lunes, 4 de mayo de 2009

IRIEPAL



Venir a Iriepal es un privilegio que cualquier residente en la capi­tal tiene a su alcance en el momento y hora que se le antoje. Los de Iriepal, antes con menos comodidades que hoy, se suelen escapar hasta Guadalajara con el más justificado motivo o con el menor pretexto: para hacer la compra diaria, a visita del médico, al colegio para ir y venir en el día... Es éste, justo reconocerlo, uno de los pueblos más afortunados de la provincia, al menos en lo que a comodidad se refiere. Por aquello de la ley de la compensación, son otras bien distintas las ventajas que los perdidos lugares de nuestras sierras, tan queri­dos y venerados, suelen poseer sobre estos habitáculos satélite en los que, por solo dos cuartos, tienen a su alcance casi medio mundo.
Por la carretera de Zaragoza, frente al empalme de Iriepal, aún embebidos en el ambiente de la ciudad apenas a nuestra espalda, que­da delante de los ojos uno de los espectáculos más singulares y representativos de la Guadalajara toda. Son las columnas de Hércules de Peña Hueva y de la Peña del Águila, rayadas en vertical por sombraluces de cárcavas que durante siglos surcaron las aguas, y que dan paso, más geográfico que oficial, a la extensa comarca alcarreña. Entre sus la­deras de pinabetes, una a cada lado, se cuela la moderna vía augusta que comunica el noreste de la Península con el centro, Aragón y Cata­luña con la capital de España, que no es de por sí pequeño mérito. Tierras oscuras de buen cereal, olivares desperdigados con tristones y raquíticos ejemplares que muestran en la mañana fría su cara de poca salud, van abriendo camino de perspectivas grises en busca del final de la explanada donde está la villa de Iriepal. Villa, sí, a tí­tulo real que le otorgara en 1627 la majestad de don Felipe IV que Dios guarde. Tibio sol de enero frente al que viaja, terraplenes escarcha­dos en la umbría, y al cabo Iriepal: pueblo con alma capitalina y cuerpo eminentemente rural, cúmulo de pros y de contras que, a poco ser, pueden servirle para que se diferencie de los demás pueblos.
En la Plaza Mayor los hombres charlan y fuman en corrillos junto a los coches aparcados a la puerta del bar. Un indicador anuncia que desde la misma plaza, girando a la izquierda, se va a otros tres lugares entrañables de la zona: Aldeanueva, Centenera y Atanz6n, más tie­rra adentro.
La plaza de Iriepal es prácticamente cuadrada, luminosa y elegan­te. En una de las esquinas se luce por encima de la fachada de ladri­llo visto el airoso campanil de las horas, dentro de un afiligranado carillón de hierro forjado. El edificio cabe suponer que es el antiguo ayunta­miento. Haciendo ángulo se conserva, orientada al norte, la fachada de la Casa de la Fundación: “Fundación de D. José de Santa María de Hita, 1928", se lee sobre lo más alto del frontis del edi­ficio. A pesar de todo, ya con la mañana en buenas, en la solana del Bar Espliego se está bien, casi al rato de llegar se hace insoporta­ble la ropa de invierno.
La vieja fuente pública, al pie de las escuelas, tiene el mono­lito central arrancado de la base y hundido en el pilón; con el cris­tal de hielo por encima el espectáculo resulta penoso. No lejos de la fuente hay un señor tomando el sol en compañía de nadie. El hombre no parece estar muy al corriente de la tragedia. En cualquier caso se le nota dolido por el suceso de la fuente.
- Nada, es preferible no nombrarlo. Para qué. Son las cosas que pa­san. Debió ser de un golpe que le pegaron con un remolque. Digo yo que lo tendrán que arreglar de seguida. Eso no puede estar así.
Iriepal es pueblo de pequeñas heredades ajardinadas a manera de huertos, donde se da el laurel y la acacia, la palmera y el pino de piñón. Los olmos de los huertos son enormes, moribundos o ya muertos por el mal. Las gentes son serviciales y correctas, por lo poco que he visto acu­san el difícil proceso de adaptación entre el tráfago de la ciudad y el ambiente de la villa, lo que a veces resulta largo y penoso, más complicado de lo que al ajeno le pudiera mostrar la simple apariencia.
Por la pista que sube hasta el Convento viene un señor guiando una carretilla cargada de arena. En ambos lados de la pista hay muros y cercas que enmarcan las tierras inmediatas. El Convento de Carmelitas de Nuestra Señora de la Fuente se trasplantó a este altillo de Irie­pa1 en 1977, desde la capital. El primitivo, ya derruido, lo fundó en Guadalajara don Pedro García Loaisa en 1591. Algunos recuerdos y enseres se vinieron al nuevo convento Con la docena de monjitas de clausura, mas, para desgracia nuestra y del acervo artístico de la capital, se perdi6 una buena parte. La moderna instalación de las religiosas, obra Con formas y materiales rigurosamente de nuestros días, viene a caer a doscientos metros del pueblo, quizá algo más, por el camino de Guadalajara.
La ermita de la Soledad coge a mitad de camino. Con el limpio sol de las doce restalla la luz en la pared encalada que da vistas al pueblo. El clásico portalejo de acceso está vallado con hermosa rejería. La techumbre se sostiene sobre dos columnas de piedra abrazadas con argollas y remata en doble capitel de orden jónico. La imagen de la Virgen de la Soledad que hay dentro, y que no puje ver por estar las dos puertas aseguradas con llave, goza del fervor popular en la villa desde tiempos antiguos. Entre la hierba al pie de las zonas en som­bra se conservan, tiesos como chupones, los firlachos de nieve helada. Al instante siento sonar sobre el silencio de los campos de verdín, el campanillo del convento de Carmelitas.
El pueblo, de regreso, parece todavía mejor. Extendido y de jovial estampa, calado de vegetaci6n, capricho piensa uno de románticos del diecinueve y de pintores impresionistas con acento francés. Ladran los perros.
-¿Usted cree que favorece o que perjudica al pueblo el estar a tan poca distancia de la capital?
-Le favorece. Yo creo que nos favorece mucho el tener a Guadalajara tan cerca. Luego, si va usted a echar mano del transporte público, pues ocurre igual. Tenemos autobús muy frecuente a diario. Por la ma­ñana lo tiene aquí cada hora, y por la tarde no sé si cada dos.
-¿Qué numero de habitantes tiene Iriepal?
-Exactamente no lo sé, pero debemos ser cerca de quinientos.
-Tres escuelas.
-Sí, una de párvulos y otras dos para chicos más mayores. El octa­vo curso lo tienen que hacer en Guadalajara.
El bar Ramos es un establecimiento cómodo, limpio, moderno y bien surtido. Nemesio me ha puesto para tomar una cerveza que le pedí a temperatura ambiente. No es que digamos la mejor reserva para andar por el mundo con estas bajas temperaturas, pero qué hacer, ya no tiene remedio. Tampoco caí en la cuenta de pedir una copita de anís o de solisombra, que es lo más aconsejable en estos casos hasta que florece mayo.
A las doce y media cruza la plaza el camión municipal de recogida de basuras. Los hombres que hay en la solana gritan a la pareja de empleados que viajan atrás, rectos como alabarderos, vistiendo un mono chil1ón de color butano.
En las calles de tras la plaza abundan las casas anti­guas de adobe y los paredones de mampostería. La torre de la iglesia data por su aspecto del siglo XVI. Se alza bicolor con ladrillo en las esquinas y piedra caliza en el cuerpo central de cada cara. La torre de Iriepal, vista sin parar en detalles, tiene un velado aire mudéjar como las torres de Teruel.
Parece constar que en 1752 se hizo señora de la villa doña Juana de Portugal Cortizos, "La bella veneciana", marquesa de Villaflores, nombre que llevó el pueblo durante algún tiempo, hasta recobrar de nuevo el suyo de origen.
Por la calle que accede a la plaza no caben dos coches. Hay tro­zos en los que el peatón debe guarecerse en la oquedad de los quicios cuando viene frente a él algún vehículo. Ya casi en las afueras hay un casona palaciega que llama la atención poderosamente. Los balcones y rejería son únicos, como salidos más bien de una platería que de un taller de forja. Se ve que la casona está sin habitar. Las ventanas des­tartaladas y el frío monumental de su sola imagen lo atestiguan.
Muy en las orillas uno se da cuenta de que Iriepal se encuentra abierto por el norte y noroeste a la inmensa cazuela de las tierras del Henares, mientras que al mediodía y casi al saliente se halla amurallado por la tremenda masa terrosa del cerro Morejón y de su vecino el Valdehierro. Iriepal se tiende a sus plantas, como queriéndose guarecer de los solanos y de los hipotéticos vientos del sur.
En el lateral de una furgoneta de trabajo aparcada junto a la acera dice: "Luis García. Ebanistería, carpintería, decoración. Camino de Valdenoches. Iriepal". La de Luis García es una de las pocas industrias con las que cuenta el pueblo anejo. Las otras pueden ser una cerraje­ría, una carpintería, una tienda y los dos bares ya referidos. Luis es un hombre de mediana edad, joven más bien, que con un ayudante u oficial de trabajo, pasa parte de su vida manejando la máquina de serrar, el formón o la cepilladora mecánica.
-Pues ya llevo tiempo con el trabajo en este local. Once años.
-¿Y qué es lo que hacéis preferentemente?
-Hacemos sobre todo ebanistería clásica. Lo que nos mandan. Mas que nada trabajos de encargo.
Iriepal -lo apunto casi al final como reseña- se divierte en fiestas patronales dos veces al año: San Blas, a primeros de febrero, y San Roque, fiesta mayor, a mediados de agosto. La gente aquí, lindera entre alcarrias y campiñas, es divertida y jolgoriosa.
-Sí, desde luego la fiesta mayor, con toros y todo, es la de agosto, San Blas también, como fiesta de invierno, pero no se puede comparar.
Los chiquillos corretean en bicicleta por los caminos de Taracena y de Valdenoches que vienen a confluir en las mismas puertas de la ebanistería. Al hilo del medio. día, el pueblo de Iriepal se complace al solecillo tibio que baja oblicuo desde por encima de Valdehierro. Todo nos dice al regresar a la plaza que, pese a su contado vecindario, es un pueblo vivo y sin complejos, donde hay jubilados que fuman en las esquinas como en los demás pueblos, y movimiento, por añadi­dura, de vehículos y de maquinarias que entran y salen; también hay ni­ños, como en muy pocos, que alegran el vivir de la gente y que de momento garantizan la supervivencia de la antigua villa por tiempo que uno le desea sin final.

(N.A. Febrero, 1987)