domingo, 17 de mayo de 2009

MALACUERA


Atrás quedaron las irregularidades mil de un invierno en el que hubo de todo, la primavera se acaba de imponer definitivamente con todas sus consecuencias en tierras de la Alcarria. Estos parajes, agrios por naturaleza, de Brihuega, de Cifuentes y de Pastrana, acusan como po­cos la llegada de Abril.
Una bandada de jilgueros atraviesa delante de mí el camino de paso a la entrada misma de Malacuera. Los últimos frutales en flor contrastan con los campos rasurados del tardío y con las laderas fragosas de las montañas que bajan en pendiente. El mundo por aquí comienza a revivir con el fin de semana y el griterío de los chiquillos se hace patente en la serie ordenada de chalés, todos con techumbre en piedra de pizarra, que hicieron a este lado del puente. Pasado el barranco se accede de inmediato a la plaza del pueblo.
Malacuera es un pueblo chiquito, en donde mandan los cerros y la naturaleza se desenvuelve a su antojo en torno a las pocas casas en las que vive la gente. Cómodo paraíso para el solaz, descubierto en buena hora por los aborígenes que han tenido a bien salpicar sus alrededores con vistosas casitas de recreo, donde dan escape a sus horas de ocio después del tráfago de las ciudades en las que habitan.
En la plaza de Malacuera los ancianos se sientan mirando al sol sobre un poste de teléfonos que hay tendido en horizontal entre dos piedras. La tarde al fin se ha cargado de nubes y la plaza del pue­blo se ha quedado completamente sola. Junto a la plaza hay alguna que otra vivienda con muros de entramado y las más enjalbegadas teñidas de riguroso color blanco. Por todas partes la cerca montañosa de los tres cerrucos que guardan al pequeño lugar desde la mañana misma de sus orígenes: Los Coloraos, la Cuesta de la Cuesta de la vega y la Cabaña del Tío Rafaelita, todos ellos achaparrados y de color plomo, de áspera piel de aguijón como lo es la piel de la Alcarria.
Detrás mismo, saliendo con dirección al cementerio, hay una em­palizada de maderas, a modo de corral en ruinas similar a los que emplean los americanos para filmar las películas del Oeste. Uno piensa que pudieran ser los restos de la plaza de toros que la gente im­provisa para la fiesta de la Merced. Por los bajos del camposanto hay dos mulas pastando con interés y con toda paz los ternascos de vallico que brotan en los zopeteros. Por el pueblo, solamente se oyen a la caída de la tarde los lejanos ladridos de los perros y el gritar de los chiquillos por las casas de las orillas, estampa rural de otros tiempos en la que tantas Veces se recreara en su Moguer de los primeros años, el autor de Platero.
El cementerio también es pequeño, como todo, y digno, como todo. Se asegura con puerta metálica de verja que cierran con medio metro de alambre bajo cruz de forja. En el cementerio hay unas cuantas cruces adornadas con flores de plástico, alguna lápida posterior con limpios epitafios y brillantes mármoles, y tres o cuatro olivos paliduchos con savia de muerte. Al pie del tapial de fondo se ve una fosa abierta, pues quizás mañana sea de entierro.
-No señor, es para un señor que está enterrado en Alcalá y tras­ladan aquí sus restos.
En el esquinazo de una casa ya en las afueras dice "Calle Real". Otro azulejo junto al anterior tiene escrito "18 accesorio”. Este último sí que no lo entiendo. Más abajo hay tres señoras y una niña viéndome deambular, mirándolo todo.
- Buenas tardes ¡Qué tranquilidad¡
- Si señor, mucha tranquilidad. Como somos pocos... y hoy, todavía han venido bastantes de fuera.
- ¿Cuántos son pocos?
- Pues once. Nada más que once somos de fijo.
- El que tengan a Brihuega tan cerca es una suerte ¿No?
- Claro que lo es. De algo nos vale. Para todo tenemos que ir a Brihuega, son tres ki1ómetros los que hay. A comprar, a los pagos, al médico, para todo nos tenemos que escapar a Brihuega.
Las tres mujeres con las que me encuentro en las orillas del pue­blo son: doña María, doña Benita, y otra más joven que se llama Mercedes. La niña, dos años y medio, no más, se llama Maria Peña.
- Como la Virgen de Brihuega. Nosotros -explica Mercedes, que es su madre- vivimos en Alcalá.
Ahora pasan por detrás de nosotros en comisión una cuadrilla de chavales que bajan a jugar al barranco de los huertos.
chavales que bajan a jugar al barranco de los huertos. Los chicos que vienen a Malacuera los fines de semana tienen cara de listos, y toman el pueblo con verdadera codicia.
- Esos, cuando vienen aquí no hay quien les haga entrar en casa. Lo bonito es para la fiesta de la Merced.
- El 24 de septiembre, como en Barcelona.
- Ese es su día verdadero, pero nosotros la celebramos el fin de semana más próximo al día de su fiesta.
- Pues muy bien.
- Tenemos vaquilla; hacen tortas, y rifas, también se sacan los ca­bezudos, que están muy viejos los pobres, y se invita a sardinas a to­dos los que vienen de fuera. Para ser un pueblo pequeño tenemos una fiesta que llama la atención.
La señora Benita se aparta unos instantes a descolgar la ropa que tiene tendida en la cuerda y vuelve en seguida.
- Es que parece como si cayeran gotas.
Lejos de los inconvenientes que no le deben faltar, Malacuera tiene la ventaja, de carecer de distancias. La iglesia, aún situada en el centro del pueblo, está de nosotros al volver de la es­quina. En mitad de una calle más bien estrecha, mas larga que las otras, y, con diferencia, la mejor con la que cuenta y la más impor­tante de las que yo recorrí. Tiene unos arcos de acceso bajo cobertizo levantados de ladrillo. Resulta curioso el saliente a la calle del escaso portal, ocupándola en una buena parte.
- Quedó muy bien. Con la ayuda económica de la gente nos dejó don Antonio, el cura de Brihuega, una iglesia muy bonita. Pequeña, ya lo verá, pero muy hermosa.
Detrás hay un callejón que sigue la espadaña: "Calle Oscura'. El callejón da al barranco apenas se aparta uno veinte pasos por detrás El arco de piedra sillar por el que entramos es sencillo, sin complicaciones ornamentales de ningún género, la mar de simple. La iglesia llama la atención por su pequeñez. Pienso que no supere los cincuenta metros cuadrados de superficie total. Hay, como fondo del escaso presbiterio, un retablo barroco sin demasiadas pretensiones que alguien pintó de colores fuertes y demasiado vivos, que restan seriedad al gusto estilístico conque se pudiera concebir a principios del siglo XVIII. “Se dor6 en 1728" dice en una oquedad semioculta del lado del Evangelio. "Se restauró en 1958", consta en su correspondien­te lateral de la Epístola.
- Esa imagen, supongo que será la de la Merced.
- Sí señor, esa es nuestra patrona.
- No se parece en nada a la de Barcelona, ya ve usted.
- Bueno, eso no importa. Esta es la de aquí, y bien guapa, mírela.
- También tienen dos imágenes casi iguales de San Sebastián, señora Benita.
- Claro, es que en guerra escondieron al que teníamos entonces; pero, se conoce que lo guardaron tan bien, que luego no aparecía. Compraron otro y al final salió el antiguo. Así que, claro que tenemos dos.
Si algo merece el recogido templo parroquial de Malacuera son pala­bras de elogio: limpieza, comodidad, y llamada al recogimiento. Otros dos retablos de escaso valor lucen sus correspondientes imágenes dedicadas a San Antonio y al Santo Cristo. ­
- El Cristo ¿de qué?, señora Benita.
- De nada. El Santo Cristo. ¿Le parece poco?
Mercedes levanta a su hija Mari Peña para que le bese los pies y luego le dice que rece el "Jesusito de mi vida". La niña, por la cara que pone, parece que le da vergüenza de mí y prefiere dejarlo para mejor momento.
- Pues sí que se lo sabe, pero ahora no quiere decirlo. Las gasta así.
La nave está ocupada toda ella con unos pocos bancos para los fie­les. Son los mismos bancos que hasta hace unos años existieron en el santuario de la Virgen de la Antigua en Guadalajara, más lustrosos, casi irreconoci­bles.
Lo peor que tenemos, mire usted, es encontrarnos tan solos. Si nos pasara algo, menudo plan. Sin nada de nada.
- ¿Teléfono tampoco?
- Teléfono sí que tenemos; y de algo nos vale.
La calle del Berral es paralela a la calle Oscura y tan corta, como aquella. Desde la calle del Berral se divisa en toda su plenitud el ba­rranco y, como fondo, los altos ásperos de Brihuega y de Villaviciosa.
En un chalet aún sin acabar descansan a la puerta cuatro hombres y una mujer en prolongada sobremesa. La conversación de los cinco sube níti­da y comprensible adonde yo estoy. Una cabra blanca se entretiene soli­taria comiendo en una linde. La paz en estos rincones de la Alcarria es una paz total, una paz que invita a quedarse allí, que deja huella.
- Buenas tardes, señor.
El señor no dice nada. En la puerta de lo que uno supone que podría ser el ayuntamiento, se ven colgadas las listas completas del censo electoral de Brihuega, la villa cabecera de municipio. “Distrito primero y sección segunda” dice por encima de la relación de nombres. Junto a la puerta del ayuntamiento y a las desvaídas listas del censo electoral, hay una fuente que suelta con gana sobre el piloncillo de caída. El caño de la fuente sale haciendo ángulo de la boca de un león. Más allá otra vez el campo, los chopos todavía desnudos de la reguera, el vertedero de basura y los matujos de las zarzamoras. Cuatro o seis gallinas escarban en lo que pudiera ser la última descarga de desperdicios. Luego, un perri­llo ruin, negro zaino como los toros de casta, me ladra enseñando una hilera uniforme de dientecillos de ratón. A un ademán por mi parte, que no es caricia precisamente, huye despavorido con el rabo entre las patas. Los animales domésticos que se crían en la Alcarria son por lo general ariscos y bastante malintencionados, destacando en per­versidad, por este orden, los perros del Olivar y de Alaminos, y los gallos de Barriopedro que lo son de armas tomar. Las mulas de Albalate y de Tendilla también tuvieron fama de incongruentes y de faltas de amor al prójimo, si bien, esto último sólo lo puedo contar por referencias.
Y ya poco más. A la hora de las despedidas Malacuera sigue igual de tranquilo que cuando llegué. A uno le gustaría perderse por estas amables soledades durante alguna temporada larga, sin huir del mundo, por supuesto, pero lejos del tremendo montaje humano en el que nos desenvolvemos, y que difícilmente conseguirá que nos acostumbremos a nadar como pez en el fango.

(N.A. Abril, 1987)