien por la imaginación a la vista de lo que hay delante, es realmente soberbio. Una hoya de colosal magnitud debajo de la roca que pisamos, donde abunda el matorral de manera anárquica en lo que antes fueron huertecillas fértiles, dará la final de muchos árboles frutales, de regueros y de bancales devorados por el yerbazal, con el cauce del río, que encajado en medio de cortes tremendos de montañas cortadas a cuchillo, baja tranquilo a la sombra de las choperas ocre que pintó el otoño, en armonía de color con el rojizo permanente de las risqueras que lo cubren. Por un instante he agradecido el silencio piadoso de mis amigos queriendo paladear a mis anchas la impresión primera de aquella maravilla. Luego, ellos me hablan del puente de la Tagüenza, de las aguas vírgenes del río, de las excursiones y del veraneo.
-A todo aquello que hay al otro lado del río le decimos el Gallinero. Pertenece a Huertahernando. Los pinos también.
-Da un poco de pena ver los huertos abandonados. Yo creo que al final la maleza se hará dueña de todo.
-Es verdad. Antes todo esto era una envidia. Los manzanos se van cuidando un poco, y claro que producen.
De vuelta pude saber que el futuro de habitabilidad de Huertapelayo es hasta cierto punto prometedor. Las casas antiguas se están sometiendo a un remozamiento general. El pueblo tiene buena carretera, agua en las casas, temperatura grata, un paisaje provocador, y la esperanza de conseguir el fluido eléctrico del que todavía carecen.
-Le hablo con honradez -me dice Bienvenido. Tengo el convencimiento de que como lugar de descanso para jubilados, vacaciones, fines de semana y demás, esto se repoblará sin tardar mucho. Se ha cogido con calor y ya no hay quien lo pare.
Y así han pasado unas horas de estancia en este bello lugar del Alto Tajo, al que desde hace mucho tiempo quise venir y nunca hasta hoy le llegó el momento. El recuerdo de Huertapelayo es de los que perduran por encima del tiempo, y uno emprende el camino de vuelta con visible pesar. Ya ha pasado todo: la veguilla yerma, los peñascos rodados en la ladera bajo cuya oquedad se guarece al sol una colmena, el arco abierto en la piedra, los pinos silvestres y las sabinas, broche ideal para conservar escondido en aquel indescriptible rincón el asiento de una raza inquieta de gentes que, allá donde se encuentren, gustan mantener viva la llama de su patria chica.

(N.A. Noviembre, 1983)