lunes, 20 de abril de 2009

HONTOBA


No conocía el pueblo. Hontoba y aquel vallejo donde se asienta han sido, hasta hace escasas fechas, de los pocos rincones para mí desconocidos que puedan quedar en toda la geografía comarcal de Pastrana. Y uno, que siente desde antiguo cierta veneración por aquellas tierras, se encuentra feliz al regresar de Hontoba; por lo que ha visto, naturalmente, que viene a reafirmar su opinión acerca de la zona más meridional de la provincia, basándose, no en descabezadas ilusiones que ni siquiera van al caso, ni en mo­tivos tendenciosos de particulares afectos, que también pudiera haberlos, sino en la realidad cruda y sin matices, descubierta después de veintitantos viajes por la Alcarria Baja conociendo gentes, asaltando paisajes, siguiendo el rastro de su pasado, aquí de manifiesto en multitud de detalles plasmados en la pie­dra, clavados de raíz en las costumbres, escondidos en lo más profundo del alma de la gente. A los pueblos de Pastrana se va siempre con alguna pretensión, con ánimo exigente, y se vuelve con las manos llenas. Hontoba, situado en la misma cuna del arroyo que dicen de San Sebastián, al pie del Cerro de Los Llanos, donde todavía se alzan las ruinas de un viejo convento de jerónimos, es un ejemplo luminoso de todo cuanto acabamos de asegurar.
Hontoba tiene ya muy poco de la primitiva villa de finales del XV que los Reyes Católicos se dignaron titular a la vis­ta de su importancia por aquel entonces. El pueblo luce hoy la imagen variopinta de las modernas zonas residenciales en singular maridaje con las viviendas todavía en pie que, partiendo de principios del siglo XII en que se debió construir el ábside de la iglesia, podrían muy bien irse catalogando según su antigüedad hasta nuestros días. Todo en disposición longiforme, como estira­do a lo largo de la vega, y repartido en dos o tres barrios distintos que separa el regato de San Sebastián. En la calle de Santiago, bajo los álamos al cruzar el arroyo, hay un hombre enredando en el tractor, trajinando con las latas del aceite. El hombre se llama Teodoro, pero no le gusta que yo lo sepa. Con nuestro hombre, vestido de faena, hubiera pasado toda la tarde de conversación debajo de los olmos. Teodoro me habló del campo, de la huerta, de los antiguos viñedos que él nunca llegó a cono­cer, y de la estrella de Hontoba, la Virgen de los Llanos.
- Allá arriba, en lo alto del cerro se le apareció a un pastor. Había una ermita muy hermosa, pero ya ve cómo está, hundida. An­tes venían en romería desde la parte de Pioz y de Tendilla, según cuentan. Yo he oído decir que ahí vivieron frailes; que molían su trigo, hacían su aceite y todo. De eso ya no se acuerda nadie.
- ¿Y estas bodegas?
- !Ah, amigo! Eso es de cuando el pueblo no era como es ahora.
El término de Hontoba fue todo viñas, y, según oídas, aquí se hacía buen vino. Ahora no hay más que cereales, y no mucho.
- Un poco abandonada está la huerta ¿no le parece?
- Pues sí. Antes era del marqués de Balzalallana. Nos lo vendía todo muy barato y no lo quisimos. La cosa es que lo compró uno de Madrid, y no sé qué es lo que pasa. Aquello del Mirador y de Los Manantiales lo ha vendido para urbanizaciones, pero de esto no sabemos qué pensará hacer. ¡Y perder la ocasión que tuvimos! Ahora por cuatro perras sería nuestro.
- ¿Es bueno el resto del término?
- Pues no es muy bueno. Para qué vamos a decir lo que no es. Pero tiene su cosecha segura todos los años. Ahora lo que más cultivamos es cebada.
La plaza nos sale al paso siguiendo la calle principal que coincide con la carretera de Pastrana. La plaza de Hontoba está limita da por el frontón, por la fachada anterior de la iglesia y por el ayuntamiento: una muestra interesantísima de la arquitectura soportalada de la Castilla clásica, vuelta a edificar, según reza en la galería, en el año 1861. No obstante, dejando a un lado la ermita de Los Llanos, todo el mérito artístico e histórico de la villa se concentra en la iglesia, comenzada hará ocho siglos y acabada de retocar, no con demasiada fortuna, hace media docena de años o poco ­más. El ábside románico y la espadaña de cuatro arcos, también en medio punto, provocan en el visitante deseos de conocer el templo desde su interior. La cosa no resultó en exceso complicada para con seguirlo. Coincidir casualmente con el Tío Juan, el alguacil, y llegar a casa de la señora Dominga que vive en una transversal alzada de nivel sobre la misma plaza.
- Pues claro que le enseñaremos la iglesia. Cómo no. Si se la en­señamos a todo el que viene. Espere que coja la llave.
- Pienso yo, señora Dominga, que tal y como andan las cosas es una aventura meter en la iglesia a cualquier desconocido, ¿no cree?
- No; si aquí no hay nada de valor que se puedan llevar. Lo que vale mucho es la iglesia, el edificio, y el que sea valiente ya puede arrear con ella. Por ahí no hay peligro.
No sé si tendría toda la razón mi acompañante, pero mucha sí. La iglesia de Hontoba impresiona cuando se entra en ella. La piedra, la oscuridad, el silencio de los siglos, ponen entre los muros roídos un clima de solemnidad conventual que anonada, lo mismo al admirador del arte como al místico o al profano. La iglesia carece de retablo mayor, es reducida en capacidad y tiene tres naves. Sobre el ara lateral de una de las naves hay un templete de metal dorado y cristales. Me pareció en principio una custodia, después un reli­cario; al final, movido por la curiosidad, fui a dar de manera involuntaria en la diana de los grandes amores de la gente de Hontoba, en lo más alto de sus devociones, renovadas cada día con verdadera pasión de espíritu, y, bajo cuyo maternal amparo, los hombres y las mujeres del pueblo aprendieron a vivir cuando eran niños, y a morir después.
- Oiga: ¿Qué es aquello? Parece una custodia, ¿verdad?
- No señor; aquella es la Virgen de los Llanos.
- Me refiero a ese templete dorado que hay sobre el altar.
- Ya se lo he dicho. Es la Virgen de los Llanos, la Patrona.
- Pues yo no veo imagen por ninguna parte.
- ¿Cómo que no? Acérquese y suba en esta banqueta, ya verá.
Sí que la vi Con mucho cuidado y con gran respeto por aquello que tenía delante de mis ojos, pude ver con detalle a la Patrona de Hontoba. Yo había visto imágenes pequeñas de la Virgen en Auñón, en Driebes, incluso en el mismo Pilar de Zaragoza a la patrona de la Hispanidad; pero la Virgen de los Llanos en nada se asemeja. Esta es ínfima, casi microscópica, no va más allá del tamaño de un dedo meñique, blanca, como de marfil o de alabastro, escondida en el ca­jetín de aquel dignísimo templete. Es la misma que se veneró duran­te siglos en el convento derruido del cerro que lleva su nombre y que más tarde sería trasladada a la iglesia del pueblo donde reci­be cada día el cariño de los hijos de Hontoba. Aquí la cantaron los padres y los abuelos de quien hoy le entonan sus plega­rias al pie del altar o desde lejanas tierras; aquí volví a escu­char aquellos cantos, con su voz temblorosa y entrecortada a doña Julia Pérez, en el silencio de la iglesia, con las imáge­nes de los santos como testigos, un atardecer crudo de otoño en de­cadencia:

Hontoba te saluda
como a su Madre ,
y tu nombre repiten
montes y valles.
¿Te acuerdas Madre,
las veces que a tus plantas
recé la Salve?

- Cuando la guerra se salvó muy fácilmente. Cuando tomaron la iglesia, un hombre del pueblo le dio un golpe al cristal y se la metió al bolsillo. Pasó por medio de todos y no dirá que nadie se dio cuenta.
-¡Cualquiera! Con ese tamaño, usted dirá.
- Es muy milagrosa. Cuando se encuentre usted en algún peligro, no deje de acudir a ella. Si le fuéramos a contar los favores y los milagros que ha hecho, no terminábamos nunca; y algunos de ahora, conocidos por todas las que estamos aquí. Cuando vino el Papa, aquí nos tenía usted como clavos, rezando el Rosario, para que todo sa­liera bien y no le pasara nada. La queremos mucho.
Y metidos de lleno en el terreno de las tradiciones, antiguas todas como la propia vida de Hontoba, surgió el recuerdo muy a pro­pósito para el santo señor San Blas, unido estrechamente a las cos­tumbres de la villa. Cuando las buenas muje­res hablan de su santo Patrón, lo hacen en tono diferente, más fes­tivo, menos sublime, pero arropado igualmente con ese calor íntimo que los de Hontoba saben poner en sus propias cosas.
- Aquí lo tiene usted. Este es San Blas, mírelo. La noche del 2 de febrero se organiza en la plaza una hoguera que para qué. Es mucha fiesta aquí para San Blas. El cantar lo dice:

San Blas en la tierra,
triunfante en el cielo,
con tres días de fiesta
y no estas contento.

A medida que la tarde se iba de retirada, la luz, escasa de por sí en aquella bellísima iglesia, cubría todo de sombras, de rincones oscuros, como fantasmales en los ángulos más escondidos de la piedra vieja. Un autobús acaba de llegar a la puerta del ayuntamiento; dejados viajeros y se va otra vez por la carretera que cruza las huertas. Uno, ya en el camino de regreso, intenta poner en orden todo cuanto acaba de ver en este rápido encuentro con Hontoba, mas­ticando mil ideas en torno a tanta magnificencia perdida, posible­mente para siempre, tras los últimos giros de nuestra civilizaci6n, y espera, lo mismo que el poeta, quien sabe si con fundamento o sin él, también hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la prima­vera.

(N.A. Diciembre, 1982)