domingo, 3 de mayo de 2009

INVIERNAS, LAS


El camino desde Masegoso discurre en dirección contraria a las aguas del Tajuña, que atraviesa los bajos de la Alcarria dejando tras de sí una estela verde de choperas a lo largo de varios kilómetros de su curso. Acuden al Tajuña por ambas vertientes infinidad de regatos y de riachuelos, secos en su mayoría, trama en cuyo telar de campos yermos se va tejiendo, aquí el otero, allá el altiplano o la vega, la monótona, la aromática, la augusta, la literaria piel de la Alcarria.
Aprovechando la leve vaguada que deja al pasar uno de estos exangües arroyuelos que bajan hasta el Tajuña, surgen en la ladera como jugando a esconderse por detrás de la fronda, el pequeño municipio de Las Inviernas. Es tarde y las bajas temperaturas del mes de septiembre comienzan a recordar con insistencia que el verano es cosa pasada. Los últimos soles de la Alcarria bajan a estrellarse sobre las piedras de la espadaña de la iglesia, dorándolas con el encendido color del ocaso. En la costanilla del Olivo hay tres mujeres acurrucadas en el escalón de una casa antigua cubierta por la sombra de una parra, con la atención puesta en unos objetos diminutos que no distinguí de pronto y que veía pasarse unas a otras.
-Pues mire usted, es en lo que pasamos el rato. Estamos viendo fotos de las de antes.
-Y cómo gusta recordar ¿verdad?
-Este es mi hijo cuando estaba en la mili, y esa tan bonita es de una vez que fueron de excursión. Aquí tiene usted la foto de nuestro patrón, San Acacio.
-¡Ah! Pues también es el patrón de Utande, si no recuerdo mal.
-¿Qué es eso que lleva delante?
-Eso es una rosca, que luego se rifa y al que le toca para él.
-Pues tienen ustedes u patrón muy elegante, ya ve.
-Aquí siempre hemos oído decir que fue general romano. Muchas veces lo sacamos cuando hay tormenta, para que se esparza la nube.
Las tres señoras de la calle del Olivo: Demetria, Basilisa y Agustina, son mujeres afables y simpáticas, que al final, incomprensiblemente, (todos nos equivocamos alguna vez), cuando habíamos conseguido entrar un poco en amistad, me malpagaron con unos nombres supuestos que pude haber ofrecido erróneamente a los lectores, confiando en la bien probada rectitud de intención de estas nobilísimas gentes de la Alcarria para las que sólo guardo, también para mis tres amigas de Las Inviernas, palabras de elogio y gratitud.
Nuestro pueblo conserva intactos los dones de la buena vecindad y del buen humor. Cuando llegué a Las Inviernas la gente se había marchado de merienda a la solana de las Carboneras para celebrar la captura del último jabalí. Supe más tarde que este tipo de piezas se celebra con algazara, con su correspondiente ritual en el que participa gran parte del vecindario.
-Sí, hombre. Aquí, cuando alguien mata un jabalí, lo primero que hace es venirse al pueblo a decirlo. Luego se prepara un tractor y se va hasta el sitio donde está la pieza y se trae. La gente a partir de entonces se va preparando. En una ocasión estaba reunido el ayuntamiento para tratar no sé que asunto de interés, cuando se presentó uno diciendo que había matado un jabalí. Pues nada, se suspendió la sesión y a por el bicho. Éste lo mató Ramón ayer a última hora, y con la alegría que traía despertó a todo el pueblo para que lo supiesen.
-¿Y qué iba a hacer? –me dice el propio Ramón. Si es el primero que he matado en mi vida. Le di tres tiros, pero los dos últimos estoy seguro de que le sobraron.
-¿Qué le dijo su mujer?
-Me dio más de cincuenta besos.
-Con qué frecuencia organizan las batidas?
-Nada de batidas. Aquí los jabalíes se matan a la espera. No nos dejan hacer batidas. y no será porque no son dañinos, que destrozan los girasoles, se comen el trigo, arrancan las patatas... Éste cayó en un sitio que le dicen El Chaparral.
Mi amigo Pedro Villaverde Borobia, Santiago Flores, Damián Pardos, Sinforoso, el propio Ramón Zarza, afortunado protagonista del acontecimiento, con Teófilo, el joven alcalde de Las Inviernas a la cabeza, y más hombres, y muchas mujeres, y los niños del pueblo, celebraban unidos la fiesta, dando fin en aquel descampado a las últimas tajadas de jabalí que quedaban en las parrillas.
-Así, bien tostadas, están muy buenas. Coma sin vergüenza. Lo malo es que ya no hay casi donde elegir. Si llega a venir un poco antes se había puesto las botas. Pesó noventa kilos el animal.
Con sólo una hora de sol por delante, la visita en amigable compañía por las calles de Las Inviernas es como un relax para los sentidos y un refrigerio para el espíritu que uno se complace recordar con nostalgia semanas después del viaje. En el barrio de las Eras los ancianos gozan del último sol y se resguardan del viento tras las tapias extramuros. Mis amigos me van contando que los dos cerros que tenemos al frente son la Cabeza del Carro y la Cabeza Chiquita.
-Pues hay una cueva que los comunica a los dos. Cuando la guerra, los de un frente en una y los del otro en la otra se debieron de zumbar lo que se dice bien. A lo primero, según cuentan, se cambiaban periódicos, y tabaco y todo. Luego se debieron poner bastante peor las cosas y se liaron a tiros. Hubo mucho lío por esta parte. Todavía se ve en las casas quemadas y hundidas desde entonces que este pueblo sufrió más de la cuenta. Cuando éramos chicos nos encontrábamos bombas jugando por cualquier sitio muchos años después de la guerra, y explotaban. Anda que no hay pocos aquí con cicatrices y lisiaos por la cosa de las bombas.
-La comunicación en el pueblo también debe de ser un problema, ¿no?
-Claro que lo es. Un verdadero problema para el pueblo. La carretera que empalma con la general hace años que la empezaron, y así está. Despropiaron las tierras a sus dueños y no se han vuelto a acordar de ella. Algunos van por ahí, pero eso está malísimo. Para salir del pueblo casi siempre nos vamos por Masegoso.
-El campo, en cambio, parece ser otra cosa.
-El campo no está mal. Éste es un buen año de pipas porque la poco agua que cayó vino a su tiempo, pero la cosecha de cereales ha salido bastante peor.
La vieja leyenda, empapada siempre de ese regusto sin posible apariencia de realidad tiene aquí su culmen en la falda del cerro de la Torre. Cuentan en Las Inviernas que la inmensa mole guarda en sus entrañas una gallina y doce polluelos de oro, según anunció al pueblo en tiempos de Maricastaña alguno de aquellos zahoríes vagabundos, aprendices de brujo con bastante poco éxito, que debieron de echar su agosto e la Castilla ignorante de siglos atrás, detectando por doquier tesoros escondidos, a cambio de una escudilla de caldo caliente y un pellizco de hogaza para entonar su estómago.
-Pues, según cuentan, dijo que éste era un pueblo pobre con cerro rico. Hace algunos años dio Extensión Agraria cinco mil pesetas y las empleamos en picar en el cerro, pero no salió nada. Aún se ve desde aquí la cueva que hicimos,
Calles maltrechas y rincones sombríos nos llevan hasta el atrio de la iglesia. El antiguo frontón de pelota que volcaron los vendavales de diciembre se ve abajo convertido en un montón de escombros. Desde el pretil se respira el frescor de las huertas que asciende en vaharadas desde el barranco de San roque. La iglesia tiene una portada románica, bien conservada, cubierta por un tejadillo que sostienen cuatro columnas. La iglesia parroquial de Las Inviernas cuenta con la joya de una pila bautismal del siglo XII, de piedra románica como la portada, y que, según me dijeron, tiene sobre cualquier otro mérito el estar construida de una sola pieza.
-Es lo único que hay de valor en la iglesia. La enseñamos sin miedo, porque a ver quién tiene el valor de llevársela. La queremos sacar de aquí y subirla hasta el altar, más que nada de adorno, para que se vea, pero nos encontramos con que no cabe por la puerta y nos obligará a hacer obra seguramente.
La ronca acaba feliz en el bar del Helio. Un establecimiento reducido, familiar, muy ameno, donde la gente reposa y comenta después del festín de las Carboneras. En el pequeño bar de Las Inviernas siempre hay gente, es el lugar común para los hombres del pueblo y para los que vienen de fuera buscando reanimación o descanso delante del mostrador.
-Pues sí, para refrescar sí que vale, porque lo que es café, el tunante éste no nos quiere poner. Cuando vienen los de las maquinarias de segar, lo llaman el pueblo de los botellines.
Se nos había hecho prácticamente de noche. Antes de que las sombras comenzasen a cubrir los campos de la Alcarria hasta el nuevo sol, me había puesto por la carretera en proyecto de la que me hablaron camino de casa. Atrás quedó, recostado en eterno de tierra inmejorable el pueblo de Las Inviernas, donde, siempre que usted vaya, amigo lector, encontrará una puerta abierta y gentes que se entienden todavía, que se quieren y que conocen el viejo arte, aunque no demasiado usual, de saberse divertir honestamente, al amparo siempre de lo que es suyo.

(N.A. Octubre, 1982)