miércoles, 13 de mayo de 2009

LUZAGA



Sin saber por qué, y sin que me sea posible encontrar siquiera una causa que lo justifique, Luzaga es un pueblo al que desde hace tiempo tenía verdaderos deseos de llegar. A Luzaga se va por una carretera estrecha y montaraz que arranca de la general a su paso por Alcolea y se va internando, campo adentro, entre jarales, sabinas y pinar bajo. Pinos que muestran en sus troncos encorvados y deformes la herida impía y a veces reiterada de la cuchilla del desangrador. Ya cerca del pueblo, a la altura de las modernas instalaciones del campamento, la carretera se desvía por otro ramal aún más estre­cho que corre paralelo al Tajuña en medio de alineaciones rocosas y densas choperas en sus márgenes, y que llegan hasta las mismas puertas de Luzaga.
Situado a la orilla izquierda del río, y en ideal maridaje con sus huertas que lo arrullan y lo embellecen, nos encontramos un pueblo antiguo que pone al descubierto a cada paso el encanto de sus casonas centenarias, de su atmósfera limpia y saludable, de sus gentes, que, con sólo tratarlas, uno se da cuenta que son todo corazón.
En la Calle Real hay, sentados a la sombra, un grupo de hombres y mujeres del pueblo. La casa es de don Julio Morales, una más de las muchas que durante la tarde llamarían la atención del visitante. La casa de don Julio Morales tiene la puerta de entrada en arco de medio punto. Después de un rato de conversación, don Teófilo sacó a relucir un tema que viene siendo la espina del pueblo desde hace casi un siglo.
-Pues sí, señor; todo ese pinar que usted ha visto y mucho más que no se ve está ahí, en nuestro término, pero no es del pueblo.
-¿Y cómo es eso?
-Las cosas que se hacían antes. Se vendió a riesgo y ventura a la Resinera y de ella es. Si no fuera por eso, Luzaga sería un pueblo rico.
-¡Ah! , pues sí que tiene gracia. Y el pueblo, nada, ¿no?
-Nuestro es el suelo, los pastos y los despojos de leña; o sea, nada.
-Entonces, ¿de qué viven?
-Se vive del campo: la labranza, las cuatro huertas y un poco de las ovejas. Hay siete ganaderos que tienen, uno con otro, a 300 ovejas cada dueño. Ahora, por ejemplo, hasta que no comience la siembra, la gente no hace nada.
Don Teófilo Salmerón se vino conmigo hasta la plaza. En las calles de Luzaga son frecuentes las puertas y ventanas montadas sobre sillares areniscos de piedra rojiza como dintel.
-De esa piedra hay mucha por aquí. Antes la trabajaban muy bien los mismos del pueblo. ¡Cualquiera hace ahora eso!
La Plaza Mayor tiene la forma de un rectángulo que se abre al campo por el poniente. Es una plaza elegante, bien pavimentada, un poco reducida, quizás, que se adorna en su centro con un pequeño bu­levar entre dos filas de árboles.
-Mire: aquí había un arco de piedra que se hundió hace un año y tenía el escudo de la familia de esta gente que vivió en la casa. La finca era también toda de ellos.
-¿Quiénes eran?
-No lo sé. A la dueña le llamaban la marquesa de la Mesa de Asta. Les compró el pueblo todo lo que tenían y, que yo sepa, no han vuelto más por aquí.
Lo que queda de la mansión de la Mesa de Asta es hoy un casucho en ruinas cerca de las huertas, que difícilmente logra mantenerse en pie haciendo equilibrios sobre media docena de columnas de madera carcomida.
En Luzaga, su pueblo, pasa grandes temporadas el artista Claudio Hernando, donde tiene su pequeño taller, su casa de familia, su jardín y un poquito de su obra. Claudio Hernando trabaja con exquisitez so­bradamente conocida. La madera para él no tiene secretos y cada tra­bajo que sale de sus manos es siempre una obra de arte. Recorrí la casa del artista y el taller donde trabaja, acompañado de Araceli, su propia hermana, y de don Saturnino Hernando, su tío.
-Todo lo hace a mano, a base de gubia. Primero hace el dibujo y luego lo saca de la madera.
-¿Es antigua en su hermano esta habilidad?
-Lleva desde que era niño haciendo cosas de estas y tiene mucha aceptación en todos los sitios que expone. Ha hecho miles de cosas, siempre en madera buena.
-¿Cuánto valdrá ese juego de ajedrez?
-No lo sé; eso sí que no se lo puedo decir. Llama la atención a todo el que lo ve. Ese trabajo de la pared representa el Arca de Noe. A mi hermano le gustan mucho los temas de la Biblia; ha hecho muchos.
De nuevo en la plaza, don Saturnino me enseñó el frontón; una magnífica obra en piedra labrada que sirve de respaldo al grupo escolar.
-Pues mire: antes estuvo ahí, en mitad de la plaza, desde el año 1906. Lo mandó hacer mi padre, cuando fue alcalde. Luego, cuando fui alcalde yo, lo mandé quitar para dejar la plaza libre y lo pusimos aquí, un poco más apartado, numerando las piedras una por una y colocán­dolas después según estaban. ¿Se da usted cuenta con qué perfección está hecha esta obra?
-Ya lo creo. Nadie puede pensar que lo han cambiado de sitio.
Don Saturnino, que ya pasó los ochenta, me habló de muchas cosas, pero sentí especial curiosidad por la vieja historia de Juan Ballesteros, el Tirador de Luzaga. Debo decir que la desconocía por completo.
-Sí, hombre. El tío Tirador vivió en tiempos de los carlistas y se hizo famoso porque él solo ganó la batalla del Puente de Alcolea, en Córdoba. Dicen que los soldados le iban cargando el fusil y él sola­mente hacía que disparar. Ni qué decir que de cada tiro caía uno. Aún vive en el pueblo una biznieta suya.
Quise conocer más datos de este curioso personaje de la provincia y ponerme al habla, si ello fuera posible, con su biznieta, doña Teodora Salmerón. En el camino me contó don Saturnino Hernando que el pueblo conserva todavía la costumbre de llevar en romería las imágenes de San Roque y de San Blas -medio año cada uno- a la ermita de Albalate, lugar no muy lejano al pueblo en donde hace más de dos siglos hubo frailes, según él ha oído contar desde siempre. Doña Teodora, descendiente directa del Tirador de Luzaga, es una señora metida en edad, pero no anciana. Ella cuenta de su abuelo con información de primera mano.
-Ese señor era padre de mi abuela Salustiana, y creo que hay un cuadro en el Museo de Madrid en el que está mi abuelo tirando.
-Usted no lo recuerda, claro.
-No; yo de qué lo voy a recordar. Lo que sí oí siempre en mi familia es que un día, cuando su mujer, mi abuela, iba con el cántaro a la fuente fuera del pueblo le tiró con el fusil y le pasó el tiro por la boca del cántaro y le salió por el otro lado. ¡Quién iba a pensar que quisiera matar a mi abuela, ni por qué! Fue para que vieran los del pueblo la puntería que tenía.
Con los buenos amigos de Luzaga uno hubiera querido pasar allí más tiempo, viéndolo todo, echando incluso una miradilla por los alre­dedores, que, desde la salida del pueblo, se adivinan como un regalo para los sentidos. Campos de montaña, depresión y risco, con aromas penetrantes a naturaleza abierta y murmullos del Tajuña que corre en paz camino de la Alcarria, dejando a su paso una estela de vegetación y de vida.

(N.A. Noviembre, 1980)