lunes, 13 de abril de 2009

HERAS DE AYUSO


A punto de juntar sus aguas con las del joven Henares, el río Ba­diel toca de pasada las tierras más cercanas a Heras de Ayuso, en estas le­ves sinuosidades de la Campiña con vocación alcarreña. Hemos acertado a venir en una mañana desapacible; uno de esos días de los que tú sabes, amigo lector, que cualquier co­sa pudiera apetecer menos salir de casa.
El camino es relativamente corto, y las carreteras un poco más que aceptables en comparación con otras muchas de las que estamos acostumbrados a pisar. Cuando dejamos la de Soria, en el correspon­diente empalme que ha de conducirnos hasta, el pueblo de He­ras, queda muy cerca de donde estamos y a nuestra derecha la incon­fundible villa de Hita; más adelante, siempre en dirección norte, los archiconocidos cerros de Alarilla donde en los días más propicios vuelan los hombres pájaros; al frente, difuminadas más allá de la llovizna, las sierras nevadas que enmarcan la provincia por el noroeste, y en primer lugar, muy en primer plano, el pueblo que para el presente viaje hemos señalado como centro de nuestra atención: Heras de Ayuso, anclado en el fondo de una inapreciable ondulación que, coincidiendo con el valle del Badiel como quedó dicho, describen por aquí los fan­tásticos campazos de labor, empapados como esponjas y teñidos desde la misma tarde de la Creación por unas tonalidades oscuras y muy bri­llantes de pan llevar.
El viento silba con violencia sobre la luna lateral del automóvil. Antes de haber alcanzado de hecho lo que pudiéramos llamar el casco urbano, hay una zona residencial de chalés entre los que destaca uno a punto de concluir, de trazado nórdico, con cobertura negra, muy actual, y una escalinata de balaustres palaciegos, todos iguales, de piedra blanca como pasada por el torno que llama la atención.
Heras, justo es que se reconozca, no tiene el encanto de otros pueblos nuestros donde la orografía lo pone casi todo. Las casas son aquí generalmente bajas y uniformes, sus calles rectas, una iglesia en la plaza, revocada de cemento y blanqueada con cal –se ve que ha sido vuelta a construir después de la guerra–, plana pavimentación sin complicaciones, y viviendas más o menos antiguas, de claro sabor cam­piñés.
­ Estamos en la plaza más importante del pueblo. La plaza mayor de Heras de Ayuso se llama desde hace varios decenios Plaza de la Cons­titución, según reza en un azulejo que hay pegado a la esquina. Las señoras que vienen de comprar de la tienda cruzan rápidamente el rectángulo de la plaza con bolsas de plástico cargadas de cosas. En el cen­tro hay una farola" con tres brazos, engarzada sobre el extremo superior de una columna de piedra de pudo ser muy bien el fuste de un antiguo rollo. En la base hay dos grifos que no corren y un par de piloncillos secos.
Con el ambiente grato del motor da mucha pereza salir del coche. El viento que azota los cristales me desaconseja que lo haga. Al cabo abandono mi confortable guarida de ruedas y me acerco en solitario hacia la puerta del ayuntamiento. Un azulejo similar al de la esquina dice: "Casa Consistorial de Ayuntamiento”. Al instante veo entrar a un se­ñor bajito, con corbata negra y traje gris que sale inmediatamente. Me han dado ganas de entrar después que él, pero no sé por qué­ no lo he hecho. En otras dos viviendas de blanco lustre que hay junto a la iglesia se ven más azulejos; estos tienen la misión de decorar la fachada exclusivamente, unos con la efigie del papa Juan Pablo II y el otro con la imagen de San Isidro Labrador arando en los campos de Caraquiz. Dando la vuelta a la iglesia, la Plaza de la Constitución pierde su nombre y toma otro más tradicional y más lejano en el tiem­po, seguramente; un azulejo en la esquina la llama Plazuela del Sol.
Por la calle Mayor, entre los fríos, los vientos y las persisten­tes lloviznas, no se ve un alma. Los pisos están mojados y los campos de las afueras se ven metidos en barrizal. Cuando se acaba la calle Mayor –la única de interés en Heras de Ayuso– el pueblo termina de manera brusca, como cortado a cuchillo. Más allá las tierras labradas dibu­jando altibajos de marcada suavidad, que se van emparejando a una y otra mano del camino de palacio con dirección a las puestas del sol, o lo que es igual, al valle del Henares.
Un poco porque siento la necesidad de hablar con alguien, y otro po­co impulsado por el frío glacial de la mañana y por la propia necesi­dad, me cuelo a la panadería que encuentro en un piso bajo, no demasiado cómodo, que hay al final de la calle Mayor.
– Pase adentro. No se quede ahí.
El panadero es un muchacho joven y muy atento que se llama Miguel Meco. Tiene la panadería en Heras, pero en realidad su pueblo y su re­sidencia es Yunquera de Henares. En cualquier caso resulta extraño que un pueblo no lejano de la capital y con una población de 120 personas, más o menos, cuente con su propia panadería. Miguel me aclara enseguida que no será por mucho tiempo, que en los pueblos no hay gente y que así no se puede sostener un negocio.
– Pienso instalarme en Yunquera dentro de poco. Aquello es otra cosa. Aparte de la poca población de estos pueblos, tenemos el problema del colegio para los chicos. Aquí, por ejemplo, en cuanto que llegan a los diez o los once años hay que sacarlos a Guadalajara, y eso desbarata a una familia.
– Sacará el pan a otros pueblos, supongo.
– Sí, lo llevo a Cañizar, a Torre del Burgo y a Ciruelas. De todas maneras es Heras el que mejor se va sosteniendo.
– En caso de dejar la panadería se notará su falta. Les creará un problema, por si ya tienen pocos.
– No sé. A lo mejor continúa con ello un primo mío. Eso sí, antes tiene que gastarse aquí muchos miles de duros para ponerlo un poco en condiciones.
– ¿Qué combustible emplea para cocer?
– Usamos la leña. Dicen que hace el mejor pan.
Ni qué decir que el ambiente es el ideal, dentro de una panadería en una mañana fría del mes de enero. Las piezas, calentitas aún, hu­mean encima de los tendidos de paño; se pisa el polvillo de harina que hay por el suelo; la ropa de invierno con la que uno entró, empieza a molestar al cabo de un rato. El panadero de Heras, como todos los panaderos que tengan idea de su oficio, abre al tres por dos la porte­zuela del horno y, después de echar un vistazo a lo que hay dentro, la vuelve a cerrar inmediatamente. Luego entra una clienta. Yo pienso si será la madre del panadero, pero me dice que no, que es una vecina que viene a recoger el pan. La mujer se llama María Esteban, me ha dicho al cabo de mucho insistir. Es una señora bajita y muy amable y conversadora.
– Pues mire usted, éste es un pueblo pequeño; bonito sí, tiene mu­chos chalés y macetas y cosas, pero que la juventud no tiene un sitio para pasar el rato. A ver si miran un poco en Guadalajara lo que se puede hacer por ellos. Hasta ahora se van sujetando un poco, pero es que llega un domingo y qué hacen.
– En cambio tienen un campo que es de lo mejorcito que hay por la comarca.
– Sí señor, la vega es muy maja, y todo aquello del Palacio también. No se marche usted sin ver la ermita, que es lo más bonito que tenemos en el pueblo. La Virgen y las maderas viejas de arriba están muy bien.
– Qué amables son ustedes. Con personas así da gusto hablar.
– Pues mire lo que le digo. Aunque me vea usted así, tan paleta y con este pelaje, yo he atravesado el Atlántico.
– ¡Qué me dice!
– Sí señor, pasé seis años en la Argentina.
– ¿Y eso?
– Me fui de empleada de hogar con unos señores, pero ya va para veinte años que me vine. Si tuviera plata aún me iría a verlos.
Pierdo el tiempo a continuación acercándome hasta el antiguo palacio de los duques del Infantado, que debió haber a mil metros escasos de He­ras de Ayuso, siguiendo hacia su desembocadura el curso del Badiel. No queda ni el más mínimo resto de aquella noble residencia de los duques, donde consta que pasaron alguna que otra temporada los Reyes Católicos, visitó el Emperador Carlos I, y sentaron sus reales en épocas posterio­res los duques de Osuna. Una casona sólida de piedra donde seguramente vive la familia que atiende la finca, y unas cuantas naves de almacén y garaje ocupan los solares donde hasta hace sólo unos meses –así me lo contaron los empleados– estuvieron las ruinas, alguna escalinata quizás y algunos muros, de la venerable residencia mendocina.
La pista hasta Heras aparece empedrada de guijarro, y desciende buscando la vega del Henares a través de bajos fértiles y laderas punteadas de en­cinas, de aliagas en los repechos baldíos y de mínimas heredades de olivar con el fruto ya negro como la mora.
En el pueblo de nuevo me vuelvo a encontrar de nuevo con doña María Esteban. Le cuento mi decepción por lo del palacio y me dice que claro. Luego me invita a pasar a casa y manda conmigo a Fernando, su hijo adolescente, –muy buen chiquito, por cierto–, para que me acompa­ñe hasta le ermita situada en las afueras siguiendo la carretera que sale hacia Torre del Burgo.
Al pedirle la llave de la ermita, la señora Nati me contó que el pa­trón del pueblo es San Miguel, pero que el que más se celebra como fiesta es San Juan, el veinticuatro de junio.
La ermita es pequeña, cuadrada, de base; queda pegada, al cementerio y se entra en ella por una verja pintada de negro. Bajo el techadillo se ve cómo la lluvia hace brillar las lápidas y las cruces del campo­santo. Dentro hay una imagen, entrañable para los del pueblo, que re­presenta a Nuestra Señora de las Angustias con el cuerpo muerto de Cristo en el regazo, tapado con un velo blanco de tul. Por cobertura un curioso artesonado de madera que tomaron las lluvias antes de la restaura­ción. En un rinconcito arden en el suelo los pabilos de las candeletas de cera que han ido encendiendo los devotos. Tras la visita, fugaz co­mo se puede ver, uno saca en consecuencia que la ermita de Heras es, con mucho, uno de los lugares más tranquilos y románticos de la comarca.
A las dos horas de llegar, el pueblo continúa estando solo. Fernando, el hijo de la señora María, modosito y de pocas palabras, se des­pide de su nuevo conocido porque es la hora de comer y considera que ha cumplido con su misión como le mandó su madre. El cielo por su par­te continúa encapotado. Los campesinos de Heras ven llover desde las ventanas de su casas entre absortos y cariacontecidos. El campo lo ad­mite todo.

(N.A. Febrero, 1986)