sábado, 9 de mayo de 2009

LEBRANCÓN


En Corduente, que celebraban la fiesta, no sé como pude escapar sin ir al pilón. Sólo me detuve en la plaza del ayuntamiento lo justo para tomar un café, los minutos precisos para que los mozos, dispuestos meter al pilón en estos días a diestro y siniestro, se fijaran en mí. Pude escapar con todo disimulo en tan buena hora, partiendo con el coche carretera abajo. Enseguida el Barranco de la Hoz con su huso de piedra, sus impresionantes roquedales y sus merenderos a la orilla del río donde nunca falta algún pescador de caña, que si no pesca dada la pésima condición de la corriente, disfruta de un paisaje que sacia con sólo estar allí. Luego Torete, el pueblo sorpresa, con sus cerros de sabinar, con sus tejados ocre al fondo del barranco y sus mosquitos impíos que durante cuatro meses cada año convierten el vivir en las proximidades del río en una verdadera pesadilla.
Por una carretera en cuesta, retorcida, estrecha y rodeada de pinos, por la que se circula la mar de bien, se llega a Lebrancón al cabo de unos minutos, escondido lugar de las sierras del Señorío y avecindadas con el magnífico espectáculo natural del Alto Tajo. El pueblo aparece agazapado en una vertiente puesta a la solana. Más allá las laderas opuestas, apretadas de maleza y de sabinas.
Son poco más de las tres de una tarde soleada y tranquila. Acabo de caer a la casualidad en la plaza del pueblo junto a la fuente, una fuente de ancho pilón redondo. La fuente de Lebrancón es quizás el sitio más confortable de todo el pueblo. Mana por caño único y abundante bajo los olmos de la plaza. Los del fin de semana han dejado sus coches a la sombra de los olmos. Algo más arriba están los escalones que suben hasta la leve explanada de la iglesia, un sólido y airoso edificio con reminiscencia medieval, pero construido probablemente en el siglo XVII. Tras de mí, nuevo e impecable, queda el frontón de pelota pintado de un color verde intenso. Cuando se bebe del caño directamente, el agua de la fuente resulta fresca y apetecible; a estas horas y en tarde como hoy uno piensa que no hay nada mejor. De pronto comienza a soplar del poniente un viento que hace caer de los olmos algunas hojas secas.
Lebrancón es un pueblo pequeño, con muchas puertas cerradas que seguramente esperan que llegue el verano para volverse a abrir. Lo encuentro vivo, pero silencioso y lejano. Me detengo un instante en mirar un poco de lejos la espadaña de la iglesia y el escudo de armas que hay sobre la clave del arco.
Un anciano dormitea aburrido un poco más debajo de donde yo estoy, sentado a la sombra de un balcón de geranios. A medida que me acerco a él se va despertando poco a poco. El hombre me acoge con manifiesta complacencia.
-Pues sí señor -me dice-, los pueblos se vuelven aburridos en cuanto viene este tiempo; ya lo ve usted.
-Ya lo creo. Pero la tranquilidad también vale algo ¿No le parece?
-Sí, para mi edad, desde luego. Este pueblo es en sí poca cosa, tiene poco que ver. No está mal, pero es pequeño. Como mucho nos quedamos aquí una veintena cuando los demás se van. Yo lo he conocido con setenta casas abiertas y con cerca de mil cabezas de ganado. Ya no hay nada de aquello. El término está casi todo yermo.
Don Raimundo Sanz Poveda, el anciano que deja al tiempo correr sentado a la sombra de su balcón florido, me cuenta todo esto muy metido en sí, recogido en añoranzas de algún tiempo mejor, con su cabeza cubierta por abrigada gorrilla y ojos viejos perdidos tras los cristales de sus gafas. Don Raimundo es una hermosa reliquia del carácter molinés de otros tiempos, un hombre abierto y sin doblez.
-¿Cuántos años tiene usted?
-¿Cuántos me echa?
-No sé. Ochenta y cinco.
-¡Caramba, pues no anda muy mal! Tengo ochenta y seis. Por cosa de la edad soy el más mandamás del pueblo. Ahora, lo único que uno quiere es que lo dejen tranquilo, que no le vengan preocupaciones, que ya han venido bastantes.
-Encuentro a este pueblo un poco apartado –le digo.
-Ya lo creo. Cuando nieva nos quedamos sin pan hasta que se limpia la carretera; y menos mal que las nevadas de ahora no son como las de antes. De todas maneras raro es el invierno que algún día o dos no nos quedamos medio en ayunas por el asunto del pan.
-Muy bien, señor Raimundo ¿Qué podría yo ver en Lebrancón que mereciera la pena?
-No lo sé. En el término hay paisajes muy bonitos. Aquí en el pueblo lo único que le puede gustar es la iglesia. Si quiere, voy a pedir la llave y la podemos ver.
-Ah, pues muy bien.
Lebrancón, viejo pueblo pinariego, de colmenares que dieron afamada miel y exquisita cera, es hoy, como tantos más, un pueblo visiblemente en decadencia. En lo poco que hasta el momento he podido ver, sus callejuelas son inhóspitas, si bien a sus vecinos gusta florecer las esquinas con malvas reales y sus balcones con tiestos de especies perdurables. Cuando el abuelo Raimundo vuelve a sus despacios con la llave de la iglesia, yo lo espero en la puerta oteando lo pocos datos que pueden aparecer sobre la piedra del frontal. Mi amigo es un hombre que sabe cosas, que en su larga vida ha dedicado algunos ratos a la lectura, y que además es inteligente. Lo que atañe a la portada de la iglesia me lo explica enseguida.
-¿Qué le parece? La hicieron en el año 539. La hicieron los godos, que eran los que por entonces debían de andar por aquí.
-Pues a mí me parece que no. Vamos, seguro que no. A la fecha que tiene ahí escrita le falta el uno. Debería decir 1539. Debajo la tiene usted otra vez escrita en números romanos que lo dicen bien claro: 1539. La primera M ya dice mil, que arriba no aparece.
Nos acompaña ahora el vecino del pueblo Vicente Sanz, que se calla y no opina.
La iglesia de Lebrancón es por dentro bastante distinta en interés a lo que yo había leído no hace tanto en alguna publicación. Bella cobertura en arabescos policromos dañada por las aguas, nave única, y un cargadísimo retablo mayor al gusto churrigueresco que preside una imagen, barroca también, de la Asunción de la Virgen. Viejas estatuillas de San Pedro y San Pablo, de San Roque y de San Antonio, a ambos lados de la afiligranada hornacina de dorados en donde está el sagrario. En los laterales hay otros dos retablos menores dedicados a la Virgen del Rosario y a Cristo en la Cruz. Toda una muestra de las más escogidas devociones que gozaron, mientras hubo habitantes, del calor popular en los distintos pueblos de la provincia.
-La fiesta mayor era el día del Corpus. Ahora es para la Virgen y San Roque. También guardamos la fiesta del Corpus, pero sólo para los que estamos en el pueblo.
Como simples detalles más, algunos curiosos y otros interesantes, tomo nota del piso de madera con tumbas numeradas: de las dos pilas de piedra, abarrocada la del agua bendita y románica de transición la del bautismo, de los añosos lienzos que cuelgan de la pared y que representan la aparición de la Virgen a un religioso y el bautismo de Cristo en el Jordán. En la explanada exterior hay laudas sepulcrales del siglo XIX.
-Esas lápidas las sacaron de dentro y las pusieron aquí. Antiguamente fue todo esto un cementerio.
Nos situamos después, tranquila y felizmente, a charlar largamente bajo los lomos de la plaza. Lebrancón, habida cuenta de la mínima expresión a la que ha quedado reducido, no tiene mucho que ver, pero sí mucho que contar.
-¿Hay también mosquitos en verano como en Cuevas Labradas y en Torete?
-Muchos. A primera hora de la mañana y a última de la tarde no hay quien los soporte en verano.
-¿Cómo pasan ustedes el tiempo cuando no hay veraneantes?
-Nada. Tenemos una miejilla de bar, pero no somos gente ni siquiera para echar la partida. No hacemos nada.
El abuelo Raimundo, valiosa muestra de una especie singular de hombres antiguos, me cuenta que cuando era niño se aprendió de memoria la lista de todos los reyes de España a partir del descubrimiento de América, y que si quiero me los dice todos.
-Ah, pues muy bien. Pero le advierto que se va a dejar uno, y eso significa no sabérselos bien.
Desde Isabel la Católica hasta Juan Carlos I, el abuelo Raimundo me los ha ido diciendo todos, por riguroso orden cronológico y sin un solo fallo. Después pregunta.
-¿Qué se pensaba, que no le iba a decir Luis I?
-Sí señor. Ahí pensaba yo cazarle, pero debo ponerle con toda justicia un sobresaliente.
-¿Y si ahora le digo el nombre de todos los reyes godos?
-Ese ya es otro cantar. Ahí es usted el que me caza a mí. Sé que fueron treinta y tres, pero sólo me suenan los más importantes.
Ahí el abuelo Raimundo, como es natural, se hizo un lío y al final le faltaron más de diez. Tampoco le da demasiada importancia al fallo.
-Bueno, se me han olvidado. A esos es que cuesta más trabajo poderlos recordar. Tienen un nombre muy raro los jodíos de ellos. Apunte usted que el cuerpo de la iglesia se hizo en 1666, y la torre se acabó en 1726.
-Muy bien –le contesto. Anotado queda.
Mis dos amigos, don Vicente Sanz y el abuelo Raimundo, me hablaron después del campo. De los parajes más cercanos al pueblo y de la excesiva humedad que por lo general suelen tener. Sin demasiado orden me hablan de las Huertas, de la Puentecilla, del Lavadero, de las Peñuelas, del buen agua de la Fuente Vieja y de la Cigüeña. Lo del exceso de humedad en las tierras es lo que no acabo de comprender del todo.
-Sí, es que antes se vivía de la vega y ahora no se cuida. Como de por sí es tierra muy húmeda, han crecido las malezas y está todo muy sucio, hecho una pena. Ahí abajo, patatares y cáñamo se ha cogido durante toda la vida sin necesidad de regarlo.
-Es curioso, precisamente ahora que en todas partes se quejan por la sequía.
-Pues mire, aquí hubo que traer un trigo catalán para que no creciera tanto y no se tumbase con tanta humedad. También cuentan que en el piazo de la Colmena se hundió una vez una yunta de bueyes y no volvieron a verlos más. Dicen que puede haber allí una laguna oculta. Nunca más se supo nada.
De los dichos y consejas de tiempos lejanos, historietas extrañas que siempre cuesta creer, pero que ahí están y por eso tienen mayor encanto, el abuelo Raimundo es un verdadero pozo de sabiduría. Turno ahora en la conversación para la cueva subterránea del Ruidero.
-Pues esas son unas cuevas de agua interior que nunca se atrevió nadie a entrar. Los antiguos llegaron a pasar con teas, tumbados, pero cuando veían el agua tomaban miedo y se salían.
-Sí, claro; eso es que debe de impresionar mucho.
-También cuentan que habían echado paja y que iba a salir por un manadero allá en Luzón. Lo que sí es verdad es que ahora no se cultivan las cuatro tierras por falta de personal. Los pocos que quedamos estamos como para el arrastre.
La salida del pueblo en una buena hora. Mucha distancia aún en el camino de regreso. Las ermitas de la Soledad y de San Roque, la torreta del transformador sobre la cornisa que mira al pueblo, las tierras mondas en los bajos que dejan libres las sabinas, son la postrera impresión que se agolpa en mi memoria durante los últimos minutos antes de partir. Las tierras del Gallo, con el crepúsculo otoñal al acecho por encima de los bosques, es otra visión gratuita para privilegiados que sin buscarla me ha tocado vivir y disfrutar de ella.

(N.A. Noviembre, 1987)