domingo, 5 de abril de 2009

GALVE DE SORBE


Cruzar los umbrales de un pueblo cualquiera supone para quien a él accede por primera vez un obstáculo del que, a título personal, podría dar fe cada semana. Es romper el hielo, quebrar la cáscara a veces dura de su propio carácter para penetrar, con la mayor cautela posible, en una nueva forma de ser y de vivir, en conocer nuevas gentes a las que uno pretende, nada más ni nada me­nos, que abrir el corazón de par en par y fisgar, con el mayor respe­to, naturalmente, en la foresta de virtudes que lleva dentro, en cuya espesura más de cal que de arena, suele apuntar de tarde en tarde el fácil punzón de cualquier defecto, tan propio por otra parte de esta nuestra pobre condición humana.
Cuando el viajero ha previsto entrar en Ga1ve tiene superados en su totalidad los posibles prejuicios que lleva consigo el descubrir tierras nuevas, porque éste, y quede constancia así desde el primer momento, fue lugar de residencia de quien suscribe durante uno de los más recordados periodos de su juventud.
Después de muchos años sin pasar dos horas continuas en nuestro pueblo, me cuelo en una tarde desapacible por la carretera que pasa al pie del castillo. Galve de Sorbe es villa de noble raíz, cuyo tes­timonio en piedra cinco veces centenaria se alza sobre la misma cima del cerro del cementerio. Había dejado atrás la inmensa superficie de pradera donde dos o tres centenares de vacas, negras y de pelaje ocre, se aplican las hierbas postreras del otoño movido el áspero es­cobón de su cola por los vientos del norte. Encuentro a Galve triste, muy solo, mustio como el propio atardecer de octubre. La primera del pueblo es la casa que Corresponde al antiguo comercio de don Ezequiel Marqués. Josema, el único superviviente varón de la familia, está dentro del establecimiento a la luz de una bombilla de escaso voltaje. ­Los estantes, en otro tiempo repletos de género, están medio desiertos. El comercio de Galve ofrece en la penumbra un aspecto desolador, de antiguo palacio desmantelado donde apenas quedan como recuerdo de lo que fue el viejo mostrador, la báscula de peana y cuatro cajas de cartón perdidas por los anaqueles. Josema me explica el porqué de todo aquello.
- Ya estoy solo y la Caja de Ahorros me ocupa para el caso más tiempo del que puedo disponer, así que, desde primeros de año quitamos la tienda y nos quedamos solamente con el estanco. Mi madre también está muy ma­yor y era un engorro atender a todo a la vez.
Desde la puerta toma el castillo al caer de la tarde un aspec­to fantasmal con las últimas luces. La antigua fortaleza de los Lope de Estúñiga y de los duques de Alba, levantada sobre el anterior casti­llo de don Juan Manuel, ha sido en parte restaurada durante los últi­mos años por su nuevo dueño.
- Sí, lo compró uno de Madrid, se gastó mucho dinero en arreglarlo y ahora, qué se yo el tiempo que hace que no viene. Es una incógnita. Por fuera parece castillo, pero no se corresponde a lo de dentro. Tiene unos salones preciosos, pero a lo moderno, claro. Ya digo, nadie sabe qué es lo que pasa, lo que sí es verdad es que de un tiempo hasta hoy parece como si no fuera de nadie, y es una lástima, porque se ha gastado mucho dinero y, ya ves para qué.
- Se ven muchos soldados por la calle, ¿qué pasa en Galve?
- Ya llevan por aquí unos días. Dicen que andan tanteando el terreno para venir de maniobras este invierno. No sé.
Conservan los pueblos de la comarca con un especial encanto recias construcciones del diecinueve, adornadas con sencillos grabados en el dintel de sus puertas y ventanas alegóricos a la Pasión o a la Euca­ristía, e inscripciones piadosas marcadas en la piedra de alabanza a la Madre de Dios, reflejo fiel de la condición religiosa de los se­rranos. Casonas levantadas a base de caliza, deshabitadas y solas, que son testimonio de antiguos señoríos, reliquia en pie de familias distinguidas de ganaderos y explotadores de bosque que ya nadie recuerda. En el cuarto de estar de doña Máxima, refugio entrañable que fuera de tantas horas mías, se ve desde la calle la partida de jule­pe en torno a la mesa camilla. No hay niños a estas horas jugando en el parque infantil detrás de la antigua farmacia. La plaza toma con las puestas del sol un extraño aspecto de misterio. La plaza de Gal­ve tiene poco que envidiar a las más bellas que a lo largo del tiem­po nos fueron saliendo al paso en esta tierra de plazas hermosas. Pe­queña, con la gracia arqueada de los soportales del ayuntamiento y el hechizo de la picota, el “rollo”, como aquí dicen, no lejos de la también centenaria fuente redonda que, al fondo las últimas sombras del castillo, dan a este escogido rincón de la sierra cierto aire borbó­nico, por situar el ambiente en una época determinada.
- Hay otro rollo más, no sé si se habrá dado cuenta. El que estaba antes ahí, en eso de la ermita de la Soledad, lo han traído ahora donde los columpios.
Galve contó siempre con un equipo completo de funcionarios. En esto y en comercio pudo ser de algún modo la capitalidad de la sierra. Desde hace poco -ignoro por qué razón- el veterinario reside en Campisá­balos, pero quedan aun médico, sacerdote, maestro y boticario, apar­te de tres bares donde los hombres del pueblo suelen acudir puntual­mente a eso de las últimas horas de cada tarde. En el bar de Pascual, casi en la misma plaza, el Pinfa y media docena de hombres toman cer­veza puestos de pie delante del mostrador. La noche se está comenzan­do a cerrar impasiblemente, silenciosamente, afuera en la calle.
-Pues dice usted, por aquí seguimos haciendo frente a la vida. Cada vez más viejos. Cuando le veíamos por aquí tenía el pelo bien rene­grito. ¡Hay que fastidiarse lo que hace el tiempo!
El Pinfa, mi amigo Epifanio Hernández, es un hombre emprendedor y activo, exalcalde de Galve, al que siempre recordé con especial cariño y buena amistad. En la cocina baja de su casa da gozo, oscuro ya todo el mundo, charlar plácidamente pegados a los matochos de pino que arden en el fuego como si el tiempo hubiera dejado de contar, como si la vida se hubiese paralizado en torno nuestro.
-Casi todo sigue igual, aunque, eso sí, con menos gente. Lo que puede que haya es más vacas que antes. Seguro que faltarán muy pocas para las quinientas reses; y ovejas menos, con eso de que escasean los pastores nos habremos quedado en algo más de las mil cabezas so­lamente.
- Digo yo que aquellos años de entonces, con vuestro grupo propio de danzantes, se daba cierto realce a las fiestas ¿verdad?
- Sí hombre, claro que se les daba. Para San Juan y para la Virgen del Pinar bailábamos siempre. Yo también fui danzante. Pero, lo que pasa, se gastan los cuartos en tonterías, y estas cosas, que porque son nuestras se deberían cuidar más, las dejan perder. Aquí ya hace unos cuantos años que desapareció aquello.
- ¿Y costaría mucho hacerlo renacer?
- Hombre, costar, costar, yo creo que no. Lo peor es que cuando lo hay no se le estima y se hunde solo. Hace poco vino una señora de Sigüenza diciendo que nos ayudaría a levantarlo otra vez; no sé qué pasará. Aquí teníamos varias danzas: Las Cadenas, El Castillo, El cordón de las cintas, y el Taraverosán que decía así:

Taraverosán, toca la Marianilla
Taraverosán, tocan a bailar:
Tronchos, coles, pepinos y melones,
Rábanos y acelgas,
Lechugas y pilongas
Clavo, canela, pimienta y azafrán.
Taraverosán, tocan a bailar.

Los galvitos de hoy son hombres que viven con comodidad y cierto desahogo gracias al ganado y a los jornales que a lo largo del año suelen darse en las 260 hectáreas de bosque que tiene de pinar. El ganado, especialmente el vacuno, encuentra pasto suficiente en las cuatro dehesas que hay en el término; pero, no siempre fue así, por­que, medio siglo atrás en el tiempo, los carreteros de Galve se ha­cían presentes con su yunta de bueyes en la misma capital de España.
- Claro que iban desde aquí a Madrid a llevar madera con los ca­rros. Echaban veinte días en el viaje. Los horguneros de todo Madrid, que son las varas finas que se emplean en los hornos, eran de Galve. Aún vive alguno de aquellos carreteros de entonces.
En estos privilegiados lugares de la sierra, cuya presencia uno guarda, permanentemente en lo más íntimo como cosa suya, se respira la paz, se bebe el bienestar lejos del mundanal ruido en cualquier época del año, pero, hay en todos ellos un embrujo difícil de definir cuan­do llegan estas fechas que vislumbran el invierno todavía lejano, cuando los pueblos se quedan solos, como adormilados en su letar­go, perdidos allá en el silencio sepulcral de sus noches, en el gra­na encendido de sus crepúsculos, en el pasar monótono, delicado, casi imperceptible, de su rueda de los tiempos.

(N.A. Octubre, 1982)

1 comentario:

Jose L. Abad dijo...

Muy emotivo, recuerda nuestra infancia. Cuando fue escrito yo tenía 6 años y pasaba el verano allí con mis abuelos, sin duda los mejores recuerdos.