viernes, 1 de mayo de 2009

IMÓN



Al menos por su situación geográfica dentro del entorno total de la provincia, Imón no es para mí ninguna novedad. Hace años que, por encontrarse en la mitad justa del camino que separa a Sigüenza de Atienza, he cruzado por él en diversas ocasiones, si bien nunca alcancé a ver más allá de la parte del pueblo que queda junto a la carretera. Cuando al venir de Sigüenza se llega allí, bien entrada la tarde, hiere la vista el sol al reflejarse en las albercas donde el agua se evapora, lentamente, hasta dejar en el fondo el manto blanco de la sal que con­tenía formando parte de su primitivo ser y que con procedimientos similares a los de hoy, se viene extrayendo en aquel mismo lugar desde mediados del siglo XII.
Si dejamos a un lado las salinas, consustanciales siempre con la vida de Imón, el pueblo en sí es uno de los que tienen más al descubierto la llaga de la desconsideración. Subiendo por las calles empinadas que van a parar junto a la iglesia, en el barrio alto, se ven infinidad de casas que, víctimas del abandono, se vinieron abajo. Casas reducidas a es­combro, a montones de teja y de piedras sueltas entre las que es fácil encontrar palitroques que se han ido pudriendo bajo las aguas y las nieves de muchos inviernos, y que hoy se ocultan entre las ortigas y los yerbajos que crecen a su alrededor.
En la parte baja del pueblo hay, a lo largo de la carretera, pequeños huertos de familia que los vecinos suelen cuidar con esmero. Huertos en los que, con una extensión no mayor de los trescientos metros cua­drados, se cultivan patatas, lechugas, cebollas, judías y tomates, distri­buidos en pequeños cuarteles a la sombra de álamos, de mimbres y de sabucos. A la caída del sol, José Antonio Moreno, que es rubio y como tal se le conoce, remueve con la legoncilla unos surcos de tierra mullida.
-Pues ya ve usted. Este era un pueblo muy majo y al final se ha quedado en cincuenta vecinos.
- ¿Cómo han dejado hundirse tantas casas?
-Las casas se han hundido por eso, porque no hay vida. El más joven de los casaos del pueblo soy yo y no sé si pasaré aquí muchos inviernos. Me tendré que ir a Sigüenza. Aquí no hay escuela. Tenemos en el pueblo cinco chicos que se los llevan todos los días en un coche con otro de Cercadillo, y digo yo que, al ser tan pocos, eso del trans­porte se tendrá que acabar también. ¿Qué hacemos, entonces, con los hijos? Pues ya sabe: irnos de aquí. Este pueblo ha perdido mucho.
- ¿Tiene usted muchos niños?
-Pues mire: el caso es que he tenido cinco y no me queda más que la mayor. Se me han ido muriendo todos, porque mi mujer y yo tenemos eso de la sangre igual. A una chica le faltaba la mano, y los mellizos, si no se mueren, hubieran sido faltos. Así que ya ve usted.
José Antonio Moreno, el "Rubio", debe andar rondando los cua­renta y trabaja de obrero en las salinas; no en las de Imón, sino en las de Juan Callado, en la Olmeda.
-Aquí, los jóvenes vivimos de las salinas, y los viejos, de la jubi­lación.
-¿Y del campo no?
-No. Aquí el campo no se trabaja para el caso, y el ganado, casi tampoco. Los huertos son para el gasto de la casa y para entretenerse un poco por las tardes, después de venir del trabajo.
-¿Qué río es ése que hay cruzando la carretera?
-Ese que va por ahí abajo es el Salado, que luego pasa por Santa­mera y por Huérmeces. Creo que va a morir por tierra de Baides.
La calle principal del pueblo, y para los efectos la única calle de Imón, se llama Calle Real. Así me lo contó don Fernando Rodrigo, que pasaba la tarde sentado en el poyo de piedra que haya la puerta de su casa.
-Sí. Por lo menos cuando yo vine ésta era la Calle Real.
-¿No es usted de aquí?
-No, señor. Yo soy de Villacorza, un pueblo que se ve desde ahí abajo.
-¿Hace mucho que vino?
-Hace siete años. Yo he vivido cincuenta y dos años en Madrid trabajando en la construcción y luego en una portería de la calle Narváez. Pero, al final, aquello me venía ya grande. Se está mejor aquí, con tanta tranquilidad.
Llegó después don Román Lucio, también de edad avanzada y que al parecer ha pasado toda su vida en el pueblo.
-¿ Qué tal se vive en Imón, señor Román?
-Pues ya ve usted; tenemos ratos buenos y malos, como en todas partes.
-¿Qué es lo peor del pueblo?
-Pues yo no lo sé, pero a mí no me gustan los inviernos, que tiene uno que estarse en casa, sin salir a ninguna parte.
-¿Y lo mejor?
-Lo mejor que tiene el pueblo es cuando se sale por el campo o la taberna, que también vamos de cuando en cuando.
En la Calle Real hay edificios antiguos cargados de interés. Al lado de una casona que se deja caer sobre dos columnas de madera vieja por todo apoyo, hay otra con cierta traza señorial que tiene en la mitad de su arco de entrada un extraño escudo esculpido en la piedra. El escudo, que nunca se diría de armas, lo componen: una herradura, unas tenazas, un clavo de herrador, un martillo y un pujavante; es decir, todo el utillaje preciso para herrar caballerías y que, junto a la fecha 1784 marcada en su parte baja, aparece allí, un poco curiosidad y otro poco obra de arte.
-Ahí dicen que vivió hace muchos años un veterinario que ponía herraduras a los animales.
A lo largo de la Calle Real, los jóvenes veraneantes azuzan a una pareja de galgos que se la cruzan de dos zancadas detrás de las piedras. A mitad, en un ensanchamiento rectangular, con sólo tres caras, como la de Pastrana, está la plaza. Desde el pretil de piedra de la plaza veo pasar, chaqueta al hombro, al Rubio, que vuelve de la huerta comiendo hojas de lechuga.
-No irá usted a denunciarme, ¿verdad?
-No, señor. Ni mucho menos. Yo no denuncio a nadie.
Era el dueño de un camión aparcado en la plaza, que, al verme to­mar notas, cogió su vehículo y se marchó de allí. Antonio Muñoz, el joven camionero, cargaba después un tractor averiado en las afueras, junto a las huertas del río Salado.
Cuando quise bajar a las salinas ya se había marchado el sol. En esa hora justa del crepúsculo, el agua de las albercas dejaba clarear en su fondo los sedimentos de sal y, desde la carretera, con las últi­mas luces de la tarde, se veían las balsas como grandes azulejos de plata nacarina y de cristal esperando la hora de las estrellas.
Don Hermenegildo Sanz y unas cuantas señoras habían pasado la tarde sentados junto a un almacén que tiene pórtico, tejadillo y colum­natas como las ermitas, pero más grande. Don Hermenegildo ya no vive en Imón y le gusta recordar todas sus cosas.
-Yo, este almacén siempre lo he conocido así. Antiguamente, te­nían un molino de sal y un muelle en la puerta para cargar. Ahora pasan los camiones dentro y ya no es igual.
-¿Cómo recuerdan ustedes las salinas?
-Cuando éramos chavales había en las salinas una máquina de vapor que producía toda la corriente necesaria para subir las vagonetas al montacargas. Sacaban el agua de los pozos con norias; luego, con motores de gasolina, y ahora, desde hace un par de años, lo han debido electrificar.
Estaba comenzando a anochecer y ya no quedaba nadie en las sali­nas. El señor Carbellido, su cuidador de siempre, y todos los obreros se habían subido al pueblo hacía un buen rato. Le vi después en la taberna de la plaza donde agotaba la tarde y la botella de cerveza charlando con otros cuantos que, como él, habrían acabado los trabajos del día.
Con las últimas luces me marché de Imón. Un pueblo tranquilo que, al margen del río Salado, contempla su final, más o menos próximo, a no ser que las cosas cambien mucho, tanto como para devolver la vida y la gente a un pueblo que se quedó sin ella.

(N.A. Agosto, 1980)