sábado, 2 de mayo de 2009

INIÉSTOLA


Los ancianos que andaban por los huertos de Anguita me dijeron que no, que la pista de piedra estaba infernal y que me traía cuenta acercarme hasta el pinar y coger la carreterilla de asfalto. Les obedecí, como en mí es norma siempre que pregunto, y, en efecto, por la carretera que anda entre el pinar se llega bien y muy prontito al pueblo que en la presente semana me toca visitar. ­Iniéstola es un pueblo chiquito, de casas muy parecidas en edad en tamaño y en forma. Los tejados de Iniéstola, como las paredes, son de una severa tonalidad ocre, tirando al color rojipardo de ­las piedras rodenas. El pinar, a cien metros o poco más de las casas, es el vecino más destacado que tiene Iniéstola, y, como siempre, una fuente de vida y de ingresos para los residentes que, en mejores pe­riodos del siglo, vivieron como tantos más de la extracción y secun­darios beneficios de la resina.
Un incendio voraz y sin contemplaciones debió dar al traste con el primitivo poblado de Iniéstola hace ahora siglo y medio. Luego se reconstruyó de nuevas con mucho trabajo, no poca voluntad, y la ayuda destacada de los obispos de Sigüenza. La circunstancia se nota en su pensada distribución, de calles iguales y paralelas -tres-, de ellas dos aceptablemente pavimentadas y una tercera esperando que llegue su turno. El ayuntamiento, las escuelas, el frontón y el lavadero, son servicios de posterior hechura: "Se inauguró el 13 de junio de 1958, siendo alcalde Alejandro Cabra", dice en una placa que hay colocada sobre la puerta del lavadero. Las escuelas y el ayuntamiento parecen andar sobre la misma época.
Cuando llego, la tarde es ya entrada y el cielo está oscuro. Acierto a dejar el coche pasado el frontón, delante mismo de los ventanales de la escuela nueva, por donde no se ven pupitres ni pizarras, ni cartulinas clavadas con chinchetas, ni mapas de hule para cantar con el puntero los límites de España y las provincias según la antigua dis­tribución. Por las ventanas de la escuela se ve un mostrador, un frigorífico y cajas incompletas de cerveza apiladas junto a la pared. Ni qué decir que Iniéstola se ha quedado sin niños.
-Y sin mayores también, mire usted. Hoy, como es sábado, aun vie­ne alguno de fuera, pero no somos casi nadie. Los hombres están por el campo.
El viejo reloj del ayuntamiento nuevo marca las doce menos diez. Son las cuatro y cuarto. Un ba1ón de goma pintado de colorines esta solo en medio de la pista del juego de pelota, al lado de un montón de hojas secas, sin un pie amigo que le suelte un punterazo y le estre­lle contra el muro verde del frontón.
Descartando a la señora que antes vi, que iba de paso y no con muchas ganas de conversación, no he vuelto a chocarme con nadie más en mis idas y venidas por las tres calles de Iniéstola. Al rumor del chorro del lavadero me cuelo a su interior muy sigilosamente. No hay nadie. El lavadero está pegado a los campos de barbecho que llegan al pinar formando un todo con el juego de pelota, con la escuela y con la casa de ayuntamiento. Teléfonos está un poco más arriba. Hay que subir para llegara a Teléfonos unas escaleras de piedra arenisca, como para salir a extramuros en la parte alta donde están las peñas del Castillo, con una antena de TV clavada a falta de mejor pendón. Por el barrio de arriba picotean entre la hierba las gallinas de color aza­frán y los gallos crestudos y cantadores. Desde las peñas, con el pue­blo a los pies y los bosques de fondo, se ve la recoleta espadaña de la iglesia como adormilada, entornando hacia las puestas del sol los párpados de sus dos vanos. Las campanas de Iniéstola tienen en la tar­de solitaria y gris un llamativo color de plata, como si hubieran sido fundidas de aluminio y no de bronce. Por su porte, la iglesia, la mínima iglesia de Iniéstola, debe ser pobre de solemnidad.
En una casa de las orillas, situada cerca de los huertos que hay por debajo de la Peña Corva, se ve un cartelito diciendo que se vende, razón en un teléfono de Soria. Otra contigua tiene inscrita sobre el dintel la fecha 1653, que ya son años. Los coches de los del fin de se mana se ven aparcados arriba y abajo, a la izquierda según subimos de la calle de Enmedio. Uno no sabe qué hacer, piensa que lo ha vis­to todo y no encuentra ni por error una sola alma con quien cruzar dos palabras.
-Y me dijo usted, señora, que en el pueblo son pocos, ¿Cuántos, más o menos?
-Pues qué sé yo, pocos, ya se lo he dicho ¡Hay que amolarse, que señor más preguntón!
Las parras y las malvas reales de las casas que hay más cerca del barrio de abajo están a punto de despojarse por completo, de dar sus bajas al infortunio aupadas por los fríos y por el ciclo natural de las estaciones hasta que despunte la primavera.
Un hombre, por fin, me espera dispuesto a conversar, a acompañar­me y a todo lo que haga falta. La experiencia me tiene dicho que, an­tes o después, en cualquier lugar, por solitario o despoblado que parezca, siempre surge en el momento más oportuno, un corazón generoso que ­te abre de par en par la puerta de sus afectos y de su inmediata amis­tad. En Iniéstola, el ángel bueno es don Alejandro Cabra, el mismo al que se refiere la placa conmemorativa que hay en la puerta del lavadero.
-Sí, es que yo fui alcalde varios años. Ahora es mi hijo el alcal­de. En mis tiempos hicimos muchas cosas de provecho para el pueblo, no fue el lavadero sólo.
-¿En cambio, no hubo manera de contener la emigración?
- No, eso no fue posible. Nunca ha sido el nuestro un pueblo grande pero, tan vacío como ahora, ni hablar. Si es que nos hemos quedado en 22 personas nada más.
-El pueblo, aunque pequeño, siempre estará preparado para un cen­tenar o más de habitantes, ¿verdad?
-Por lo menos para cien sí. Tenemos de todo, lo único que falta es gente. Se hizo la escuela con mucha ilusión, y hubo que cerrarla por falta de niños a los pocos años. Es un problema grave, ya lo creo. En verano se alegra esto bastante.
Las tres calles paralelas que tiene Iniéstola se llaman: Calle del Sol la de abajo, Calle de Enmedio la que sigue entre las otras dos y Calle de la Umbría la de más arriba, la que viene a caer más cerca de las pe­ñas del Castillo. La de Enmedio viene a ser como la calle principal de Iniéstola.
Paseando por las orillas, don Alejandro y yo hablamos un tanto someramente de los pormenores diarios que lleva consigo el correr de la vida en un pueblo como aquel. El frío de la tarde nos pondrá en seguida de vuelta. En el pequeño municipio celebran, curiosamente, su fiesta ma­yor en una época desapacible, sin que hayan llegado a considerar el cambio de fecha.
-Pues sí, Santa Bárbara. Se celebra en su día, el 4 de diciembre, o el fin de semana más próximo. No hemos tenido necesidad de moverla de su fecha. Un poco solos estamos en estas fechas, pero siempre se ha hecho así y no ha pasado nada. Para San Antonio tenemos otra en Junio, pero esa sí que la hemos tenido que cambiar de fecha, porque coincide con la de Alcolea del Pinar y, como es pueblo más grande, se nos lleva la gente.
No había pensado mal al intuir que la iglesia era pobre. Por fuera guarda las formas románicas que pudieran ser muy bien las mismas que tuvo­ su predecesora. Está dedicada a San Juan Evangelista. Un altarcillo de tablas ocupa solitario la noble pared del ábside, con las imágenes de Santa Bárbara y de San Antonio acompañando sobre sus respectivas repisas a la del santo patrón de la parroquia. Por lo demás, todo en la iglesia de Iniéstola se reduce a un simple confesionario de madera envejecida, una pila bautismal que no se usa, y diez bancos orde­nados donde la gente se sienta durante la misa mayor todos los domin­gos y fiestas de guardar, como está mandado.
-Ahora suele ser la misa la víspera. A las cinco y media, más o menos, viene don Mario los sábados.
La iglesia está pintada de riguroso blanco, con remiendos y des­pellejamientos hechos por la humedad.
-¡Largo de aquí, tusa!
Una perra negra, se había colado detrás como acompañante extra a ver, muy respetuosa, eso sí, la iglesia de su pueblo.
Pequeño y ordenado, Iniéstola es pueblo que vive del campo y de la jubilación como me dicen siempre. En algún tiempo fueron los trabajos del campo y la resina su tabla de salvamento, pero aquello se paralizó y esta es la hora en que la comarca, que sintió en sus carnes la desvandada de la juventud, se limita a lamentar, sin comprenderlo, el porqué del cese a perpetuidad de una riqueza en la que, previo esfuerzo, solían participar una buena parte del vecindario.
-Hay quien viene de fuera a trabajar aquí. La cosa es que, si vamos a decir la verdad, a la gente joven tampoco le tiraba mucho aque­llo de la resina, no crea.
-Ganado, por lo que veo no hay.
-Sí, hay un poco. Ahora no quedan nada más que dos hatajos.
-Entonces, del pinar no sacan ningún beneficio. ¿No es propio del municipio?
-Sí, es nuestro. Algunas cortas se van haciendo y con eso se sujeta el ayuntamiento. Si no, no podría ser. Aquí no hay más ingresos.
El señor Alejandro, hombre sensato y dado a razonar, viste con la clásica boina de paño negro y se abriga con un viejo jersey a prueba de hielos. El señor Alejandro me saca después por el camino de los huertos, ya con la tarde de retirada. En Iniéstola -me explica- hay toda el agua que se necesita y una poca más que se pierde. Tienen el manadero por detrás del cerro de Peñacorva y la mandan al pueblo por procedimientos mecánicos que, menos entrañables y románticos que aquellos, han venido a suplir a la vieja cantarilla de barro que pasearon nuestras madres apoyada al ijar.
-Claro que sí, las aguas las subimos al pueblo con motor y vie­nen solas. Hace mucho que lo hacemos así.
También ha sido para mí éste uno de los pueblos de Guadalajara que apenas me sonaban, de los que jamás tuve la menor noticia. Lo dejé allí, envuelto con los primeros crespones de la noche, en su mismo lugar de siempre, mínimo con sus tejados ocre y su tinte general entre azuloso y cárdeno. Otro pueblo nuestro llamado a sucumbir si a la vida no le da por rodar de diferente modo. El hecho de sacarlo a la luz produce en quien esto dice una clara impresión de haber sido justo, que la incomodidad del viaje, los fríos y el soplo desapacible del viento en una tarde cualquiera del mes de los muertos, bien valió la pena.

(N.A. Diciembre, 1986)