viernes, 29 de mayo de 2009

MESONES


Lástima que las bajas temperaturas no hayan querido acompañar en esta mañana las horas campiñesas del viajero. El sol brilla diáfano, pero el ambiente por estas tierras llanas en las que el mes de enero nos quiso traer, aparece duro aún. Las tierras se ven como apelmazadas por el implacable manto de almidón que les propinó la noche. He visto en los aledaños de Galápagos –creo que por primera vez- correr entre las junqueras y los matujos blancos de escarcha, correr al río Torote. La Campiña es en esta mañana como una enorme plataforma gris, de tierras en letargo cuyo halo de vida se pinta de verdín en las hazas estiradas, anuncio de otro tiempo mejor. Lejos, la vista vuela a perderse en las nevadas cumbres de Somosierra, olimpo de duendes y de brujos de toda la Meseta, adonde concurren con asiduidad, más en invierno que en verano, a danzar al son de la cellisca en los calveros a los que no suele llegar el hombre.
Cuando descendemos entre los marañales de Los Horcajos y de Valtejadillo, aparece Mesones como hundido en la hoya, original y moderno, asomándose al poniente con el airoso cuchillo de su espadaña.
Acabo de entrar. Me parece éste uno de los pueblos más bellos de la comarca. Tal vez tenga mucho que ver en su singular aspecto, la condición sinuosa de los campos de alrededor. En las aceras de una calle recta de cemento que bordea por la orilla opuesta la alameda, hay una anciana recogiendo con la escoba montones de hojarasca que se desprendió de la copa de los árboles. Un perro galgo la mira sentado al sol.
La plaza de toros –simple muro circular con chiqueros de obra y burladeros para las cuadrillas, para los servicios y para la Guardia Civil, está a unos metros más adelante. Me dice otra mujer que dan corrida en la fiesta de agosto, aprovechando que vienen los veraneantes.
-Es el día del Santo Cristo Arrodillado. El Nazareno le decimos también. Lo tenemos en una ermita al otro lado del pueblo.
-Es muy bonito Mesones.
-Sí señor. Nunca ha sido feo este pueblo. Tiene muy buenas vistas. Ahora que está más arreglado parece mejor.
-¿Cómo se llama esta calle?
-Ésta es la calle de Miralsol.
Atrás queda la Plaza Mayor. La plaza de Mesones es un portento de buen gusto, donde el municipio se ha volcado en atenciones y en ornamentación. Tiene como límite en una de sus caras la fachada de un palacete construido a finales de la anterior década, que emula las formas tradicionales de la arquitectura señorial campiñesa: ladrillo envejecido y cemento blanco, aparte de maderas y aleros labrados al gusto del dieciséis. En este elegante palacete de nueva planta están la escuela, la oficina municipal y el consultorio médico. En medio de la plaza se advierte la galana farola de cinco brazos, rodeada de bancos y de jardín sobre loseta plana y rellena de guijarrillos incrustados en el pavimento.
Al otro lado de la carretera, casi donde acaban los robustos ejemplares de la alameda, está la fuente pública. La fuente desagua por un único caño a rebosar sobre un pilón de piedra viva, atascado de cantos y de botes de conserva que han tirado los desaprensivos. El agua es limpia y transparente como el cristal. Como desagüe tiene dos pilastras alargadas para abrevar ganado. Escrito por encima del caño en la piedra sillar, aparece la siguiente leyenda: “YSABEL 2.A. AÑO DE 1852”. No lejos de la fuente, uno en la plaza y otro en la alameda, hay dos bares y una casuca cerrada en la que se puede leer: “Hogar del Cazador”.
-¿Qué haces por aquí, hombre? ¿Por dónde tienes la casa?
Eso me lo dice un hombre desde la carretera. Es un hombre anciano, bajito más bien, con barbas blancas de siete días y un pasamontañas y una gorrilla de paño en la cabeza. El hombre habla muy deprisa, casi no entiendo lo que dice, me habla con una extraña y sospechosa familiaridad. Apenas si me deja entrar en conversación.
-Yo conozco a toda tu familia –me ha dicho. Tú eres hermano mío. ¿Tú recibes las noticias de lo que pasa en el mundo?
-No mucho –le respondo. Cuando oigo la radio, alguna vez.
-Pues yo recibo las noticias todas las mañanas. Lo primero que hago cuando me levanto. No lo sabe casi nadie, pero a ti que eres hermano mío te lo voy a decir: yo soy el que pone a todos los reyes del mundo. El rey de aquí es también mi hermano, ¿sabes?
-¡No me diga!
-Sí hombre. Y tú eres hermano mío también. La nación está ahora revuelta, igual que el tiempo. Y todo es porque no se casa nadie en los pueblos, ¿sabes? Yo sé por qué no se casa nadie en los pueblos, claro que lo sé.
-Toma, y yo también lo sé. Porque no hay gente joven.
-No señor, no es por eso. En los pueblos no se casa nadie porque no hay bailes como antes. Si hubiera un par de bailes en cada pueblo, ya verías tú si se casaban o no se casaban. No se conocen los mozos y las mozas, así no se pueden casar.
Yo creí que nuestro hombre, el Emiliano, no se apartaba de mí. Me contó muchas cosas más, todas incomprensibles e ilógicas. Cosas de su mundo, no sé si mejor o peor que el nuestro, del mundo de los que nos creemos en razón. En el mundo de Emiliano seguro que no hay odios, ni egoísmos, ni envidias, ni vanidades… Al final me dijo que se iba a almorzar, y se fue calle abajo dejándome al pie del campanario.
-Mira, con este aparato recibo yo las noticias de todo el mundo. Más de veinte duros me cuesta cada mañana de teléfono. Nada más que te descuidas ya tienes los veinte duros de teléfono.
Me contaba esto mientras andaba, señalando el mástil de una farola amarrada a la esquina.
Hasta el pórtico de la iglesia se sube por medio de una rampa de escalones de cemento, muy cómodos, que te llevan hasta los barrotes de la verja. La puerta está cerrada. Por entre los hierros se ve la portada principal de recargada ornamentación en las jambas, arco de medio punto y dos escudos, uno a cada lado, tallados en la piedra. La puerta es de oscura madera vieja. Se asegura con voluminosos clavos de forja, cuyas cabezas pintadas de negro reflejan la luz que se cuela entre las columnas. Más allá del pueblo se ven desde aquí los grises chaparrales de la Rúa, y más a nuestra derecha sobre la misma vertiente, la que ya ha comenzado a ser “Urbanización Nuevo Mesones”
En el bar de la plaza hay un corrillo de hombres con aspecto de tratantes que toman copas de coñac junto al mostrador. El dueño me mira por detrás de la barra con ceño interrogante.
-No lo crea. Con tantos forasteros como se ven ahora, ya no se asusta uno de nada.
La Calle Mayor viene a parar un poco a caída. Es una calle estirada y recta que corre paralela al arroyo Galga, un arroyo que nace las Navas de Casa de Uceda y baja por las afueras de Mesones buscando al Jarama. En una cochera de la Calle Mayor saludo a Marcelino Heranz, que está desollando un cabrito. Marcelino es alcalde de barrio, pues, según me dijo, Mesones por aquello de los agrupamientos de municipios pertenece en lo administrativo al ayuntamiento de El Casar.
-Ah, pues aquí todavía quedan vecinos, ¿no?
-Qué va. Ciento cuarenta personas de fijo.
-Y buen campo.
-De todo hay. Los llanos son buenos. Luego hay otros parajes que no lo son tanto.
El alcalde de Mesones dejó lo que estaba haciendo, se fue a su casa, se aseó un poco y se vino conmigo para servirme de guía. La verdad es que ya casi había visto todo. En la plaza hablamos del campo, de la mecanización y del ganado. El alcalde, sin que se lo pidiera, me dio cifras de lo uno y de lo otro.
-Tractores hay unos ocho o diez en todo el pueblo, y asunto de cabras y de ovejas unas 1.200 cabezas en total. La mayoría son ovejas.
Pasamos ahora al bar de la alameda. Un establecimiento nuevo y bien cuidado, con sala de barra y otra contigua para juegos y televisión. No hay nadie en el bar en este momento. Nos atiende enseguida una señora joven y muy agradable que se llama Consuelo. Dice la mujer que por tratarse de un pueblo pequeño, los negocios andan a la par.
-Alguno aparece después de comer a tomar café, y por la noche también suele venir la gente. A diario, poca cosa; pero no se puede faltar, porque siempre aparece algún cliente cuando menos lo esperas.
-Y sin una carretera importante siquiera, ¿verdad?
-Eso es lo peor, que éste no es pueblo de paso. Aquí todo el que viene es porque tiene que venir a algo. Así que estamos muy solos, aunque el pueblo es muy majo. En verano, con los árboles, los rosales, el arroyo y todo eso, es precioso.
Cuando la mañana anda de caída, y el medio día apunta en oblicuo alumbrando de soslayo la cara de la espadaña, nos disponemos para el camino de vuelta. El Emiliano masculla en su cabeza las cosas que contará al cura o al primer forastero que llegue, paseando por las inmediaciones del puentecillo, cerca de la fuente. En el ramaje desnudo de la chopera cantan los jilgueros. Por unos chalés del contorno se oyen unos ladridos lejanos, que vienen hasta nosotros diáfanos y limpios, en volandas por la cortina azul del cielo de Mesones.

(N.A. Enero, 1985)