martes, 21 de abril de 2009

HORCHE


Llegó la oportunidad cuando el semblante climatológico del fin de semana parecía aconsejar con toda prudencia no alejarse demasiado por los caminos de la Provincia. Tiempo habrá de saborear más ade­lante el incomparable néctar de la vida ordinaria en las plazuelas, en los rincones, en los miradores de nuestros pueblos más dis­tantes, con la agradable compañía de algún amigo al que acabas de conocer .
La mañana apunta hoy hacia un pueblo cercano a la capital, para un pueblo al que uno pueda acceder a los últimos escondrijos de su alma nobilísima sin apenas salir a la calle, para un pueblo tan señor que, desde siempre, me causó un respeto especial venir a él. Hoy, la mañana apunta hacia Horche.
Unos cuantos minutos de viaje por la carretera de los pantanos te ponen a la entrada del pueblo, junto a la ermita de La Soledad, al lado mismo de una elegante zona residencial en las afueras, donde los múl­tiples hotelitos ajardinados, a los que tan sólo distingue el color más o menos oscuro de sus tejas, se lavan bajo la lluvia persistente del otoño. Pasa como una exhalación desafiando al día un motorista en­fundado en su traje amarillo, camino de la plaza. Más abajo, siempre en descenso, el corazón de la villa.
La Plaza Mayor de Horche, en la que aún se advierten los efectos de la reciente restauración, es un bello juego de soportales, de arcos, de balcones y herraje que conserva con relativa pureza el rancio sabor castellano de pasados siglos. Las gotas de lluvia salpican y siembran de burbujas, como en un curiosísimo danzar disneyano, la superficie del pilón junto al que se ha estacionado, cargando y descargando su mercancía, un camión de gaseosas.
La Casa Consistorial de la villa tiene su sede en la parte más noble de la Plaza Mayor, encima de los soportales. Las puertas llevan algún tiempo cerradas a causa de las obras y fue preciso instalar provisional­mente las dependencias municipales en la vivienda del alguacil, un poco retirado de allí con dirección a la iglesia.
-Sí, señor; yo soy Marcelino Ruiz, el alguacil, para servirle.
Don Marcelino Ruiz, el alguacil de Horche, es un hombre de edad avan­zada, pequeño de estatura y grande, muy grande, en espíritu y en cor­dialidad. Durante más de cuarenta años al servicio del pueblo, han pasado por él cinco o seis corporaciones distintas.
-Ya lo creo. Algunos alcaldes me lo han dicho: "Aquí, el que más manda es usted".
Recuerdo con especial agrado la acogida familiar con que me reci­bieron en su casa el alguacil de Horche y doña Paula, su esposa, que andaba deshebrando unas vainas de judías verdes para la noche junto a la mesita redonda del comedor. Doña Paula es de Chiloeches, pero los muchos años allí, más de la mitad de su vida, le hacen compartir entre ambos todas sus preferencias.
-Sí, señor. La gente aquí es tan buena como lo pueda ser la de mi pueblo, ¿por qué no? Yo quiero mucho a los dos, figúrese.
-¿Es Horche un pueblo divertido?
-Mucho; sí, señor. Aquí, cuando llega la Navidad salen las ron­dallas por las calles y lo alegran todo. Luego tocan en la iglesia yeso es muy bonito. Igual que se hacía antes.
-Quiere usted decir que se respetan las tradiciones, ¿no?
-Mire: en mayo se sigue sacando a la Virgen de la Soledad para bendecir los campos y todavía cantamos aquel himno tan antiguo y tan bonito de nuestra Virgen.
-¿Lo recuerda?
-Aquí se lo sabe todo el mundo. Empieza así :

Cuando en Horche una pena pasamos
o sufrimos gran enfermedad,
Madre amada, por tí suspiramos,
Virgen Santa de la Soledad.

y sigue más. No crea, que a mi marido se le da bien eso de las fiestas: toca el tambor, le pone las bandas a las damas, lo retratan cuando las chicas le dan el beso y luego me trae la foto a mí para que se la guarde... ¿Qué le parece?
-Pues ya ve. A mí me parece bien.
-Y a él también, claro. ¡Qué lástima, verdad usted, que se haga la gente vieja!
El señor Marcelino se limita a cumplir con su deber de la forma más discreta y más elegante: calla y sonríe. Luego entra en conversa­ción.
-Sin ir más lejos, el día 7 de diciembre, a las nueve en punto de la noche, tocan las campanas y encienden las hogueras por las calles los hermanos de la cofradía de la Purísima. Esa noche y todo el día si­guiente visten con capas antiguas y yo voy con ellos tocando el tambor.
-¿Y usted no canta?
-Si sale, sí que canto; pero ya tiene uno mal pelo.
-¿Qué solían cantar?
-Bueno; cantaban y siguen cantando cuando salen las rondallas. Se cantan jotas y seguidillas muy antiguas.
- ¿Cómo son las seguidillas de Horche?
-Muy bonitas. Le voy a cantar una. Escuche.

Vale más lo moreno de las morenas
que lo blanco y lo rubio de la azucena.
Con la sal que derrama esta morena
se mantiene una rubia semana y media
.

Doña Paula me sacó las fotos donde su marido, enjaezado con gorra lujosísima como un mariscal, recibe el ósculo protocolario de una dama de la corte a la que acaba de imponer la banda acreditativa en medio de un ambiente familiar, juvenil y con sabor a fiesta.
-Y de ésta, que estoy yo toreando sin toro, ¿qué me dice?
Por las calles empinadas de Horche bajo la lluvia; por los barrios morocristianos del pueblo antiguo, vuelven a la memoria rincones evo­cadores de la Cuenca en volandas de Federico Muelas; aquélla que, verti­cal y encantada junto a las hoces, se me llevó para siempre un trocito pequeño del corazón. Por la Calle Real cruzan las señoras con paraguas de colores. Algunos niños bailan el peón bajo los soportales y salen después disparados saltando de charco en charco con sus botas de goma. En la Plaza Mayor tiene el establecimiento de artesanía don Julián Chiloeches. La exposición artesanal de la plaza de Horche es todo un descubrimiento que por sí solo justifica una visita a la villa. Uno piensa que queda un poquito escondido ante los ojos del gran público.
-Pues no lo crea, porque en verano se han juntado aquí más de cien personas. La provincia, sobre todo, está respondiendo muy bien.
-¿Cómo fue fundar esto, precisamente aquí?
-Ni yo mismo se lo sabría decir. Soy de Horche, aunque vivo en Madrid, y he trabajado el cuero toda la vida en plan artesanal. Al poner este establecimiento y exposición he pensado que aquí puede tener cabida todo lo que sea arte, o artesanía, que es lo mismo.
-¿Cuántos objetos calcula que tendrá aquí?
-¡Cualquiera sabe! Es posible que pase de mil quinientos.
-De dónde lo trae?
-El cuero, que lo trabajo yo; arquetas, muebles y demás, procede todo de la Provincia. Luego, la cerámica es toda de Toledo, y el metal lo traigo del gremio de artesanos de Madrid.
-¿Es negocio la venta de artesanía?
-Es negocio en tanto en cuanto se vive de ello, pero no todo el mundo sirve para vender artesanía. Es una pena lo que se ve por ahí.
Una de las salas en la parte alta está dedicada a exposición de pin­tura de artistas locales. Es una muestra del hacer pictórico de los hijos del pueblo, donde, dentro de los más variados estilos y técnicas, se ven cuadros que saltan con mucho del terreno gris de la mediocridad.
-Pues esto era la antigua posada del pueblo. Fue ya de mis abuelos y pienso llenarla de material hasta las cámaras.
Algunos hombres que posiblemente no pudieron salir al campo debido al mal tiempo contemplan el caer ininterrumpido de los canalones en la plaza tras los cristales del bar de Poli. El bar tiene un mostrador amplio, un mostrador para las grandes ocasiones, donde los horchanos toman cortitos de cerveza y cañas de vino que les sirve un muchacho con pocas ganas de conversación.
Abajo, al borde mismo de una de las curvas en la antigua carretera, queda el taller de Juan Francisco, el artesano de Horche. Juan Francis­co Martínez dejó hace muchos años su trabajo de albañil para dedicarse a la construcción de retablos. Luego pasó al trabajo artesanal de imaginería y talla con un éxito fuera de lo común. En una de las dependencias del taller hay dos muchachos que pegan cuidadosamente láminas finísimas de metal dorado sobre un tra­bajo de madera que en algunas partes imita al mármol y al oro. El propio Juan Francisco me lo explicó con detalles.
-Es una mesa de altar para la catedral de Sigüenza. En estos hue­cos llevará unos bajorrelieves con los cuatro evangelistas y, en el centro, un motivo de decoración mayor.
-¿Qué es lo que más trabajan ahora?
-Lo de siempre, más o menos: retablos, altares y, sobre todo, imá­genes o figuras de pequeño tamaño de tipo ornamental. De un tiempo a esta parte nos piden también muchos escudos en madera tallada.
Desde la antigua carretera se ve al fondo, recién bañada toda ella, la extensa vega en que juntan sus aguas el Ungría y el Tajuña, siendo testigo uno de los parajes más serenos e impresionantes de la Provincia. Atrás, el pueblo: Horche. Una villa hermosa por dentro y por fuera. La que pasó, romántica y legendaria, a poder de los reyes cristianos la noche de San Juan por obra y lanza de Alvar Fáñez en persona. Horche, artesana y activa, vetusta y tierna, sigue como vigía de mil ojos, observando desde su atalaya en la ladera las tierras de la Alcarria hasta allá lejos.

(N.A. Noviembre, 1980)