viernes, 15 de mayo de 2009

MADRIGAL


Henos una vez más por estas tierras linderas de la Sierra Gorda que capitaliza, al pie de su castillo roquero, la villa de Atienza. ¡Cuánta montaña limpia por estos inhóspitos parajes por los que cabalgó el Cid! Todavía, casi mil años después, resuenan en las grises superficies de las piedras los cascos a paso marcial de las caballerías que cortejaron al Campeador en su destierro, a poco que el bienintencionado visitante afine los oídos de la imaginaci6n.
La Peña de la Bandera en el camino de la ermita, cuenta al visi­tante que allí se reza por los hermanos difuntos de la Caballada, en tanto que el pequeño santuario de la Virgen de la Estrella, la histórica ermita de la patrona de Atienza, donde bailaron los arrieros en la madrugada de Pentecostés de 1162 para poner a salvo al Rey Niño Alfonso VIII, se enciende en doradas luminarias del sol sobre sus piedras, como testi­go mudo de estos campos mesetarios, huraños y agonizantes.
Pasadas las diez en la mañana cruda, las rastrojeras que nos van acercando al pueblecito de Madrigal se ven escarchadas e inertes sin nadie que las pise. El frío se ha hecho cortante como filo de espada y el ambiente sano sin parangón.
- Mire, como yo digo, aquí para curar jamones, lo justo.
El pastor solitario, con pellico sobre si como lo llevaron sus ancestros, anda embozado en el cobijón de una vieja mantuca palentina. No lejos de donde suenan las esquilas se siente el macho de la perdiz. La carretera es estrecha, plagada de remiendos e infernal. Al cabo de media docena de ki1ómetros desde la villa madre, se accede al mi­núsculo pueblecito de Madrigal, recostado en la ladera mirando al sol y teniendo como fondo a sus pies por todos los siglos las tierras os­curas de un vallejo.
Las calles de Madrigal son pinas y pedregosas. En las paredes de las casas se estrella nítida la sombra desnuda de las tronqueras del rosal, de los olmos y de los escaramujos. Una mujer de edad avanzada puntea al abrigo de su portal en la funda de un cojín tejido de colorines. La mujer se llama Candelaria, doña Candelaria Ortega. Me cuenta que es nacida en Somolinos y que su padre había sido secretario de ayunta­miento, que hace treinta años que dejó la sierra para marcharse a vi­vir a Barcelona y que, a la postre, ha tenido que volver, si no a su pueblo natal, sí a la comarca árida y fría de su lugar de origen.
- Somolinos es más bonito que esto -me ha dicho. Tiene una laguna hermosísima encima del pueblo, y es mucho más pintoresco.
- Pero por tranquilidad, yo creo que este pueblo le gana al suyo.
- Sí señor. Aquí estamos muy tranquilos y muy en paz, gracias a Dios. El invierno pasado se nos hizo muy largo. Fue un invierno muy frío.
Un anciano con gorra de visera como atavío anda medio escondido en­tre los paredones de los huertos. El anciano, José de nombre, se me antoja de pronto como una persona extraña. Igual habla mucho que no con­testa a nada. En los huertos queda como reliquia de su fecundidad durante el verano un montón de matujos de las tomateras, y los robustos ejempla­res de col navegando en medio de la humedad y de los surcos. Uno de los huertecillos bordeado de piedras tiene un pozo en su interior, seguramente que para regar con cubos.
- Ese huerto es del Lorenzo. Mi hermano es el señor alcalde.
- ¿Ah, sí? ¿Dónde está ahora?
- Pues, qué sé yo. Hace un poco que se ha ido con las cabras. Dijo que iba a venir un señor a ver las casas hundidas. No será usted.
- No señora, yo no vengo a ver las casas hundidas. ¿Cómo le dicen a la vega?
- Depende de qué sitio. Tiene muchos nombres. Las Umbrías le decimos, también Valderujas. La provincia de Soria la tenemos ahí detrás.
-¿Son muchas personas en el pueblo?
- No lo sé. Se lo podemos preguntar al Lorenzo que es de ayunta­miento. Vive en esa casa.
José llama por el ventanillo de su puerta a Lorenzo que es de ayuntamiento. Don Lorenzo Mangada Hernando es un señor la mar de sim­pático, castellano viejo de rendida cordialidad, que sería desde aquel momento mi cicerone e introductor mientras permanecí en el pueblo.
- Bueno, pues censados en todo Madrigal somos 16 personas.
Subiendo hacia la plazuela del pretil nos encontramos con dos ar­cadas de piedra en dovelas. Algunas de las paredes se ven con muestra de esgrafías y dibujos marcados a dedo sobre la argamasa, obra, sin duda, de algún artista inexperto del pasado.
- Es la casa del pueblo.
Una piedra labrada dice: año 1794.
- Ahora le vamos a enseñar la iglesia. Está abandonada. Se nos es­tá cayendo.
Las callejuelas por las que vamos se ven intransitadas. Seguro que hay días enteros en los que no pasa nadie. La hierba crece en mitad al amparo de las lluvias, y parece extraño que no se la haya comido el ganado ni la pisen los niños.
- De niños aquí nada. Somos cuatro matrimonios, tres mozos y tres mozas, un viudo y una viuda; total, los dieciséis que le dije.
- Hombre, pues si los mozos y las mozas se pusieran de acuerdo, aún se le podría pegar un tirón al pueblo, ¿no le parece?
- Ya, eso sí; pero es que todavía no tienen edad. La moza más jo­ven ya hizo los 65, y los mozos por el estilo.
La iglesia se precede por un atrio reducido, con barbacana que permite asomarse por encima del pueblo hacia los campos y hacia los montes de robledal que circundan las vegas. Una bella espadaña romá­nica, portada del mismo estilo bajo soportal y canecillos sostenien­do el alero, dan al olvidado edificio de la parroquia un marcado aire medieval, tan acorde con el ambiente y con el paisaje. E1 le­ve techadillo que cubre la puerta de entrada se sostiene con dos columnas de madera vieja.
­Al instante aparecerá doña Alejandra, la señora del alcalde, con las llaves de la iglesia para que la podamos ver. Pese a su manifiesto abandono, se ve que es una iglesia sobre la que se volcó el interés de los fieles cuando los vientos de la Historia fuero más favorables para el medio rural. Hay varios retablos recubriendo sus muros cargados de imágenes, de exvotos, de años y de desidias.
El retablo mayor es de saturado barroco, como lo es el lateral dedi­cado a Nuestra Señora del Rosario, mientras que el del famoso Cris­to de los Desamparados lo es de hechura y concepción claramente renacentista, muy destrozado por cierto.
- Mire, ese es el patrón, San Lorenzo. La fiesta es el 17 de sep­tiembre.
Lo más llamativo, con mucho sobre lo demás, es la capillita del Cristo que ocupa parte de la nave lateral del ala del Evangelio. La talla es antiquísima, de traza gótica, grande en tamaño y patética en la expresión. Lástima que esté rodeada de tanta pobreza. Una ins­cripción que bordea por encima de los exvotos la capilla del Cristo, Hace saber que se pintó en 1853 a expensas de los vecinos del pueblo.
-El suelo ya lo ve usted, lleno de cascotes que se van cayendo del techo. Los andamos quitando, pero vuelven a caer.
No lejos, en la misma nave hay un lienzo con la imagen irreconocible de una santa mártir perdido para siempre. El piso de la nave se ve acuartelado de baldosas antiguas y de sepulturas con su correspondiente número de orden.
-Se nos hunde. A ver si usted pudiera hacer algo para que nos la arreglen, aun que sólo sea el techo.
- No creo que pueda hacer nada, y bien que lo siento. Los que tie­nen el dinero de todos y el deber de velar por nuestro patrimonio, me da la impresión de que estas cosas les traen al fresco. Tienen ustedes mucha razón. No hay derecho.
El coro es recogido e insignificante. Por todo haber, cuenta el templo con una docena de bancos para los fieles y un frío sin piedad que nos saca en seguida a la solanilla del atrio.
- El campo ha sido lo nuestro. Ahora, ni aun eso. En verano nos en­tretenemos un poco regando los huertos con el agua del pozo. De ganado casi nada, un sólo hatajo para el caso.
Me cuentan mis amigos que la sequía de los últimos años acabó con todas las fuentes que dan al mediodía.
- Ahí detrás de la iglesia está el cementerio -me explica el señor Lorenzo. Estos años lo limpiaba yo, pero lo dejé y ya ve cómo está. La hierba puede con él, ya lo creo.
Subimos hasta las eras pasando revista, poco menos, a todas las casas del pueblo y a sus construcciones de genuino estilo popular: pie­dra, adobe, entramado, muchas de ellas abandonadas y comenzándose a desmoronar. Desde las eras se ve, alzado en su peana de rocas, el cas­tillo de Atienza. La estampa de los campos desde allí es de una belleza evocadora y emotiva. Al borde de un camino, a la caída, hay un leve monolito con su correspondiente nicho, a manera e imitación de los tradicionales pairones molineses, que los del pueblo llaman la ermita. El sencillo monumento al aire libre está dedicado a la Virgen del Pilar.
- Allá, por los riscos de la Hoz, hay una sima. Yo entré una vez con la Guardia Civil. Es muy hondo aquello y da respeto meterse allí. Los que no lo conocen no se atreven a entrar.
El Callejón del Horno discurre entre escombreras, zarzas y piedra: Las gentes de Madrigal recuerdan con nostalgia el buen pan que alimentó a tantas generaciones y que se coció precisamente allí, en lo que ahora son ruinas. Al momento se llega a la plaza. Una plaza larga y soleada con fila única de viviendas que miran a la vega, donde la gente suele salir en días como éste. La fuente de la plaza es cuadrada y de pilón lim­pio como el cristal. Uno puede sentarse en el borde si le apetece sin que le moleste nadie, oyendo el cacareo de las gallinas, el ladrido lejano de algún perro y el constante rumor de los dos chorros.
- Bueno, pues ya ha visto usted todo. Como no hay bar, véngase conmigo a casa a tomar una copilla o lo que haya por allí.
El comedor de la casa del señor Lorenzo es una de esas estancias pueblerinas donde uno se encuentra, al amor del brasero, mucho más feliz que un rey en su palacio. Las paredes limpias y ordenadas del re­coleto comedor se adornan con una docena o más de fotografías de familia, personales unas, en grupos otras, donde pueden contarse en total más de cincuenta personas de todas las edades. Los dueños de la casa -no es para menos- se sienten orgullosos de una familia tan completa y tan variopinta.
- Lo más triste es que al final se hayan quedado ustedes sin ninguno,
- Es verdad. Pero no nos podemos quejar. Los vemos con frecuencia.
- Cuando bajé a mitad de la cuesta para tomar de nuevo el coche, no había dejado aún para otra mejor hora la funda del cojín de colorines. José, su vecino, estaba sentado sobre un poyo de la plaza sin quitarme el ojo de encima, y la plaza parecía otra con el sol en el hilo justo del medio día, más dulce y apetecible, sin conseguir del todo que se disipe el intenso frescor de la sierra.

(N.A. Enero, 1987)