sábado, 11 de abril de 2009

GUALDA


He venido a Gualda subiendo contracorriente la vega del San An­drés hasta la ermita de Budia. Luego, las tierras costeras de Durón me pusieron en el mínimo lugar alcarreño en cuestión de minutos. Es la de hoy una, de las tardes más calurosas del mes de agosto. El viento tibio riza con miedo en los tesos las agujas de las esparteras. Se desgrana en un tono encendido la flor del té y el sol se deja caer de plano sobre las ultimas calas de Entrepe­ñas, arrancando, aquí y allá, destellos de luz en la superficie de las aguas.
Hay un ramalillo estrecho, en aceptables condiciones, por el que necesariamente nos habremos de desviar para llegar a Gualda. A nuestra derecha, las fragosas laderas de tomillar y aliaga resguardan por el norte el camino de acceso; en la otra dirección, las hileras voluminosas de los chopos que cubren el vallejo, nos van marcando a escasa distancia el sentido del último tramo que aún nos queda por cubrir. Poco más adelante será un puentecillo el que cortará por medio las soberbias superficies de vegetal con las que se engalana el arroyo, y nos dará paso a su vez a la plaza de Gualda.
Esta primera plaza a la que acabamos de arribar, Plaza Mayor o Plaza de la Fuente, es extensa y luminosa. Dos acacias jóvenes y algunas plantas en flor de malva real, blancas y de un grana pálido, separan el juego de pelota de la fuente pública; una fuente también espectacular, montada sobre único muro y copa de piedra como remate, del que chorrean ocho caños en total, cuatro en cada cara del sóli­do monumento de sillería.
Sentada bajo el quicio de su casa en sombra hay una mujer dando puntadas junto a la canastilla de la costura.
- Buenas tardes tenga usted, señora.
La mujer me contesta con una voz ininteligible que no com­prendo. Poco más adelante llama la atención un robusto palacete que hace esquina, reliquia en formas neoclásicas de aquellos magnánimos hidalgos de la Alcarria cuya memoria, si no sus nombres, perpetúa el pomposo habitáculo que emplearon para cruzar el istmo temporal de la vida terrena. "Alabado sea el Santísimo Sacramento", dice el dintel de arenisca que hay sobre la puerta de entrada. Como desa­güe para la cobertura, muestra la casona un alero saliente y artís­tico, con el rostro desfigurado de algún fauno por ornamento en el cabezal de una viga.
Bajo la fronda del olmillo en la otra plaza, la de la Constitu­ción o del Ayuntamiento, dormitan dos adolescentes en el escalón apoyados sobre sus rodillas. Ahora cruza como somnámbula una chi­quilla en bicicleta achicharrada por el sol. La plaza es un mues­trario interesantísimo del siglo XVIII, presidido por la monumental portada barroca de la iglesia, cuyo final de obras debe correspon­der a 1733, tal como se lee en una de las piedras más visibles de la fachada. Se accede por una escalinata de sillar comida por la hierba. Al majestuoso pórtico bajo arcada, le corresponde una puerta de talla que en algunos tiempos debió impresionar; hoy, uno piensa que ya hace bastante con sobrevivir a los soles de cada tar­de y a la desconsideración de los tiempos que corren.
El ayuntamiento de Gualda también anda con la época. Es un edi­ficio de cuidada simetría, de amplio frontal y de corridos balcones a la plaza. Sobre el tejadillo del ayuntamiento hay un reloj des­tartalado, con carillón tomado de herrín y el clásico gallo giratorio que mira hacia donde sopla el viento. Otra minúscula vivienda de sillar en la cara opuesta, luce entera las glorias de sus ciento quince años contados, hora tras hora, por un curiosísimo reloj de sol que todavía refleja sobre la pared el paso del tiempo. Poco más abajo se ve esculpida sobre la piedra clave la leyenda: “l869. José de la, Roja”, una cruz y un par de flameantes candelabros, uno a cada lado, concluyen la riqueza testimonial de aquella casita de la que nada más he podido saber.
Siempre con el fuerte sol de la tarde por montera, me cuelo en solitario hacia el lugar por el que intuyo debe venir a parar el mira­dor desde donde se deje ver, en toda su profundidad, la vega por la que llegué al pueblo. Y lo encuentro en los ejidos, a cuatro pasos de la plaza, detrás de la iglesia.
- El Castillo es como le decimos aquí a todo esto.
Nuestro hombre se llama Fausto y es para el caso la primera, y la única, persona que encontré durante mis dos horas de Gualda con quien poder entrar en conversación, don Fausto Santos Huetos. Está rozando con el azadón a estas horas de la calina las hierbas que salieron en los alrededores de un pajar que tiene por las eras.
- Maravilloso, sí señor. ¡Qué bonito es esto!
- Mucho. Por aquí andaba un pintor estos años que tiene retratado casi todo el término.
- ¿No seria Fermín Santos, o alguno de sus hijos?
- No. Fermín es de aquí y es de mi familia. Él es Alcalde por parte de su madre y yo soy Huetos. Me refiero a otro pintor que no sé ahora cómo le dicen.
- ¿Cuánto calcula usted que miden de alto los chopos esos de la Fuente Vieja: cuarenta metros?
- Más hombre, mucho más. Últimamente limpiaron bastantes. Había qué se yo cuántos.
- ¿Sabe que me ha impresionado el pórtico de la iglesia?
- Ah, pues por dentro es más bonita aun. Las naves y eso que tiene del altar son muy hermosas.
- Demasiado grande me parece. Se ve que Gualda en tiempos fue un buen pueblo.
- Ya lo creo. Más que ahora, que somos diez vecinos. Gualda fue muy famoso por el trigo que se cogía, y antes casi todo el término era viñedo. Le dio a la gente por marcharse de aquí, y esto se ha muerto. Yo también me voy en invierno a Madrid con los hijos.
El Tío Fausto le da una vuelta a la boina pensativo, mirando hacia la vega, mientras que el viento que baja del altillo de la Dehesa azota las copas de los chopos.
- Pues, debe ser éste uno de los pocos pueblos de la comarca que no produzcan vino.
- Sí que tenemos vino. Aquí, debajo de donde nosotros estamos, son todo bodegas. La mía la tengo aquí debajo mismamente. Las viñas aquellas de hace tiempo desaparecieron; las de ahora ya son muchas menos y de una clase americana que tampoco va mal; pero, la que pasa, que nos hacemos viejos y las tenemos que ir dejando por la edad. Necesi­tan buenos brazos, y los nuestros ya no sirven.
Por el saliente se pierde la vista atisbando con sorprendente diafanidad lo fragoso de las tierras de al otro lado del pantano. El Tío Fausto entorna los ojos y señala con la mano extendida hacia el fondo del valle.
- Aquellos cerros de allá abajones son de La Puerta.
- ¿Y el riato?
- Este viene de Henche. Se va a juntar con el Tajo por esa otra parte, un poco más abajo de donde están los puentes.
Mi amigo me invita después a que suba con cuidado hasta las eras, para no resbalar en la hierba seca, que es muy traicionera, y evitar así la caída por el precipicio. Desde lo alto, aparece de súbito o­tra vega inmensa por detrás del pueblo a la que da lugar el arroyo de Barranco Grande. Al paraje se le dice Los Pegajones, y luce como el que ahora tengo a mi espalda, cauce arriba, ingentes hileras de chopos gigantescos, que alcanzan en sus puntas en altura la mitad casi de las laderas próximas a pesar del barranco. El viento sopla aquí con más intensidad y se oye el silbo continuo que produce al chocar con el ramaje de las choperas. A mi vera una, y más lejos la otra, adornan la visión desde las eras las cúpulas hermanas de la iglesia y de la ermita de Las Flores, allá, pegada al camposanto, donde me han dicho que hay una imagen de Nuestra Señora que no llegué a ver, y que cuenta por tradición con el fervor popular de los hijos de gualda. Al nordeste, disimulada detrás de los cortes ariscos de los ce­rros, asoma inequívoco el altiplano con que se corona una de las Tetas de Viana.
-¿Quiere un trago? -me ha ofrecido el Tío Fausto cuando vuelvo a bajar.
- Bueno. En bota está más rico, ¿verdad usted? y más fresco.
- Beba sin miedo. Yo tengo vino en la cueva para más de lo que voy a vivir. Por los chicos lo vamos gastando, si no, ahí se quedaba.
- Muchas gracias por todo. Ha sido usted muy amable. Si alguna vez sale esto en los papeles, ya hablare de usted. Ahora voy a echar una, ojeada al pueblo.
- A estas horas no encontrará a muchos por la calle. Con el calor la gente se mete en la trinchera a dormir la siesta. Bueno, que tenga mucha salud, y si no nos vemos más, que haya suerte.
Gualda, después de un rato, sigue igual, mustio y dormilón bajo los soles implacables del verano. A la sombra de las aceras los pe­rros sestean con las patas estiradas, asados de calor. La hierba agostada de las escombreras sube un penetrante olor a estío en los rincones don­de no corre el aire. De los chalés que quedan por encima del frontón llega atenuado hasta la plaza el sonido estridente de una can­ción de moda.

(N.A. Septiembre, 1984)