martes, 7 de abril de 2009

GÁRGOLES DE ARRIBA


El soberbio panorama de esta Alcarria desnuda por donde ahora me muevo, cuenta hoy con los reflejos purísimos del sol de febrero, invierno al fin, pero con ensueños de primavera que por estas latitudes apenas se presienten. Al sereno horizonte alcarreño que firman, no lejos de aquí, las Tetas de Viana, hay que añadir el reciente y gigantesco monumento que plantó el progreso, la nueva Torre de Babel de la central nuclear de Trillo, nada más contradictorio para piel huraña de unos paisajes a los que jamás, pienso, nos terminaremos por acostumbrar. El resto ya se sabe, la Alcarria de siempre, libando aletargada de los húmedos campos el néctar de sus entrañas que luego se convertirá en miel. El otro Gárgoles está ahí, un poco escondido en el valle con su torre chata por señal, en cuya Plaza Mayor vela las armas de su ancianidad mi amigo el abuelo Pío; y aquí el de Arriba, Gargolillos que dicen en la Alcarria, el de la torre enhiesta y rematada por un chapitel plomizo a manera de púa que se clava en los cielos, detrás de los nogales desnudos de la huerta y de las choperas en línea que esconden al río Cifuentes.
Tras el puentecillo por el que se accede hay una señora lavando ropa en la corriente helada. A uno, que tomó con tiempo la mañana, le entran escalofríos con sólo mirar. El pueblo está situado costanilla arriba partiendo de la placetuela de la fuente. Con el fin de semana los coches ocupan la mayor parte de los espacios libres en ambas aceras de la Calle Mayor. Hay a la derecha una fuente romántica, de la que cuelgan a la pilastra del saliente tres chorros copiosos detrás de un jardinillo donde esperan su hora las adelfas, los rosales y las puntiagudas agujas de anea.
Al subir cruzamos algunas casas sostenidas encima de las rocas que a su vez son minadas en el subsuelo por bodegas morunas, muy profundas, en donde los campesinos de otro tiempo, y aun los de ahora, hicieron el milagro de aquellos caldos incomparables que en alguna ocasión pudimos saborear en el interior de las cuevas y desde entonces admiramos y propagamos con verdadero fervor.
Mientras que acude mi amigo Bernardino Rodríguez, un hombre de Gárgoles de Arriba al que hace tiempo conocí por las carreteras de la Alcarria, doy una asomadilla hasta el cercano atrio de la iglesia, que fue románica según cuenta su triple ábside semicircular, y donde toman el sol unos cuantos señores del pueblo, dando vista a los humedales de las tierras bajas por donde escapa el río camino de Trillo.
La Plaza del Ayuntamiento está algo más arriba. Es cuadrada casi con escrupulosidad geométrica. En el centro de la plaza hay un pino que sustituye a la clásica olma, adornado con bombillas de colores y colgantes plateados desde la pasada Navidad. Más allá se ve la picota, límite del pueblo extramuros por el camino de las eras.
Bernardino llega al instante. Según me contó estaba en la otra casa ultimando algunos menesteres de los que se laboran en invierno mientras el campo descansa.
- Bueno, pero ya estoy aquí y podemos ir adonde a usted le parezca.
- Le advierto que el pueblo lo he visto ya casi todo. Si no le importa, cogemos el coche y nos vamos hasta la villa romana. Creo que anduvieron excavando y sacaron algo así como restos de una ciudad antigua, ¿no?.
- Es verdad, sí señor. Eso está por san Blas, a la caída de la ermita.
La ermita de San Blas está situada sobre un alcor a mano izquierda de la carretera, en sentido opuesto al pueblo de gárgoles. Mi amigo me fue contando por el camino no sé qué cosas del viejo convento y de que allí, donde está la ermita, martirizaron a San Blas. Me habló de la estupenda fiesta que celebran a primeros de febrero en honor del Santo, y que el señor cura sube hasta allí todos los domingos a dar una vuelta.
- ¿Y eso por qué?
- Es que quisieron entrar a robar, y como no pudieron, intentaron abrir un boquete en el techo y colarse por el tejado. Ya ve lo que se iban a llevar de aquí.
La ermita tiene sobre la puerta un escudo episcopal tallado en piedra blanca. Desde el apacible altillo de San Blas queda al descubierto el pueblo al mediodía, con sus fumatas mañaneras de las chimeneas que el viento descompone enseguida y una inmensa panorámica de la Alcarria, dispuesta a despertar al tacto de los primeros soles. Abajo hay un hombre quemando los brotes de olivo recién cortados sobre un bancalillo de la solana.
- Pues dice usted. Desde aquí mismo hasta allá abajo hubo en tiempos una ciudad según oídas. Ni los más viejos del pueblo lo recuerdan. Cuando se va arando enseguida te salen casquijos y cachos de lápidas de entre la tierra.
En un tramo embarrado de la senda, Bernardino se agacha y se pone a señalar con el dedo en el camino las, para mí irreconocibles, huellas de algún animal.
- ¿Sabe de qué es esto?
- Pues no lo sé. Como si fueran de algún perro.
- Son de liebre. Mire las pisadicas, cómo va y viene por aquí la güespeda cuando no la ve nadie.
- Lo que si parece todo esto es tierra de setas.
- Muchas, en otoño, cuando llueve un poco, se cogen todas las que se quiera.
- Eso de ahí abajo serán ya las excavaciones, ¿verdad?
- Esas son. Si hubieran seguido buscando, está todo así. El asunto éste lo llevaba una de Bellas Artes que le decían Carolina.
De la bimilenaria ciudad han salido a la luz cimientos sepultados que pertenecieron a salones romanos, rincones mínimos de habitáculos al uso en aquella lejana civilización, escalones de piedra y hoyos de algunas termas o baños, comunicados por un ancho canal de piedra roída que llaman sobremanera la atención de mi acompañante.
- Y el piso ya lo ve, de cal o de cemento el firme, o qué sé yo de qué demonios será esto.
- ¿Cuánto tiempo hace que no trabajan aquí?
- Más de dos años. Acribaban la tierra que iban sacando, y dicen que salían así como piedras muy bonitas. Si se fija bien, está todo lleno de calicatas hechas para ver qué salía.
Salvo el yermo llano de San Blas donde quedan los restos de la ciudad romana, las tierras del Gamellón y de los Parrales se ven compartidas en campos de labor, de olivos y de vides que nadie cuida. Bernardino me va haciendo profundas reflexiones, mientras subimos a campo través de nuevo hacia la ermita.
- Cuando desaparezca nuestra generación, como la cosa siga así el mundo vuela. De la gente joven no hay ni dos que les guste trabajar. Yo bien que se lo digo: sois todos carne de cañón. ¿No ve qué lástima de olivos? Pues nada, ellos ni caso. Hasta que se vayan secando o se pudran ellos solos.
La ruda tierra alcarreña tiene en estas laderas el más vivo apoteosis de su verdad. Los tomillos incipientes y las caducas matujas del espliego conviven al lado de las aliagas entre los cantos tropelludos de la cuesta. Los enebros reverdean con sus bolitas características escondidas entre el ramaje.
- Dicen que esas bolas sirven para quitar las verrugas. Antiguamente se las quitaban así.
Al norte del castillo de Cifuentes, como en un barranco no lejos de nosotros, a espaldas el joven pinar del Patronato, y frente por frente a nuestro mirador, los vallejos iluminados que baña el río, y que siguen, señalando la dirección del sol, su camino en busca del Tajo. En la finca de las Cascadas, oculta a nuestros ojos por la arboleda, se fabricó papel durante todo el siglo XIX con instrumental movido por las aguas del Cifuentes. Hoy, aquella industria cambió sus quehaceres por la cría y explotación de truchas, en fecundas albercas que vitalizan las corrientes fluviales de la Alcarria.
Al rato, damos en caer mi amigo y yo pegados al mostrador de uno de los barecillos que hay en el pueblo. Bernardino y yo pedimos, para amansar los fríos de la mañana, unas copas de anís que nos sirve la señora Julia, mujer simpática y con un importante sentido del humor.
- Así que la de usted es la tabernera de Gargolillos –le he dicho.
- Pues no señor. Está usted en Gárgoles de Arriba.
- Así le llamaba yo antes; pero como en el otro Gárgoles me dijeron lo de Gargolillos… No se vaya a creer que me lo he inventado.
- Bueno, y nosotros a ellos les decimos “volcanes”.
- Ah, pues eso no me lo dijeron.
- A ver, el refrán así lo dice.

En Sotoca venden berros,
en Ruguilla la ensalada,
en Cifuentes los judíos
y en Gargolillos los lañas;
en Gárgoles los volcanes
y en Trillo la gente mala.

- Muy fuerte me parece todo eso. ¿Por qué a los de aquí les dicen los lañas? ¿Son aficionados a quedarse con lo que no es suyo?
- Qué va. Es porque los de aquí antiguamente llevaban abarcas. Se conoce que la cosa no daba para zapatos, y es por eso.
Al jolgorio del mostrador se unieron al instante algunos de los mocetes que andaban por el otro extremo de la barra, aportando su granito de arena a la información que gustaba al forastero, y que apenas si podía contener la risa.
- Apunte ésta si no:

En Sotoca nació el hambre
y a Ruguilla fue a parar,
y luego los de Cifuentes
no la podían desechar
.

Y hubiéramos seguido mucho tiempo más en aquel ambiente que en un momentos e formó junto al mostrador de la señora Julia Martínez, al frente mismo de la casa de mi amigo. Lo que el viajero lamentó fue decir que no a la amable invitación de los contertulios fijada para la tarde, y que al parecer se trataba de comer jamón de un jabalí de cien kilos, cazado por aquello breñales tan propios de estas tierras solitarias de la Alcarria, donde hoy he tenido de nuevo ocasión de pisar.

(N.A. Marzo, 1984)