miércoles, 1 de abril de 2009

FUENTELVIEJO


Los del pueblo dicen que no, que no son medio centenar de curvas las que suben al viajero que va hasta Fuentelviejo. Uno que, ciertamente, no se ha entretenido en contarlas, se limita a callar y a pensar para sí, ya que la cosa tampoco tiene mayor importancia, que si no son las que piensa, deberán faltar pocas. Lo cierto es que, después de veinte minutos tan solo de viaje desde la capital, se llega felizmente a la Plaza Mayor de Fuentelviejo.
La sombra del olmo cobija en su mitad al solitario recinto cuando la tarde comienza a abrir después de la hora de la siesta. Dos niños y una niña, vestidos con trajecito de verano, azul y rojo, juegan en el frontón golpeando la pelota con unas raquetas que ape­nas pueden mover.
- ¡Hola!
- ¡Hola!
Son muy amables los chiquillos de Fuentelviejo. El vehículo lo acomodo a la sombra del ayuntamiento, un sólido edificio de caliza restaurado que se adorna con corrido balcón de hierro pintado.
Hay en un rellano, por encima de la plaza, una copiosa fuentecilla de tres plantas que no tira agua, sino un leve hilillo húmedo que resbala sobre la piedra oscura.
La calina de la tarde va perdiendo fuerza. Un coche de línea aca­ba de parar en la carretera a la puerta de un bar, al otro lado de los árboles del paraíso que quedan en el ribazo de la fuente de la Ventanilla. Los viajeros reciben toda la fuerza del sol por los cristales verdinegros del autobús. Yo lo veo desde el atrio de la iglesia, frente por frente, apoyado en las piedras del pretil que dan hacia la carretera. Sube hasta el atrio el olor acre de un aprisco de ganado que nos queda debajo mismo de los pies. Un señor de cierta edad me está observando con curiosidad desde la galería de una casona contigua. El hombre -después me lo diría él- se llama Ambrosio. ­
- Ambrosio Muñoz, para servirle.
- Tiene usted una galería muy bonita.
- ¿Cómo dice?
- Digo que me gusta mucho la galería que tiene su casa.
- Sí, pero está muy vieja. Ya tengo setenta y siete años y la he conocido siempre así.
- ¿Cuál es el nombre de estos cerros?
- Pues, no tienen nombre reconocido. Le decimos el Alto de las Eras, y al de enfrente “lo de las bodegas”.
El atrio de la iglesia de Fuentelviejo es un rectángulo en su forma. Desde aquel mirador se ve al poniente la fértil vega del Ta­juña, con el caserío del Empalme en primer término y los pueblos de Armuña y Horche poco más lejos, uno en la vega, a la vera del río, y otro arriba, recostado en la falda mirando al valle. La explanada está en estos días atascada de escombros y de arena; uno piensa en arreglos posibles de la iglesia, todavía recientes.
- Es que han estado tres o cuatro meses de obra en la iglesia. Le han cambiado el piso y algunas cosas que le hacían falta por dentro.
- ¿Es buena, señor Ambrosio, el agua de esa fuente?
- La de esta primera no es buena, es un poco gorda. Si se baja us­ted al lavadero, esa sí que es buena, y mucha que cae. Ahora ha aflojado bastante, como no llueve. Qué cosas, ¿verdad usted? En verano sale fresca, muy fresca, y en invierno, en esos días duros de hielo, echa vaho al salir.
Don Eugenio Iñigo acaba de llegar. Mis nuevos amigos me han conta­do tantas cosas de la Fuente del Lavadero que tengo deseos por bajar. Se ve desde arriba todo escondido en la fronda espesa de los olmos.
El sitio desde el pretil se me antoja como ideal refrigerio donde re­posar en las tardes de verano. A la caída se ve un estanque en el que otro anciano chapuza un azadón. Muy servicial don Eugenio Iñigo, se me ofrece como guía y como compañero de conversación hasta llegar a la fuente.
- Si quiere nos bajamos por aquí. Por la senda de los huertos lle­gamos antes.
- Como a usted mejor le parezca.
- ¿Ha visto los clavos que tiene la puerta de la iglesia. Tampoco valdrá cuartos eso.
- Ya lo creo.
- Eso que hay hundido ahí arriba era en tiempos el horno de pan cocer.
Abajo suena el murmullo de las aguas por los chorros del lavadero. Los huertos de Fuentelviejo, que los activos campesinos del lugar cui­dan con tanto celo, quedan escondidos detrás de la alameda.
- Mire, ¿ve la capota de aquellos pinos de lo alto? Pues si se fija bien, seguro que ve un poco el tejado de la ermi­ta de San Roque.
Nos encontramos, antes de llegar, con unas ruinas forradas de enredadera. Los viejos paredones no se ven, son sus formas las que dibujan el aligustre y el verdín silvestre.
- Aquí arrollaban el yeso para la construcción, y en eso otro de abajo estaba el molino.
Nos asomamos a curiosear mi amigo y yo por el hueco de una ventana de la que cuelgan los tronchos de zarza. Dentro, se ven escombros, matujas de jaramago y muelas voluminosas de granito sepultadas entre la ruina.
- Mire, aun están los molones de piedra que se usaban para moler. Y aquí, aparte, era el matadero. Antiguamente, las reses se mataban en este sitio, y bien desangrás y bien desollás se subían al pueblo. Con eso se evitaba la gente de tener que armar aquellos jaleos en las ca­sas. Aquí, con el agua tan cerca, se hacía tan limpio y tan bien.
Escrito está que de Fuentelviejo era natural el guerrillero José Mondedeu, aquel que con El Empecinado, que también acampó temporadas enteras por estos lares, puso durante la Independencia las cosas turbias a los ejércitos imperiales de Napoleón.
- Y estos son los dos chorros. Ya ve que hermosura de agua. Pensar que, con la que aquí sobra, haya pueblos por ahí que no tienen para su servicio.
El hombre que habíamos visto desde arriba chapuzando el azadón era, el señor Rogelio, el más viejo del pueblo entre los varones que viven.
- Pues, así es. Ochenta los primeros que cumpla en septiembre.
- ¿Y todavía está usted ágil para regar?
- ¡Bueno! Esto lo hago yo como si nada.
-¿Cuánto se tarda en llenar el estanque?
- Un par de horas. No ve que el caudal baja flojo con la sequía. Es lo que sobra del lavadero y del depósito con el que se sube el agua al pueblo.
- O sea, que beben de ésta.
- Claro. Se sube hasta arriba con un motor. Cuando está funcionando, aquí no cae ni gota.
- Yo había oído que el agua de lavar no era buena para las plantas, ya ve usted.
- ¡Qué más da! Si ahora ya no baja ninguna mujer a lavar. Hoy, en todo el día ha bajado una. Hace unos años aquí no cabían. Más de cua­renta mujeres a cualquier hora. Tampoco han pasado frío las mujeres lavando aquí en los inviernos.
El señor Rogelio me dijo que el riego lo llevan en Fuentelviejo por riguroso turno; que el agua no falta, pero que hay que llevar un orden.
- ¿No ve el canalillo que baja por aquí? Pues es un escape del de­pósito. Eso es agua que se pierde.
- Oiga: ¿Por qué se ven tan pálidos los frutales?
- Qué sabemos. Puede ser por exceso de humedad.
Acudió al simpático grupo de tres el cuarto de los hombres de Fuentelviejo, don Antonio Vázquez. Nuestros amigos cuentan y no acaban de lo que el pueblo fue, de sus molinos, de sus fiestas, de sus huertos, de la gente que había cuando se acabó la guerra, ahora diezmada con creces, y de la monotonía actual del vivir cotidiano.
- ¿Y, qué hacen ustedes cuando se aburren?
- Nada. La mitad de los jubilados no saben jugar a las cartas, y la otra mitad no quieren por si les toca pagar. Como yo digo: ¿para qué? si se van a ir cualquier día al otro mundo con todos los cuartos. Después de estas reflexiones, el señor Rogelio y yo nos desafiamos a tirar pedradas a los olmos que haya la otra orilla del barranco. El señor Rogelio sacó una, buena impresión de cómo tira el forastero, y éste a su vez, estaba sorprendido de que, a los ochenta años, un hombre pudiera conservar toda aquella agilidad que guardaba su amigo.
- Pues yo creo que andamos allá, allá.
- A sobaquillo no crea que sabe todo el mundo. Los de ahora tiran así, por arriba, como las señoritas.
El señor Rogelio suelta el agua del estanque y se marcha con el azadón en una mano y la garrota en la otra. Don Eugenio y yo lo hacemos en dirección contraria, hacia el pueblo por la cuesta de la Ventani­lla. Un mozalbete pide la vez gritando desde el pretil y le dicen que puede bajar a regar dentro de dos horas. El señor Ambrosio baja con medio saco de grano a la espalda.
- ¿Qué, al huerto?
- No; voy aquí mismo, a echar a unos corderos que tenemos.
En la plaza invito a mi acompañante a un zumo de limón en un bare­cillo que se llama "La Alameda", muy limpio, que es también algo de tiendecilla de las que tantas veces veo en los pueblos y a mí me gus­ta llamar "de primeros auxilios”. Soledad, la chica del bar, nos invi­ta a una segunda ronda y nos despedimos, definitivamente, cerca del anochecer.
Por la complicada carretera de vuelta, suben ahora algunos vehículos de los veraneantes que vienen al pueblo, o de otros que, pienso yo, han preferido el atajo hasta la Fuente del Cura para ir a Pastrana.

(N.A. Julio, 1983)