sábado, 25 de abril de 2009

HUÉRMECES DEL CERRO


-¿Tendría usted la bondad de decirme a qué distancia estamos de Huérmeces del Cerro?
-Pues sí señor. Estamos a media hora de camino andando. Con el coche se pone usted en cinco minutos.
-¿Pero toda la carretera está así?
-Poco más o menos. Pista de Concentración, ya sabe. Allá al final yo creo que está un poquito mejor.
Desde Santiuste no hay carretera, sólo un camino de cantos nos une o nos separa del punto final de nuestro destino en esta mañana viajera. En realidad, Huérmeces no tiene su entrada por aquí, sino por Baides, en dirección opuesta. En esta ocasión, y contando como siempre con mi manido mapa provincial de carreteras, debo reconocer que me colé por la escalera de servicio.
La breve tortura se tornaría enseguida en admiración al contemplar desde lo alto del otero, en maravilloso contraluz con el sol de frente, las agrestes risqueras del Lutuero y los roquedales almenados del cerro del Castillo por entre los que pasa el camino. Después Huérmeces, en la vega, escondido como en los cuadros franceses de los impresionistas tras las choperas que bajan siguiendo de cerca el curso del Salado.
Huérmeces es un pueblecito pequeño, pintoresco, afortunado como pocos, con una vega grandiosa que los agricultores siembran de cereal dejando al margen los frutales, olvidando entre las cañas del rastrojo o en medio del verde y el amarillo de los girasoles.
-Bueno sería para huerta, ya lo creo, pero aquí no se da por el clima. De alfalfa y remolacha forrajera, divina, sí señor, lo mejor que puede haber. Lo siembran de girasol y de cebada porque debe resultar lo más cómodo.
Sobre el cielo de Huérmeces planean los buitres en vuelo redondo, majestuoso, entrando y volviendo de nuevo a salir en sus covachas del Lutuero, desafiando la pobre ley en la que nos desenvolvemos los hombres pegados a la tierra. Por las calles laterales a la carretera ladran los perros y gritan los chiquillos del veraneo jugando por las esquinas. En un rincón de la Plazuela hay una señora en cuclillas, ordeñando a dos manos una cabra sobre un cubo de plástico verde. La cabra está entretenida, rumiando sin rechistar mientras le escurren la ubre, como si la cosa no fuese con ella.
-Tranquilo animal, señora, para lo que son otras.
-Mucho. Ya ve usted si se está quietecita la pobre. Parece como si tuviera conocimiento.
En su casa de Huérmeces pasa largas horas de soledad y de apacible descanso junto a los suyos el poeta y montañero Jesús García Perdices. Tampoco hay nadie hoy en casa de Jesús. A través de la verja de entrada se ven bicicletas, hamacas recogidas al lado de la pared, una piscina de goma de las que el agua se calienta al sol, y ropitas de niño tendidas a secar en una cuerda. El sauce tierno y la palmera recién plantada en un rincón comparten la quietud en aquel patio donde el viejo maestro planeará, a buen seguro, sus famosas excursiones de viento y nieve por los parajes más inhóspitos y difíciles de la provincia.
-No, él no está ahora; pero su familia sí que debe de estar. A no ser que, como es sábado, se hayan marchado a Sigüenza. Yo lo conozco mucho. A veces nos gastamos bromas.
Nuestro amigo es un hombre afable, muy atento, de recortada estatura y se llama Miguel, Miguel Toribio.
-Yo puedo acompañarle a que vea el pueblo, no faltaría más. Los amigos de Jesús son también mis amigos, pero antes tengo que subir al ayuntamiento a pagar los arbitrios. Tardo poco.
El ayuntamiento de Huérmeces tiene su sede en una casona de la calle Mayor, cerca de la plaza. A la puerta del ayuntamiento se juntan los hombres en corrillos buscando la sombra. En Huérmeces, como en cualquier otro sitio de nuestra geografía patria que no sea Madrid -usted ya me entiende- los hombres de la plaza miran con curiosidad al desconocido, que, dicho sea de paso, nunca adivinan quién es y mucho menos a qué va por allí, y, si la cosa se pone a tiro, montan una chirigota a costa suya.
-Bueno, pues ya estoy aquí. Ya le he dicho que tardaría poco. Vamos a empezar a ver el pueblo por esta parte de la Plazuela y por las Eras.
-Oye Miguel -le dice uno. ¿Por qué no le subes adonde nace el búho?
El búho nace a la caída de las peñas del Castillo, mientras que los buitres y los quebrantahuesos crían en los riscos del Lutuero, por debajo de los banderines que mueve el viento clavados sobre la misma cumbre.
-Este año han debido criar por lo menos tres parejas. Con unos anteojos se ve desde aquí muy bien cómo entran y salen de los nidos. Aquellos banderines los ha puesto un chico de aquí que es maestro. Cada año pone uno.
-Al entrar al pueblo he visto algo parecido a una plaza de toros hecha de madera. Se conoce que también hay afición.
-¡Calle, hombre, calle! Si este año se les ha escapado la vaquilla.
-¿Cómo ha sido eso?
-Pues resulta que para San Blas, que aquí lo celebramos en agosto, todos los años han traído un toro; pero este año debieron pensar que sería mejor una vaquilla, porque se puede sacar por la calle y hacer más fiesta. Pues nada, no sé lo que pasó a los mocetes, que si una tabla mal puesta o qué sé yo, la cosa es que se les escapó y se fue del pueblo.
-Si ya iba la fiesta en buenas, menos mal.
-Qué va. Se les escapó el primer día por la mañana. Y no crea que han podido dar con ella, que nadie la ha vuelto a ver.
-¿Tienen ustedes ayuntamiento propio?
-Sí, sí, y alcalde y todo, como siempre. Quisieron agregarnos a Mandayona, pero no nos dio la gana. Luego se pensó hacerlo entre todos los pueblecillos de la comarca y tampoco hubo acuerdo, porque, claro, los de Baides querían que estuviera el ayuntamiento allí, y eso no puede ser. Si aquí hay en invierno mucha más gente que en Baides.
-Qué bonita es toda esta parte alta de la vega. Las tardes por aquí deben de ser una delicia.
-Pues querían hacer un pantano aprovechando los dos cerros, pero parece que por fin lo van a hacer en El Atance. Por lo visto no resultaron bien los sondeos. Dicen que por entre las peñas hay una cueva muy importante y se les escaparía el agua. No sé.
Desde las Eras, bordeando la vega de la Retuerta, fuimos a parar a la calle Real. Linderas aquí con el campo, uno se encuentra a cada lado viviendas confortables que tienen adosado muchas de ellas un pequeño huerto, cuyos dueños, gentes de la tierra casi todos, cultivan con especial cuidado.
-¿A que no sabe usted lo que son esas plantas?
-Éstas son fresas. Esas otras no lo sé.
-Pues esas otras son cacagüeses.
-No me diga. Si eso sólo se cría en sitios cálidos
-Pues ya ve usted, yo puse un año unos pocos y la planta se crió bien, y salieron muchos con su cáscara y todo, pero sin grano dentro. Estaban vanos y hubo que tirarlos.
Las judías y las patatas, en cambio, llevándolas bien dan un cosechón en los huertos de Huérmeces, pero no son seguras. El huerto de Pablo es un vergel en el que hay de todo. A Pablo Mora, hortelano y vecino de la calle Real, se le escapan las tortugas del huerto con la misma facilidad que lo harían las anguilas de las manos del pescador.
-Pues no es broma, no. Yo creo que se me han ido por lo menos tres. Y es al río adonde se van. Se conoce que las muy ladinas lo sacan por el olor, y se escapan buscando el agua.
-¿Qué les da de comer?
-Esas comen de todo: bichos del huerto, caracoles que les gustan mucho, tomates y desperdicios de la casa. Cuando barruntaban que iba a llover, ya las veías por el huerto.
Al término de la calle Real se sale a la carretera de Baides. Más abajo se distingue solitaria la espadaña de la iglesia al otro lado de los olmos. Me despedí de Huérmeces y de mi amigo el señor Miguel en la Plaza Mayor, cuadrada y recoleta, que aún sostiene por encima de la fuente el andamiaje que utilizaron los músicos en la fiesta de San Blas.
Me fui de nuevo por la pista de Concentración que en unos minutos me llevó a Santiuste y a la carretera de Soria. Por debajo del Lutuero -es una experiencia que sobrecoge- se ve volar sobre nuestras cabezas una bandada de buitres que se dejan caer desde lo alto de las peñas, con la misma soltura y suavidad en el aire que los peces en el remanso tranquilo de un arroyo.

(N.A. Septiembre, 1982)