viernes, 17 de abril de 2009

HITA


Aunque no sea capaz de encontrar una razón suficiente que lo jus­tifique, debo decir que Hita es un pueblo al que de siempre me produjo cierto respeto acudir. De Hita se ha dicho mucho, se ha escrito mucho. En Hita refulge aún con todo su esplendor una estrella que se encen­diera a principios del XIV y que, a pesar de los siglos, su presencia lo invade todo. La personalidad misma de Juan Ruiz, su tiempo y su obra, surgen allí en cada piedra, en cada arco, en cada alma que te en­cuentras por las calles difíciles de la Hita antigua. De tal manera que, aunque nada pueda haber más lejos de mi intención que hurgar en los complicados manantiales de donde sale la Historia, quieras o no, cuan­do respiras su aire, sales salpicado siempre por la presencia perdurable del Arcipreste.
En Hita, a principios de verano, se comparten hoy el protagonismo de su fisonomía las flores y las piedras: la vida que se va sin dejar poso y la huella de un vivir que se marchó y del que tan sólo queda su espíritu ancestral en bloques de caliza. Una de las calles bajas es todo vergel que la ocupa de parte a parte; luego, como si de un extraño juego de contrastes se tratara, la muralla vieja con piedras remozadas. Bajo la ojiva del arco de Santa María, uno se para a leer lentamente, respetuosamente, los versos sobre el mármol del Arcipreste in memo­riam:

Estrella de la mar
¡Puerto de folgura!
¡De dolor e pesar
e de tristura
venme librar
e conortar ,
Señora, del altura!

-Eso que pone ahí lo escribió el Arcipreste de Hita, pero lo han puesto hace poco. Antes, no estaba.
-Sí, claro, ¿y el arco?
-¿Quiere usted saber cómo era el arco antiguo? Véngase conmigo, que se lo voy a enseñar.
Le obedecí, desde luego, y me fui con él. Aquel hombre interesado en que yo viera el arco original de las murallas de Hita se llama Isidoro y tiene su casa por allí cerca, sólo después de volver unas calles. Junto a la casa donde vive don Isidoro Blas huele a estiércol removido. Están limpiando unas cuadras y el olor se hace insoportable.
-¿Qué le parece? Pues mire, no tenemos más remedio que aguan­tar, no vale quejarse.
La reproducción del arco que don Isidoro tiene enmarcada en el portal de su casa es un dibujo elemental a lápiz de artista novel, que él conserva con cariño frente a la puerta.
-Lo ha hecho un nieto mío, ¿sabe? El chico tiene ahora catorce años, pero dibuja muy bien. ¿Verdad?
-Hombre, para el tiempo que tiene, yo creo que ya está bien, ya. Es la de Hita una plaza en la que no se escatimó el terreno, ni tam­poco tenían por qué. Comienza pasado el arco de Santa María y se va abriendo, campo arriba, con dirección a la parte más antigua de la villa. En la tarde del fin de semana, la juventud que viene a pasar unos días de descanso juega en el frontón, mientras que otros prefieren mirar, sentados a la sombra de los soportales.
-Can you direct me to Arcipreste's house, please?
Sí. Así me lo soltó y se quedó tan fresco. Luego, pude comprobar que aquel señor, cumplidito en tamaño, británico de origen y con una buena cámara colgando del cuello, no cogía ni una en nuestra lengua madre, yeso en Hita parece poco menos que un pecado, aunque, todo hay que decirlo, llevaba en las manos una bonita edición de "El libro de Buen Amor", en castellano antiguo. Con aquel preparativo, nada me extrañó que nuestro hombre y la lady que le acompañaba anduvie­sen de acá para allá buscando la casa de "don Juan Ruiz", que es lo único que en español solían disparar de vez en cuando.
Al subir desde la plaza hasta lo que pudieran ser las afueras allá en lo alto, los ancianos toman el sol en pequeños grupos sentados sobre las piedras que rodean a la poco que queda hoy de una vieja iglesia en ruinas, muy cerca de un hermoso jardín particular, abundante en setos, alibustres y rosales en flor.
-Qué bonito es el pueblo desde aquí. ¿Verdad?
-¡Anda!, pues estamos cansados de decir que es tan feo, ya ve usted.
-¿Qué era eso antes?
-Esto era la iglesia de San Pedro, que desapareció en la guerra. Entonces se destruyó todo el pueblo. Eso que se ve abajo, cerca de la carretera, lo han hecho después.
- Y arriba estaba el castillo, claro.
-Arriba estaba el castillo; sí, señor. Desde ahí se comunicaban en tiempos con el de Jadraque y con el de Torija, fíjese. Por lo menos, eso hemos oído siempre.
Me había aposentado, cómodamente al sol, entre don Lucio Garrido y don Vicente López, dos ancianos que gastaban la tarde, aburridos, sin apenas decirse una palabra. Don Lucio hablaba siempre y don Vi­cente se limitaba a escuchar ya asentir buenamente todo lo que su convecino me venía contando.
-Mire: desde aquí se ven ahora mismo Cañizar, Rebollosa, Trijue­que, Valdearenas, La Torre, Heras, Taragudo, Humanes y Alarilla. Pero si se sube usted al castillo, desde allí se ven más aún.
Tenía razón. El cerro de Hita es un mirador abierto a grandes ex­tensiones de terreno en zonas muy diferentes de la provincia: la Cam­piña tapizada de mies, la Alcarria con sus campos de labor entre los tesos y los tomillares, y la Sierra, oscura desde aquí con el Ocejón por emblema allá a lo lejos.
-¿Queda mucha gente en el pueblo?
-Aquí ya no quedamos más que los viejos y cuatro jóvenes para trabajar. Yo no sé si quedarán cuatro mozos.
-¿Da mucho el campo?
-El campo, cuando se trabaja, claro que da. Aquí se coge grano, patatas y aceitunas, que ahora se dejan perder en los olivos.
-Pronto les llega la fiesta, ¿no?
-Ya pronto, sí, pero no crea, que lo único que da todo eso son disgustos al pueblo.
-¿Por qué?
-Pues porque no se pueden hacer las casas como se quiere. Ponen muchas pegas y por eso no le da a la gente la gana de edificar.
-Pero eso no tiene nada que ver con la fiesta.
-Sí tiene que ver, sí. Mire: para la fiesta, muchos vienen por las chuletas, porque el teatro casi nadie lo entiende. Nosotros no lo enten­demos, y luego, como lo vemos ensayar en la plaza, nos lo sabemos ya.
-Pues yo pensé que estarían ustedes tan contentos con su fiesta.
-Hombre, a nosotros nos gusta ver las corridas de rejones y todo eso, que aquí las han traído muy buenas y no nos cobran, pero ya sabe.
Al final no supe si el bueno de don Lucio y los ancianos de Hita estaban o no de acuerdo con su fiesta medieval. Lo que nunca puede dudarse es de la magnífica labor cultural de su promotor y padre, el profesor Criado de Val, que, directamente sobre Hita e indirectamente sobre la provincia, repercute siempre en favor de unos y de otros.
El valle del Badiel, desde el atrio de la iglesia, aparece en estas fechas con toda su variedad de tonos y de impresiones buscando las puestas del sol. La iglesia de Hita aparece como un alarde de conser­vación en medio de tanta piedra derruida. Dentro de la iglesia está la imagen de Nuestra Señora de la Cuesta, ante la que, según me contaron en el pueblo, y así acredita una especie de sacra que hay sobre el altar, cantara tantas veces sus gozos el propio Arcipreste y que comienzan con aquella estrofa de:

Santa María
Lus del día
Tu me guía
Todavía.

La Virgen de la Cuesta se venera en su talla sedente de madera policromada desde hace siglos y las buenas gentes de Hita, marianas por tradición, la suelen obsequiar con flores en todo tiempo.
De nuevo hacia la parte baja del pueblo, uno contempla con cierta admiración el arco y la cúpula que, sobre las ruinas de San Pedro, se mantienen en volandas de los muros a la espera de cualquier invierno que venga a dar con su armadura en tierra. En la calle de José Antonio, cerca ya de la carretera, una señora mayor riega las flores que por va­riedades y cientos se pueden contar a la puerta de su casa. Antigüedad y encanto, todo un símbolo hoy para esa villa que, acostada al abrigo de un cerro geométricamente perfecto, sigue mereciendo, sin reservas, los respetos y admiraciones de cuantos solemos emplear como vehículo de expresión la lengua del Arcipreste.

(N.A. Junio, 1980)

3 comentarios:

PAZ Manzano dijo...

Orgullosa de mi pueblo Hita, hoy a 1 de Agosto de 2015, ha cambiado mucho y a mejor. No todo el mundo puede decir "yo soy de Hita"

PAZ Manzano dijo...

Orgullosa de mi pueblo Hita, hoy a 1 de Agosto de 2015, ha cambiado mucho y a mejor. No todo el mundo puede decir "yo soy de Hita"

PAZ Manzano dijo...

Orgullosa de mi pueblo Hita, hoy a 1 de Agosto de 2015, ha cambiado mucho y a mejor. No todo el mundo puede decir "yo soy de Hita"