miércoles, 22 de abril de 2009

HORNA


Cuando llegan los calores postreros del verano, la Ciudad Mi­trada es un refrigerio para el cuerpo y un oasis apacible y vitalizador para el espíritu. Si no se llegase a menospreciar con ello el ­encanto de los pequeños lugarejos que la circundan, único motivo por el que cada semana uno viene tirándose al ruedo variopin­to de la Provincia, yo diría que todas las salidas hacia aquellas tierras silenciosas de Sierra Ministra, no son sino otros tantos pretextos para pasar, aunque tan só1o pueda ser de tarde en tarde, una, hora en Sigüenza.
La carretera continúa paralela a las vías del ferrocarril descubriendo a su paso pueblos recostados al sol y campos fértiles de tierra fría. Se anuncia nuestro lugar con un pequeño apeadero, pintado de blanco riguroso, al que tan só1o podrán separar doscientos metros de huerta hasta las primeras casas. En Horna se entra a ciegas, sin ver a nadie, sin conocer a nadie. Por aquello de que el hombre, sin que a veces se dé cuenta, va siempre buscando la magnificencia, la gran­diosidad de las cosas, acabo de conseguir en medio de este laberinto de casas viejas la plazoleta en cuesta que preside el triple campa­nario de la iglesia,.
La iglesia parroquial de Horna no tiene torre, se remata con una de 1as más só1idas y espectaculares espadañas de vieja sillería que conozco. En la fachada principal hay cuatro palos, antiestéticos y burdos intentando sostener todo el peso del paredón que amenaza con venirse abajo.
- La pared está mal, c1aro que está mal. Si se mira desde esta es­quina, fíjese que panza deja. Pero con esas empentas que le colocó el cura que se fue, parece mucho peor de lo que es. Yo, de siempre me acuerdo haberla visto así, y no crea que está para caerse cual­quier día, no. Además, eso no es tampoco ninguna soluci6n.
- Es una lástima, porque parece muy bonita y el pueblo qué decir.
- El pueblo tiene sitios preciosos. A dos ki1ómetros de aquí está la ermita de la Virgen de Quintanares, la Patrona, que todos los años se va en romería el primer domingo de junio; y si quiere estar fres­co y bien, a menos de quinientos metros del pueblo tiene el nacimiento del río Henares. Si piensa estar un rato en el pueblo no deje de bajar. Aquello es muy hermoso.
Marcelino Pardo es un muchacho al que se le ve cierta finura, muy atento, nació en el nido de Horna y voló a Madrid, como otros muchos se fueron a Zaragoza hasta dejar el pueblo con cuarenta personas co­mo habitantes de hecho.
- Sí, cuarenta personas como mucho, aunque ahora en verano somos bastantes más. Con la cosa del apeadero yo creo que se le va a dar mucha vida al pueblo. Usted sabe lo cómodo que resulta coger el tren en Madrid o en Zaragoza y que te deje aquí. Casi todos venimos con coche propio, pero si un día no te apetece, o quieres venir sólo, coges tu tren y en un momento estás en el pueblo.
En Horna abundan las viviendas antañonas de piedra y mamposte­ría, de tejados rojizos y callejuelas sombreadas con parras fron­dosas y flores, muchas flores que la gente cuida con gusto y con exquisitez. Los de Horna sienten un especial orgullo de sus vegas y de su reloj municipal, colocado sobre el último cuerpo de un torreón que debió levantarse ex profeso hará dos siglos. El viejo reloj no marca las horas, se limita a dejarlas caer de día y de noche, contando con pausados martillazos sobre el bronce de la campana, la marcha del tiempo.
El paraje extramuros que aquí conocen por “Debajo del lugar” da vista a la vega. A nuestra derecha queda la ermita de la Soledad y al fondo los suaves altiplanos de Sierra Ministra recubiertos de bosquecillo joven. No muy lejos, el nacimiento del Henares, perdido en la arboleda y teniendo como hito natural que testifica tan importante a­contecimiento orográfico el roquedal del cerro, desde donde la vertiente refleja los rayos del sol. Fue un hallazgo que todavía agradezco el encontrar casualmente a Genaro Ruiz y a Florencio Sanz en este tranquilo mirador de la vega. Genaro es un muchacho servicial y atento que ostenta el cargo de al­calde pedáneo, dependiente del Ayuntamiento de Sigüenza. Florencio es ferroviario, de Calatayud, aficionado a la caza y al comprometido arte de la apicultura, que pasa frecuentes temporadas en su casa de Horna
- Pues, si quiere, le acompañamos a dar un paseo hasta el nacimiento del río.
A la altura de la ermita me contaron mis amigos que está desnuda, que los santos se los tuvieron que llevar a la iglesia cuando pasó lo de la Patrona.
- ¿Qué fue aquello?
- Pues fue que nos robaron de la otra ermita a la Virgen de Quinta­nares. Una mala noche de marzo se conoce que vinieron cuatro desalma­dos y arrearon con ella. Por la mañana se encontró las puertas abier­tas un pastor, pero la imagen había desaparecido.
- ¿Y consiguieron dar con ella?
- Qué va. Nos dijeron que estaba en un pueblo de Logroño, pero nada. Fuimos allí y no era la nuestra.
- ¿Qué han hecho después?
- Encargar otra nueva sacada de fotografías de la antigua, pero dónde va a dar. Mire, cuando coronaron a la Virgen de la Salud, llevamos hasta Sigüenza todas las de la comarca y era la nuestra la de más valor y la más guapa de las que fueron. Era una imagen que llamaba la atención.
Al nacimiento del río, que en el pueblo llaman la Fuente del Jardín, se llega a al poco de atravesar el puente de la vía vieja. El paraje es un sencillo paraíso que está sufriendo en los últimos años el trato de­primente de quienes se acercan allí para pasar el día. Un lugar ideal de recreo, poblado de acacias y de nogales, a cuyo pie, ocupando una superficie considerable entre las junqueras, van brotando las distin­tas fuentes de agua fresquísima que concurren poco más abajo dando lugar al regato inicial del nuevo río. Un monolito en la primera fuente dice:"1877. Origen del Henares”.
- Ve usted todas las latas y papeles que hay por aquí, pues no hay forma de que la gente se acostumbre a cuidar el sitio como es debido. Ahora, que alguno que cojamos lo va a pagar. A esto no hay derecho.
- Es precios, de veras. Yo he Visto nacer otros ríos, pero de un sólo manantial. Esto de tantas fuentes por el suelo, de verdad que lla­ma la atención.
- En años normales, cuando no hay sequía, debajo de esa piedra sale muchísima, más agua. Ahora, ya ve, ni gota.
Estamos contemplando la maravilla del lugar en amigable conversación a la sombra de una noguera. Los coches de gente desconocida van llegando con familias veraneantes a medida que se acerca la hora de comer. Muy cerca, aguas abajo, se ven las tapias del antiguo jardín, hoy a modo de corralón abandonado donde crecen, sin ley ni ayuda de nadie, las diversas especies de frutal en estado silvestre y los yerbajos en masa tupida, impenetrable de un verde intenso.
Los habitantes de Horna viven de la jubilación y del cultivo de las vegas de Nazar y de Arroyo Mocho. Al regreso, no pasa desaperci­bido el triste espectáculo de las viviendas deshabitadas y los corrales en ruina del Barrio de Arriba. Escondida en un rincón de la pla­za queda la casa-taller del herrero. Ezequiel Rupérez no es, ni mucho menos, el herrero convencional que conocemos sino un auténtico artesano de la forja. Ezequiel maneja el hierro y le da la forma apetecida con la paciencia y con la pulcritud del platero o del orfebre. Me encontré al herrero recargando cartuchos para escopeta sobre una mesita en medio del taller. No habla. Da la impresión de ser un hombre aferrado a la filosofía del silencio, como los grandes genios.
- No; es que no oye nada –me ha dicho Genaro. Se quedó sordo total por enfermedad hace unos años, pero por el movimiento de los labios lo entiende todo. Mi­ra Ezequiel, este señor es un periodista.
- ¡Periodista! A mí me sacaron una vez en la Nueva Alcarria. Lo tengo guardado por ahí.
Pendientes de la pared y en cualquier rincón del taller uno se encuentra por decenas, por cientos quizás, las tenazas, trébedes, candiles, romanas y balanzas de forja en miniatura, mesitas y candela­bros, veletas, morillos, conseguidos en tamaño menor con insuperable perfección.
- Si usted le trae un modelo dibujado de encargo, se lo saca igual.
- Ezequiel, ¿Cuánto vale una romana, de las más pequeñas?
- Eso entretiene mucho. Se lleva dos días de trabajo. Tengo que co­brarlas a más de dos mil pesetas, pero pesan muy bien, van al gramo. Lo hago todo a mano, y yo creo que lo mejor que saco son las romanas, del tamaño que sea.
Tuvo Ezequiel la gentileza de invitarme a subir hasta el reloj municipal para darle cuerda. Es una experiencia que hasta ahora no había vivido. Dos pedruscos enormes, colgando de sendas sogas al pie del torreón, dicen que aquello necesita se le atienda.
- Le dura veinticuatro horas. Hay que darle cuerda todos los días.
Fuimos subiendo hasta el último cuerpo donde está la maquinaria por un caracol de escalones voladizos, cubiertos de palomina, de di­fícil acceso. Arriba hay unas cuantas ruedas dentadas de gran tamaño que Ezequiel hizo mover después de haber subido hasta nosotros a ba­se de brazos, los dos bloques de piedra enrollando las sogas en el tornillo del reloj.
- Las manillas de la esfera no funcionan porque les falta una pieza, pero lo importante es que dé la hora. Por ahí pone que está hecho en el mil setecientos o mil ochocientos y pico, no se puede leer bien. Voy a ponérselo para que dé las doce. Escuche la campana.
La escuché, claro que la escuché, con un sonido metálico, muy fuerte, que seguramente llegó a todos los rincones de Horna y su término municipal, me nos a los oídos muertos del bueno de Ezequiel que iba adivinando mi cara de asombro a cada golpe de campana.

(N.A. Septiembre, 1982)