martes, 12 de mayo de 2009

LUPIANA


Para llegar desde Guadalajara, la distancia es sólo un paseo. Cuando se da vista a Lupiana desde el alto de la carretera, antes de encontrarse con la desviación que va al monasterio, aparece el pueblo en el fondo del valle resguardado de todos los vientos por el Pico de la Mayalba, el Cerro Terrero y el del Tío Ángel, que le guarda desde atrás; muy cerca, y como si viniera de la capital, corre por sus orillas el arroyo que llaman Matayeguas. La carretera se complica al final en curvas y deja al pueblo a mayor distancia de lo que en realidad está. En el Cuartel de San Roque, próximo a las primeras casas, una pareja de tractores que labran en dirección contraria dan buena cuenta de un campo de la marquesa arrastrando por el barbecho sus juegos de discos. En la plaza, junto a una de las columnas de piedra de los soportales, fuma un cigarrillo al sol don Mariano Martínez.
-Parece que tienen ustedes un pueblo hermoso.
-En eso sÍ que tiene usted razón. Como éste hay pocos.
La de Lupiana es una plaza cuadrada, llena de luz, que preside el edificio del Ayuntamiento desde la parte que da al sol; en el lado opuesto, el Grupo Escolar, y en el mismo centro, bien conservada, evo­cadora, perfecta, con la esfinge en piedra de cuatro animales alados que miran hacia todos los ángulos: la picota.
-Según leyendas, ahí, en las asas de las monas, ahorcaban a la gente cuando la Inquisición.
-¿Tiene visitas el pueblo?
-Sí que viene gente. Muchos, a ver el pueblo, y otros, de Guada­lajara y de Madrid, a comprar pan. Aquí tenemos un pan como no lo hay en ninguna parte, y mucha agua. En este pueblo hay agua potable para beber, para regar y todavía sobra. El agua entra sola en el pueblo sin necesidad de motores ni nada de eso.
Don Mariano, según pude saber después, es hombre que trata y co­noce el curioso mundo de las abejas; es cuidador de una casa elegante del pueblo y, además, es concejal.
-Si quiere, podemos subir al Ayuntamiento y allí podrá escribir más cómodo.
En la Secretaría hay olor a tabaco desde la noche anterior y en un cenicero de cristal, sobre la mesa, se pueden contar docenas de colillas entre la ceniza.
-Mire: voy a abrir la ventana. Como fumamos los siete del Ayun­tamiento y el secretario, hay días que esto se pone imposible.
-¿Cuántos habitantes tiene hoy el pueblo?
-Yo creo que no llegamos a los quinientos. Lo peor que tiene este Ayuntamiento es que le falta dinero, pero aquí la gente colabora muy bien con la Corporación siempre que hace falta.
-¿Es ventaja o inconveniente el estar cerca de Guadalajara?
-Hombre, eso es siempre una ventaja. La gente vive aquí y muchos trabajan en la capital; gracias a eso de aquí casi no se marcha nadie. Eso sí, cuando los chicos llegan a los diez años, hay que comprar piso en Guadalajara, por la cosa de los estudios.
Desde la galería corrediza del Ayuntamiento, cuya techumbre sos­tienen columnas de madera envejecida, uno se siente burgués.
-Desde aquí se ven los toros para la fiesta y la plaza se pone de gente como una piña. El día 24 de agosto es la fiesta de San Bartolomé; el 26 se matan las vaquillas y la carne se reparte entre los vecinos que pagan cuota, a razón de un cuarto de kilo por vecino. Con lo que sobra, los hombres hacen en la plaza un guiso muy bien hecho, del que parti­cipa todo el pueblo y muchos forasteros que vienen. La comida se hace a la puesta del sol del día 27 y le decimos "los huesos", porque son los huesos los que se guisan: la carne magra se repartió, como le he dicho. El Ayuntamiento pone el vino y aquí dura la juerga hasta la madru­gada, sin que nunca haya habido ni una mala riña ni una discusión.
De Lupiana era el marqués de Barzalallana, Ministro de la Gober­nación en el siglo pasado, quien, aprovechando la expulsión de los jeró­nimos, dicen en el pueblo que compró el monasterio y toda la finca por cuatro cuartos. Hoy pertenece a una anciana, nieta del citado marqués.
-Luego, el 6 de mayo se celebra el Cristo del Socorro. Esta era una imagen que había en La Pinilla, un pueblo cercano que destruyeron por completo las hormigas termitas y que fue lo único que quedó. Se trajo aquí y tenemos su fiesta todos los años. En las ruinas de La Pinilla dicen que está enterrada la pila del bautismo de su iglesia y que tiene mucho valor. Han buscado mucho, pero no hay quien la encuentre.
De nuevo en la plaza conocí a Santiago Adalia, hombre de mediana edad, concejal y carnicero. El me contó los problemas y preocupaciones que hoy tiene la Corporación como más urgentes.
-Los problemas del pueblo son el arreglo de calles, arreglo del ayuntamiento y alumbrado público. Las calles estamos esperando que se empiecen un día de éstos. En el ayuntamiento queremos conservar su tipismo y su edad, pero reparar lo más urgente: el tejado y alguna que otra sala. La plaza queremos que siga como está, sin loseta, pero subiendo un poco los muros laterales; ya la red eléctrica, sí; ésa hay que ponerla nueva, porque la que tenemos es de primeros de siglo y no responde.
En Lupiana, como en otros pueblos, se vive de la jubilación y un poco de la agricultura. La gente joven trabaja en la capital y el campo está relegado a un segundo o tercer lugar. De todo esto me habla el señor Martínez, mientras subimos una calle estrecha, empedrada y muy pina.
-Aquí no hay más que cuatro tractores, aparte de los dos que tiene la marquesa. La gente del campo vive de la agricultura: cereales y patata. Antes se cultivaba mucha remolacha, que se dejó por causa de los precios, aunque ahora creo que merece la pena volver a plantar.
En el pueblo hay tres bares donde se bebe según la época: vino, en invierno, y cerveza, cuando llega el buen tiempo. El bar de la plaza tiene un mostrador amplio y muy cómodo, donde tomamos café a media mañana. En las mesas se juega al mus, al tute y, sobre todo, a la brisca de seis, un juego inocente que a veces se carga de emoción.
A la salida del bar nos encontramos con una señora que reparte el correo; se llama Luisa y no es el cartero oficial de Lupiana sino su hija Marisa, que en aquel momento estaba repartiendo en Valdeave­llano. Marisa sube todos los días al empalme para recoger la corres­pondencia que, con la ayuda de su madre, se encarga luego de repartir.
La Fuente Nueva tiene un agua fresca que sabe a lo que el agua debe saber. En un rincón junto a la fuente está la puerta de la panadería en la que Jerónimo, el panadero, saca, según dicen, una obra de arte en cada barra. Jerónimo es un hombre alegre al que le gusta hacer las cosas bien. Es especialista en pan y en cordero asado.
-¿Es tan bueno su pan como dicen?
-Hombre, no es malo; pero la gente ya sabe usted que siempre exagera. No es para tanto. Las harinas no son buenas y uno hace lo que puede.
-Ya. Pero dicen que cuando el río suena. . .
-Sí, claro; pero yo le digo a usted que a quien crecienta y amasa, de todo le pasa. Unas veces sale la cosa bien, y otras, no tanto.
-Bueno; por eso no vamos a discutir. A mí me han dicho que como su pan no hay otro, y yo a ello me atengo.
-No haga usted caso. Lo que sí hago bien es cantar, eso sí. Yo canto zarzuela,
-¡No me diga!
-Sí, sí; y asar corderos tampoco se me da mal. Cuando quiera, me trae carne y verá cómo queda contento.
La panadería de Jerónimo está mecanizada y muy limpia; yo creo que un poco falta de espacio, quizás. El horno funciona solamente con cepas de olivo, que él conserva encendidas durante la noche.
Mi amigo, el concejal señor Martínez, me subió hasta la plazuela que hay a la puerta de la iglesia, desde donde se puede ver el pueblo entero. En una de las bolas con que se remata la torre alcanzamos a leer, no con mucha claridad, la inscripción "1670", fecha, comentamos, en que se colocaría la última piedra, que, a decir verdad, es la que se debe celebrar, y no la primera, como habitualmente se hace.
Desde la iglesia hasta la Plaza del Ayuntamiento se baja por una calle que, con los hielos, debe tener un acceso difícil. Se llama Calle de la Romana y está pavimentada con piedra de siglos y algún que otro remiendo de cemento que las aguas se encargan de levantar y de lle­varse por delante.
En el mismo sitio en que le había saludado dos horas antes, despe­día agradecido a don Mariano Martínez, cuyo recuerdo, como el de toda Lupiana, ha ocupado ya esa pequeña parcela de las cosas que difícilmente se olvidan.

(N.A. Marzo, 1980)