martes, 5 de mayo de 2009

IRUESTE


Si no fuese porque acabo de dejar atrás hace un instante el em­palme de Armuña y la calle Mayor de Romanones, hubiese creído que andaba por la vega del arroyo Solana camino de La Puerta, o por la del arroyo Garigay, pasado Salmerón, buscando las cues­tas de Castilforte. Y es que el encanto de estos vallejuelos solitarios, su aspecto y su vegetación, se repiten con tanta frecuen­cia en las pieles de la Alcarria, que a veces es preciso pararse a distinguir sobre cual es cual.
Estamos en otra mañana desapacible de las que el tiempo atmosférico aconseja no salir de casa. Las tierras altas erizadas de chaparral, de roble o de pino incipiente, rascan la panza algodonosa de las nubes en movimiento. La carretera aparece lle­na de charcos por el ú1timo chaparrón. Las perdices se ven acurru­cadas en los barbechos de la vega, indefensas, con las alas como sopas, echas una bola marrón en el surco igual que la tierra. Dos pescadores de caña corta y botas largas patean el barro en las lindes que sirven de margen al arroyo San Andrés. Luego Irueste.
El pueblo está escondido del ramaje a punto de hoja de una hilera altísima de chopos que se van sucediendo más allá del empalme. Cuando el regato que baja de los Yélamos pasa por Irueste, recoge las aguas del Valdelafuente, teniendo por testigo las escombreras y los desperdicios que la gente arroja por encima y por debajo del puentecillo por el que se cuela, a pesar de todo, un agua clarísima.
­La fuente pública de Irueste es una de las más bellas y abundantes que uno recuerda haber conocido en sus doscientos y más viajes a los pueblos de la provincia. Echa tres chorros gruesos a rebosar, que después desaguan en un pilón redondo situado tras el monolito de salida. Por encima de todo, la gracia de una farola de luz.
De las casas próximas, los hombres y las mujeres se han salido a la calle a ver qué es lo que trae de novedoso el forastero.
-Buenos días. No se podrán quejar por falta de agua.
-Pues no señor; de eso estamos bien servidos. Cuando la sequía se notó un poco el bajón. Otros pueblos no tienen tanta porque la meterán en las casas.
-Aquí no la tienen en las casas, por lo que veo.
-Claro que la tenemos, pero es de otro manantial.
Después su pe que Irueste ha sido notable desde muy antiguo por sus fuentes, de las que existen y manan en el término todavía la mayor parte.
-Ahí abajo tenemos una que se llama la del Lagarto. Seguro que si nos ponemos a contar hay más de veinte.
-Es decir, a fuente por persona.
-Pues, casi, casi. No crea que seremos más de cincuenta.
-Adonde se fueron los de Irueste.
-A todas partes. En Guadalajara, decía uno hace poco, que había cuarenta vecinos de este pueblo. En Madrid también hay bastantes.
Pasa junto a nosotros un hombre bajito, tapado con un extraño gabán de manta y capuchón calado a pico, como los frailes de Zurbarán.
-Mire, el Conejo se ha subido la capucha. Eso avisa que va a llover a no tardar mucho.
-La vega no parece mala, ¿verdad?
-Es buena, pero tiene muy poco terreno. Romanones tiene bastante más. Los llanos estos de la Dehesa son especiales.
-¿No hay más campo de labor?
-Los Altos. Por encima de aquellos cerros de en frente es donde más campo tenemos.
Hablando con Miguel Yélamos y con Ramona, su mujer, que viven en una casa pintada de blanco por detrás de la fuente, nos sorprendió el aguacero de turno que pronosticaba el conejo y nos tuvimos que refugiar en otra casa contigua, cuyo dueño se llama Emiliano y su mujer Julia. Me dicen que está todo un poco revuelto porque es una casa que no la usan.
-La cocina la empleamos cuando la matanza y nada más.
-Pero deberían alquilarla, por lo menos en verano.
-En verano vienen las hijas. Lo demás de la casa lo tenemos arre­glado. Entonces es cuando tenía usted que venir. Todo esto, como hay muchos árboles, se pone muy bonito.
El pueblo está como encajado entre el cerro de las Alturas, a cuyo pie se recoge, y el pico Golondrino, que lo preserva de los vientos y de los fríos que vienen del norte.
-Oiga, ¿Y aquella cruz que hay en lo alto del cerro?
-Pues aquella la puso un misionero cuando se acabó la guerra. Su­bimos a ponerla todo el pueblo allá arriba. Pero esa se ha puesto después, hace cuatro o cinco años. A la primera la tiró un rayo.
Acerca de la cruz del cerro Golondrino puntualiza Miguel.
-La pusimos el 17 de febrero de 1944. Aquel día estaba nevando.
A cobijo del turbión en la casa vieja de doña Julia, es una de­licia ver cómo la lluvia blanda de abril descarga sobre la vega y sobre las sinuosidades tropelludas de la Alcarria, lavándolo todo. Mis amigos me cuentan que viven muy tranquilos y que no piden otra cosa sino que les dejen seguir viviendo así.
-Aquí hemos quedado los más tontos, ¿sabe usted? Los más listos se han ido a la capital.
-Pues no crea, que, tal y como están las cosas, el irse a la capi tal yo no creo que sea de listos.
-Nos llevamos muy bien la gente del pueblo. Nos ayudamos unos a otros cuando hace falta y no nos gusta meternos con nadie; por eso tampoco queremos que se metan con nosotros.
Jacinto pasa con medio saco de cebada al hombro para las cabras. Cuando llega a la altura de nuestro refugio se espera, charla un mi­nuto con Miguel y con el señor Emiliano y sigue calle arriba.
- ¿Cuándo es la fiesta en Irueste?
- El último domingo de agosto. Antiguamente era el 14 de septiem­bre, pero la tuvieron que trasladar por los que viven fuera y ahora la celebramos dos veces. Los que quedamos en el pueblo la volvemos a celebrar en su día. Así el Cristo estará más contento.
Luego me explican que la fiesta del Cristo la hacen por devoción, porque el verdadero patrón del pueblo es San Blas.
-Era muy buena fiesta en aquellos tiempos. Ahora, nada. Como no sea en domingo la celebramos nosotros solos:

San Blas de Huete,
que por salvar a uno
se ahogaron siete.


-Se cantaban muchas cosas de su vida, y de cómo es el patrón de la garganta y todo eso.
Cuando el tiempo parece aclarar me subo con Miguel hasta el barecillo, que está en plena cuesta con dirección a la iglesia. Las calles de Irueste son limpias y muy bien pavimentadas. Tienen nom­bres antiguos, como sus casonas de caliza, de adobe y entramado, al más puro estilo tradicional de la arquitectura alcarreña de hace dos siglos: calle del Peral, del Río, de la Plazuela, calle del Coso.
No deja de llover. Para subir al pie de la torre pasamos bajo aleros salidos de madera negra. Nos llama la atención una galería, también salediza, que encara un rincón de impresionante tipismo. La to­rre del XVI es lo único que se conserva de la iglesia después del hundimiento que sufrió a principios de siglo. Los vecinos, por aportación per­sonal y cuatro cuartos que les dieron para reconstruirla, la volvie­ron a levantar de nueva planta y allí está, al aire el contraste de sus dos épocas bajo el turbión pertinaz de la primavera, que hace correr los hilos de agua desde el campanario hasta la calle por la áspera superficie de la piedra sillar.
Sube la furgoneta del carnicero sonando el claxon a establecerse junto a la explanada de la iglesia. Por el suelo hay tirados pedazos de columna y algún que otro capitel clásico colocado sobre el pretil como piedra de adorno. No se ve un alma por la calle. Entramos después al bar de la cuesta. Una señora muy joven y muy atenta nos sirve unos vasos de vino tinto con gaseosa en el mostrador. Tomamos sin demasiado deseo nuestra parva consumición Miguel, Jacinto, que ya había vuelto de echar a las cabras, y yo. El bar de Irueste es una habitación familiar con estufa de leña, televisi6n, mesa ca­milla y mostrador, todo muy limpio y aseado. La dueña, a la que se me olvidó preguntar su nombre, me cuenta que no es de allí, sino de Villanueva de Alcorón, allá por el Alto Tajo, y me explica las razo­nes habidas para tan extraño cambio de residencia.
-Pues, fue todo porque mi padre era ganadero y en invierno se tenía que traer las ovejas por la cosa de los pastos. Así un año y otro año, resultaba muy pesado tanto cambio. Nos vinimos a vivir, y aquí nos quedamos. Hace ya muchos años. Nosotras éramos unas crías.
El tiempo al fin no escampó. Los hombres de Irueste dicen que es un agua muy rica, que harto mal se pasó con la sequía. El foras­tero, llegada la hora, emprende el camino de regreso con la impresión de haber dejado atrás uno de los pueblos más bellos de la provincia y que es lástima no haber venido a él en otras circunstancias, dos meses más tarde. Pese a todo, ahí está, encajado en su valle de la Alcarria, albergando cuatro docenas de personas simpáticas y de buen corazón, como un poco escondido detrás de la arboleda y adormilado con el soniquete ininterrumpido de sus fuentes.

(N.A. Abril, 1984)