viernes, 3 de abril de 2009

GAJANEJOS


Gajanejos tenia hasta hace muy poco pastando en las afueras un burro pardo con la lomera en arco. Siempre que pasaba por allí me daba mucha pena el asno con su desgracia. En Gajanejos, los burros y las mulillas de los campesinos pasan la mitad de su vida pastando en las rastrojeras y en los herbazales que limitan, a derecha e izquierda, la nacional II.
Nos disponemos pues, tomando todas las precauciones para salvar el tráfico, a colarnos por primera vez en este singular pueblecito de la provincia que ciento de veces pasamos de largo sin parar en él. Pudiera ser Gajanejos algo así como el faisán, único y espléndi­do, que figura en el rústico gallinero de los lugares que dan carácter a la Guadalajara total. Desdice, ciertamente, su estampa monótona con tanta villa pintoresca como tiene a su alrededor. La razón le salva. Gajanejos, allá cuando apuntaba la primavera de 1937, fue demolido hasta los cimientos como consecuencia de la guerra en la llamada "Batalla de Guadalajara", famosa por el encuentro sangriento entre los voluntarios italianos y las fuerzas de la Segunda República, de ne­fasto memorial para propios y extraños. Años más tarde, la Dirección General de Regiones Devastadas lo volvió a levantar de nuevo. Un pue­blo con rigurosa uniformidad, de calles anchas y rectas como velas; de coberturas medidas con el mismo rasero, de viviendas achaletadas, donde la caliza de picapedrero en las esquinas deja acá y acullá la pobre impresión de su juventud excesiva, de su formato oficial, de su trazo relamido.
- Fue terrible lo que pasó aquí. El pueblo lo volaron enteramente. No estaba en este sitio donde lo tenemos ahora. Estaba más hacia el Picarón, como mirando al barranco. El nuevo lo trajeron más para el llano.
- Los mayores todavía recordarán las horas del bombardeo.
- Yo tenía seis años y aún me acuerdo. Nos fuimos de aquí a donde nos quisieron llevar, unos a la provincia de Cuenca y otros a esa parte de Valdesaz y Caspueñas. A nosotros nos trasladaron a Atanzón, y luego ya nos vinimos más cerca para llevar las tierras desde los pueblos vecinos. Las viviendas nuevas nos las entregaron el año 54.
- ¿Se hicieron pronto a vivir en este tipo de casas, tan modernas y tan iguales?
- ¡Hombre, qué remedio! No nos resultaron muy cómodas, pero son bastante hermosas y nos vinimos a gusto. Lo peor es que no iban adaptadas para agricultores. Durante treinta años estuvimos pagando un poco de renta, ahora ya no pagamos nada, ya son nuestras, y el que quiere va haciendo obra por dentro y la pone como mejor le convenga.
- ¿La carretera general tan cerca, les favorece o les perjudica?
- Nos favorece porque estamos muy bien comunicados. Lo que pasa es que, como la ensanchen para hacer la autovía, nos va a quitar qué sé yo cuantas hectáreas de lo mejor del término. Según dicen ya es un hecho.
Como don Antonio Bermejo me indicó que no me perdiese el espectá­culo de asomarme al valle del Badiel desde las ruinas del pueblo vie­jo, me fui acercando poco a poco, oteando esto y catando aquello, ha­cia los llanos de las eras cruzando antes, como es preceptivo, la Plaza Mayor.
Se encuentra la plaza justamente donde acaban las acacias de la calle Mayor. Lo mismo que el pueblo todo, la plaza que es su centro se ofrece al visitante como una muestra perfecta del modernismo rural, de la construcción sin historia: ayuntamiento arqueado de piedra con aristas, balcón corrido y un reloj municipal formado por doveli­llas en redondo, de perfecta caliza, pero sin hora y sin agujas. A su costado la oronda espadaña de la iglesia, altiva, simétrica, indefectible, perfecta, luciendo su doble campanil de bronce a la luz fría del último sol. Bajo los arcos del ayuntamiento hay coches aparcados, uno en cada arco, como abeja en panal.
Cuatro señoras con un pequeño en silla de niño recogen la labor junto a la barbacana de la iglesia cuando la tarde se despide con una luz rojiza del poniente que barrunta fríos. Al construir la nueva iglesia de Gajanejos se quiso tener en cuenta las formas románi­cas de su predecesora, y ahí vemos las serias cristaleras policro­mas del ventanal coronado en arco, las columnas de imitación que agracian, los modillones y los contrafuertes que cercan alrededor la forma poligonal del ábside orientado al saliente. Todo ello, claro está, con medios y materiales de hace tres décadas.
Un señor alto, con cara de poca salud y barbas descuidadas, es­tá sentado en meditativa actitud, como somnámbulo, sobre los bordes de la Fuente del Tejadillo. Se ve que no es una fuente natural, de manantial que brota de la tierra, sino de aquellas otras que manan o no a voluntad de quien maneja la llave de paso. En este momento la fuente está seca, como si no hubiera tenido agua desde hace muchos años.
El pueblo de Gajanejos y sus ciento veinte habitantes viven y duermen arrullados por el runrún continuo de los camiones y de los automóviles que circulan por la general. La pavimentación es llana con meticulosidad, mientras que los esquinazos de sillar en las ca­sas cortan el soplo de los vientos que suben de la vega produciendo al chocar un silbido adormecedor y plañidero. Hay un hombre jo­ven, vestido con mono de faena que me mira al pasar desde la portona metálica de un almacén. El hombre me ha dicho que aquello son las eras, donde los de antes sudaban la gota gorda para sacar el pan de los haces de mies, que ahora las cosas son distintas.
- ¿Y esta torreta que tienen en mitad?
- Ese es el depósito de las aguas. Lo hicieron con arreglo a como está hecho el pueblo. La verdad es que parece otra cosa.
- Pues sí, un observatorio meteorológico o un estudio de pintor, diría yo.
- Si se acerca hasta la caída del cementerio va a disfrutar con lo que se ve desde aquel morro. Ahí tiene un buen viso.
En Gajanejos llaman viso al mirador desde donde se alcanza a ver una porción inmensa de terreno variadísimo, que en realidad es su verdadero nombre. Desde el viso se advierte en el barranco a nuestra de­recha, casi al alcance de la mano, el monasterio benedictino de las monjas de San Juan Bautista de Valfermoso, donde la comedianta, aman­te del rey Felipe IV, Juana Calderón, “La Calderona”, pro­fesó de religiosa. Más al poniente, aguas abajo, Utande, la villa badieleña de San Acacio, y, como deleite sin par para la vista, la ex­tensa hondonada de rastrojos y caminos, de choperas alineadas y oli­vares chiquitos, de aparatosos declives de tierra blanquecina que di­bujan la primera Alcarria, por cuyo fondo desciende el hilillo vi­tal del arroyo que más abajo regará los huertos familiares de Muduex y del propio Utande.
A impulsos del lívido atardecer que apunta por Somosierra, sube el viento frío de la vega a rizar los cardos y a mimbrear en las puertas de las cuevas el ponzoñoso ramaje de las lechiternas.
Regreso por las ruinas del pueblo viejo en donde crecen las zarzas. Montones de piedras donde los más antiguos del lugar bajan de tarde en tarde a recordar la morada dulce de su juventud que asoló la guerra. Tres o cuatro perros guardianes salen a mí ladrando agresivos de una casa solitaria que hay por las afueras.
- ¡Mora, calla! -le dice la dueña a la perruca con peor humor.
Por lo que he visto antes y por lo que veré más tarde, llego a la conclusión de que en Gajanejos hay muchos perros enfadadizos. Una máquina de aventar se muere, poco a poco, bajo la tapadera de un chamizo de uralita. Al rato me mira sonriendo una señora que hay sentada sobre el poyo de una casa.
- ¿Qué hace usted --le digo-- tan sola ahí. No ve que hace frío.
-¡No hable, que no oigo nada! -me ha dicho señalándose los dos oídos con sus dedos índice.
Las acacias, en ese momento justo que abre paso a la anochecida, están plagadas de gorriones bullidores que acuden a buscar cama. La acacia es el árbol oficial de Gajanejos.
En la calle del Horno, ya extramuros, se ven algunos edificios con entrada en arco y columnata de reciente hechura como los demás, y a punto de hundirse. E1 interior es un dechado de ruina y de abandon­o. Por lo que puedo adivinar son la fragua de fundir hierro y el horno del pan. En el horno hay tirada en el suelo una trilla de pedernal con la dentadura mirando hacia arriba; a falta de nada más convincente que lo explique, pienso por un instante si será el dormitorio secreto de algún fakir de la Alcarria, que acude, una noche sí y otra, también, a rascarse las costillas con el sílex cuando nadie lo ve. La respuesta, por supuesto que no la sabré nunca.
Vuelvo hasta la plaza sin luz apenas. Como todos los que conozco, el pueblo se ha quedado mudo al caer de la noche. Durante mi paseo por Gajanejos he visto señaladas las esquinas con mosaicos amarillos y letras escritas que dan nombre a todas las calles: Real, de la Ermita, calle de la Solana… En la esquina de la Plaza con la Calle Mayor hay un barecillo que es tienda al mismo tiempo. Sobre la pared se anuncia con letras claras ante el soportal: “Bar Alcarreño. Estanco”.
- Una cerveza, que no esté muy fría, por favor.
Es una habitación recortada, con mostrador y aparato de televisión. En los basares se ven algunas botellas de licor, unas cuantas latillas de conserva apiladas y poco más. Me sirve una señora que se limita a poner la cerveza sobre el mostrador y un vaso de cristal limpio.
- Todo lo que tenemos es frío, o del tiempo. Con el vaso se le calentará algo. En este tiempo no sabe uno qué hacer con la cerveza.
Salimos con las luces eléctricas encendidas y con las estrellas punteando la noche. Hace frío. El regreso a la capital desde Gajanejos es breve y cómodo. Media hora escasa, contando con el exceso de tráfico, nos devuelve a nuestro lugar de partida en nocturnidad casi total. El otoño, con tendencia a apresurar la oscuridad acortando la tarde, ha pintado de tinieblas el mosaico de colinas y de valles de la Alcarria más próximos a nosotros. El cuerpo busca descanso.

(P.M. Noviembre, 1985)