sábado, 16 de mayo de 2009

MAJAELRAYO


Pude muy bien haberlo hecho en otro tiempo, sí. Pero, a pesar de todo, el verano, que en aquellas latitudes se me antoja delicioso, dio sus últimas bocanadas sin que por mi imaginación pasase siquiera la idea tentadora de darme una asomadilla por Majaelrayo.
Pienso que la verdadera delicia, lo insólito de todos estos pueblos perdidos entre montañas, es sorprenderlos solos, en un día cualquiera, lejos del bullicio estival y del desconcierto de los veraneantes, que, no faltos de buena voluntad en muchos casos, arrancan del pueblo durante una temporada cada año su bucolismo ancestral, su olor agreste, su color y hasta su insustituible sabor a madre ya cuna, con todo lo que de negativo o de mal gusto esto pudiera llevar consigo. Por eso, el primer día que desde la terraza de mi casa alcancé a ver allá lejos la blanca silueta del Ocejón en una mañana limpia como el cristal, me tiré al camino sin dar tiempo a que la sombra de la comodidad, que de tantas satisfacciones nos priva, comenzase a poner en funciones sus razonadas sinrazones, sus infinitos argumentos para dejarme en casa. De cara siempre a las elevaciones más altas de la sierra, se llega a las puertas de Majaelrayo al cabo de una hora desde la capital. Al entrar al pueblo uno siente la extraña impresión de haber aparecido por arte de encantamiento en un mundo diferente, donde los negros y los grises de la piedra de pizarra absorben con sus tonos mate el ambiente general, como en un abierto desafío con el manto blanquísimo de nieve que deslumbra desde las cumbres próximas.
Yo conocía Majaelrayo. Había estado en otra ocasión hace tiempo. A raíz de aquel primer contacto con el pueblo y con su gente, me había dejado allí algunos buenos amigos, que he vuelto a recordar con fre­cuencia. Ahora, junto al viejo olmo que luce su tronco descomunal y deforme en la plazoleta de la iglesia, uno intenta situarse para llegar por su propio pie, si fuera posible, a la casa del tío Encarna, su amigo de Majaelrayo. Con la ubre para reventar, una cabra mordisquea los ternachos de hierba que crecen entre las losas de pizarra al pie de una casa derruida. La cabra me mira con ojos de insensatez, con unos ojos de estúpida indiferencia. El grifo de la fuente, que cierra mal, como casi todos los grifos de todas las fuentes, deja escapar un hilito de agua fría como las agujas.
-Pero, hombre, ¿qué haces tú aquí?
- ¡Tío Encarna! ¿Cómo es posible?
-Pues, mira; en cuanto te he visto, me he dicho: éste es. A mí, los amigos no creas que se me olvidan, no.
Su verdadero nombre es Encarnación Herranz Peinado, pastor tras­humante, protagonista de mil historias que contar sobre su espalda, espía según él, sufrido luchador por el pan de cada día durante los años del hambre y padre de siete hijos. El Tío Encarna me apretó el brazo contra el suyo entre la pelliza impermeable y me fue subiendo calle arriba.
-Pero, ¿adónde me lleva?
-Vamos a echar un chatejo en casa de la Trini, hombre. La mujer tiene aquí un poquito de bar y hay que hacerle gasto.
En casa de la Trini hay de todo: taberna, droguería, mercería, pro­ductos alimenticios y de cocina, en un rinconcito mínimo detrás del mostrador, donde la dueña se desenvuelve con dificultad.
-Hala, Trini; échanos un par de chatos. El mío, ya sabes.
Los chatos del tío Encarna son de cuarto de litro; los de sus ami­gos, de tamaño corriente y de vino blanco.
-¡Qué le vamos a hacer, chico! Los pobres tenemos que beber vino; la cosa no da para más.
-Digo yo, tío Encarna, que eso está bien; que los pobres bebamos vino, pero con otra medida. Esos chatos de usted deben atontar al más guapo, ¿no le parece?
-No; a mí no me atonta el vino, y si me atonta, me echo a dormir. Si no me tomara estos chatos, ya estaba muerto.
-¿Se juntan muchos hombres aquí los días de diario?
-¡Qué va! Nada. Los sábados y domingos, aún, aún; pero los días de entre semana, los cuatro tontos de siempre: el Félix, el Paquito, el Donato y el Encarna.
La Trini, la tendera, se limita a escuchar la conversación. La mujer habla con reparo, con un poco de timidez, cuando se le pregunta.
-Pues sí, señor; hay otras dos tiendas más en el pueblo. Una, fija, y otra que abre sólo los fines de semana.
-Muchas me parece, ¿verdad, usted?
-Pues sí, señor; claro que son muchas. Si no fuese por los que vienen de fuera, no podríamos vivir con esto. Y así, para el caso, tam­poco.
-¿Qué productos son los que más venden?
-Pues sí, señor; se vende de todo: azúcar, aceite, vino, sal…, lo de diario para usar en las casas. De todo un poco.
En la calle se deja sentir el frío y la vista se va sola hacia el bravío espectáculo de las montañas cubiertas de nieve, cuya cumbre se ha perdido entre la niebla densa que cae ladera abajo.
-Ese es el Ocejón, y el de detrás, el Campachuelo. Todos hablan del Ocejón, el Ocejón; pero, para que veas, se va antes el sol en el Ocejón que en el Campachuelo.
-¿Y aquélla otra sierra que se ve por la puesta del sol?
-Aquello se llama Hoyosduros, y a la caída está La Pinilla esa, donde los señoritos se van a patinar en invierno.
Mi amigo me dejó un instante para irse a tocar el cuerno por el pueblo, que es la manera con que en Majaelrayo anuncian la salida de las cabras. La ley es una vieja costumbre que obliga a los vecinos en un número de días proporcional a las cabezas de ganado que tienen.
-Ahora te vas a casa a calentar a la lumbre, que pronto vuelvo.
Saludé, bajando de un mesón que hay para cazadores, a don Julio Moreno, un hijo del pueblo que es abogado y lleva la Secretaría del municipio. La sala de Secretaría es luminosa, confortable y muy calen­tita. Hablamos durante un buen rato del pueblo, de su vida, de sus gentes, empezando, como debe ser, por el principio.
-El origen del pueblo fue Majadasviejas, un poco más en la mon­taña, pero por razones climatológicas y por la proximidad a las huertas aquí abajo se cambió de lugar allá por el siglo XVII.
-Dígame: ¿Los danzantes de Majaelrayo han existido siempre?
-Pues, con toda exactitud, no le puedo contestar; pero yo creo que sí. Han tenido lagunas de quince o veinte años en que des­aparecían, pero luego han vuelto siempre a surgir, si cabe, con más fuerza.
-¿Qué problemas serios tiene el municipio hoy?
-Problemas tiene todos. Los que usted haya podido ver y los que se pueda imaginar. Se ha revisado recientemente el alumbrado público, pero nos falta la pavimentación, desagües, carretera hasta Riaza y mil cosas más. Quizás lo más urgente sea una buena ordenación del tér­mino municipal, en todos los aspectos.
-¿Qué habitantes tiene el pueblo?
-Pocos. No pasa de las sesenta personas. En verano, naturalmente, se pone a tope. No hay una sola casa vendible ni disponible.
-¿Tienen niños en edad escolar?
-No; en edad escolar yo creo que no hay ninguno. Hay que pensar que la gente que queda en el pueblo son matrimonios de cierta edad con los hijos mayores, que normalmente residen fuera de aquí.
-De cultivo, poco, por lo que he visto.
-De cultivos no hay prácticamente nada. Aquí, el único medio de vida es la ganadería: las cabras y las vacas. Ahora, parece que algunos de los que vivían en Madrid se han hecho vecinos del pueblo, se han comprado su tractorcillo y han preparado su casa, yo creo que con vistas a la agricultura.
Por las orillas del pueblo, siguiendo una calleja bordeada de arbus­tos y de zarzamoras junto a la piedra negra, se llega a la casa del Tío Encarna. Su esposa, que se llama Gabina, es una señora delgada, dis­puesta a servir con prontitud al visitante; un manojo de nervios con corazón al que difícilmente se le puede corresponder en su justa medida.
-Pase, pase y caliéntese ahí dentro. Mire qué lumbre tengo.
En la cocina de fuego bajo ardían los troncos de roble llenando toda la techumbre de un humo espeso que se arremolinaba en lo alto bus­cando el agujero de salida. La cocina de mis amigos de Majaelrayo es una reliquia del rusticismo más genuino de nuestros pueblos de mon­taña, donde uno imagina, sin esfuerzo apenas, trasnochadas eternas a la luz del candil, escuchando, con el corazón metido en un puño, el aullido interminable de lobos hambrientos a través de la negra cam­pana de la chimenea.
-Aquí pasamos la vida, mire usted, pensando en los hijos y espe­rando que llegue el fin de semana por si viene alguno.
-¿Ustedes no van nunca a verlos?
-No podemos. ¡Con quién vamos a dejar las cabras y los cuatro bichos que tenemos! No puede ser. Pero, si usted supiera, ¡Qué feliz y qué orgullosa cuando tengo aquí a los siete!
Al olor de los pedazos de chorizo de la olla, que la señora Gabina se había puesto a calentar en una sartén al fuego, comenzaron a salir sin previo aviso gatos por todas partes, hasta seis, que se iban recos­tando a la espera sobre las losas brillantes del pavimento y sobre los poyos o los taburetes de alrededor.
Ya con la tarde a cuestas, uno se trae bajo el caer esporádico de algunos copos el sabor característico de la merienda con su amigo En­carna. En lo más hondo, donde cada cual guarda para sí las cosas que nunca debería decir, bulle reiteradamente la idea de estar muy por debajo de toda esa reserva de honradez y de cariño desinteresado que, incomprensible y todo, aún queda por aquellos lugares.

(N.A. Noviembre, 1980)