jueves, 30 de abril de 2009

ILLANA



Siempre que se pretenda conocer en toda su variedad las tierras de la provincia es aconsejable, imprescindible, diría yo, colocar al pueblo de ll1ana en un lugar bien visible. Por ll1ana, que es Guadalajara, corren aires manchegos que le distinguen ya desde sus inmediaciones. Se llega al pueblo entre campos de olivos que nos siguen durante algún tiempo y tierra de labor a ambos lados de la carretera. En la plaza de ll1ana hay gente a cualquier hora, como corresponde a un pueblo que casi alcanza las mil almas, aunque cualquiera sabe que hubo un tiempo en que superó las dos mil. Los mozalbetes pelotean con un balón de cuero bajo el arco del Puntío y un camión, que acaba de llegar de Levante, se pone a vender fruta al lado de la fuente. En unos escalones que hay a la entrada del Ayuntamiento, tres ancianos, dos hombres y una mujer, esperan impacientes a que se abra la puerta.
-Estamos esperando a que venga la secretaria a pagarnos. Si no se cobra, no se puede vivir. ¿Viene usted a llevarse la contribución?
-No; no, señor. Ni mucho menos. Vengo a ver el pueblo.
La fuente que hay en el centro de la plaza de ll1ana es redonda y amplia; una fuente sin límites que se abastece con unos chorros finos que miran a los cuatro puntos cardinales y se alza en una farola de metal que se abre también en cuatro brazos.
-Pues si quiere usted ver al maestro tiene que subir a las casas de las escuelas. A lo mejor está en el bar, echando la partida.
Y allí estaba. Mi amigo Félix Baquero jugaba en el bar su partida de tu te de la tarde. Con él, unos cuantos jubilados del pueblo, peritos todos ellos en el juego del naipe, según pude comprobar en los escasos minutos que estuve de espectador.
-Aquí, el as de las cartas es don Félix, pero de cuando en cuando también le ganamos.
-¿Se enfada?
-¡Que va! A nadie nos gusta pagar, pero cuando nos toca, nos aguantamos.
-¿Qué se juegan ustedes?
-Nos jugamos el café, y así pasamos el rato.
Me lo contaba don Cirilo del Saz, que en aquella ocasión le tocó perder. Para don Francisco Martínez, las cosas habían rodado mejor.
-Yo era albañil, pero me ha gustado mucho la música. Aquí tuvi­mos la mejor Banda de la contorna, y se deshizo por falta de cuartos.
-¡Hace mucho tiempo?
-Yo creo que se fundó en el año 12 y se deshizo en el 26. No crea, que llegamos a estar más de cuarenta músicos, aunque en activo sería­mos unos cuantos menos. Yo tocaba el requinto y no lo hacía muy mal.
-¿Por qué no la vuelven a rehacer?
-¿Ahora? Si dices eso, se ríen de ti. No ve usted que somos todos ricos. Esas cosas ahora no tienen importancia.
-O sea, que prefiere usted aquello.
-Entonces había poco dinero, pero mucha alegría. Comíamos mu­chos corderos, que ahora los vemos de tarde en tarde, y cuando lle­gaban los mayos, que ahora es el tiempo, se acompañaban con bandu­rrias, laúdes, guitarras, violines...¡Menudo era aquello!
Dejamos la habitación del bar de Illana con su ventana Que da a la plaza y su estufa de leña en mitad pintada de purpurina. Mi amigo Félix. Que lleva en el pueblo cerca de veinte años, me contó algunas particularidades de la vida local.
-Este es un pueblo agricultor de mucha solera. Se vive del cereal y del olivo. Antes -yo de esto no me acuerdo-, debieron ser famosos los vinos que aquí se hacían y que se deben haber hecho hasta hace poco.
-Habrá mucha maquinaria.
-Sí, sí. Para la agricultura, hay de todo; y tractores, pues casi uno en cada casa.
Con sólo cruzar la plaza desde el bar donde se quedaron nuestros amigos, se llega al pie de la iglesia. Es una enorme mole de sillería bien conservada, que debe proceder no más allá del siglo XVII. Dentro de la parroquia de Illana los ojos se van de inmediato hacia el retablo de su altar mayor, que se eleva metros y metros, ocupando por completo la pared frontal en un juego armónico de contorsiones barrocas y ma­dera vista.
-¿Qué altura tiene el retablo?
-No lo sé exactamente, pero debe andar cerca de los veinte metros. Don Alejo, el joven sacerdote de Illana, me pasó a ver la sacristía, que queda en una habitación contigua al altar mayor. Allí se conserva la argolla de hierro tosco con que los moros tuvieron amarrado al ge­neral Navarro por aquellos años de primeros de siglo, y que él, una vez liberado, ofreció como obsequio a un buen amigo de Illana en acto muy solemne, que todavía se recuerda. En otro lugar de la sacristía, la imagen menuda y bella de su patrona.
-Esta es la imagen de Nuestra Señora del Socorro, patrona de Illana. Celebramos su fiesta el 8 de septiembre. El patrón es San Roque.
No quiero pararme a pensar si será o no correcto el sacar a la luz que éste ha sido mi segundo viaje aIllana. Quizás por razones que rayan la intimidad debiera callarlo, pero si con ello puede uno mani­festar públicamente su gratitud a un hombre bueno, diré que la vez an­terior fue el 7 de mayo del 66, y que llegué por mi pie, sangrando por todo el cuerpo, después de un accidente de moto en la carretera de Tarancón. No he olvidado cómo al preguntar a dos niños por la casa del médico, se marcharon asustados, sin contestar. Al momento, de­jando la comida de una boda a la que estaban invitados, don Eleuterio, el médico, al que acompañaba mi amigo Félix, cosía en vivo las heridas de carne abierta y me devolvía a mi casa con su propio coche, en un servicio gratuito. Ni qué decir que el saludo, después de catorce años, y con el mismo Félix por testigo, fue un abrazo.
-¡Qué susto traías! ¿Lo recuerdas?
-Claro que lo recuerdo. Muchas veces.
Don Eleuterio Revuelta se jubiló por la edad hace dos años y allí continúa, en su propio pueblo, donde yo creo que ha conseguido lo más difícil: ser profeta.
-¿Cuántos años aquí de médico?
-Pues, prácticamente, toda la vida. Empecé en el año 35.
-Le ha creado su pueblo problemas de tipo profesional alguna vez?
-No; no me ha creado problemas profesionales nunca. He estado aquí muy bien.
-¿Es su pueblo propenso a algún mal determinado?
-No. Así, de tipo endémico, no hay nada. Durante unos años me dieron mucho quehacer las fiebres de Malta, pero ya se pasó.
Don Eleuterio nos invitó después en otro bar de la plaza donde pasamos un rato de conversación coincidiendo con la caída de la tarde. Cuando, pasados los días, uno recuerda desde lejos sus horas de Illana -unas y otras-, siente deseos de volver y piensa que lo hará con mayor frecuencia que hasta ahora lo hizo. Son razones que re­claman una obligación a cumplir como consecuencia.

(N.A. Abril, 1980)