domingo, 12 de abril de 2009

GUIJOSA


La ciudad había amanecido empapada. De viaje hacia las tierras del Doncel, goza contemplar a cada lado del camino la nueva faz de los trigales para quien, no hace tanto, los vio moribundos, exan­gües, a la espera in extremis de las lluvias y de las nieves, que llegaron al fin unos días antes de la Navidad. Sigüenza, recortada en almenas y en torreones de otros siglos, muestra al pasar su rostro auténtico, el de señora medieval o madonna renacentista, lejos de aquel bullicio populoso por sus calles que, por suerte a veces, y por infortunio otras, estamos acostumbrados a ver cada verano vagando por las inmediaciones de la catedral.
A Guijosa se llega bajo una llovizna pertinaz que no cesaría hasta bien entrada la tarde. Se me antoja el pequeño lugar como un pretexto de población obligada para rendir pleitesía a la fortale­za, de cuya pretérita realidad quedan en pie una buena parte de los muros de caliza que le dieron forma, y que todavía sorprenden con su grandiosidad a quien tiene a bien asomarse al valle del Quinto por primera vez.
Guijosa es un pueblecito de casas bajas. Lo encontré muy solo, como muerto; diría que encantado por miriadas de duendecillos que habitarán en las oquedades oscuras del castillo. En una plazuela pasa el invierno, desnudo, un olmo con el corpachón hueco. La fuente va dejando caer un chorro de agua que el viento desparrama ­fuera del pilón y se pierde en un regato que llega hasta la carre­tera. Cerca de allí se oyen voces de niños. Los encontré jugando en un porta1ón antiquísimo, empedrado de guijarros, a manera de zaguán por el que se entra a una vieja casona deshabitada.
- Esta era la casa del cura, pero ya no vive nadie. Ahora la tiene alquilada un señor para meter cosas. ­
- ¿No tenéis frío?
- Qué va. Como estamos jugando...
- ¿Hay más niños en el pueblo?
- Aún hay otros dos, pero son un poco mayores. Son de octavo. Angelines, Alberto y José Luis dejaron de jugar y se vinieron conmigo. Después apareció Gloria, casi una señorita. Los cinco ni­ños de Guijosa pasan la semana fuera de allí, y aprovechan los sá­bados y los domingos para jugar en su pueblo.
- Como aquí no hay escuela, nos llevan al colegio a Sigüenza. Se llama San Antonio Portacelli, pero aquí lo pasamos mejor.
- ¿Dónde se han metido los mayores, que no se ven?
- Estarán por ahí trabajando en lo del túnel.
- O en las casas sin salir. Como está lloviendo... Mire, en esa casa está el Tío Victoriano.
Sí. Tras el postigo de una puerta cerrada a cal y canto, se al­canza a ver el rostro todavía soñoliento de un hombre del campo escondido en la oscuridad. El hombre me mira atentamente. Lleva so­bre la cabeza una boina que el tiempo le fue quitando poco a poco su negro color de origen.
- Buenos días. ¿Qué se cuenta el hombre?
- Nada. Qué me voy a contar. Que acabo de levantarme y voy con los troncos a ver si echo una miaja de lumbre.
- Poca gente, ¿verdad?
- Nada. Aquí, nada. Cuarenta personas escasamente. Hemos sido casi trescientos en tiempos, pero esto es muy duro y la gente se va. Pase usted dentro, que se está mojando. ¿No lo ve?
- Gracias. Digo yo que al final volverán muchos. Ya verá. Por ahí no atan los perros con longaniza como cree la gente.
- Aquí no vuelve nadie. Aunque los maten a tiros no vuelven. Yo vivo solo y me voy apañando. Madrid no me gusta. Voy casi todos los sábados y vuelvo los lunes, pero eso del metro y la gente no lo aguanto. Dónde va a dar este aire y esta tranquilidad del pueblo.
- Qué pasa, que tiene también los hijos en Madrid, claro.
- Qué va. Yo no tengo hijos. Yo soy soltero. Tengo allí una her­mana y voy a verla cuando sale.
- Ah, pues ya es usted mayorcito, ¿no?
- Y tan mayorcito: setenta y uno cumplidos. Es que no me he po­dido casar. ¿Qué' mujer quiere meterse aquí a vivir? Ninguna. Como las del pueblo se iban todas a servir a Madrid, usted me dirá. Ve estas dos crías, en cuanto tiren la moquita se van de aquí.
- ¿En qué trabajan ustedes?
- En el campo. Hay quien sale a trabajar al túnel. Hace unos a­ños se dieron muchos jornales con la cosa de las aguas, pero lo que más entretiene a la gente es el campo. Yo he tenido siempre mi yunta de mulas. Ahora vivo de lo que me dan de jubilación, y voy mejor que antes, dónde va a dar. Con la agricultura, al final de cuentas, mal quedaba para ir tirando.
Charcos, barro y silencio, mucho silencio por las callejas de Guijosa. El vocerío lejano de Angelines, de Alberto y de José Luis, se oye por cualquier parte jugando a las esquinas, sin pararse a pensar en soledades ni en tiempos desapacibles escondidos en su refugio de la casa del cura. Salen de una cuadra tres gallinas sacu­diendo escandalosamente su plumaje y se ponen a beber el agua sucia de una charca. Por el ventanuco entreabierto de la habitación don­de duerme asoma su cabellera blanca Gabriel Ruiz, el Gordo. Gabriel Ruiz es el más célebre personaje de Guijosa. Ochentón y soltero, agricultor, fontanero, albañil, carpintero y dueño de una pequeña taberna que siempre está abierta y siempre está cerrada, según. El Gordo, que es hombre comprensivo y de buen corazón, abrió la puerta de su casa en cuanto me vio en la calle soportando las in­clemencias del temporal.
- No se quede ahí, hombre. Pase. ¿Es usted de Cubillas?
- No señor, no soy de Cubillas, ni sé donde está tampoco.
- Como le he visto con el papel apuntando cosas...
Mi amigo, el ilustre caballero de Guijosa don Gabriel Ruiz Mar­tín, vive igual que Victoriano, su sobrino, solo en una estancia repleta de trastos viejos y de electrodomésticos donde uno apenas se puede revolver, de sierras, rastrillos, guadañas, bancos de ma­dera carcomidos y cribas polvorientas que duermen su sueño defini­tivo en los rincones del zaguán. Dentro está la cocina de gas, la televisión, el frigorífico, la estufa encendida, en un cuartito caliente y acre con olor a casa deshabitada.
- Anoche me deje sin darme cuenta la estufa encendida, por eso ahora se está bien. Voy a ver si me preparo un matahambres. La co­peja de anís ha caído nada más levantarme. Aquí no falta nunca de todo eso. ¿Qué va a hacer uno?
- ¿Qué es un matahambres?
- A eso se le echa un huevo o dos, migas de pan y arroz. Luego se hacen tajadillas, se reboza y se fríe. Si quiere le invito, ya verá que bueno está.
- ¿Todos los días se hace usted la comida?
- Todos los días no. Viene una sobrina que me guisa y me friega un poco, pero es que hoy está en Sigüenza.
- Vamos, que usted vive como un marqués.
- Mejor. Mejor que un marqués. Con eso poco que nos dan de la ju­bilación vivimos como reyes. Es lo mejor que han podido hacer con nosotros. Así, sin depender de nadie, ¿no le parece? Esta tarde me traerán una poca carne y congrio, la olla bien llena de lomo y de chorizo. A ver quién vive mejor. En Madrid dicen que no les al­canza, pero aquí, de sobra, para que vea.
- ¿Son suyas todas esas herramientas?
- Claro, ¿de quien van a ser, si no?
- Pues ha debido ser usted una persona muy activa, ¿verdad?
- De todo un poco. Ya sabe usted lo que dice el refrán: “hombre de muchos oficios, pobre seguro”. Voy a cumplir los ochenta y tres, pero estoy siempre de buen humor. Me gusta decirles cosas a las mu­jeres y se ríen conmigo. A las condenás les gusta que les digan cosas, no crea.
- Pero esas cosas se las debía usted haber dicho antes, cuando tenía veinte años. Ahora ya, para qué.
- Antes se las decía igual, y más, pero entonces había mucho egoísmo y se tenían que casar con quien querían los padres; así que, la que me quería, yo a ella no, y la que a mí me apañaba no me po­nía buena cara. Ya se sabe lo que son esas cosas.
-¿En qué se distrae usted?
- En ir a Sigüenza a cobrar, y si alguno viene por aquí a echar un trago. Ahora somos todos ricos y vienen poco. A lo que no hay derecho es a que no tengamos un coche de línea, pagando lo que sea, aunque sólo sea un día por semana. No hay derecho, no señor. Aunque solo sea hasta Sigüenza, que podamos ir a cobrar los cuatro viejos. Es lo único que nos falta, y parece que los de arriba no están dis­puestos a echarnos una mano. Luego vienen a pegar carteles para que los votemos, ¡ya, ya!; a la otra los espero. Iba a decir una cosa, pero no la digo. A mí esto me enfada mucho.
No es verdad. Gabriel, el Gordo de Guijosa, no es capaz de enfa­darse aunque lo diga. En el fondo, a Gabriel como a cada cual le gustan los pequeños inconvenientes que, si no hacen la vida más fá­cil, son en cualquier caso un motivo de conversación. Nuestro hombre asienta su amistad con una copilla de anís dulce que nos be­bemos al amor de la estufa, viendo llover mansamente, obstinadamen­te, a través de los cristales medio empañados de la única ventana de la habitación. La calle vuelve a estar sola. Las voces de los chi­quillos se apagaron con el humillo apetitoso de la comida del medio día. En la plaza, pegado al tronco viejo de la olma, uno se para a contemplar cómo la Casa Fuerte va tapando con sus lienzos grises, con sus torreones y con sus almenas desmoronadas, el inmenso nuba­rrón que baja en su entraña los vientos y las aguanieves de la sie­rra de Atienza.

(N.A. Enero, 1982)